Exhumación

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Exhumación

08-09-2017 / 08:40 h.

Hay un cráneo humano en el fondo de la fosa. Tiene un tiro de gracia en el parietal izquierdo. Está inmóvil, con la quietud de cadáver viejo. Imagino la emoción de Asun, rodilla en tierra, cuando pasa la brocha por encima, quita la última capa de tierra amarilla y lo ve aparecer…

…imagino el alarido de angustia escapando por ese orificio de bala después de ochenta y un años atrapado. El alivio de una claustrofobia de tumba terrosa que oprime el alma. Soy capaz de sentir el aire fresco que le inunda después de lustros de putrefacción. Me hace feliz imaginar la explosión de libertad y la gratitud a raudales que fluye del orificio. Imagino el cuerpo hablando y riendo a borbotones a través de él. Y comprendo muy bien cómo el hueso muerto agradece las caricias que le ofrece Asun, aunque sean roces con una brocha. Podría ser el abuelo de su madre, por eso hay una lágrima viva que se le escapa a la joven y humedece el cráneo seco de tanto esperar. 

El de Asun es el primer gesto humano que recibe el muerto después del brutal disparo asesino…

…el asesino. Es lo primero que veo cuando me enseñan la foto. Me habría gustado empatizar con la víctima desde el principio, pero no ocurre así. Lo primero que imagino es al criminal fascista sintiendo un placer reptiliano con la detonación del disparo recorriendo su cuerpo; y, cerrando el éxtasis de placer animal, lo imagino oyendo el impacto seco del proyectil perforando la cabeza. Rojo maricón de mierda, ríete ahora…

¿Quién coño disparó? ¿Quién? Me gustaría ver su cara porcina para odiarlo más, pero no es eso lo que debo sentir. Y hago un esfuerzo para pasar página porque hay que pensar diferente si queremos superar la diferencia. El problema es que sabemos quiénes dispararon. Sabemos incluso sus nombres… pero callamos por respeto a los hijos de los hijos de los criminales. Ya no estamos en ese tempo. Callamos porque lo que buscamos no es venganza, buscamos liberar a esos hombres de la tumba de cal y zahorra, y  recuperar para ellos la dignidad que le arrancaron. Ha pasado mucho tiempo y lo que nos mueve, aunque se nos revuelvan las entrañas, es Perdonar lo imperdonable (1).

Hay otros cuerpos junto al cráneo de Asun. Sus compañeros en la tierra húmeda están tirados en la misma fosa común, y sus restos hablan, aunque sigan inmóviles y callados. Cada hueso es un receptor de las injusticias que recibieron. Cada fragmento explica, en cada uno de sus detalles, los dardos de odios disparados en vida. Cada cuerpo es un emisor de la culpa que otros no pagaron, por eso los asesinos y sus herederos ideológicos, y los que entienden a los asesinos, y los tibios, y los defensores de la equidistancia (todos cometieron crímenes horrendos) no los quieren fuera de la tumba; los prefieren tapados y olvidados en las cunetas. Les aterra las cuencas vacías y el dedo descarnado que les apunta desde la fosa abierta. Por eso dicen que hay que dejar a los muertos en paz… porque no podrían sostener su mirada hueca.

Hemos sacado de la tumba a los tres primeros. Bajaron a la fosa los técnicos y el forense, para estar junto a los restos. Los demás, familiares y amigos, arriba, rodeando la fosa. Todos en silencio, que hasta se percibía la caricia de la brocha perfilando cada hueso antes de extraerlo de su lecho. Hablábamos en susurros… estamos viviendo una realidad que no existía, decía Paco. Al padre de Paco se lo llevaron y lo asesinaron contra la pared del cementerio, justo ahí detrás, a diez metros. Y aún nadie sabe por qué. Tengo ganas de llorar, jolines, me dice Ana. Al abuelo de Ana lo trajeron ya muerto del Penal… no era político, ni militar republicano, ni sindicalista, ni nada. El abuelo de Ana vendía espárragos y tagarninas en el Puerto de Santa María, mientras en Pruna (Sevilla) su difunta madre dejó alquilado un caserón a unos masones… por eso mataron al abuelo de Ana, porque su madre alquiló una casa a unos masones. Y por eso Ana tenía las lágrimas a flor de piel esa mañana…

…pero esos cuerpos no sólo hablan a los familiares directos como Ana o Paco. Ni sólo susurran a los que expurgan la tierra. Ni sólo emocionan a los que se asocian para sacarlos. Esos cuerpos ni siquiera pertenecen a los que pagan los gastos… los huesos que hoy liberamos pertenecen a la historia de este país, y de nada sirve mantener sus historias en un cajón a la espera de oportunidades mejores. Las cuencas vacías tienen derecho a mirarnos a todos, tristes, pero altivas. Hoy. Ya. Sin esperar a mañana.

Sí… no sólo exhumamos a los tres primeros represaliados por el franquismo en mi pueblo. Sacamos a la luz una esquirla del genocidio español y comenzamos a cumplir un compromiso mil veces contraído por las víctimas silenciadas: ¡Cuando yo muera, prométeme que seguirás buscando a tu padre!

Hoy, aquí, hemos comenzado a cumplir la promesa.

(1) Perdonar lo imperdonable -Claudia Palacios- es una crónica de la reconciliación colombiana después del largo conflicto armado.

 
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