Opinión

Yo he sufrido heterofobia

Quienes hemos sufrido la heterofobia crecemos con una sensación espantosa de miedo a ser abandonados porque hemos desarrollado el mantra interior de que no somos dignos de ser amados.

La heterofobia existe y yo la he sufrido. No la queréis ver porque el movimiento LGTB y las feministas sólo quieren que veas la homofobia o el machismo, pero no la violencia que sufrimos los heterosexuales, los grandes empresarios, los hombres o los blancos ricos por los negros pobres, por los homosexuales, por los trabajadores precarios, por las mujeres y por los negros pobres, según sea el caso, claro está, aunque a veces todos los astros se unen y lo somos todo a la vez.

Yo de pequeño crecí en una familia conformada por dos padres que odiaban a los heterosexuales. En el colegio, mis profesores eran también homosexuales, como mis dos papás, y mis compañeros también sentían atracción hacia personas de su mismo sexo.

No os podéis imaginar la de recreos que me quedé solo en el patio del colegio porque me obligaban a jugar a la goma. No os podéis imaginar la de recreos que me autoexiliaba en un rincón porque sentía que no pertenecía a este mundo y cualquier gesto de masculinidad que me salía sin darme cuenta tenía como premio un insulto que todavía me suena en mis noches de terror: “¡Heterazo!”.

Me decían “heterazo” cuando les venía en gana, aunque yo intentaba sacar pluma gay para disimular y evitar la dureza de vivir señalado por ser tan macho. Luego, iba a casa y no se lo podía decir a mis padres porque decían que era verdad, que era un heterazo de mierda. Mi padre, uno de ellos, esperaba que mi masculinidad fuera sólo cosa de la infancia y que con los años me corrigiera y fuera normal; gay, claro está.

El caso es que fui creciendo y aquello iba a más. Me apunté a fútbol, a judo e incluso a rugby y lo hacía con miedo porque era ponerme a los pies de los caballos. En fútbol eran todos gays, menos un niño y yo que éramos “heterazos de mierda”, como nos gritaban cuando no metíamos gol. Muchas veces ni nos sacaban a jugar porque el entrenador no soportaba nuestra pluma de heteros de mierda. “No quiero machos en este equipo, ¿habéis entendido?”, nos espetaba en el descanso para regañarnos a mi compañero y a mí. El resto de jugadores del equipo, todos gays, se miraban unos a otros, se daban codazos y se reían de nosotros.

Muchos días me volvía a casa solo después del partido de fútbol porque crecí pensando que no era digno de ser amado. Fui rechazado en todos los ámbitos de mi vida por mi pluma hetero. En el colegio, en la familia, en las actividades extraescolares y también entre mis amigos. Apenas conocía gente como yo, heterosexual, y todas las películas, programas de televisión y libros que leía tenían como protagonistas a parejas de hombres o de dos mujeres que se amaban, tenían hijos, eran felices y comían perdices.

Yo siempre pensé que el día que mis padres descubrieran que mi heterosexualidad no era una veleta infantil, sino que sería así toda mi vida, me echarían de casa, me desheredarían, me darían una gran paliza y se avergonzarían de mí. Recuerdo ver en secreto un programa pionero que echaban en televisión sobre la realidad heterosexual. En cuanto oía un ruido de algunos de mis padres, cambiaba corriendo de canal para que no descubrieran mi secreto.

Mientras que mis amigos y amigas conocieron el amor a los 15 años, de manera pausada, con caricias y a la misma vez que el despertar sexual, yo, heterosexual de mierda, no tuve mi primera relación hasta que tuve 23 años. Y fui sin una pizca de ternura, con exceso de sordidez y como quien cometía un delito. Si tuviera que ponerle un nombre a mi vida, quizás le pondría ‘El que no es digno de ser amado’, porque así crecí, pensando que las personas heterosexuales como yo éramos lo peor, la peste.

Mi padre alguna vez decía en voz alta que prefería tener un hijo drogadicto que heterosexual. Cada vez que oía esa frase me entraba un escalofrío por el cuerpo que me enviaba a enero, aunque fuera pleno mes de agosto. Algunas veces recuerdo aquel frío helador en pleno verano, un frío que nacía de la soledad que sufría un adolescente perdido, solo, escondido, que no encontraba refugio nada más que en sí mismo y que temía que cualquier gesto significara el descubrimiento de mi secreto, de mi heterosexualidad.

Afortunadamente, pude ir a la universidad, compaginándolo con trabajos de mierda, pero antes había sido víctima del fracaso escolar. La heterofobia impedía que me concentrara y mi necesidad de huir a alguna parte me tenía perdido, atormentado. Apenas tengo recuerdos de salir a discotecas de ambiente gay con mis amigos del colegio porque temía que de noche, con alguna copilla, me saliera más pluma hetero de lo debido o incluso que me tirara encima de alguna amiga y le confesara que bebía los vientos por ella. Así que nada, decidí no salí y me quedaba en casa todos los fines de semana. Tanto busqué la salida que de repente no sabía cómo huir de aquel agujero negro.

