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Opinión

El valor de la ganadería que no estamos sabiendo contar

Durante los últimos años, muchos ganaderos han tenido que alimentar a sus animales en condiciones durísimas. La sequía obligó a comprar más pienso, más forraje y más paja

  • Vacas en la marisma. -

Cada verano volvemos a hablar de incendios. Este año lo hemos visto de forma especialmente dolorosa en Huelva, con el incendio forestal declarado en el paraje de Los Turbios, en Villanueva de los Castillejos, que ha calcinado más de 5.000 hectáreas.

Ante una catástrofe así, el foco se pone en la prevención, en los planes de emergencia, en el cambio climático y en la gestión forestal. Pero pocas veces miramos hacia uno de los aliados más antiguos, más eficaces y, paradójicamente, menos reconocidos que tenemos para mantener vivo y ordenado nuestro territorio: la ganadería extensiva.

Cada oveja, cada cabra, cada vaca que aprovecha el pasto está retirando combustible vegetal del campo. Está haciendo una labor silenciosa de prevención. Está ayudando a que el territorio no se abandone, a que los pueblos sigan teniendo actividad económica y a que el paisaje no se convierta en una masa continua de vegetación seca, mucho más vulnerable ante el fuego.

Sin embargo, esa realidad no siempre se entiende. Y no se entiende, en parte, porque desde el propio sector no hemos sabido explicar suficientemente bien su importancia estratégica.

El sector arrastra desde hace años una sucesión de problemas que han puesto a prueba la resistencia de muchas ganaderías. Enfermedades como la lengua azul, la amenaza permanente de la peste porcina africana, los cierres o restricciones de mercados, los efectos de fenómenos meteorológicos extremos, la subida de los costes de producción, la excesiva burocracia y la pérdida constante del censo de animales forman parte de una realidad con la que venimos conviviendo en las cooperativas ganaderas. A esto se suma el uso de la ganadería como moneda de cambio en las transacciones comerciales, con el acuerdo UE-Mercosur como ejemplo claro.

Se han puesto en marcha ayudas, es cierto. Y son necesarias. Pero también debemos decir con claridad que una ayuda nunca sustituye a una política estable, a una rentabilidad suficiente ni a un reconocimiento social justo. Las ayudas alivian, pero no resuelven por sí solas el problema de fondo: producir alimentos se ha convertido en una actividad cada vez más compleja, más exigente y menos comprendida.

Durante los últimos años, muchos ganaderos han tenido que alimentar a sus animales en condiciones durísimas. La sequía obligó a comprar más pienso, más forraje y más paja. Después llegaron episodios de lluvias torrenciales, causando daños en infraestructuras, pérdidas de animales y nuevos costes añadidos. A todo ello se suma la incertidumbre sanitaria y comercial ante enfermedades nuestras y de los países vecinos, ya que Andalucía actúa como el principal cordón sanitario y barrera zoosanitaria de la Unión Europea frente a la entrada de enfermedades ganaderas procedentes del norte de África.

En definitiva, el ganadero vive pendiente del cielo, de los mercados, de la sanidad animal, de la normativa, de los costes y de unos precios que no siempre reconocen el esfuerzo que hay detrás de cada litro de leche, cada kilo de carne o cada animal criado. Y, pese a todo, la ganadería sigue ahí.

Sigue en nuestros pueblos. Sigue generando empleo. Sigue fijando población. Sigue manteniendo industrias, cooperativas, transportistas, veterinarios, fábricas de pienso, queserías, mataderos, comercios y servicios. Sigue aportando alimentos de calidad, seguros y saludables. 

Y, sobre todo, sigue innovando, ya que la ganadería es uno de los motores más dinámicos para el desarrollo de la tecnología avanzada y la digitalización.

Pero, lamentablemente, seguimos sin saber trasladar con suficiente fuerza o claridad todo esto a la sociedad. 

Por ello, en el debate público ha ganado el ruido frente a la verdad. Se habla de macrogranjas como si toda la ganadería respondiera a un único modelo. Se habla del metano sin nombrar la contribución ambiental de una actividad tan compleja. Se cuestiona el consumo de productos ganaderos que forman parte de una dieta mediterránea avalada y recomendada por las principales organizaciones de salud y alimentación a nivel mundial.

En definitiva…, se habla de la ganadería sin explicar qué hay detrás de una explotación familiar, de una dehesa, o de una cooperativa que es motor de empleo y desarrollo y que invierte para ser cada vez más eficiente y sostenible.

Y el problema no es que haya debate. El debate es sano. El problema es que, demasiadas veces, ese debate se construye desde la polémica y no desde el conocimiento. 

