Opinión

La crisis climática empuja hacia la crisis económica

El primer paso para abordar el problema es reconocerlo, y el reto es que una amplia mayoría de la población no lo percibe como propio, porque seguimos creyendo que esto consiste en unos céntimos más en la gasolina y unos euros más en aire acondicionado

  • Varios vehiculos calcinados junto al restaurante Anita en Los Gallardos, tras el devastador incendio de este verano. -

En 1958, el científico Charles David Keeling demostró que la subida de los gases de efecto invernadero en la atmósfera generados por la actividad industrial estaban alterando el clima global. Tuvieron que pasar treinta años para que Naciones Unidas crease el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), y cuatro más (1992) para que se celebrase la primera Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Hubo de esperar hasta enero de 2020 para que el estado español emitiese la declaración de emergencia climática. El Parlamento de Andalucía aún no lo ha hecho.

Casi 70 años, casi una vida hemos tardado en que se activen mecanismos de cierta relevancia ante una crisis cierta que nos afecta a todos. Lo que resulta decisivo es saber, como en medicina, diferenciar los síntomas de la causa de la enfermedad, y los humanos, ya sabemos, no reaccionamos, no nos asustamos, hasta que percibimos la amenaza como propia.

Durante décadas, científicos, ecologistas, divulgadores han hecho un esfuerzo titánico para informar, divulgar, concienciar. Avances se han logrado, desde luego, aunque ello haya supuesto muchos sudores y sangre (según Global Witness son 2.253 los defensores ambientales asesinados y desaparecidos entre 2012 y 2024). Sin embargo, en la práctica siguen siendo exiguas, ridículas, las medidas efectivas de mitigación y reversión del cambio climático, en Andalucía, por ejemplo, suponen el 3,67% del presupuesto de la comunidad autónoma, siendo, según reconoce el propio gobierno, una de las regiones del planeta más afectada por la crisis climática.

Porque es bueno, sensato y positivo llamar a las cosas por su nombre, tenemos que reconocer que estamos ante una Crisis, a la que se le ha prestado cierta atención en los últimos años en los planos ambientales y cada vez más al aspecto social, evidenciándose el cambio climático como una de las principales motivos de los desplazamientos de personas en el planeta y causante claro del despoblamiento rural en Andalucía, los incendios forestales, los agudos períodos de sequia o la desertización, pero demasiado poco se habla de las repercusiones económicas, porque la crisis climática es también, y sobre todo, económica.

La crisis climática aumenta los costes de producción

Sus efectos nos llegan contundentes en el plano ambiental: incendios, sequías, desastres en la costa, africanización del clima, pérdida de cultivos, pero diluidos, maquillados en el plano económico. Para unos privilegiados como somos los ciudadanos europeos, en unos términos, todavía, asumibles, en la medida que, aunque se nos tuerza un poco el gesto, estamos soportando, admitiendo la subida del precio de los combustibles, de la energía, de la vivienda, de la presión fiscal, de los billetes de avión, de los alimentos…, que es, en la práctica en lo que se está materializando económicamente para nosotros la crisis climática. Una tensión económica que agudizará las desigualdades sociales, pondrá en mayor peligro las coberturas de los servicios públicos, que acabarán pisoteando a los trabajadores y las familias.

Si hiciésemos un ejercicio de prospección analítica para tratar de explicar la subida del coste de la vida para el ciudadano medio y la presión sobre las arcas públicas, alcanzaríamos a ver que la crisis climática es una de las causas relevantes para el aumento de los costes de producción, en el encarecimiento de las materias primas, en las guerras actuales que no son más que conflictos por controlar el comercio y los territorios ricos en ellas. Entenderíamos que la globalización no era la panacea que soñábamos y que la dinámica neoliberal que todos compramos en el siglo XX de que más es mejor, de que el crecimiento es el criterio, nos lleva al borde del precipicio, porque nos enfrentamos a la finitud, simplemente. La oferta se reduce, la demanda crece, el precio se dispara, las tensiones crecen. Vamos tan mal que, en términos globales, no somos capaces de asegurar que la próxima generación pueda vivir igual de bien que nosotros.

