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Opinión

Ibis eremitas: vuelo de esperanza contra los malos presagios

Los ibis eremitas de La Barca de Vejer son, en el fondo, una pequeña victoria contra la pérdida. Una prueba de que a veces se llega tarde, pero no demasiado tarde. Una manera de decir que todavía hay margen para reparar algo

  • Ibis eremita, en una imagen reciente.

Animal de la perfección, tu último rostro me niega, tu caligrafía amarga en el hondo lugar de mayo, tu salvación de espada que se desploma, de sangre pálida, tu absoluto sin ángeles ni mares libres. Blanca Andreu

Acostumbrados os tengo a la gastropoesía, a hablaros de sabores y experiencias para los sentidos. Elevar el espíritu dentro de nuestras posibilidades, pero si me lo permitís, me tomo la licencia de dedicar a estas criaturas un lugar en mi universo personal que comparto con vosotros desde aquí: nuestros ibis eremitas. Los vimos por primera vez en la playa del Retín, camino de Barbate. Y fue una escena rara, inesperada, de las que se quedan dentro porque una no sabe muy bien qué está mirando hasta que el asombro hace su trabajo. No fue un sueño, pero casi.

Allí estaban, caminando por aquel paisaje de arena, monte bajo, viento y luz atlántica, con su aire torpe y elegante a la vez. Negros, desgarbados, con ese pico imposible curvado como diseñado por la imaginación de un niño, extrañísimos. No son pájaros bonitos de una forma fácil. Los ibis son otra cosa y su presencia obliga a mirar dos veces.

Los dejamos de ver una temporada, y vaya si los buscamos a toda cosa, para comprobar que son ciertos y afirmarnos en nuestra alegría. Ahora es en  La Barca de Vejer donde aguardan para que los contemplemos. Maravilla. Ocupan los cortados como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar. Y, sin embargo, su historia allí es relativamente reciente y tiene mucho de empeño colectivo, de ciencia aplicada con paciencia y de esa forma silenciosa de amor que consiste en cuidar algo hasta que puede volver a vivir por sí mismo. 

La palabra supervivencia escrita en el cuerpo

El ibis eremita es una de esas especies que parecen llevar escrita en el cuerpo la palabra supervivencia. Durante siglos habitó distintas zonas del Mediterráneo, pero fue desapareciendo poco a poco hasta quedar reducido a poblaciones muy amenazadas. En España llevaba siglos extinguido como reproductor. Por eso verlos hoy en Cádiz, criando en libertad, no es solo una estampa bonita para fotógrafos o aficionados a las aves. Es una noticia buena. Y las noticias buenas de la naturaleza, en estos tiempos, conviene celebrarlas con cierta gratitud.

  • Varios ibis eremitas, en La Barca de Vejer.
  • -

La historia de cómo llegaron hasta aquí empieza en el Zoobotánico de Jerez, con ejemplares nacidos en cautividad y con un proyecto de conservación que acabaría convirtiendo la comarca de La Janda en un lugar clave para la recuperación de la especie. El Proyecto Eremita, impulsado por la Junta de Andalucía y el Zoobotánico de Jerez, comenzó en 2004 con asesoramiento científico de la Estación Biológica de Doñana. El objetivo era ambicioso y delicado: estudiar técnicas de liberación y lograr que aves criadas bajo cuidado humano pudieran formar una población estable, sedentaria y autosuficiente en libertad.

Y aquí entra el  lugar donde los descubrimos sin saber todavía toda la historia que llevaban detrás. Allí, en la Sierra del Retín, gracias también a la colaboración de la Armada Española, se situó uno de los aviarios de aclimatación. Allí los ibis terminaban parte de su proceso antes de las sueltas graduales. Algunos habían sido criados a mano con métodos muy cuidadosos para evitar que se acostumbraran demasiado al ser humano; otros llegaron jóvenes desde programas europeos de cría en cautividad. Antes de liberarlos, se les identificaba con anillas, se les hacía seguimiento y se observaba su adaptación al territorio.