Me refugié en la lectura, aunque es un decir lo de refugio, porque la literatura que podía entrar en mi casa sólo estaba permitida la homosexual. Una vez hice una travesura y encargué una novela con protagonistas heterosexuales a una librería de Madrid y viví con miedo durante la semana que tardó en llegarme a casa. Medí bien el tiempo para asegurarme que, cuando llegara el cartero, no habría nadie en mi casa. ¡Imaginad qué horror si uno de mis padres hubiera abierto el paquete y hubiera visto que yo leía libros de heterosexuales, de parejas formadas por un hombre y una mujer, con niños y todo!

Por aquel entonces, yo pensaba que me matarían. Con 23 años yo ya no podía más, no era yo, puse como 30 kilos de la ansiedad y tuve que ir al hospital más de una vez por algún ataque de ansiedad fuerte. Es más, la ansiedad que arrastro ahora, que tengo 37 años, viene en parte de aquella época de esconderme, de negarme y negar la heterosexualidad en un mundo donde sólo se podía ser lesbiana, gay o transexual.

Como no sabía cómo salir del armario de la heterosexualidad, decidí poner tierra de por medio y me marché a vivir a Asturias con 23 añitos. Me llevé unos 1.500 euros que tenía de un finiquito y una maleta con algunos libros, algún CD y la poca ropa que tenía. No conocía a nadie en Asturias. A nadie, nadie, pero un 8 de septiembre de hace muchos años llegué a Gijón para comenzar a vivir en libertad.

Eran las 22 horas, estaba en una ciudad que cuadriplicaba el número de habitantes de la mía, no conocía a nadie y todo lo que tenía eran 1.500 euros para empezar. No podía fracasar porque si fracasaba tendría que volver a la cárcel de la heterosexualidad, a una ciudad de poco más de 50.000 habitantes como Mérida donde los heterosexuales éramos animales exóticos.

Estoy hablando de no hace demasiado tiempo, del año 2000 o por ahí. También me acuerdo lo que lloré en 2005 cuando se aprobó en España la ley que permitía el matrimonio entre personas de distinto sexo. Lloré en secreto, claro, porque si no pensarían que yo quería casarme con una mujer y todavía mi heterosexualidad estaba aún en absoluto secreto.

Mi heterosexualidad me distanció de mis padres, de mis hermanos, de mis primos, de mis tíos, de mis sobrinos, de mis amigos del colegio y de todo mi entorno. La heterofobia existe porque a mí me robó la infancia y la adolescencia y ahora, que tengo 37 años, voy al psicólogo de vez en cuando porque muchas de mis inseguridades, de mis miedos, de mis ansiedades y de mis ruidos interiores proceden de aquella época en la que pensé que nadie nunca me querría.

Quienes hemos sufrido la heterofobia crecemos con una sensación espantosa, de miedo a ser abandonados porque hemos desarrollado el mantra interior de que no somo,s dignos de ser amados. Nadie nunca me ha dicho que no soy digno de ser amado, pero todas las señales externas desde que soy un chiquillo me indicaban que sólo por gustarme las mujeres era indigno para recibir el amor.

Nada de esta historia es cierto. O bueno sí, casi todo, sólo que no he sufrido heterofobia, sino homofobia. No he tenido dos padres, sino una madre y un padre; no he ido a un colegio lleno de gays, sino a uno lleno de heterosexuales donde nos decían que ser gay era pecado para la Iglesia y una enfermedad para la psiquiatría. Y no he jugado a fútbol, pero sí me quité de una academia de baile flamenco porque no soportaba la verificación de género que me hacía mi padre cuando volvía con mis botas de baile y ser el único chico en un grupo donde sólo había mujeres.

He dejado de hacer muchas cosas en mi vida, de querer a mucha gente, me han robado mucho cariño de mis padres y he crecido pensando que nunca nadie me querría por ser homosexual. No saben lo que dicen los imbéciles esos que se han dado un beso delante de un stand de Unidos Podemos para denunciar la supuesta heterofobia que sufren los heterosexuales en España. ¡Pobrecitos, ellos, los heterosexuales, que los matan todavía en casi una decena de países sólo por ser heteros!

A día de hoy, a mis 37 años, todavía sentiría miedo de darme un beso con mi pareja en plena calle  por el peso de las miradas y porque sé que hay muchos fascistas que a un gesto de amor entre dos personas del mismo sexo responderían con violencia. Sólo quien vive con la soberbia de los privilegiados se atreve de culpar a los oprimidos y explotados de ejercer de verdugos. La heterofobia no existe, pero la homofobia a muchos nos ha llegado a dar por pensar en el suicidio para librarnos de un mundo que nos manda señales desde que nacemos con las que se nos informa de que no somos dignos de ser amados.

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