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Opinión

Verano del 26: Babel

Pensaba yo en la Babel en que se ha convertido el mundo con la infoxicación, en que la posibilidad de entendimiento se vuelve cada día más imposible

  • La Torre de Babel de Brueghel.

Me preguntaba por el parecido de la Torre de Babel, la más conocida, la de Pieter Brueghel, el Viejo, con el Infierno de Dante Alighieri representado por Botticelli. Se me antojaba una situación análoga no solo por la forma cónica sino por una de las interpretaciones en lo tocante a Babel, convertida por la tradición más bíblica en un verdadero infierno, para muchos, por un dios que hubiera querido impedir que los seres humanos alcanzaran el cielo. Siendo que, interpretan otros, que quizá la Torre de Babel fue construida para defenderse de un nuevo diluvio universal, después de lo del arca de Noé.

Pensaba yo en la Babel en que se ha convertido el mundo con la infoxicación, en que la posibilidad de entendimiento se vuelve cada día más imposible. En el teatro de verano, sin butacas numeradas, una libre y la otra con una botella de agua. Cuando vi que el señor bebía de la botella me fui a él y pregunté si estaba ocupada: dijo que no. Avisé a mi compañía y cuando llegó salta el muchachuelo que la silla sin marca de estar ocupada lo está. Le digo que acabo de preguntar y responde, con necedad, pero no a mí. Son cada día más las ocasiones en que los significados más elementales se desdibujan o desaparecen, como en aquel ejemplo en que alguien preguntaba a otro en el ascensor:

—¿Tiene hora?

—Sí.

Y quien preguntaba se quedaba sin saberla. El preguntado había respondido con enorme necedad a la pregunta, escuetamente, legalista, absurdo y hostil. ¿Por qué hostil? Porque a cualquiera con sentido común se le antoja que el reloj no era lo importante, sino su función. Las palabras dejaban de cumplir su función y el mismo idioma se convertía en dos idiomas diferentes y opuestos. Una lengua, si es común, es porque comparte los mismos significados y solo la necedad o la maldad convierten un reloj en un objeto despojado de su función y la pregunta queda despojada de su intención evidente. Así han convertido la palabra libertad en un reloj inservible con lo que libertad significa esclavitud y aplauden las focas.

Así nos asombramos del atentado de Berlín de ayer contra la libertad y derecho a disfrutarla, después de que el canciller Merz dijera en 2020, sin que viniera a cuento, que no hay problema con tener un canciller federal homosexual “siempre que cumpla la ley y que no afecte a los niños”. No se expresó nunca así cuando habló de los sacerdotes, por ejemplo, con los miles de casos comprobados de pedofilia en el mundo y también en Alemania. Al hoy canciller federal el preguntaron por la hora y dijo que tenía un reloj. Ahora que es canciller dice sentirse atacado y los suyos quieren endurecer aun más las leyes contra los migrantes y extranjeros. Dos pájaros de un tiro: primero alimentar la injustificada y en absoluto verificada pedofilia asociada por ignorantes y derechistas; luego de alimentado ese odio, las suspicacias, sospechas y restricciones de brocha gorda contra los migrantes y extranjeros. 

Fue en un cine de verano, aunque no recuerdo cual, donde vi la película Babel y su efecto mariposa, cuando ocurre algo en un rincón del mundo y tiene consecuencias en diferentes lugares del planeta. Todo está conectado, hoy más que nunca antes. Conectado, aunque no comunicado. Cada cosa que hacemos, cada pensamiento que amasamos, cada palabra que pronunciamos modifica el mundo en algo y en alguien. Es por ello que toma sentido hablar de la responsabilidad de lo que hacemos o decimos, y sobre todo de la intensidad con que insistimos.

El no entenderse despierta caminos y habilidades para alcanzar a comprender. Destruir la cooperación nacida para que el orden que es la lengua sirva para entenderse, ahí se edifica el infierno. Qué te pregunten con buena voluntad de dónde vienes y respondas manzanas traigo. Que preguntes que si tienen hora y te respondan qué rolex de oro tan chulo llevan. Los significados se diluyen y las palabras se nos escurren: así ha levantado la derecha mundial una Torre de Babel con licencia para destruir. No son conservadores, los conservadores lo primero que hormigonean es la lengua y su uso. Un verano, entregado yo a leer las obras completas de Miguel Mihura en los calores del Madrid en que dormías con la ventana abierta y en la madrugada rugía el camión de la basura recordaba aquella expresión infame lanzada contra el autor de Tres sombreros de copa o Ninette y un señor de Murcia: que era un liberalote. Una expresión que más que hablar de Mihura decía de sus autores y advertía de la que nos venía encima. Un teatro, el del absurdo, que se desactivó para que solo hiciera reír, sin darnos cuenta de por qué.

