Cultura de escaparate

Las redes no son el enemigo de la cultura. Tampoco los influencers lo son. Muchos trabajan con rigor, se preparan, estudian lo que recomiendan

13 de marzo de 2026 a las 09:55h
Alfombra roja en el Festival de Málaga.
Alfombra roja en el Festival de Málaga.

Hay una paradoja silenciosa en el mundo de los libros que a veces cuesta explicar sin que suene a reproche. Hoy es perfectamente posible ganar más dinero hablando de libros en redes que escribiendo uno. No es una exageración ni una queja: es, simplemente, una descripción del momento que vivimos.

Un escritor puede pasar años construyendo una historia, afinando una voz, corrigiendo páginas que nadie verá jamás. Y luego llega alguien con un móvil, una estantería bien iluminada y un vídeo de treinta segundos recomendando lecturas del mes. El algoritmo sonríe, las visualizaciones suben, las colaboraciones llegan. El libro sigue ahí, pero la conversación sobre el libro se mueve a otra velocidad.

No tiene nada de malo. Las redes han conseguido algo que la crítica literaria llevaba años perdiendo: hablar de libros con naturalidad, con entusiasmo, con cercanía. Mucha gente vuelve a leer porque alguien se lo ha contado mirándole a la cara desde una pantalla. Eso merece respeto.

Pero también introduce un pequeño desplazamiento que conviene observar: el foco ya no siempre está en quien crea, sino en quien comenta. En quien interpreta. En quien recomienda.

El libro, a veces, se convierte en accesorio.

Algo parecido ocurre ahora en el cine, y por eso la polémica de estos días resulta tan curiosamente familiar. Al hilo del debate sobre por qué en ciertas alfombras rojas aparecen influencers mientras algunos artistas se quedan fuera, muchos han descubierto con sorpresa lo que en otros ámbitos ya llevaba tiempo sucediendo: el escenario cultural ha cambiado de protagonistas.

La escena del Festival de Málaga fue casi perfecta como metáfora.

Micrófono en mano, cámara delante, alfombra roja bajo los pies. La pregunta parecía sencilla: recomendar una película española. Algo lógico en un festival de cine. Y la respuesta llegó con la vacilación de quien no esperaba tener que hablar de cine precisamente allí.

“Una peli… qué rollo… no sé ahora… alguna española… pues mira, la nueva de Ocho apellidos”.

Ni la película es novedad, ni la respuesta parecía fruto de la preparación. Solo del instante. De ese impulso tan contemporáneo de decir algo para llenar el silencio.

Y, sin embargo, el silencio habría sido mucho más elegante.

Qué sobrevaloradas están las palabras, a veces. Hay silencios que contienen más respeto que un discurso improvisado.

Porque el problema no es que alguien no tenga una enciclopedia del cine en la cabeza. El problema es la falta de curiosidad mínima hacia el lugar al que uno ha sido invitado. Si te invitan a un festival de cine, quizá lo razonable sea dedicar cinco minutos a mirar qué películas se proyectan. Mientras te peinan, mientras te maquillan, mientras esperas el coche. Un vistazo rápido al móvil bastaría.

No por quedar bien. Por respeto.

A la industria, al trabajo de quienes están allí por algo más que una fotografía.

Algunos artistas lo han señalado con claridad. La actriz Victoria Abril lo resumía con una mezcla de ironía y desconcierto: antes las verdaderas influencers eran las actrices de los años treinta y cuarenta, aquellas cuyo peinado o vestido imitaban miles de mujeres. Influían porque encarnaban algo. Porque representaban un imaginario cultural.

Ahora la palabra ha cambiado de significado.

No es necesariamente peor. Es, simplemente, otra cosa.

Vivimos en un mundo donde la atención se ha convertido en la moneda más valiosa. Quien sabe atraer miradas tiene un poder enorme, y las industrias culturales lo saben. Los festivales, los premios, las editoriales, todos buscan esa visibilidad que hoy circula por canales muy distintos a los de hace veinte años.

El problema aparece cuando la visibilidad sustituye al contenido.

Cuando el invitado no tiene ninguna relación real con aquello que se celebra. Cuando el evento se convierte en una escenografía para el ego.

Y entonces aparece esa sensación incómoda que muchos han expresado estos días: la de que el cine —o la literatura— se convierte en simple decorado.

Quizá convenga decirlo sin dramatismos. Las redes no son el enemigo de la cultura. Tampoco los influencers lo son. Muchos trabajan con rigor, se preparan, estudian lo que recomiendan. Existen divulgadores de cine, de literatura, de arte, que hacen un trabajo admirable acercando esas obras a miles de personas.

Pero una cosa es divulgar y otra posar.

Una cosa es recomendar y otra llenar un hueco.

La diferencia se nota enseguida. En la forma de hablar, en la curiosidad, en el respeto por el tema que se tiene delante.

Porque al final la cultura no necesita guardianes solemnes ni alfombras rojas impecables. Solo necesita algo mucho más sencillo y mucho más difícil de fingir: interés verdadero.

Leer antes de recomendar. Ver antes de opinar. Escuchar antes de hablar.

Todo lo demás —la foto, el vestido, el vídeo viral— dura exactamente lo que dura la alfombra roja bajo los focos.

Luego se apagan las luces. Y lo único que queda es la obra. Y la memoria de quienes la hicieron posible.

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