Nada de esto fue casual. Detrás de cada ave negra sobre la arena o sobre la roca hay muchas horas de trabajo, muchos intentos, muchas pérdidas y una confianza obstinada en que la vida podía abrirse camino.

La Barca de Vejer, una de sus principales colonias de cría

En 2008 llegó uno de los momentos más importantes: una pareja de ibis eremitas consiguió criar en libertad en el Tajo de Barbate. Aquel nacimiento no fue un simple apunte técnico. Fue la confirmación de que el proyecto podía funcionar. Un pollo nacido en un nido de los acantilados decía, sin discursos, que una especie desaparecida de nuestros cielos podía volver a ocupar un lugar en el paisaje.

Años después, la historia añadió una escena que parece inventada, pero no lo es: Elena y Bárbara, dos científicas que actuaron como madres adoptivas, guiaron desde Austria hacia Jerez y La Janda a una bandada de jóvenes ibis eremitas que habían aprendido a seguir un ultraligero como quien sigue a su madre. Aquella migración guiada, de más de dos mil kilómetros, no fue solo una proeza técnica, sino una imagen emocionante de la conservación cuando se hace con inteligencia y con ternura: dos mujeres en el aire, delante, y detrás esos pájaros antiguos aprendiendo una ruta nueva para unirse a la población gaditana. Me conmueve pensarlo así, como una mezcla de ciencia, instinto y confianza; un vuelo imposible que terminó acercando todavía más esta especie a nuestro paisaje y a nuestra memoria.

  • Ibis eremitas, 'escondidos' entre las rocas.
  • -

Después la historia siguió creciendo. La Barca de Vejer se convirtió en una de sus principales colonias de cría y también en uno de los puntos más conocidos para observarlos. Sobre las repisas de piedra, los ibis tienen algo de comunidad antigua. Se agrupan, se rozan, se vigilan, crían, se acicalan, abren las alas, entran y salen de las oquedades del cortado. Desde lejos parecen manchas negras sobre una pared clara. De cerca, cuando la luz los toca, el plumaje revela azules, verdes, morados, cobres escondidos. No son negros del todo. Guardan más matices de los que aparentan.

Son el retrato de una posibilidad cumplida

Hay algo muy propio de este territorio en esta historia, aunque pueda parecer raro decirlo de un ave tan singular. Esa mezcla de frontera y refugio, de viento, piedra, marisma y monte bajo. Esa manera en que lo salvaje convive, a veces casi de puntillas, junto a carreteras, playas, pinares y acantilados. Aquí la belleza no siempre aparece pulida ni domesticada. A menudo llega con sal, aspereza y carácter. Los ibis no reclaman simpatía. Ni buscan la postal. Van a su aire, con una dignidad un poco excéntrica, como si supieran que su mera presencia  es suficiente. Adoro su rareza. Se adaptan al ambiente que enamora de estos lugares: son independientes, casi bohemios sin postureo, hippies auténticos, porque no son conscientes de que lo son.

Por eso las fotografías que nos regalan me emocionan tanto. No son solo imágenes de aves sobre una pared de roca. Son el retrato de una posibilidad cumplida. En ellas se ve la textura del cortado, las manchas blancas de los nidos, las anillas en las patas, los picos curvos, las cabezas rojizas, las alas abiertas como abanicos oscuros. Son también esperanza, el símbolo del regreso. La Barca de Vejer es hoy uno de esos lugares donde el paisaje se muestra en una de sus versiones más hondas: antigua, mineral, biológica, resistente. Una pared de piedra habitada por aves que estuvieron a punto de desaparecer y que ahora vuelven a criar aquí. Una colonia visible desde la distancia, pero llena de historias invisibles. Una lección de conservación contada sin solemnidad, con alas negras y picos rojos.

Conviene acercarse a ellos con respeto. Mirarlos sin invadir. Fotografiar sin molestar. Entender que la colonia no es un decorado, sino una comunidad. Que esos cortados no son un fondo bonito, sino un lugar de cría, de descanso y de supervivencia. Los ibis eremitas de La Barca de Vejer son, en el fondo, una pequeña victoria contra la pérdida. Una prueba de que a veces se llega tarde, pero no demasiado tarde. Una manera de decir que todavía hay margen para reparar algo. Por eso aquí me los traigo, porque algo tan extraordinario y tan cercano, debe celebrarse y debe ser contado.