Me preguntaba por el parecido de la Torre de Babel, la más conocida, la de Pieter Brueghel, el Viejo, con el Infierno de Dante Alighieri representado por Botticelli. Se me antojaba una situación análoga no solo por la forma cónica sino por una de las interpretaciones en lo tocante a Babel, convertida por la tradición más bíblica en un verdadero infierno, para muchos, por un dios que hubiera querido impedir que los seres humanos alcanzaran el cielo. Siendo que, interpretan otros, que quizá la Torre de Babel fue construida para defenderse de un nuevo diluvio universal, después de lo del arca de Noé.

Pensaba yo en la Babel en que se ha convertido el mundo con la infoxicación, en que la posibilidad de entendimiento se vuelve cada día más imposible. En el teatro de verano, sin butacas numeradas, una libre y la otra con una botella de agua. Cuando vi que el señor bebía de la botella me fui a él y pregunté si estaba ocupada: dijo que no. Avisé a mi compañía y cuando llegó salta el muchachuelo que la silla sin marca de estar ocupada lo está. Le digo que acabo de preguntar y responde, con necedad, pero no a mí. Son cada día más las ocasiones en que los significados más elementales se desdibujan o desaparecen, como en aquel ejemplo en que alguien preguntaba a otro en el ascensor:

—¿Tiene hora?

—Sí.

Y quien preguntaba se quedaba sin saberla. El preguntado había respondido con enorme necedad a la pregunta, escuetamente, legalista, absurdo y hostil. ¿Por qué hostil? Porque a cualquiera con sentido común se le antoja que el reloj no era lo importante, sino su función. Las palabras dejaban de cumplir su función y el mismo idioma se convertía en dos idiomas diferentes y opuestos. Una lengua, si es común, es porque comparte los mismos significados y solo la necedad o la maldad convierten un reloj en un objeto despojado de su función y la pregunta queda despojada de su intención evidente. Así han convertido la palabra libertad en un reloj inservible con lo que libertad significa esclavitud y aplauden las focas.

Así nos asombramos del atentado de Berlín de ayer contra la libertad y derecho a disfrutarla, después de que el canciller Merz dijera en 2020, sin que viniera a cuento, que no hay problema con tener un canciller federal homosexual “siempre que cumpla la ley y que no afecte a los niños”. No se expresó nunca así cuando habló de los sacerdotes, por ejemplo, con los miles de casos comprobados de pedofilia en el mundo y también en Alemania. Al hoy canciller federal el preguntaron por la hora y dijo que tenía un reloj. Ahora que es canciller dice sentirse atacado y los suyos quieren endurecer aun más las leyes contra los migrantes y extranjeros. Dos pájaros de un tiro: primero alimentar la injustificada y en absoluto verificada pedofilia asociada por ignorantes y derechistas; luego de alimentado ese odio, las suspicacias, sospechas y restricciones de brocha gorda contra los migrantes y extranjeros. 

Fue en un cine de verano, aunque no recuerdo cual, donde vi la película Babel y su efecto mariposa, cuando ocurre algo en un rincón del mundo y tiene consecuencias en diferentes lugares del planeta. Todo está conectado, hoy más que nunca antes. Conectado, aunque no comunicado. Cada cosa que hacemos, cada pensamiento que amasamos, cada palabra que pronunciamos modifica el mundo en algo y en alguien. Es por ello que toma sentido hablar de la responsabilidad de lo que hacemos o decimos, y sobre todo de la intensidad con que insistimos.

El no entenderse despierta caminos y habilidades para alcanzar a comprender. Destruir la cooperación nacida para que el orden que es la lengua sirva para entenderse, ahí se edifica el infierno. Qué te pregunten con buena voluntad de dónde vienes y respondas manzanas traigo. Que preguntes que si tienen hora y te respondan qué rolex de oro tan chulo llevan. Los significados se diluyen y las palabras se nos escurren: así ha levantado la derecha mundial una Torre de Babel con licencia para destruir. No son conservadores, los conservadores lo primero que hormigonean es la lengua y su uso. Un verano, entregado yo a leer las obras completas de Miguel Mihura en los calores del Madrid en que dormías con la ventana abierta y en la madrugada rugía el camión de la basura recordaba aquella expresión infame lanzada contra el autor de Tres sombreros de copa o Ninette y un señor de Murcia: que era un liberalote. Una expresión que más que hablar de Mihura decía de sus autores y advertía de la que nos venía encima. Un teatro, el del absurdo, que se desactivó para que solo hiciera reír, sin darnos cuenta de por qué.

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