Me llama enormemente, y escandalosamente, la atención una frase que se ha vuelto cada vez más frecuente en redes sociales. Aparece cuando alguien habla de un libro que no le ha gustado y decide justificar su opinión con un argumento aparentemente incontestable: “No he entendido nada”.
Hasta ahí, nada que objetar. A todos nos ha ocurrido. Existen libros que se nos resisten, autores con los que no conectamos y obras para las que quizá todavía no estamos preparados. El problema llega cuando el razonamiento continúa por el camino de que si no lo has entendido es que el libro es malo.
Y es que he dado en redes con ese argumento aplicado a Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Y pensé que ahí había algo más interesante que una simple mala crítica, porque el problema no era el juicio sobre la novela, sino la idea de fondo. Esa convicción de que cualquier libro que exija un esfuerzo especial al lector está fallando en su cometido.
Tengo la sensación de que estamos transmitiendo una idea muy empobrecida de lo que significa leer.
Las redes sociales han contribuido enormemente a acercar la lectura a mucha gente. Sería absurdo negarlo. Han creado comunidades de lectores, han visibilizado autores y han conseguido que personas que jamás habían pisado una librería se interesen por los libros. Pero también han traído consigo una cierta simplificación del hecho literario.
Cada vez encuentro más vídeos, recomendaciones y reseñas donde la calidad de una novela parece medirse por la velocidad con la que ocurren cosas. Cuanto más rápido avanza la trama, mejor.
Cuanto más inmediata es la recompensa, más satisfactoria resulta la lectura. Y si además hay escenas románticas o sexuales que puedan compartirse en fragmentos de pocos segundos, el éxito parece asegurado. Y, mientras tanto, todo lo demás empieza a percibirse como un obstáculo.
Las descripciones se convierten en páginas que hay que atravesar para llegar a la acción. Las reflexiones de los personajes son interrupciones. La construcción de una atmósfera parece un rodeo innecesario. Incluso la dificultad, cuando aparece, deja de considerarse una característica legítima de la obra para transformarse automáticamente en un defecto. Y lo más preocupante es que esta forma de entender la lectura empieza a normalizarse.
Leemos por la experiencia completa
Me he topado, así, de manera accidentada porque aún no he salido del asombro, con varios usuarios que se saltan páginas enteras cuando consideran que la trama se ralentiza. Algunos confesaban hacerlo incluso con Sherlock Holmes. No les interesan las observaciones de Watson, ni la descripción de Londres, ni los paseos por la campiña inglesa, ni la atmósfera victoriana que Arthur Conan Doyle construye con tanto cuidado. Lo que buscan es llegar cuanto antes a la explicación final del misterio. Y no pude evitar pensar que se estaban perdiendo precisamente aquello que convierte esos relatos en literatura.
Porque la solución de un caso puede resumirse en un párrafo. De hecho, hoy internet está lleno de páginas que condensan novelas enteras en pocas líneas. Si lo único importante fuera descubrir quién cometió el crimen o cómo se resolvió el enigma, bastaría con leer un resumen. Sin embargo, nadie lee un clásico del misterio solo para eso. O, al menos, nadie debería hacerlo.
Leemos a Holmes por la niebla londinense, por Baker Street, por la mirada admirada de Watson, por las pequeñas observaciones que convierten un escenario en un lugar real. Leemos por la experiencia completa, no únicamente por el desenlace.
Lo mismo ocurre con cualquier otra obra. Nadie lee a Delibes únicamente para averiguar qué ocurre al final. Nadie lee a García Márquez para conocer una sucesión de acontecimientos. Y desde luego nadie debería acercarse a Clarice Lispector esperando una novela construida como una serie de televisión donde cada capítulo termina con un giro argumental.
La literatura siempre ha exigido esfuerzo
Hay libros que cuentan una historia y otros que, además, intentan explorar una conciencia, una emoción o una forma de mirar el mundo. Para estos últimos hace falta algo más que curiosidad. Hace falta paciencia.
Quizá por eso me preocupa tanto esa tendencia creciente a considerar que toda dificultad es un error del autor. Porque la literatura siempre ha exigido un cierto esfuerzo por parte del lector. No todos los libros son para todo el mundo. No todos los libros son para todas las edades. Y no todos los libros llegan en el momento adecuado. Y no pasa nada. A veces la respuesta más honesta no es decir que una obra es mala, sino reconocer que todavía no hemos encontrado la manera de entrar en ella.
La literatura, al fin y al cabo, no es una carrera hacia el final de la historia. Es el camino que recorremos para llegar hasta allí. Y cuando empezamos a saltarnos todo lo que hay entre medias, quizá seguimos consumiendo historias, pero dejamos de leer libros.
