Un problema que va mucho más allá de la violencia
Tres mujeres asesinadas en apenas 24 horas y 6 niños y niñas huérfanos por violencia machista. Julio es un mes trágico en violencia de género. La noticia vuelve a conmocionar a la sociedad española, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos llegando tarde?
Cada feminicidio ocupa titulares durante unos días, pero la violencia de género no puede entenderse únicamente como una sucesión de sucesos dramáticos. Los expertos alertan del peligro del verano y piden aumentar los protocolos de protección. Constituye uno de los principales problemas de salud pública y de derechos humanos del siglo XXI. Así lo reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la define como una de las formas de violencia con mayor impacto sobre la salud física, mental y social de las mujeres.
Hablar de salud pública significa dejar de mirar únicamente el desenlace fatal para analizar todo el proceso que conduce hasta él y, sobre todo, cómo prevenirlo
Una década con más de 500 mujeres asesinadas
En los últimos diez años (2016-2025), España ha registrado más de 500 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, una media cercana a 50 víctimas mortales cada año. Desde que existen registros oficiales, en 2003, las víctimas superan ya las 1.370 mujeres.
Aunque estas cifras son inferiores a las registradas hace dos décadas, el descenso observado tras la aprobación de la Ley Integral de 2004 parece haberse estabilizado. La violencia letal ha dejado de disminuir de forma significativa.
Cada una de estas muertes representa un fracaso colectivo de la prevención.
Los asesinatos son solo la punta del iceberg
La salud pública utiliza con frecuencia la imagen del iceberg para explicar determinados problemas.
Los feminicidios son la parte visible. Bajo ellos permanecen miles de mujeres que sufren violencia física, psicológica, sexual o económica durante años.
Las consecuencias para la salud son enormes:
● Lesiones físicas y discapacidad.
● Ansiedad y depresión.
● Trastorno por estrés postraumático.
● Insomnio y dolor crónico.
● Mayor riesgo cardiovascular.
● Consumo de psicofármacos.
● Abuso de alcohol y otras sustancias.
● Mayor riesgo de suicidio.
A ello se suma el impacto sobre hijos e hijas, considerados también víctimas directas. Muchos desarrollan problemas emocionales, fracaso escolar, trastornos de ansiedad o dificultades para establecer relaciones saludables durante su vida adulta.
Los datos muestran una prevención insuficiente
Uno de los datos más preocupantes de la última década es que la mayoría de las mujeres asesinadas no había presentado denuncia previa.
Esto demuestra que la respuesta institucional basada exclusivamente en la denuncia llega tarde para muchas víctimas.
Desde la perspectiva de salud pública, esperar a que una mujer denuncie equivale a esperar a que aparezca un infarto para empezar a prevenir las enfermedades cardiovasculares.
La prevención debe comenzar antes.
El papel del sistema sanitario
La violencia de género no empieza con una agresión física grave.
Con frecuencia comienza con el aislamiento, el control, el miedo, las amenazas y la violencia psicológica.
Muchas mujeres consultan durante años en atención primaria, urgencias o salud mental por síntomas como ansiedad, insomnio, cefaleas, dolores musculares o fatiga sin revelar el origen del problema.
Por ello, los profesionales sanitarios desempeñan un papel esencial en la detección precoz.
Formación específica, tiempo en consulta, protocolos adecuados y coordinación con servicios sociales, fuerzas de seguridad y recursos especializados son herramientas preventivas tan importantes como cualquier intervención judicial.
Los determinantes sociales también matan
La violencia de género no aparece en el vacío.
La desigualdad económica, la dependencia financiera, el desempleo, el aislamiento social, determinadas normas culturales, el consumo problemático de alcohol y las desigualdades de género aumentan la vulnerabilidad de muchas mujeres.
La salud pública lleva décadas demostrando que intervenir sobre estos determinantes sociales produce mejores resultados que actuar únicamente cuando el daño ya se ha producido.
Invertir en igualdad también es invertir en salud.
Los menores: las víctimas invisibles
En la última década, decenas de niños y niñas han sido asesinados por violencia vicaria y centenares han quedado huérfanos tras el asesinato de sus madres.
Estos menores presentan un mayor riesgo de desarrollar problemas psicológicos, dificultades escolares, enfermedades mentales y problemas de salud durante toda la vida.
La violencia de género no termina con la muerte de una mujer. Sus efectos se transmiten durante generaciones.
¿Qué hemos aprendido en estos diez años?
España dispone hoy de mejores herramientas que hace dos décadas.
Existe una legislación pionera, juzgados especializados, sistemas policiales de valoración del riesgo, protocolos sanitarios, recursos de atención psicológica y una mayor sensibilidad social.
Sin embargo, la estabilidad de las cifras de asesinatos indica que hemos llegado al límite de las estrategias centradas principalmente en la respuesta institucional.
La próxima década debe ser la de la prevención.
Una prioridad de salud pública
Cada feminicidio debería investigarse como cualquier otro gran problema sanitario: identificando factores de riesgo, evaluando qué ha fallado y proponiendo mejoras para evitar nuevos casos.
Así se hizo con los accidentes de tráfico. Así se hace con las muertes por calor extremo o con las enfermedades cardiovasculares.
La violencia de género requiere el mismo enfoque.
No basta con contar víctimas. Hay que evitar que existan.
Porque cuando tres mujeres son asesinadas en apenas 24 horas, no estamos ante tres sucesos independientes. Estamos ante el síntoma más dramático de un problema de salud pública que sigue sin resolverse por completo y que exige reforzar la prevención, la educación, la equidad y la actuación coordinada de toda la sociedad
Un problema que va mucho más allá de la violencia
Tres mujeres asesinadas en apenas 24 horas y 6 niños y niñas huérfanos por violencia machista. Julio es un mes trágico en violencia de género. La noticia vuelve a conmocionar a la sociedad española, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos llegando tarde?
