Opinión

Iconoclastas del XXI

Las hordas marxistas, tal como fueron llamadas, llevaron a cabo varios asaltos a conventos e iglesias durante la II República. En Cádiz se vieron afectadas la de Santo Domingo en marzo de 1931, La Merced y Santa María en marzo de 1936, etc. No obstante, muy poco sabemos de los motivos y causas que confluyeron en dichos actos.

Y es que una de las primeras cuestiones que hay que plantearse es el porqué, ¿por qué parte pueblo de Cádiz -término más acertado que horda-, en puntuales momentos se dedicó a asaltar y destruir el patrimonio de la Iglesia? ¿se trataban, como siguen cacareando ciertos creadores de opinión, de unos inconscientes manejados a su antojo por comunistas mandados por la Unión Soviética? Curiosa a la vez que banal reflexión cuando las fuerzas del Partido Comunista en la provincia eran tan limitadas que no se presentaron como tal a unas elecciones hasta febrero de 1936. ¡Y dentro de la coalición del Frente Popular que aglutinaba a otros muchos partidos!

No me parece, pues, muy serio describir aquellos episodios como el resultado de una locura colectiva de gente ignorante a lo Antonio Garrachón cuando en 1938 justificaba la represión franquista de la siguiente manera: “Y diga ahora la opinión sana e imparcial si no están sobradamente justificados todos nuestros anatemas contra esa gente inculta y bárbara que realiza por puro sadismo, los más abominables crímenes“.

Y es que, con más o menos cultura, atacaban a quien veían como su enemigo: la Iglesia, un estamento social que conservaba su poder desde siglos atrás y que desde mediados del XIX -aproximadamente-, se encontraban cada vez más alineados con la alta burguesía, a la par que fueron olvidando aquello que proclamaban desde los púlpitos. Dicho de otra manera, a ojos del pueblo sencillo y noble, el clero vivía muy bien -sin dar un palo al agua para que ustedes me entiendan-, mientras las familias obreras ni siquiera podían alimentar a su prole. Este planteamiento quizás nos ayude a conocer mejor esa pérdida patrimonial. La cual, por otra parte, no debería asombrarnos tanto pues la concienciación patrimonial de aquel entonces -y no estoy justificando nada-, no era, ni por asomo la que poseemos hoy día.

Y es que, con más o menos cultura, atacaban a quien veían como su enemigo: la Iglesia, un estamento social que conservaba su poder desde siglos atrás

Las consecuencias de aquello fueron nefastas. A la pérdida del patrimonio eclesiástico hubo que sumarle una merma más intensa y sufrida: la propia vida de las personas que la represión franquista se llevó por delante. Muchas de ellas bajo la justificación de haber asaltado tal o cual iglesia. Eso sí, sin prueba de ningún tipo. A los Juicios Sumarísimos me remito.

El tiempo pasó y con él, la propia dictadura. Y con las nuevas décadas hasta parte de la Iglesia evolucionó a posiciones más progresistas. No voy a profundizar pero en la segunda mitad del siglo XX hizo su aparición la teoría de la liberación que entre sus muchas ramificaciones tuvo en España a los curas obreros que en los años setenta representaron toda una nueva forma de acercar la Iglesia a la clase proletaria.

Pero el tiempo que todo lo disipa y olvida, ha hecho que la historia haya dado la vuelta. Sí, como el chiste de la tortilla que tanto gustaba en los años cincuenta. Hemos pasado de un pueblo que respondía a provocaciones como un golpe de Estado que amenazaba con acabar con sus derechos conquistados, a base de asalto y quema de santos y vírgenes cuando no de los continentes que los protegían, a una Iglesia que maltrata su rico patrimonio. Ya nos echamos las manos a la cabeza cuando la anciana Cecilia Giménez intentó restaurar con el beneplácito del párroco una pintura de un Ecce Homo del siglo XIX y la aventura acabó con el destrozo de la misma.

Me refiero a la iglesia barroca de la Divina Pastora de la calle Sagasta. Abandonada por el Obispado, lleva años cerrada con el deterioro que esto conlleva para con un edificio del siglo XVIII.

En los últimos días una escultura de un pueblo de Navarra, un San Jorge del siglo XVI, ha sido transformado -no se sabe por quién- perdiéndose su policromía original y los detalles de la armadura. Pero de estos nuevos “asaltos” al patrimonio hemos pasado al descuido y el total abandono. El buen restaurador José Miguel Sánchez Peña ponía el grito en el cielo hace unos días cuando denunciaba que en la Catedral de Cádiz habían desaparecido cuatro -no una, ni dos-, ¡cuatro! esculturas de La Roldana. Sin embargo, ¿de qué extrañarnos? ¡Qué podemos esperar de una Iglesia despreocupada por su patrimonio! Y a las pruebas me remito. Uno de los casos más flagrantes corresponde ¿a un cuadro? ¿a una escultura? ¡no! ¡¿a todo un edificio?!: me refiero a la iglesia barroca de la Divina Pastora de la calle Sagasta. Abandonada por el Obispado, lleva años cerrada con el deterioro que esto conlleva para con un edificio del siglo XVIII.

No deja de ser curioso que en estos días se presente un libro sobre los curas obreros en la cercana iglesia de San Lorenzo. Ambas parroquias, San Lorenzo y Pastora, jugaron un papel fundamental en aquellos años setenta de rebeldía y apuesta por la democracia. No obstante, la realidad entre sus paredes es bien distinta, pues quien ostenta el poder en ellas muestra un nulo interés por su patrimonio. En definitiva, me pregunto ¿y quiénes son ahora las hordas?

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