Más allá de catastrofismos, el primer paso para abordar el problema es reconocerlo, y el reto es que una amplia mayoría de la población no lo percibe como propio, porque seguimos creyendo que esto consiste en unos céntimos más en la gasolina y unos euros más en aire acondicionado y galletas, pero el problema, ojo, esto es categóricamente cierto, es el mayor al que se ha enfrentado la humanidad en toda su historia, porque es el primero realmente global.

Economía y ecología tienen el mismo origen

Los, cada día, mayores desastres naturales son el efecto más llamativo, pero de manera silenciosa se está minando un pilar insustituible de la paz y el progreso social que es el sistema económico, pues la factura de la crisis climática crece a pasos agigantados, y como para las peores enfermedades, el diagnóstico y el tratamiento precoz es la clave. Cogerla y eliminarla a tiempo es determinante. Porque más allá de las tristes pérdidas humanas, el coste es inasumible. Por citar solo dos dolorosos ejemplos cercanos, la devastadora dana de Valencia de Octubre de 2024, supuso una pérdida económica de 17.000 millones de euros, más del 2% del PIB de España del 4T. El reciente tren de borrascas que ha sufrido este invierno en Andalucía, ha supuesto unas pérdidas para el sector agrario de más de 3.000 millones de euros, y el coste de las reparaciones en infraestructuras aún se está evaluando, cuestión que hizo que el gobierno de Andalucía solicitase ayudas económicas del Estado y a pedir que se activase el fondo de solidaridad europeo.

Economía y ecología tienen el mismo origen y finalidad. Las dos palabras comparten su raíz etimológica “eco”, que significa “casa” en griego. El sufijo “nomía” deriva de otra palabra griega: “némein” que es “administración” u ordenamiento, mientras que el sufijo “logía” proviene de “logos” que es “conocimiento”. Economía y Ecología, unidas por la Crisis Climática. Conocer, Gestionar y Cuidar la Casa Común como receta de futuro.

En 1958, el científico Charles David Keeling demostró que la subida de los gases de efecto invernadero en la atmósfera generados por la actividad industrial estaban alterando el clima global. Tuvieron que pasar treinta años para que Naciones Unidas crease el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), y cuatro más (1992) para que se celebrase la primera Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro. Hubo de esperar hasta enero de 2020 para que el estado español emitiese la declaración de emergencia climática. El Parlamento de Andalucía aún no lo ha hecho.

Casi 70 años, casi una vida hemos tardado en que se activen mecanismos de cierta relevancia ante una crisis cierta que nos afecta a todos. Lo que resulta decisivo es saber, como en medicina, diferenciar los síntomas de la causa de la enfermedad, y los humanos, ya sabemos, no reaccionamos, no nos asustamos, hasta que percibimos la amenaza como propia.

Durante décadas, científicos, ecologistas, divulgadores han hecho un esfuerzo titánico para informar, divulgar, concienciar. Avances se han logrado, desde luego, aunque ello haya supuesto muchos sudores y sangre (según Global Witness son 2.253 los defensores ambientales asesinados y desaparecidos entre 2012 y 2024). Sin embargo, en la práctica siguen siendo exiguas, ridículas, las medidas efectivas de mitigación y reversión del cambio climático, en Andalucía, por ejemplo, suponen el 3,67% del presupuesto de la comunidad autónoma, siendo, según reconoce el propio gobierno, una de las regiones del planeta más afectada por la crisis climática.

