Ediciones:

Seguir en Discover

jerez

La centinela (una historia que sucedió en los 60)

Pilar vigilaba el barrio, participaba en juegos desde las alturas y, si lo consideraba preciso, hacía sonar la alarma

  • Postal de Jerez de la época. -

Una historia que sucedió en el Jerez de los años 60. En una de esas barriadas que parecían extenderse hasta el infinito, expandiéndose en círculos desde los caserones húmedos del centro histórico. En un bloque, en el último piso, vivía una niña a la que llamaremos Pilar. La mamá de Pilar era “practicante” autodidacta, esto es, enfermera sin licencia que realizaba curas e inyecciones a pacientes que no podían permitirse otro servicio. No se sabe si era hipocondría u obsesión por la limpieza lo que la empujaba a mantener a Pilar siempre en casa. ¿Estaría la niña enferma? El caso es que rara vez se divisaba su pequeña figura en el parque, la calle o los jardines de los bajos, donde se reunían a jugar los niños del barrio. Del padre nada sabemos.

No era Pilar la niña marginada del barrio: ese triste galardón correspondía a unos chicos conocidos como “los hijos del moro” (a saber qué hacía un padre de familia marroquí y musulmán practicante en el Jerez de mediados de siglo, más en un barrio poblado por familias de trabajadores de las bodegas). A Pilar no la evitaban los otros niños; no podían, de hecho, hacerlo. Pues la niña pasaba las tardes asomada desde su cuarto piso, contemplando la calle y los jardines de los vecinos. No fueron pocas las persecuciones, discusiones y pataletas interrumpidas, por miedo o por vergüenza, tras el avistamiento de su rostro atento sobre la barandilla. 

Pilar vigilaba el barrio, participaba en juegos desde las alturas y, si lo consideraba preciso, hacía sonar la alarma. Cuando divisaba a un niño gateando por el jardín del bajo de su bloque, empezaba a gritar: “¡Paquita! ¡Paquita! ¡El niño está andando solo!”. La madre, aunque viera normal la situación, se acercaba y recogía al niño, apartándolo de su vista en una especie de compromiso espontáneo, que encontraba inexplicable pero que tenía un punto de piedad. Pues a Pilar le perturbaba presenciar aquello que no le habían permitido hacer a ella, y el barrio parecía compadecerla lo suficiente como para correr a ahorrarle esos disgustos.

El jardín era, en barrios como este, la solución intermedia. Los padres preferían traerse a niños selectos a casa antes que escuchar de labios de sus hijos las insolencias aprendidas de los niños de la calle y los parques. La diferencia con la protectora madre de Pilar era, quizá, sólo económica: el poder disponer en el domicilio de un patio de juegos vallado, un espacio lo suficientemente amplio como para que la inquietud paterna no degenerase en confinamiento.

En aquellos días, muchos padres ahorraban para dar a sus hijos algo mejor que los colegios “de niños pobres”, los de la educación pública. Padres que se habían educado en estos eran particularmente proclives a desear para su prole “algo mejor”, que entonces era sinónimo de escuelas religiosas. Varias niñas del barrio tenían a sus madres soñando con una de las más prestigiosas de la ciudad, entre ellas la madre de Pilar. 

Cuando se aproximaba a la edad escolar, Pilar vivía aún más recluida que de costumbre: le había salido un bulto en la mejilla que no dejaba de crecer, de semana en semana. Su madre recurría a todo su conocimiento autodidacta de enfermería para sanarlo, pero aún no había dado con el remedio.

Como para paliar este pequeño calvario, la asignación de escuelas, allá por el mes de abril, le fue favorable. Pilar celebró su admisión con unas horchatas en su terraza. 

Poco después llegó el verano, y los juegos del barrio se dispararon. El pequeño rostro de Pilar, aupado en la barandilla, exhibía una deformación visible aun desde el suelo. Se rumoreaba que estaba muy enferma, hasta que, un día de verano, se supo que había muerto. 

Unos días después de la muerte, como observando un luto mínimo, una misiva llegó a otra casa del barrio. Comunicaba, en un lenguaje frío y formal, que había una plaza disponible en el colegio de monjas para la niña de la casa... Por supuesto, fue rechazada, aunque el año siguiente volvieran a solicitar la inscripción.

Se oyó hablar de una operación fallida, un intento de cortarle aquel bulto para vaciarlo de un pus imaginario que resultó en un río de sangre... También de que la madre, frente a la muerte del ser al que había protegido de los peligros del mundo, perdió el juicio y nunca lo reencontró. Y uno duda si fue esta ausencia o el paso normal de los años lo que provocó que los juegos del jardín devinieran menos teatrales, menos complejos y dramáticos, incluso en verano, hasta terminar clausurando en silencio, como un espectáculo sin ningún espectador. 