La ganadería extensiva no puede meterse en el mismo saco que otros modelos productivos. La ganadería extensiva es la que convive con nuestros pueblos. La que aprovecha recursos que, de otro modo, se perderían. La que mantiene paisajes. La que contribuye a la biodiversidad cuando se maneja correctamente. La que ayuda a prevenir incendios. La que da sentido económico a muchas comarcas. La que permite que haya vida donde otros sectores no llegan.

También es una ganadería que ha avanzado mucho. 

Hoy hay explotaciones más profesionalizadas, más tecnificadas y más conscientes de sus exigencias ambientales. La digitalización está entrando en la gestión diaria. La industria ganadera ha mejorado procesos, eficiencia energética, trazabilidad, bienestar animal y sostenibilidad. Hay cercas digitales, control de datos, genética, alimentación de precisión y nuevas herramientas de manejo. En muchos casos, la ganadería no solo incorpora tecnología: también la impulsa, la adapta y la exporta.

Incluso en sectores donde durante años se ha hablado con preocupación del relevo generacional, empiezan a verse señales positivas. En el vacuno de carne, por ejemplo, hay jóvenes que se incorporan con preparación, con otra visión empresarial y con voluntad de permanecer en el territorio. No es un fenómeno suficiente ni generalizado todavía, lamentablemente, pero sí demuestra que hay futuro cuando existe rentabilidad, dignidad profesional y un horizonte claro.

El reto está ahora en conectar todo esto con el consumidor y con la sociedad. 

No basta con producir bien. Hay que explicar mejor lo que hacemos y lo que somos. Hay que abrir las explotaciones, hablar de bienestar animal, de sostenibilidad, de alimentación saludable, de economía rural y de respeto ambiental. También de I+D+i, de GPS, de Big Data y de Inteligencia Artificial.

La sociedad tiene derecho a preguntar cómo se produce. Y el sector tiene la obligación de responder. Con datos, con humildad y con orgullo. Humildad para reconocer que siempre hay margen de mejora. Orgullo para defender que la ganadería bien hecha no es un problema, sino parte de la solución.

Si este verano tenemos la desgracia de ver arder otro monte, quizá deberíamos preguntarnos qué había allí antes. Si había pastores. Si había ganado. Si había aprovechamiento del pasto. Si había actividad. Si había personas viviendo y trabajando en el territorio... Porque prevenir incendios no empieza el día que se declara el fuego. Empieza mucho antes: manteniendo vivo el campo.

Quizá ha llegado el momento de mirar de nuevo al ganadero no como parte de un problema, sino como alguien que lleva años sosteniendo, muchas veces en silencio, una parte esencial de lo que somos. 

Y quizá es hora también de que el propio sector levante la voz. No para quejarse más, sino para explicarse mejor.

Cada verano volvemos a hablar de incendios. Este año lo hemos visto de forma especialmente dolorosa en Huelva, con el incendio forestal declarado en el paraje de Los Turbios, en Villanueva de los Castillejos, que ha calcinado más de 5.000 hectáreas.

Ante una catástrofe así, el foco se pone en la prevención, en los planes de emergencia, en el cambio climático y en la gestión forestal. Pero pocas veces miramos hacia uno de los aliados más antiguos, más eficaces y, paradójicamente, menos reconocidos que tenemos para mantener vivo y ordenado nuestro territorio: la ganadería extensiva.

Cada oveja, cada cabra, cada vaca que aprovecha el pasto está retirando combustible vegetal del campo. Está haciendo una labor silenciosa de prevención. Está ayudando a que el territorio no se abandone, a que los pueblos sigan teniendo actividad económica y a que el paisaje no se convierta en una masa continua de vegetación seca, mucho más vulnerable ante el fuego.

Sin embargo, esa realidad no siempre se entiende. Y no se entiende, en parte, porque desde el propio sector no hemos sabido explicar suficientemente bien su importancia estratégica.

El sector arrastra desde hace años una sucesión de problemas que han puesto a prueba la resistencia de muchas ganaderías. Enfermedades como la lengua azul, la amenaza permanente de la peste porcina africana, los cierres o restricciones de mercados, los efectos de fenómenos meteorológicos extremos, la subida de los costes de producción, la excesiva burocracia y la pérdida constante del censo de animales forman parte de una realidad con la que venimos conviviendo en las cooperativas ganaderas. A esto se suma el uso de la ganadería como moneda de cambio en las transacciones comerciales, con el acuerdo UE-Mercosur como ejemplo claro.

Se han puesto en marcha ayudas, es cierto. Y son necesarias. Pero también debemos decir con claridad que una ayuda nunca sustituye a una política estable, a una rentabilidad suficiente ni a un reconocimiento social justo. Las ayudas alivian, pero no resuelven por sí solas el problema de fondo: producir alimentos se ha convertido en una actividad cada vez más compleja, más exigente y menos comprendida.