Porque es bueno, sensato y positivo llamar a las cosas por su nombre, tenemos que reconocer que estamos ante una Crisis, a la que se le ha prestado cierta atención en los últimos años en los planos ambientales y cada vez más al aspecto social, evidenciándose el cambio climático como una de las principales motivos de los desplazamientos de personas en el planeta y causante claro del despoblamiento rural en Andalucía, los incendios forestales, los agudos períodos de sequia o la desertización, pero demasiado poco se habla de las repercusiones económicas, porque la crisis climática es también, y sobre todo, económica.

La crisis climática aumenta los costes de producción

Sus efectos nos llegan contundentes en el plano ambiental: incendios, sequías, desastres en la costa, africanización del clima, pérdida de cultivos, pero diluidos, maquillados en el plano económico. Para unos privilegiados como somos los ciudadanos europeos, en unos términos, todavía, asumibles, en la medida que, aunque se nos tuerza un poco el gesto, estamos soportando, admitiendo la subida del precio de los combustibles, de la energía, de la vivienda, de la presión fiscal, de los billetes de avión, de los alimentos…, que es, en la práctica en lo que se está materializando económicamente para nosotros la crisis climática. Una tensión económica que agudizará las desigualdades sociales, pondrá en mayor peligro las coberturas de los servicios públicos, que acabarán pisoteando a los trabajadores y las familias.

Si hiciésemos un ejercicio de prospección analítica para tratar de explicar la subida del coste de la vida para el ciudadano medio y la presión sobre las arcas públicas, alcanzaríamos a ver que la crisis climática es una de las causas relevantes para el aumento de los costes de producción, en el encarecimiento de las materias primas, en las guerras actuales que no son más que conflictos por controlar el comercio y los territorios ricos en ellas. Entenderíamos que la globalización no era la panacea que soñábamos y que la dinámica neoliberal que todos compramos en el siglo XX de que más es mejor, de que el crecimiento es el criterio, nos lleva al borde del precipicio, porque nos enfrentamos a la finitud, simplemente. La oferta se reduce, la demanda crece, el precio se dispara, las tensiones crecen. Vamos tan mal que, en términos globales, no somos capaces de asegurar que la próxima generación pueda vivir igual de bien que nosotros.

Más allá de catastrofismos, el primer paso para abordar el problema es reconocerlo, y el reto es que una amplia mayoría de la población no lo percibe como propio, porque seguimos creyendo que esto consiste en unos céntimos más en la gasolina y unos euros más en aire acondicionado y galletas, pero el problema, ojo, esto es categóricamente cierto, es el mayor al que se ha enfrentado la humanidad en toda su historia, porque es el primero realmente global.

Economía y ecología tienen el mismo origen

Los, cada día, mayores desastres naturales son el efecto más llamativo, pero de manera silenciosa se está minando un pilar insustituible de la paz y el progreso social que es el sistema económico, pues la factura de la crisis climática crece a pasos agigantados, y como para las peores enfermedades, el diagnóstico y el tratamiento precoz es la clave. Cogerla y eliminarla a tiempo es determinante. Porque más allá de las tristes pérdidas humanas, el coste es inasumible. Por citar solo dos dolorosos ejemplos cercanos, la devastadora dana de Valencia de Octubre de 2024, supuso una pérdida económica de 17.000 millones de euros, más del 2% del PIB de España del 4T. El reciente tren de borrascas que ha sufrido este invierno en Andalucía, ha supuesto unas pérdidas para el sector agrario de más de 3.000 millones de euros, y el coste de las reparaciones en infraestructuras aún se está evaluando, cuestión que hizo que el gobierno de Andalucía solicitase ayudas económicas del Estado y a pedir que se activase el fondo de solidaridad europeo.

Economía y ecología tienen el mismo origen y finalidad. Las dos palabras comparten su raíz etimológica “eco”, que significa “casa” en griego. El sufijo “nomía” deriva de otra palabra griega: “némein” que es “administración” u ordenamiento, mientras que el sufijo “logía” proviene de “logos” que es “conocimiento”. Economía y Ecología, unidas por la Crisis Climática. Conocer, Gestionar y Cuidar la Casa Común como receta de futuro.

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