Animal de la perfección, tu último rostro me niega, tu caligrafía amarga en el hondo lugar de mayo, tu salvación de espada que se desploma, de sangre pálida, tu absoluto sin ángeles ni mares libres. Blanca Andreu

Acostumbrados os tengo a la gastropoesía, a hablaros de sabores y experiencias para los sentidos. Elevar el espíritu dentro de nuestras posibilidades, pero si me lo permitís, me tomo la licencia de dedicar a estas criaturas un lugar en mi universo personal que comparto con vosotros desde aquí: nuestros ibis eremitas. Los vimos por primera vez en la playa del Retín, camino de Barbate. Y fue una escena rara, inesperada, de las que se quedan dentro porque una no sabe muy bien qué está mirando hasta que el asombro hace su trabajo. No fue un sueño, pero casi.

Allí estaban, caminando por aquel paisaje de arena, monte bajo, viento y luz atlántica, con su aire torpe y elegante a la vez. Negros, desgarbados, con ese pico imposible curvado como diseñado por la imaginación de un niño, extrañísimos. No son pájaros bonitos de una forma fácil. Los ibis son otra cosa y su presencia obliga a mirar dos veces.

Los dejamos de ver una temporada, y vaya si los buscamos a toda cosa, para comprobar que son ciertos y afirmarnos en nuestra alegría. Ahora es en  La Barca de Vejer donde aguardan para que los contemplemos. Maravilla. Ocupan los cortados como si siempre hubieran pertenecido a ese lugar. Y, sin embargo, su historia allí es relativamente reciente y tiene mucho de empeño colectivo, de ciencia aplicada con paciencia y de esa forma silenciosa de amor que consiste en cuidar algo hasta que puede volver a vivir por sí mismo. 

La palabra supervivencia escrita en el cuerpo

El ibis eremita es una de esas especies que parecen llevar escrita en el cuerpo la palabra supervivencia. Durante siglos habitó distintas zonas del Mediterráneo, pero fue desapareciendo poco a poco hasta quedar reducido a poblaciones muy amenazadas. En España llevaba siglos extinguido como reproductor. Por eso verlos hoy en Cádiz, criando en libertad, no es solo una estampa bonita para fotógrafos o aficionados a las aves. Es una noticia buena. Y las noticias buenas de la naturaleza, en estos tiempos, conviene celebrarlas con cierta gratitud.

  • Varios ibis eremitas, en La Barca de Vejer.
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La historia de cómo llegaron hasta aquí empieza en el Zoobotánico de Jerez, con ejemplares nacidos en cautividad y con un proyecto de conservación que acabaría convirtiendo la comarca de La Janda en un lugar clave para la recuperación de la especie. El Proyecto Eremita, impulsado por la Junta de Andalucía y el Zoobotánico de Jerez, comenzó en 2004 con asesoramiento científico de la Estación Biológica de Doñana. El objetivo era ambicioso y delicado: estudiar técnicas de liberación y lograr que aves criadas bajo cuidado humano pudieran formar una población estable, sedentaria y autosuficiente en libertad.

Y aquí entra el  lugar donde los descubrimos sin saber todavía toda la historia que llevaban detrás. Allí, en la Sierra del Retín, gracias también a la colaboración de la Armada Española, se situó uno de los aviarios de aclimatación. Allí los ibis terminaban parte de su proceso antes de las sueltas graduales. Algunos habían sido criados a mano con métodos muy cuidadosos para evitar que se acostumbraran demasiado al ser humano; otros llegaron jóvenes desde programas europeos de cría en cautividad. Antes de liberarlos, se les identificaba con anillas, se les hacía seguimiento y se observaba su adaptación al territorio.

Nada de esto fue casual. Detrás de cada ave negra sobre la arena o sobre la roca hay muchas horas de trabajo, muchos intentos, muchas pérdidas y una confianza obstinada en que la vida podía abrirse camino.