Una historia que sucedió en el Jerez de los años 60. En una de esas barriadas que parecían extenderse hasta el infinito, expandiéndose en círculos desde los caserones húmedos del centro histórico. En un bloque, en el último piso, vivía una niña a la que llamaremos Pilar. La mamá de Pilar era “practicante” autodidacta, esto es, enfermera sin licencia que realizaba curas e inyecciones a pacientes que no podían permitirse otro servicio. No se sabe si era hipocondría u obsesión por la limpieza lo que la empujaba a mantener a Pilar siempre en casa. ¿Estaría la niña enferma? El caso es que rara vez se divisaba su pequeña figura en el parque, la calle o los jardines de los bajos, donde se reunían a jugar los niños del barrio. Del padre nada sabemos.

No era Pilar la niña marginada del barrio: ese triste galardón correspondía a unos chicos conocidos como “los hijos del moro” (a saber qué hacía un padre de familia marroquí y musulmán practicante en el Jerez de mediados de siglo, más en un barrio poblado por familias de trabajadores de las bodegas). A Pilar no la evitaban los otros niños; no podían, de hecho, hacerlo. Pues la niña pasaba las tardes asomada desde su cuarto piso, contemplando la calle y los jardines de los vecinos. No fueron pocas las persecuciones, discusiones y pataletas interrumpidas, por miedo o por vergüenza, tras el avistamiento de su rostro atento sobre la barandilla. 

Pilar vigilaba el barrio, participaba en juegos desde las alturas y, si lo consideraba preciso, hacía sonar la alarma. Cuando divisaba a un niño gateando por el jardín del bajo de su bloque, empezaba a gritar: “¡Paquita! ¡Paquita! ¡El niño está andando solo!”. La madre, aunque viera normal la situación, se acercaba y recogía al niño, apartándolo de su vista en una especie de compromiso espontáneo, que encontraba inexplicable pero que tenía un punto de piedad. Pues a Pilar le perturbaba presenciar aquello que no le habían permitido hacer a ella, y el barrio parecía compadecerla lo suficiente como para correr a ahorrarle esos disgustos.

El jardín era, en barrios como este, la solución intermedia. Los padres preferían traerse a niños selectos a casa antes que escuchar de labios de sus hijos las insolencias aprendidas de los niños de la calle y los parques. La diferencia con la protectora madre de Pilar era, quizá, sólo económica: el poder disponer en el domicilio de un patio de juegos vallado, un espacio lo suficientemente amplio como para que la inquietud paterna no degenerase en confinamiento.

En aquellos días, muchos padres ahorraban para dar a sus hijos algo mejor que los colegios “de niños pobres”, los de la educación pública. Padres que se habían educado en estos eran particularmente proclives a desear para su prole “algo mejor”, que entonces era sinónimo de escuelas religiosas. Varias niñas del barrio tenían a sus madres soñando con una de las más prestigiosas de la ciudad, entre ellas la madre de Pilar. 

Cuando se aproximaba a la edad escolar, Pilar vivía aún más recluida que de costumbre: le había salido un bulto en la mejilla que no dejaba de crecer, de semana en semana. Su madre recurría a todo su conocimiento autodidacta de enfermería para sanarlo, pero aún no había dado con el remedio.

Como para paliar este pequeño calvario, la asignación de escuelas, allá por el mes de abril, le fue favorable. Pilar celebró su admisión con unas horchatas en su terraza. 

Poco después llegó el verano, y los juegos del barrio se dispararon. El pequeño rostro de Pilar, aupado en la barandilla, exhibía una deformación visible aun desde el suelo. Se rumoreaba que estaba muy enferma, hasta que, un día de verano, se supo que había muerto. 

Unos días después de la muerte, como observando un luto mínimo, una misiva llegó a otra casa del barrio. Comunicaba, en un lenguaje frío y formal, que había una plaza disponible en el colegio de monjas para la niña de la casa... Por supuesto, fue rechazada, aunque el año siguiente volvieran a solicitar la inscripción.

Se oyó hablar de una operación fallida, un intento de cortarle aquel bulto para vaciarlo de un pus imaginario que resultó en un río de sangre... También de que la madre, frente a la muerte del ser al que había protegido de los peligros del mundo, perdió el juicio y nunca lo reencontró. Y uno duda si fue esta ausencia o el paso normal de los años lo que provocó que los juegos del jardín devinieran menos teatrales, menos complejos y dramáticos, incluso en verano, hasta terminar clausurando en silencio, como un espectáculo sin ningún espectador. 

COMENTARIOS