Somos campeones del mundo. Como dice Eduardo Galeano en su maravilloso “El fútbol al sol y sombra”, el hincha habla en plural, habla de nosotros, porque se siente partícipe de las vicisitudes de su equipo, de las derrotas y, por supuesto, de las victorias. En la victoria de la selección española de fútbol nos identificamos como país.
Galeano también recuerda las ocasiones en que la pelota ha servido de bandera, las más de las veces con finalidades no recomendables, aunque no faltan supuestos en que su épica ha sido digna de elogio. Esto seguramente va por barrios, pero está claro que, aunque en demasiados casos la propaganda no se ha retenido ni un ápice a la hora de apropiarse del sentimiento de pertenencia, con el campeonato del mundo nos embargó cierta sensación de bienestar y de desahogo colectivo.
El tiempo, sin embargo, corre deprisa. El bálsamo del fútbol, quizá por su efectiva inconsistencia, pasa y ya casi se nos ha olvidado el mundial, aunque sigamos emocionándonos con el gol de Ferrán a pase de un tal Williams, que juega en el Athletic, un pamplonés cuyos padres vinieron a España en patera. En cualquier caso, por unos días hemos sentido una satisfacción patria que nos ha hecho sentirnos un poco más felices.
La realidad nos ha devuelto la fatalidad, y España ha vuelto a arder. Sigue ardiendo. Una tremenda tragedia recorre nuestra geografía nacional, con una virulencia que ya va siendo demasiado habitual, con gran desgracia en Andalucía, donde murieron demasiadas personas. En los últimos días hemos asistido en el centro del país al incendio “más grande de nuestra historia” (lo que ya es mucho decir). Con igual fatalidad, casi como un drama inevitable, también estamos viviendo la calamidad provocada por la avalancha de personas en Ceuta. No es un tema fácil ni puede simplificarse. Hay un elemento de drama humano. Quizá el más importante. Pero representa también la necesidad de atender, desde los valores democráticos, pero desde la firmeza como nación, una situación que tiene mucha apariencia de ser provocada.
Al margen de la crónica del día a día, que no depara precisamente confort para el espíritu y mucho menos confianza, estas son las noticias seguramente más relevantes de las últimas semanas. Y de ambas, aunque con obvias diferencias, se deduce un aspecto común: la oportunidad y la necesidad de construir y tener un proyecto estable para el país.
De la selección española y de sus resultados (y aquí debe incluirse a la selección femenina y a los escalafones inferiores, que también son campeones) la mayoría de los comentaristas internacionales destacan que responden a un modelo de éxito, sustentado en un proyecto definido y sostenido durante años, que, sobre todo, es identificable. Este deporte, maravilloso, difícil, técnico y grupal, representa efectivamente la simpleza de lo tribal, pero es capaz de aglutinar, como pocas manifestaciones sanas, sentimientos de unidad y de orgullo. Sirve para eliminar barreras (aunque a veces, los insensatos lo usan, como todo, para dividir) y permite establecer paralelismos con la vida real. Muy posiblemente muchos de estos paralelismos sean forzados, pero, como los símbolos, pueden ayudar a fijar comparaciones de nuestras aspiraciones personales y colectivas, sobre todo cuando el resultado es un éxito. Y, en este caso, España ha sabido responder a ese modelo, a un proyecto de grupo, que ha antepuesto el logro colectivo a la tentación de la prevalencia de lo individual. España, por fin orgullosa de serlo, ha mostrado al mundo una serie de valores esenciales con los que es fácil identificarse.
En un ámbito más triste, la tragedia se cierne sobre nuestros campos, de manera insistente y reiterada, y con mayor intensidad que nunca. Las posibilidades de catástrofe natural están identificadas como una de las contingencias destacadas como riesgo de país en el Informe de Seguridad Nacional de 2025. Este informe, cuya atención debería ser ineludible, constata el incremento de incendios del ejercicio en cuestión respecto del año anterior, un aumento que tristemente se repetirá este año y que, según los expertos, empeorará en el curso que viene. Se suceden también en esto las contradicciones. Junto a las bondades evidentes de la acción coordinada, la colaboración internacional y la resiliencia ciudadana de quienes han perdido todo, los cenizos no cejan en su oportunidad para intentar ahondar en las diferencias.