La Barca de Vejer, una de sus principales colonias de cría

En 2008 llegó uno de los momentos más importantes: una pareja de ibis eremitas consiguió criar en libertad en el Tajo de Barbate. Aquel nacimiento no fue un simple apunte técnico. Fue la confirmación de que el proyecto podía funcionar. Un pollo nacido en un nido de los acantilados decía, sin discursos, que una especie desaparecida de nuestros cielos podía volver a ocupar un lugar en el paisaje.

Años después, la historia añadió una escena que parece inventada, pero no lo es: Elena y Bárbara, dos científicas que actuaron como madres adoptivas, guiaron desde Austria hacia Jerez y La Janda a una bandada de jóvenes ibis eremitas que habían aprendido a seguir un ultraligero como quien sigue a su madre. Aquella migración guiada, de más de dos mil kilómetros, no fue solo una proeza técnica, sino una imagen emocionante de la conservación cuando se hace con inteligencia y con ternura: dos mujeres en el aire, delante, y detrás esos pájaros antiguos aprendiendo una ruta nueva para unirse a la población gaditana. Me conmueve pensarlo así, como una mezcla de ciencia, instinto y confianza; un vuelo imposible que terminó acercando todavía más esta especie a nuestro paisaje y a nuestra memoria.

  • Ibis eremitas, 'escondidos' entre las rocas.
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Después la historia siguió creciendo. La Barca de Vejer se convirtió en una de sus principales colonias de cría y también en uno de los puntos más conocidos para observarlos. Sobre las repisas de piedra, los ibis tienen algo de comunidad antigua. Se agrupan, se rozan, se vigilan, crían, se acicalan, abren las alas, entran y salen de las oquedades del cortado. Desde lejos parecen manchas negras sobre una pared clara. De cerca, cuando la luz los toca, el plumaje revela azules, verdes, morados, cobres escondidos. No son negros del todo. Guardan más matices de los que aparentan.

Son el retrato de una posibilidad cumplida

Hay algo muy propio de este territorio en esta historia, aunque pueda parecer raro decirlo de un ave tan singular. Esa mezcla de frontera y refugio, de viento, piedra, marisma y monte bajo. Esa manera en que lo salvaje convive, a veces casi de puntillas, junto a carreteras, playas, pinares y acantilados. Aquí la belleza no siempre aparece pulida ni domesticada. A menudo llega con sal, aspereza y carácter. Los ibis no reclaman simpatía. Ni buscan la postal. Van a su aire, con una dignidad un poco excéntrica, como si supieran que su mera presencia  es suficiente. Adoro su rareza. Se adaptan al ambiente que enamora de estos lugares: son independientes, casi bohemios sin postureo, hippies auténticos, porque no son conscientes de que lo son.

Por eso las fotografías que nos regalan me emocionan tanto. No son solo imágenes de aves sobre una pared de roca. Son el retrato de una posibilidad cumplida. En ellas se ve la textura del cortado, las manchas blancas de los nidos, las anillas en las patas, los picos curvos, las cabezas rojizas, las alas abiertas como abanicos oscuros. Son también esperanza, el símbolo del regreso. La Barca de Vejer es hoy uno de esos lugares donde el paisaje se muestra en una de sus versiones más hondas: antigua, mineral, biológica, resistente. Una pared de piedra habitada por aves que estuvieron a punto de desaparecer y que ahora vuelven a criar aquí. Una colonia visible desde la distancia, pero llena de historias invisibles. Una lección de conservación contada sin solemnidad, con alas negras y picos rojos.

Conviene acercarse a ellos con respeto. Mirarlos sin invadir. Fotografiar sin molestar. Entender que la colonia no es un decorado, sino una comunidad. Que esos cortados no son un fondo bonito, sino un lugar de cría, de descanso y de supervivencia. Los ibis eremitas de La Barca de Vejer son, en el fondo, una pequeña victoria contra la pérdida. Una prueba de que a veces se llega tarde, pero no demasiado tarde. Una manera de decir que todavía hay margen para reparar algo. Por eso aquí me los traigo, porque algo tan extraordinario y tan cercano, debe celebrarse y debe ser contado.

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