Bienvenidos a nuestro Gran Resort. Les ruego que no se asusten por el crujido de la madera al cruzar el umbral del vestíbulo ni por las grietas que, a modo de autopistas hacia ninguna parte, serpentean por la fachada principal. No hagan caso a los desconchones ni a los techos que amenazan con venirse abajo sobre sus cabezas. Tranquilos, no es abandono; tan siquiera es deterioro. Es el diseño más vanguardista del mercado contemporáneo: el minimalismo del despojo.
Durante décadas, el verano fue esa patria común a la que todos teníamos derecho a una escapadita. Un paréntesis sagrado en el calendario donde la rutina se suspendía durante quince días o un mes y las familias empaquetaban las sombrillas, las sillas plegables y la nevera azul en el maletero para poner rumbo a un destino bañado por la luz y la sal marina. El sueño no era otro que una quincena en un apartamento en Torremolinos, cualquier playa de Cádiz, una pensión completa en Gandía o, para los más prósperos, una escapada de una semana a Benidorm.
Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado de forma tan drástica como trágica. Las paredes de nuestro metafórico hotel se caen a pedazos porque la estructura económica sobre la que se sustentaba aquel bienestar de andar por casa ha saltado por los aires. En este flamante Resort que habitamos durante todo el año, la amplia mayoría de las familias ya no puede permitirse ni tan siquiera anhelar un fin de semana en cualquier playa del litoral gaditano. Irse de vacaciones se ha convertido en un lujo suntuario, un privilegio reservado para una minoría menguante o para quienes están dispuestos a suicidarse financieramente por tres días de desconexión.
La tensión financiera en los hogares ha alcanzado una cota tan asfixiante que la herramienta del crédito ha cambiado radicalmente de naturaleza. Aquellas líneas de dinero plástico que antes se solicitaban entre sonrisas en la sucursal del barrio para costear la escapada a Benalmádena, el billete de avión o el hotel con piscina, hoy se tramitan con la mirada baja y el nudo en la garganta para poder llenar el carro de la compra en la tercera semana del mes. El crédito ya no se utiliza para comprar tiempo de ocio, sino para comprar tiempo de supervivencia.
Por eso, les invitamos a quedarse en nuestro establecimiento. No hace falta que armen las maletas ni que consulten el estado de las carreteras, porque las vacaciones de este año se celebrarán íntegramente en el salón de su casa, con el ventilador puesto a la potencia mínima para no disparar la factura y mirando las fotos de aquellos benditos veranos en los que la escapadita era un derecho al alcance de la mano.
Pasen, pasen sin miedo y observen cómo se derrumba el tejado sobre el viejo sueño de la clase media. Acomódense en el sofocante agosto de la rutina ininterrumpida y disfruten del espectáculo de la precariedad cotidiana. No olviden dejar su reseña de cinco estrellas antes de marcharse a trabajar mañana por la mañana. Sean bienvenidos. Visite nuestro hotel.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
Bienvenidos a nuestro Gran Resort. Les ruego que no se asusten por el crujido de la madera al cruzar el umbral del vestíbulo ni por las grietas que, a modo de autopistas hacia ninguna parte, serpentean por la fachada principal. No hagan caso a los desconchones ni a los techos que amenazan con venirse abajo sobre sus cabezas. Tranquilos, no es abandono; tan siquiera es deterioro. Es el diseño más vanguardista del mercado contemporáneo: el minimalismo del despojo.
Durante décadas, el verano fue esa patria común a la que todos teníamos derecho a una escapadita. Un paréntesis sagrado en el calendario donde la rutina se suspendía durante quince días o un mes y las familias empaquetaban las sombrillas, las sillas plegables y la nevera azul en el maletero para poner rumbo a un destino bañado por la luz y la sal marina. El sueño no era otro que una quincena en un apartamento en Torremolinos, cualquier playa de Cádiz, una pensión completa en Gandía o, para los más prósperos, una escapada de una semana a Benidorm.
Hoy, sin embargo, el panorama ha cambiado de forma tan drástica como trágica. Las paredes de nuestro metafórico hotel se caen a pedazos porque la estructura económica sobre la que se sustentaba aquel bienestar de andar por casa ha saltado por los aires. En este flamante Resort que habitamos durante todo el año, la amplia mayoría de las familias ya no puede permitirse ni tan siquiera anhelar un fin de semana en cualquier playa del litoral gaditano. Irse de vacaciones se ha convertido en un lujo suntuario, un privilegio reservado para una minoría menguante o para quienes están dispuestos a suicidarse financieramente por tres días de desconexión.
La tensión financiera en los hogares ha alcanzado una cota tan asfixiante que la herramienta del crédito ha cambiado radicalmente de naturaleza. Aquellas líneas de dinero plástico que antes se solicitaban entre sonrisas en la sucursal del barrio para costear la escapada a Benalmádena, el billete de avión o el hotel con piscina, hoy se tramitan con la mirada baja y el nudo en la garganta para poder llenar el carro de la compra en la tercera semana del mes. El crédito ya no se utiliza para comprar tiempo de ocio, sino para comprar tiempo de supervivencia.
Por eso, les invitamos a quedarse en nuestro establecimiento. No hace falta que armen las maletas ni que consulten el estado de las carreteras, porque las vacaciones de este año se celebrarán íntegramente en el salón de su casa, con el ventilador puesto a la potencia mínima para no disparar la factura y mirando las fotos de aquellos benditos veranos en los que la escapadita era un derecho al alcance de la mano.
Pasen, pasen sin miedo y observen cómo se derrumba el tejado sobre el viejo sueño de la clase media. Acomódense en el sofocante agosto de la rutina ininterrumpida y disfruten del espectáculo de la precariedad cotidiana. No olviden dejar su reseña de cinco estrellas antes de marcharse a trabajar mañana por la mañana. Sean bienvenidos. Visite nuestro hotel.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
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