El Informe de Seguridad Nacional también nos recuerda las vicisitudes a las que nos puede llevar no atender debidamente los problemas derivados de los flujos migratorios. La dramática situación que se está viviendo en Ceuta, nos confirma la obligación ineludible de dar una respuesta humanitaria y diplomática unitaria. La polarización y la simplificación de mensajes nos debilita. Uno de los principios del consenso que venimos demandando debe comenzar por la política exterior. No hacerlo nos conduce a la insignificancia y conlleva evidentes riesgos.
En ambas cuestiones también debemos tener un proyecto. Se trata de asuntos muy serios. Y como en todos los aspectos que destaca el citado Informe, España debería ser capaz de partir del consenso necesario para estar preparada, anticipándose ante todos los retos que se nos presentan como país. Como decimos, es ineludible. Es una primera piedra sobre la que conformar los necesarios acuerdos de Estado. En esto debería centrarse un verdadero patriotismo democrático; en construir un futuro lo más estable posible en un mundo en cambio lleno de incertidumbres. Las fuerzas verdaderamente democráticas tienen la obligación de construir este pilar elemental. Claro que, para ello, deberían tener en mente una idea de país, de bien común, de definición y futuro de su conformación institucional, del respeto a valores y principios fundamentales como los definidos constitucionalmente. Deberían tener la capacidad de elaborar unas propuestas colectivas más allá de personalismos absolutamente inútiles y, por tanto, prescindibles.
Como hemos insistido en esta columna, puede existir la percepción de que son las posiciones más extremas quienes únicamente presentan un proyecto aparentemente identificable, pero se trata de proyectos meramente disruptivos, adaptativos, preocupados únicamente por una supuesta supremacía cultural que rechaza al contrario escondiendo sus auténticos intereses. Los extremos están profundamente condicionando la política nacional, pero sobre la base de identitarismos excluyentes que se basan en (y pretenden) la ruptura de la convivencia.
Las vacaciones serían un buen momento para la reflexión, pero, por alguna razón, y, como dicen los modernos, “por lo que sea”, no somos muy optimistas por el momento.
Somos campeones del mundo. Como dice Eduardo Galeano en su maravilloso “El fútbol al sol y sombra”, el hincha habla en plural, habla de nosotros, porque se siente partícipe de las vicisitudes de su equipo, de las derrotas y, por supuesto, de las victorias. En la victoria de la selección española de fútbol nos identificamos como país.
Galeano también recuerda las ocasiones en que la pelota ha servido de bandera, las más de las veces con finalidades no recomendables, aunque no faltan supuestos en que su épica ha sido digna de elogio. Esto seguramente va por barrios, pero está claro que, aunque en demasiados casos la propaganda no se ha retenido ni un ápice a la hora de apropiarse del sentimiento de pertenencia, con el campeonato del mundo nos embargó cierta sensación de bienestar y de desahogo colectivo.
El tiempo, sin embargo, corre deprisa. El bálsamo del fútbol, quizá por su efectiva inconsistencia, pasa y ya casi se nos ha olvidado el mundial, aunque sigamos emocionándonos con el gol de Ferrán a pase de un tal Williams, que juega en el Athletic, un pamplonés cuyos padres vinieron a España en patera. En cualquier caso, por unos días hemos sentido una satisfacción patria que nos ha hecho sentirnos un poco más felices.
La realidad nos ha devuelto la fatalidad, y España ha vuelto a arder. Sigue ardiendo. Una tremenda tragedia recorre nuestra geografía nacional, con una virulencia que ya va siendo demasiado habitual, con gran desgracia en Andalucía, donde murieron demasiadas personas. En los últimos días hemos asistido en el centro del país al incendio “más grande de nuestra historia” (lo que ya es mucho decir). Con igual fatalidad, casi como un drama inevitable, también estamos viviendo la calamidad provocada por la avalancha de personas en Ceuta. No es un tema fácil ni puede simplificarse. Hay un elemento de drama humano. Quizá el más importante. Pero representa también la necesidad de atender, desde los valores democráticos, pero desde la firmeza como nación, una situación que tiene mucha apariencia de ser provocada.
