Me vais a permitir un artículo más corto de lo habitual debido al resfriado que se ha apoderado de mí. Tal vez esa sea la razón por la que llevo un par de días más conectada a X y no solo he visto las clásicas polémicas sobre libros (tenía una sobre los cachivaches decorativos de las bibliotecas, pero de eso ya hablamos hace unos meses con Bibliotecas vivas, bibliotecas sospechosas). Y entre tanto tuit, di con una fotografía robada que me interesó bastante más que las que aparecen cuidadosamente preparadas en Instagram. Sobre todo, cuando en ellas alguien lleva un libro bajo el brazo. Ni está posando con él, ni lo ha colocado estratégicamente junto a una taza de café, ni ha buscado la luz adecuada para que se lea bien el título. Simplemente lo estaba leyendo.
Y esta semana hemos visto a la reina Letizia llegar a Oslo para asistir al funeral del rey Harald V, y las cámaras la fotografiaron con un ejemplar de El loro de Flaubert, de Julian Barnes, bajo el brazo. Barnes ha recibido este año el Premio Princesa de Asturias de las Letras, así que quizá la reina esté aprovechando para leer o releer su obra antes de encontrarse con él en Oviedo.
Pero eso es lo de menos. Lo que me gusta de estas fotografías es descubrir que alguien está leyendo de verdad. Y yo soy la primera que lee porque tengo que presentar a un autor, igual que otros leen porque tengan que pronunciar un discurso sobre la importancia de la cultura o porque un editor les haya enviado una novedad para que aparezca convenientemente colocada en una imagen. El libro estaba allí porque había acompañado a su lectora durante un viaje.
Y, además, era un buen libro. El loro de Flaubert se publicó en 1984, fue finalista del Booker y contribuyó a la consagración internacional de Barnes. No es precisamente la última novedad que el algoritmo ha decidido que todos debemos leer durante las próximas tres semanas. Tampoco parece escogido para hacer juego con el bolso. Es una de esas lecturas que, cuando aparecen inesperadamente bajo el brazo de alguien conocido, despiertan inmediatamente las ganas de buscar el libro.
No es la primera vez que ocurre con la reina. Sabemos que es lectora porque aparece en ferias, compra libros y habla de ellos, pero precisamente por eso me resultan mucho más interesantes estas pequeñas indiscreciones. Saber qué compra alguien puede decirnos algo sobre sus intereses; descubrir qué ejemplar ha decidido meter en el equipaje dice bastante más.
Me ocurre lo mismo cuando una fotografía de un actor, un músico o cualquier personaje conocido permite distinguir el lomo del libro que está leyendo. Confieso que intento ampliar la imagen para averiguar el título. Es una forma de cotilleo bastante inocente y, además, puede acabar con una visita a la librería.
Quizá porque estamos demasiado acostumbrados a que las recomendaciones nos lleguen como recomendaciones. Listas de los diez libros imprescindibles del verano, novedades que no puedes perderte, vídeos con cinco lecturas para superar septiembre y fotografías en las que todo está colocado para vendernos algo. Por eso resulta refrescante encontrarse con un libro que simplemente estaba allí.
Además, pocas cosas promocionan mejor la lectura que verla integrada en la vida cotidiana. Un libro esperando en una mesa, asomando de un bolso, abierto en un tren o sujeto bajo el brazo mientras alguien baja de un autobús. No hace falta explicar sus beneficios ni recordar cuánto mejora nuestro vocabulario. Basta comprobar que todavía hay personas que, cuando preparan una maleta, piensan qué van a leer durante el camino.
En este caso ha sido Julian Barnes. Mañana será otro. Y ojalá los fotógrafos sigan robándonos esas imágenes durante muchos años. Entre tanta fotografía preparada para que miremos un vestido, un bolso o unos zapatos, de vez en cuando también conseguimos descubrir qué estaba leyendo quien los llevaba.