Me llama enormemente, y escandalosamente, la atención una frase que se ha vuelto cada vez más frecuente en redes sociales. Aparece cuando alguien habla de un libro que no le ha gustado y decide justificar su opinión con un argumento aparentemente incontestable: “No he entendido nada”.
Hasta ahí, nada que objetar. A todos nos ha ocurrido. Existen libros que se nos resisten, autores con los que no conectamos y obras para las que quizá todavía no estamos preparados. El problema llega cuando el razonamiento continúa por el camino de que si no lo has entendido es que el libro es malo.
Y es que he dado en redes con ese argumento aplicado a Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector. Y pensé que ahí había algo más interesante que una simple mala crítica, porque el problema no era el juicio sobre la novela, sino la idea de fondo. Esa convicción de que cualquier libro que exija un esfuerzo especial al lector está fallando en su cometido.
Tengo la sensación de que estamos transmitiendo una idea muy empobrecida de lo que significa leer.
Las redes sociales han contribuido enormemente a acercar la lectura a mucha gente. Sería absurdo negarlo. Han creado comunidades de lectores, han visibilizado autores y han conseguido que personas que jamás habían pisado una librería se interesen por los libros. Pero también han traído consigo una cierta simplificación del hecho literario.
Cada vez encuentro más vídeos, recomendaciones y reseñas donde la calidad de una novela parece medirse por la velocidad con la que ocurren cosas. Cuanto más rápido avanza la trama, mejor.
Cuanto más inmediata es la recompensa, más satisfactoria resulta la lectura. Y si además hay escenas románticas o sexuales que puedan compartirse en fragmentos de pocos segundos, el éxito parece asegurado. Y, mientras tanto, todo lo demás empieza a percibirse como un obstáculo.
Las descripciones se convierten en páginas que hay que atravesar para llegar a la acción. Las reflexiones de los personajes son interrupciones. La construcción de una atmósfera parece un rodeo innecesario. Incluso la dificultad, cuando aparece, deja de considerarse una característica legítima de la obra para transformarse automáticamente en un defecto. Y lo más preocupante es que esta forma de entender la lectura empieza a normalizarse.
Leemos por la experiencia completa
Me he topado, así, de manera accidentada porque aún no he salido del asombro, con varios usuarios que se saltan páginas enteras cuando consideran que la trama se ralentiza. Algunos confesaban hacerlo incluso con Sherlock Holmes. No les interesan las observaciones de Watson, ni la descripción de Londres, ni los paseos por la campiña inglesa, ni la atmósfera victoriana que Arthur Conan Doyle construye con tanto cuidado. Lo que buscan es llegar cuanto antes a la explicación final del misterio. Y no pude evitar pensar que se estaban perdiendo precisamente aquello que convierte esos relatos en literatura.
Porque la solución de un caso puede resumirse en un párrafo. De hecho, hoy internet está lleno de páginas que condensan novelas enteras en pocas líneas. Si lo único importante fuera descubrir quién cometió el crimen o cómo se resolvió el enigma, bastaría con leer un resumen. Sin embargo, nadie lee un clásico del misterio solo para eso. O, al menos, nadie debería hacerlo.
Leemos a Holmes por la niebla londinense, por Baker Street, por la mirada admirada de Watson, por las pequeñas observaciones que convierten un escenario en un lugar real. Leemos por la experiencia completa, no únicamente por el desenlace.
Lo mismo ocurre con cualquier otra obra. Nadie lee a Delibes únicamente para averiguar qué ocurre al final. Nadie lee a García Márquez para conocer una sucesión de acontecimientos. Y desde luego nadie debería acercarse a Clarice Lispector esperando una novela construida como una serie de televisión donde cada capítulo termina con un giro argumental.
La literatura siempre ha exigido esfuerzo
Hay libros que cuentan una historia y otros que, además, intentan explorar una conciencia, una emoción o una forma de mirar el mundo. Para estos últimos hace falta algo más que curiosidad. Hace falta paciencia.
Quizá por eso me preocupa tanto esa tendencia creciente a considerar que toda dificultad es un error del autor. Porque la literatura siempre ha exigido un cierto esfuerzo por parte del lector. No todos los libros son para todo el mundo. No todos los libros son para todas las edades. Y no todos los libros llegan en el momento adecuado. Y no pasa nada. A veces la respuesta más honesta no es decir que una obra es mala, sino reconocer que todavía no hemos encontrado la manera de entrar en ella.
La literatura, al fin y al cabo, no es una carrera hacia el final de la historia. Es el camino que recorremos para llegar hasta allí. Y cuando empezamos a saltarnos todo lo que hay entre medias, quizá seguimos consumiendo historias, pero dejamos de leer libros.
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