Cada feminicidio ocupa titulares durante unos días, pero la violencia de género no puede entenderse únicamente como una sucesión de sucesos dramáticos. Los expertos alertan del peligro del verano y piden aumentar los protocolos de protección. Constituye uno de los principales problemas de salud pública y de derechos humanos del siglo XXI. Así lo reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la define como una de las formas de violencia con mayor impacto sobre la salud física, mental y social de las mujeres.
Hablar de salud pública significa dejar de mirar únicamente el desenlace fatal para analizar todo el proceso que conduce hasta él y, sobre todo, cómo prevenirlo
Una década con más de 500 mujeres asesinadas
En los últimos diez años (2016-2025), España ha registrado más de 500 mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, una media cercana a 50 víctimas mortales cada año. Desde que existen registros oficiales, en 2003, las víctimas superan ya las 1.370 mujeres.
Aunque estas cifras son inferiores a las registradas hace dos décadas, el descenso observado tras la aprobación de la Ley Integral de 2004 parece haberse estabilizado. La violencia letal ha dejado de disminuir de forma significativa.
Cada una de estas muertes representa un fracaso colectivo de la prevención.
Los asesinatos son solo la punta del iceberg
La salud pública utiliza con frecuencia la imagen del iceberg para explicar determinados problemas.
Los feminicidios son la parte visible. Bajo ellos permanecen miles de mujeres que sufren violencia física, psicológica, sexual o económica durante años.
Las consecuencias para la salud son enormes:
● Lesiones físicas y discapacidad.
● Ansiedad y depresión.
● Trastorno por estrés postraumático.
● Insomnio y dolor crónico.
● Mayor riesgo cardiovascular.
● Consumo de psicofármacos.
● Abuso de alcohol y otras sustancias.
● Mayor riesgo de suicidio.
A ello se suma el impacto sobre hijos e hijas, considerados también víctimas directas. Muchos desarrollan problemas emocionales, fracaso escolar, trastornos de ansiedad o dificultades para establecer relaciones saludables durante su vida adulta.
Los datos muestran una prevención insuficiente
Uno de los datos más preocupantes de la última década es que la mayoría de las mujeres asesinadas no había presentado denuncia previa.
Esto demuestra que la respuesta institucional basada exclusivamente en la denuncia llega tarde para muchas víctimas.
Desde la perspectiva de salud pública, esperar a que una mujer denuncie equivale a esperar a que aparezca un infarto para empezar a prevenir las enfermedades cardiovasculares.
La prevención debe comenzar antes.
El papel del sistema sanitario
La violencia de género no empieza con una agresión física grave.
Con frecuencia comienza con el aislamiento, el control, el miedo, las amenazas y la violencia psicológica.
Muchas mujeres consultan durante años en atención primaria, urgencias o salud mental por síntomas como ansiedad, insomnio, cefaleas, dolores musculares o fatiga sin revelar el origen del problema.
Por ello, los profesionales sanitarios desempeñan un papel esencial en la detección precoz.
Formación específica, tiempo en consulta, protocolos adecuados y coordinación con servicios sociales, fuerzas de seguridad y recursos especializados son herramientas preventivas tan importantes como cualquier intervención judicial.
Los determinantes sociales también matan
La violencia de género no aparece en el vacío.
La desigualdad económica, la dependencia financiera, el desempleo, el aislamiento social, determinadas normas culturales, el consumo problemático de alcohol y las desigualdades de género aumentan la vulnerabilidad de muchas mujeres.
La salud pública lleva décadas demostrando que intervenir sobre estos determinantes sociales produce mejores resultados que actuar únicamente cuando el daño ya se ha producido.
Invertir en igualdad también es invertir en salud.
Los menores: las víctimas invisibles
En la última década, decenas de niños y niñas han sido asesinados por violencia vicaria y centenares han quedado huérfanos tras el asesinato de sus madres.
Estos menores presentan un mayor riesgo de desarrollar problemas psicológicos, dificultades escolares, enfermedades mentales y problemas de salud durante toda la vida.
La violencia de género no termina con la muerte de una mujer. Sus efectos se transmiten durante generaciones.
¿Qué hemos aprendido en estos diez años?
España dispone hoy de mejores herramientas que hace dos décadas.
Existe una legislación pionera, juzgados especializados, sistemas policiales de valoración del riesgo, protocolos sanitarios, recursos de atención psicológica y una mayor sensibilidad social.
Sin embargo, la estabilidad de las cifras de asesinatos indica que hemos llegado al límite de las estrategias centradas principalmente en la respuesta institucional.
La próxima década debe ser la de la prevención.
Una prioridad de salud pública
Cada feminicidio debería investigarse como cualquier otro gran problema sanitario: identificando factores de riesgo, evaluando qué ha fallado y proponiendo mejoras para evitar nuevos casos.
Así se hizo con los accidentes de tráfico. Así se hace con las muertes por calor extremo o con las enfermedades cardiovasculares.
La violencia de género requiere el mismo enfoque.
No basta con contar víctimas. Hay que evitar que existan.
Porque cuando tres mujeres son asesinadas en apenas 24 horas, no estamos ante tres sucesos independientes. Estamos ante el síntoma más dramático de un problema de salud pública que sigue sin resolverse por completo y que exige reforzar la prevención, la educación, la equidad y la actuación coordinada de toda la sociedad
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