Me vais a permitir un artículo más corto de lo habitual debido al resfriado que se ha apoderado de mí. Tal vez esa sea la razón por la que llevo un par de días más conectada a X y no solo he visto las clásicas polémicas sobre libros (tenía una sobre los cachivaches decorativos de las bibliotecas, pero de eso ya hablamos hace unos meses con Bibliotecas vivas, bibliotecas sospechosas). Y entre tanto tuit, di con una fotografía robada que me interesó bastante más que las que aparecen cuidadosamente preparadas en Instagram. Sobre todo, cuando en ellas alguien lleva un libro bajo el brazo. Ni está posando con él, ni lo ha colocado estratégicamente junto a una taza de café, ni ha buscado la luz adecuada para que se lea bien el título. Simplemente lo estaba leyendo.
Y esta semana hemos visto a la reina Letizia llegar a Oslo para asistir al funeral del rey Harald V, y las cámaras la fotografiaron con un ejemplar de El loro de Flaubert, de Julian Barnes, bajo el brazo. Barnes ha recibido este año el Premio Princesa de Asturias de las Letras, así que quizá la reina esté aprovechando para leer o releer su obra antes de encontrarse con él en Oviedo.
Pero eso es lo de menos. Lo que me gusta de estas fotografías es descubrir que alguien está leyendo de verdad. Y yo soy la primera que lee porque tengo que presentar a un autor, igual que otros leen porque tengan que pronunciar un discurso sobre la importancia de la cultura o porque un editor les haya enviado una novedad para que aparezca convenientemente colocada en una imagen. El libro estaba allí porque había acompañado a su lectora durante un viaje.
Y, además, era un buen libro. El loro de Flaubert se publicó en 1984, fue finalista del Booker y contribuyó a la consagración internacional de Barnes. No es precisamente la última novedad que el algoritmo ha decidido que todos debemos leer durante las próximas tres semanas. Tampoco parece escogido para hacer juego con el bolso. Es una de esas lecturas que, cuando aparecen inesperadamente bajo el brazo de alguien conocido, despiertan inmediatamente las ganas de buscar el libro.
No es la primera vez que ocurre con la reina. Sabemos que es lectora porque aparece en ferias, compra libros y habla de ellos, pero precisamente por eso me resultan mucho más interesantes estas pequeñas indiscreciones. Saber qué compra alguien puede decirnos algo sobre sus intereses; descubrir qué ejemplar ha decidido meter en el equipaje dice bastante más.
Me ocurre lo mismo cuando una fotografía de un actor, un músico o cualquier personaje conocido permite distinguir el lomo del libro que está leyendo. Confieso que intento ampliar la imagen para averiguar el título. Es una forma de cotilleo bastante inocente y, además, puede acabar con una visita a la librería.
Quizá porque estamos demasiado acostumbrados a que las recomendaciones nos lleguen como recomendaciones. Listas de los diez libros imprescindibles del verano, novedades que no puedes perderte, vídeos con cinco lecturas para superar septiembre y fotografías en las que todo está colocado para vendernos algo. Por eso resulta refrescante encontrarse con un libro que simplemente estaba allí.
Además, pocas cosas promocionan mejor la lectura que verla integrada en la vida cotidiana. Un libro esperando en una mesa, asomando de un bolso, abierto en un tren o sujeto bajo el brazo mientras alguien baja de un autobús. No hace falta explicar sus beneficios ni recordar cuánto mejora nuestro vocabulario. Basta comprobar que todavía hay personas que, cuando preparan una maleta, piensan qué van a leer durante el camino.
En este caso ha sido Julian Barnes. Mañana será otro. Y ojalá los fotógrafos sigan robándonos esas imágenes durante muchos años. Entre tanta fotografía preparada para que miremos un vestido, un bolso o unos zapatos, de vez en cuando también conseguimos descubrir qué estaba leyendo quien los llevaba.
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