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Historia de unas valientes

Conocemos a cuatro mujeres que desafiaron a la sociedad machista de la época a través de pequeñas revoluciones personales que ahora han tenido su reflejo en el proyecto 'Pioneras de Guadalcacín', que resalta sus aportaciones en pos de la igualdad en el entorno rural.

Conocemos a cuatro mujeres que desafiaron a la sociedad machista de la época a través de pequeñas revoluciones personales que ahora han tenido su reflejo en el proyecto ‘Pioneras de Guadalcacín’, que resalta sus aportaciones en pos de la igualdad en el entorno rural.

Seis décadas contemplan a Guadalcacín, una población muy joven nacida de los procesos colonizadores que se llevaron a cabo en España en los años 50 del pasado siglo XX por el Instituto Nacional de Colonización (INC). Hasta este rincón llegaron hombres y mujeres procedentes de diferentes municipios de la Sierra de Cádiz y de otros puntos de Andalucía, principalmente Granada, para trabajar parcelas que el INC les cedía en tutela a cambio de una contraprestación económica. Estas personas debían cumplir una serie de requisitos, el fundamental tener experiencia agrícola, aunque había otros que ahora llaman mucho la atención, como que tuvieran un buen comportamiento cristiano —certificado por su parroquia de procedencia—, que no tuvieran antecedentes expedidos por la Guardia Civil o que fuera una familia amplia, preferiblemente compuesta por dos hijos y dos hijas, en las que el papel de la mujer era prácticamente de sumisión: por la mañana, echando largas peonadas en el campo, y por la tarde, realizando las tareas propias del hogar, cuidar a los hijos y atender a sus maridos.

Si la vida de un colono en Guadalcacín ya era dura de por sí, imaginen la de una mujer en esa España de mediados del siglo pasado, machista a más no poder desde la infancia, con una educación prácticamente dirigida en exclusiva a los niños, ya que las niñas tenían que echar una mano en el campo y en casa. Eso sin contar con que una mujer no podía hacer cosas hoy tan normales como abrir una cuenta en el banco o ir sola por la calle a menos que no fuera para hacer las tareas que se entendía que les correspondía a ellas, como hacer la compra. Pero el paso de los años fue cambiando la mentalidad de algunas de esas colonas, que a base de esfuerzo, constancia y superación personal fueron rompiendo algunas barreras que hasta entonces parecían infranqueables. Pequeñas revoluciones personales que ahora han tenido su reflejo en un proyecto, comandado por la periodista Sonia Arnáiz, que resalta sus aportaciones en pos de la igualdad en el entorno rural: Pioneras de Guadalcacín. lavozdelsur.es ha querido ponerle cara a algunas de esas mujeres que pusieron su pequeño grano de arena para cambiar esa arcaica mentalidad de la sociedad rural que, a pesar de todo, y sesenta años después, todavía se sigue notando.  Pionera fue Ángeles Montes, 71 años, una de esas niñas que llegó al pueblo en 1953, cuando la mayoría de las casas eran barracones sin luz ni agua y con suelos de tierra. “En aquella época no había gordos”, resume tras explicar sus largas jornadas en el campo —de ocho a cuatro, y hasta las ocho de la tarde en verano— o las veces que tenía que ir a Jerez, andando, para hacer compras que debían durar 15 días, o hasta Torremelgarejo durante tres años, los que estuvo trabajando en una fábrica de lino. Ángeles fue la primera mujer de Guadalcacín que emigró. No había cumplido los 18 y lo hizo por amor. Se enamoró de un chaval más joven que él —algo que ya estaba mal visto— al que sus padres no permitían que viera. Su relación se tenía que llevar a escondidas y esa represión pudo con ella. Una amiga suya, de Sevilla, le comentó que estaba trabajando en un hospital de un pueblo de Suiza, y no se lo pensó dos veces. “Me monté en un tren de esos antiguos, de madera, desde Jerez a Madrid, y de allí a Suiza. Tres días de viaje”, recuerda Ángeles, que ni la barrera del idioma —no sabía más que español— ni el hecho de abandonar su casa por primera vez la achantaron. “Los primeros días me costó, porque estaba lejos de casa, pero luego me acostumbré. Me ayudó el que hubiera muchos españoles e italianos, con los que me entendía. Mi jefa además sabía español, y eso también ayudaba. En el hospital “hacía de todo. Hacía camas, limpiaba, servía comidas…”. Tras varias semanas allí conoció que su novio “se había puesto hasta malo por no verme. Le pidió a mis padres permiso para cartearse conmigo y yo les escribí diciendo que o lo permitían o no volvía a España”. Finalmente sus padres accedieron. Al año de su partida, Ángeles volvió a Guadalcacín y pudo reencontrarse con el que hoy es su marido y con el que lleva 59 años entre noviazgo (12) y matrimonio (47).