Durante los últimos años, muchos ganaderos han tenido que alimentar a sus animales en condiciones durísimas. La sequía obligó a comprar más pienso, más forraje y más paja. Después llegaron episodios de lluvias torrenciales, causando daños en infraestructuras, pérdidas de animales y nuevos costes añadidos. A todo ello se suma la incertidumbre sanitaria y comercial ante enfermedades nuestras y de los países vecinos, ya que Andalucía actúa como el principal cordón sanitario y barrera zoosanitaria de la Unión Europea frente a la entrada de enfermedades ganaderas procedentes del norte de África.

En definitiva, el ganadero vive pendiente del cielo, de los mercados, de la sanidad animal, de la normativa, de los costes y de unos precios que no siempre reconocen el esfuerzo que hay detrás de cada litro de leche, cada kilo de carne o cada animal criado. Y, pese a todo, la ganadería sigue ahí.

Sigue en nuestros pueblos. Sigue generando empleo. Sigue fijando población. Sigue manteniendo industrias, cooperativas, transportistas, veterinarios, fábricas de pienso, queserías, mataderos, comercios y servicios. Sigue aportando alimentos de calidad, seguros y saludables. 

Y, sobre todo, sigue innovando, ya que la ganadería es uno de los motores más dinámicos para el desarrollo de la tecnología avanzada y la digitalización.

Pero, lamentablemente, seguimos sin saber trasladar con suficiente fuerza o claridad todo esto a la sociedad. 

Por ello, en el debate público ha ganado el ruido frente a la verdad. Se habla de macrogranjas como si toda la ganadería respondiera a un único modelo. Se habla del metano sin nombrar la contribución ambiental de una actividad tan compleja. Se cuestiona el consumo de productos ganaderos que forman parte de una dieta mediterránea avalada y recomendada por las principales organizaciones de salud y alimentación a nivel mundial.

En definitiva…, se habla de la ganadería sin explicar qué hay detrás de una explotación familiar, de una dehesa, o de una cooperativa que es motor de empleo y desarrollo y que invierte para ser cada vez más eficiente y sostenible.

Y el problema no es que haya debate. El debate es sano. El problema es que, demasiadas veces, ese debate se construye desde la polémica y no desde el conocimiento. 

La ganadería extensiva no puede meterse en el mismo saco que otros modelos productivos. La ganadería extensiva es la que convive con nuestros pueblos. La que aprovecha recursos que, de otro modo, se perderían. La que mantiene paisajes. La que contribuye a la biodiversidad cuando se maneja correctamente. La que ayuda a prevenir incendios. La que da sentido económico a muchas comarcas. La que permite que haya vida donde otros sectores no llegan.

También es una ganadería que ha avanzado mucho. 

Hoy hay explotaciones más profesionalizadas, más tecnificadas y más conscientes de sus exigencias ambientales. La digitalización está entrando en la gestión diaria. La industria ganadera ha mejorado procesos, eficiencia energética, trazabilidad, bienestar animal y sostenibilidad. Hay cercas digitales, control de datos, genética, alimentación de precisión y nuevas herramientas de manejo. En muchos casos, la ganadería no solo incorpora tecnología: también la impulsa, la adapta y la exporta.

Incluso en sectores donde durante años se ha hablado con preocupación del relevo generacional, empiezan a verse señales positivas. En el vacuno de carne, por ejemplo, hay jóvenes que se incorporan con preparación, con otra visión empresarial y con voluntad de permanecer en el territorio. No es un fenómeno suficiente ni generalizado todavía, lamentablemente, pero sí demuestra que hay futuro cuando existe rentabilidad, dignidad profesional y un horizonte claro.

El reto está ahora en conectar todo esto con el consumidor y con la sociedad. 

No basta con producir bien. Hay que explicar mejor lo que hacemos y lo que somos. Hay que abrir las explotaciones, hablar de bienestar animal, de sostenibilidad, de alimentación saludable, de economía rural y de respeto ambiental. También de I+D+i, de GPS, de Big Data y de Inteligencia Artificial.

La sociedad tiene derecho a preguntar cómo se produce. Y el sector tiene la obligación de responder. Con datos, con humildad y con orgullo. Humildad para reconocer que siempre hay margen de mejora. Orgullo para defender que la ganadería bien hecha no es un problema, sino parte de la solución.

Si este verano tenemos la desgracia de ver arder otro monte, quizá deberíamos preguntarnos qué había allí antes. Si había pastores. Si había ganado. Si había aprovechamiento del pasto. Si había actividad. Si había personas viviendo y trabajando en el territorio... Porque prevenir incendios no empieza el día que se declara el fuego. Empieza mucho antes: manteniendo vivo el campo.

Quizá ha llegado el momento de mirar de nuevo al ganadero no como parte de un problema, sino como alguien que lleva años sosteniendo, muchas veces en silencio, una parte esencial de lo que somos. 

Y quizá es hora también de que el propio sector levante la voz. No para quejarse más, sino para explicarse mejor.

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