Al margen de la crónica del día a día, que no depara precisamente confort para el espíritu y mucho menos confianza, estas son las noticias seguramente más relevantes de las últimas semanas. Y de ambas, aunque con obvias diferencias, se deduce un aspecto común: la oportunidad y la necesidad de construir y tener un proyecto estable para el país.
De la selección española y de sus resultados (y aquí debe incluirse a la selección femenina y a los escalafones inferiores, que también son campeones) la mayoría de los comentaristas internacionales destacan que responden a un modelo de éxito, sustentado en un proyecto definido y sostenido durante años, que, sobre todo, es identificable. Este deporte, maravilloso, difícil, técnico y grupal, representa efectivamente la simpleza de lo tribal, pero es capaz de aglutinar, como pocas manifestaciones sanas, sentimientos de unidad y de orgullo. Sirve para eliminar barreras (aunque a veces, los insensatos lo usan, como todo, para dividir) y permite establecer paralelismos con la vida real. Muy posiblemente muchos de estos paralelismos sean forzados, pero, como los símbolos, pueden ayudar a fijar comparaciones de nuestras aspiraciones personales y colectivas, sobre todo cuando el resultado es un éxito. Y, en este caso, España ha sabido responder a ese modelo, a un proyecto de grupo, que ha antepuesto el logro colectivo a la tentación de la prevalencia de lo individual. España, por fin orgullosa de serlo, ha mostrado al mundo una serie de valores esenciales con los que es fácil identificarse.
En un ámbito más triste, la tragedia se cierne sobre nuestros campos, de manera insistente y reiterada, y con mayor intensidad que nunca. Las posibilidades de catástrofe natural están identificadas como una de las contingencias destacadas como riesgo de país en el Informe de Seguridad Nacional de 2025. Este informe, cuya atención debería ser ineludible, constata el incremento de incendios del ejercicio en cuestión respecto del año anterior, un aumento que tristemente se repetirá este año y que, según los expertos, empeorará en el curso que viene. Se suceden también en esto las contradicciones. Junto a las bondades evidentes de la acción coordinada, la colaboración internacional y la resiliencia ciudadana de quienes han perdido todo, los cenizos no cejan en su oportunidad para intentar ahondar en las diferencias.
El Informe de Seguridad Nacional también nos recuerda las vicisitudes a las que nos puede llevar no atender debidamente los problemas derivados de los flujos migratorios. La dramática situación que se está viviendo en Ceuta, nos confirma la obligación ineludible de dar una respuesta humanitaria y diplomática unitaria. La polarización y la simplificación de mensajes nos debilita. Uno de los principios del consenso que venimos demandando debe comenzar por la política exterior. No hacerlo nos conduce a la insignificancia y conlleva evidentes riesgos.
En ambas cuestiones también debemos tener un proyecto. Se trata de asuntos muy serios. Y como en todos los aspectos que destaca el citado Informe, España debería ser capaz de partir del consenso necesario para estar preparada, anticipándose ante todos los retos que se nos presentan como país. Como decimos, es ineludible. Es una primera piedra sobre la que conformar los necesarios acuerdos de Estado. En esto debería centrarse un verdadero patriotismo democrático; en construir un futuro lo más estable posible en un mundo en cambio lleno de incertidumbres. Las fuerzas verdaderamente democráticas tienen la obligación de construir este pilar elemental. Claro que, para ello, deberían tener en mente una idea de país, de bien común, de definición y futuro de su conformación institucional, del respeto a valores y principios fundamentales como los definidos constitucionalmente. Deberían tener la capacidad de elaborar unas propuestas colectivas más allá de personalismos absolutamente inútiles y, por tanto, prescindibles.
Como hemos insistido en esta columna, puede existir la percepción de que son las posiciones más extremas quienes únicamente presentan un proyecto aparentemente identificable, pero se trata de proyectos meramente disruptivos, adaptativos, preocupados únicamente por una supuesta supremacía cultural que rechaza al contrario escondiendo sus auténticos intereses. Los extremos están profundamente condicionando la política nacional, pero sobre la base de identitarismos excluyentes que se basan en (y pretenden) la ruptura de la convivencia.
Las vacaciones serían un buen momento para la reflexión, pero, por alguna razón, y, como dicen los modernos, “por lo que sea”, no somos muy optimistas por el momento.
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