La historia del hombre del saco no es solo un cuento inventado para asustar a los niños. Tiene fecha, lugar y protagonistas reales. Ocurrió el 27 de junio de 1910 en Gádor, un pequeño municipio agrícola del interior de Almería, y lo que sucedió aquel día estremeció a toda España hasta el punto de ocupar las portadas de la prensa durante semanas.
Bernardo González Parra tenía siete años cuando acompañó a su madre a lavar ropa en una laguna cercana. En un descuido del camino, Julio Hernández, apodado el Tonto, se abalanzó sobre él por la espalda, lo metió en un saco y lo trasladó a un cortijo abandonado. Allí lo esperaban Francisco Leona Romero, barbero y curandero del pueblo, y Francisco Ortega Moreno, conocido como el Moruno, un agricultor acomodado que padecía tuberculosis.
La razón del secuestro era tan brutal como la superstición que lo motivaba. Leona había convencido al Moruno de que la única cura posible para su enfermedad era beber sangre caliente de un niño sano y untarse su grasa en el pecho. El trato se cerró por 3.000 pesetas, el equivalente a 18 euros actuales.
Un crimen nacido de la desesperación
Francisco Leona degolló al pequeño en el cortijo, recogió su sangre en una vasija y extrajo la grasa de su cuerpo siguiendo sus propias instrucciones. Los restos de Bernardo fueron ocultados en un barranco a pocos kilómetros del lugar. La desaparición del niño desató una búsqueda inmediata entre vecinos y Guardia Civil.
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La trama se desmoronó con rapidez. El Moruno, débil y enfermo, ofreció versiones contradictorias al ser interrogado. Leona cometió un error fatal al describir detalles que solo el asesino podía conocer. Fue el Tonto, incapaz de sostener la mentira, quien acabó conduciendo a los agentes hasta el cuerpo de Bernardo.
El juicio que paralizó España
El proceso judicial, celebrado en agosto de 1910, fue uno de los más seguidos de la época. Las sesiones se llenaron de curiosos y la prensa bautizó el caso como el crimen de Gádor. El juez condenó a muerte a Francisco Leona, aunque murió antes de la ejecución víctima de una enfermedad, aunque algunos expertos apuntan a un posible envenenamiento.
El Moruno y Agustina Rodríguez, la curandera cómplice, fueron ejecutados a garrote vil. Julio el Tonto fue indultado alegando demencia. A partir de entonces, el mito del hombre del saco dejó de ser una figura abstracta para tomar rostro, nombre y apellidos en la memoria colectiva española.
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