Cultura

El que es digno de ser amado: el libro que rompe los demonios del armario

La gran conquista de las personas LGTB es llegar a la certeza de que somos dignos de ser amados. Hasta que llega ese convencimiento, nos dejamos por el camino la infancia, la cercanía con los hermanos y una huida de los padres, del hogar familiar y de todas las señales que te dicen que no eres digno de ser amado.

Y así, con la certeza de que no somos dignos de ser amados, descubrimos el sexo animal a la misma vez que el amor, sin intervalo, sin caricias y sin nadie que nos enseñe a respetar los cuerpos de los demás y el nuestro propio. Los gais no somos más promiscuos que los heterosexuales, como se cree, simplemente es que no hemos sido educados en el sexo con afecto y afrontamos el sexo desde la voracidad de quien está subvirtiendo las normas, de quien accedió al sexo sin el festival de gestos, miradas, guiños, caricias y ritos combinatorios del deseo sexual con la atracción emocional.

No sé si todos, pero muchos gais arrastramos una sensación vital de que nos han robado querer a nuestros padres con más intensidad y de conocer el amor poco a poco, como los adolescentes heteros autodescubren su despertar sexual. Mientras las personas heteros se acarician un día, otro se besan, el tercero se tocan los genitales, el cuarto practican el sexo  oral y el quinto consuman el acto sexual, los gais nos vamos directamente a los genitales.

También nos faltan referencias porque  las personas LGTB arrastramos un álbum familiar incompleto, con relaciones humanas rotas por el miedo al rechazo o directamente por la incomprensión. De ahí que sea tan importante la nueva generación de personas LGTB que nacen en hogares y en un sistema escolar donde les enseñan que son normales, que son dignos de ser amados y que no tendrán que renunciar a nada para ser quienes sean o sentir lo que sienten.

Abdelá Taia, el autor del El que es digno de ser amado, escribe en su libro, mitad ficción, mitad autobiografía, cartas a todas las deudas emocionales que acumula y se enfrenta a su pueblo, Salé (Marruecos), desde el exilio francés, a su madre, a la muralla levantada contra su padre, a los amores a los que dejó heridos por su incapacidad de amar y a su hermanas, a las que les envía a Marruecos medicinas desde Francia, fortaleciendo un vínculo afectivo que la tradición y la religión no consiguen romper.

Nacido en una familia pobre de solemnidad donde la cultura es un artículo de lujo porque lo urgente a diario era comer, Abdelá Taia también se reconcilia con su clase social negándose a ser interceptado por la sociedad francesa que pretende colonizarlo más que integrarlo. De tanto que buscó la salida, Abdelá, como tantas personas LGTB, ahora no encuentra la entrada. No es ni de Francia ni de Marruecos, ni de su familia ni de los altos círculos intelectuales franceses, ni musulmán ni ateo. A veces no es ni suyo.

El que es digno de ser amado es un libro, editado por Cabaret Voltaire, editorial especializada en literatura francesa traducida delicadamente al castellano y que en la librería Espacio Caótica de Sevilla tanto miman su colección, sustituye tres años de terapia psicológica.

Es literatura de calidad porque te sana a la vez que debes pararte en medio de la lectura para digerir y alabar al autor por ser capaz de describir con tal precisión el comportamiento humano. Lejos de esos libros de frases cursis inacabadas que culpan a la gente de no ser feliz, hechos para ser vendidos y no para ser leídos, podría llamarse de autoayuda si no fuera por el desprestigio que apareja esta denominación y porque los libros que así se denominan son de todo menos literatura.

El libro de Abdelá Taia, convertido en autor francés de referencia, aunque su lengua materna es el árabe, debería leerlo todo autoexiliado. Es un relato desgarrador, cargado de belleza, escrito mitad vomitando la vida y mitad amándola, y con un mensaje nítido: sólo el amor nos salvará de nosotros mismos. Cuando antes aprendamos a amar y a amarnos, menos tiempo estaremos en la oscuridad de la autohomofobia, la ansiedad, la rabia, la soledad y la insatisfacción vital. No hay mayor liberación que cerrar los agujeros emocionales que arrastramos.

 

 

 

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