Pionera es también Pepa Candón, de 77 años, que luchó hasta la extenuación por recibir, ya de adulta, la educación que no pudo recibir de niña. No sabía leer ni escribir, por eso reclamó un colegio de adultos que atendiera las necesidades de todos aquellos que, como ella, eran prácticamente analfabetos. Se lo planteó al por entonces alcalde Manuel Becerra, que le pareció buena idea, y que cedió para tal fin un local en la plaza Artesanía. El problema vino después, cuando desde la delegación de Educación, en Cádiz, les ponían mil y una pegas. “Nos costó sudor y lágrimas”, relata Pepa, que junto a tres compañeras estuvieron plantándose en Cádiz periódicamente para reclamar a su profesor. “Nos dijeron que sí, que nos concedían uno, pero nunca llegaba. Hasta que fui allí y dije que a mí, que nunca había pisado un colegio, no me lo iban a quitar”. En uno de esos viajes habló con el propio delegado, que le dijo que si no había atendido su petición antes era “porque trabajaba con 199 profesores”. “Pues ahí está el mío, le dije. Y si no, me plantaba en el periódico para denunciarlo”. La advertencia surtió efecto y una semana después ya tenían por fin a su maestro. Rafael del Río fue el que enseñó a leer y a escribir a Pepa. “Al principio tenía una letra muy bonita. Ya no”, lamenta. También reconoce que le cuesta leer todo lo que esté escrito a mano, pero por lo menos vio cumplido su sueño.Y pioneras son igualmente Isabel y Lola, fundadoras de la asociación cultural Ágora, la primera, y la asociación de mujeres La Rosa, la segunda. Isabel, de 49 años, era una adolescente en los 80 en una localidad que no tenía prácticamente ningún aliciente para los jóvenes más allá de los bailes de fin de curso del colegio. Junto a tres amigas casi de su misma edad empezaron a pergeñar un movimiento cultural que tuvo su base en la parroquia de Guadalcacín, en ese nuevo movimiento de las comunidades cristianas de base que dieron un soplo de aire fresco y de renovación a la hasta entonces rancia Iglesia del franquismo. “Nos abrió la mente, porque era una religión muy liberadora y con compromiso social”. A partir de ahí surgió la posibilidad de organizar actividades de animación sociocultural que reuniera a la juventud guadalcacileña. “Al principio no nos entendía nadie, se nos veía como cuatro locas que nos juntábamos con los niños del pueblo”, afirma Isabel. 27 años después, ese pequeño grupo de “locas” fueron las precursoras de, entre otras cosas, la Feria del Libro de Guadalcacín y del grupo de cultura Ágora.

En cuanto a Lola, de 73 años, su labor fue fundamental para que las mujeres salieran definitivamente de sus casas y dieran un paso al frente para que dejaran de ser, simplemente, “la esposa de”. El triunfo del socialismo que comandaba Felipe González se notó en toda España, que vivió una etapa de aperturismo. “Fue el boom de las mujeres”, afirma, aunque señala que no a todos los hombres le sentó bien que ellas empezaran a tener una vida independiente fuera del hogar. De ahí que reconozca que “al principio teníamos que ir de casa en casa recogiendo a las mujeres, pero conseguimos que salieran de casa, que hicieran talleres, que se reunieran a tomar café…”. Cosas muy normales ahora, gracias al empeño de estas valientes y adelantadas a su época: las pioneras de Guadalcacín.

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