Cualquiera que tenga un amigo, con todo el significado de la palabra, sabe el valor que encierra esa persona. La palabra se emplea ahora hasta para designar a un simple receptor de un mensaje digital. Sin embargo, los que ya contamos años y las personas más conscientes en general conocen la valía de un amigo. Un amigo es algo sagrado, te acompaña y lo acompañas en las duras y en las maduras, en las coincidencias y en las divergencias, es un ser muy especial en la vida y en la muerte. Por el contrario, un político servil que renuncia a su individualidad y a sus principios morales y éticos para seguir los dictados corruptos de sus intereses personales o de sus superiores es un deshecho humano. Y hay bastantes, demasiados.
Un policía en Chiclana
Esta semana he recibido una noticia de la revista Puente Chico, firmada por Paco López, cuya publicación desconocía. Informaba sobre la muerte de mi amigo del alma, Manuel Domínguez García, Intendente Jefe de la Policía Local de Chiclana durante más de veinticinco años. Se me fue con 72 años en el maldito otoño de 2025, un año sí, maldito para mí, lo dije en su momento en este mismo diario. Y peor aún para todos aquellos que fallecieron sobre todo desde la óptica de quienes contemplamos la muerte como un final totalmente definitivo al habernos desprendido de esa respetable ingenuidad alma-cuerpo que nos llega desde lo aristotélico-tomista.
Un amigo comienza en la niñez, creces con él, te peleas por una novia, compones canciones y poemas de juventud, sigue ahí toda la vida -aunque sea en la distancia- y no termina ni cuando estás en su lecho de muerte y le das un último beso de despedida. Ha sido mi caso con Manolo Domínguez. Paco López escribe en Puente Chico: “Fue perseguido por alcaldes socialistas por hacer respetar la ley, modernizó el Cuerpo y mientras Román ignora su muerte, los policías le despidieron con cariño”.
Y añade sobre las carencias de los agentes de orden público: “En el momento de la llegada de Manuel Domínguez a Chiclana, en 1984, no disponían ni siquiera de vehículos, porque tenían un Renault 4L viejo y una ambulancia abollada que hacía las veces de coche patrulla. Debían atender además un depósito municipal carcelario, que aglutinaba detenidos del Término Judicial de seis localidades, además de Chiclana. Pequeño, con mucha humedad y sin cumplir las más mínimas condiciones higiénicas”.
Por la citada revista me he enterado de algo que nunca me dijo Manolo: “Fue el Inspector Jefe que consiguió en 1978 ese nombramiento con menor edad en España, con 25 años. En 12 o 15 más podría haber sido el Comisario Principal más joven de la historia de la Policía Nacional ya que se ascendía por antigüedad y delante de él en el escalafón había gente mucho más mayor, que habrían ido jubilándose”.
La publicación Portal de Cádiz editó una nota firmada por Jesús M. López que indicaba: “Sus antiguos compañeros han mostrado su reconocimiento por la trayectoria profesional que desarrolló y por el liderazgo que ejerció al frente del cuerpo. A través de un comunicado, los miembros de la Policía Local destacaron el orgullo de haber trabajado bajo sus órdenes”.
Del barrio a la cruda realidad
Manolo, su hermano Julio -también agente del orden- y yo, nacimos y nos criamos en el barrio de San Vicente, en el casco antiguo de Sevilla. Cuando murió el padre de Manolo y Julio, repentinamente y a temprana edad, los tres estábamos jugando por las calles de aquel barrio hoy casi desconocido si vamos a visitarlo, al tiempo que nos entreteníamos tocando las humildes guitarras que nuestros padres nos regalaron, junto a otro amigo que murió casi a la par que Manolo: Miguel Ortiz. Hasta actuamos en público tres veces, componíamos nuestros propios temas y nos pusimos un nombre en inglés, como el dios Mercado mandaba y manda: Cold Bird. Teníamos 14 o 15 años. A la muerte del padre -policía de profesión- Manolo y Julio se fueron a Madrid a formarse igualmente como policías. Se acabó la etapa vital más inolvidable, pero no el contacto que duró siempre.
En la citada revista Puente Chico publicaron (enero de 2026): “Desde el Ayuntamiento de Chiclana no han emitido ni una triste nota de condolencia por su fallecimiento, lo que demuestra la calaña de nuestros gobernantes”. No sé si se publicó después, da igual, era tarde si así fue y no me interesa. En diversos momentos de su vida Manolo me habló, con una mezcla de tristeza y desprecio, de la pugna que mantenía con los políticos -esta vez del PSOE- por esa típica lucha que se suele dar entre quienes buscan el cumplimiento de sus deberes como especialistas en algo -en este caso el orden y bienestar público- y los políticos que piensan sobre todo en ellos y, por eso, en los hipotéticos y futuros votos. Yo me he tropezado con gente así cuando ejercía como periodista de la Oficina del Portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía en la época de José Rodríguez de la Borbolla como presidente.
No es algo que monopolice el PSOE, esta misma semana he tenido una larga entrevista personal con un antiguo alto cargo del PP que se largó del partido por las presiones que recibía para que defendiera lo que creía en conciencia que era indefendible y que, en efecto, resultó delictivo. Manolo aplicó su deber y eso lo enfrentó con quienes han nacido para ser mandados. Me narró varias veces sus graves problemas con los políticos de turno, muy jugosos periodísticamente. Ya lo habían sancionado con suspensión de empleo y sueldo, aunque ganara el caso en los tribunales.
Le advertí que como yo u otro periodista publicara lo que me contaba lo iba a pasar muy mal él y su familia, había nombres relevantes por medio. Por encima de todo, es mi amigo. Quedó en pensarlo mejor. Se jubiló y murió no mucho tiempo después.
Decadencia de las fuerzas del orden
Esta historia no es una batallita más del abuelo Ramón, la he traído a estas páginas porque, en cierta forma, Manolo y sus dificultades representan a las fuerzas del orden en la España actual, a las Fuerzas Armadas en general. Los policías actuales cuyos padres o abuelos puede que fueran los grises que me acojonaron y perseguían en el tardofranquismo y la Transición, ellos y quienes no han tenido ascendentes en las fuerzas del orden, ellos y el Ejército, hoy gozan de mi defensa y mi apoyo a pesar de que no valgan para nada porque no soy nadie.
¿Qué es eso de identificar a los progresistas con quienes están contra nuestras fuerzas armadas en general? Me libré de la mili por pura chiripa, estaba ya ganando mi dinerito como periodista y logré eludirla para no romper mi comienzo laboral. Entonces era un ingenuo de narices que rechazaba a las fuerzas de defensa, como lo son estos progresistas de ahora, progresistas de oído, poseídos por emociones místico-religiosas, no se dan cuenta de que estamos en guerra o lo saben, pero no tienen valor para afrontarla ni dentro de ellos mismos, es una guerra doble la de España: civil y con el exterior. Así tenemos todas las papeletas para perderla o para que pase lo que ya ocurrió en tiempos pretéritos.
Cuando un general de la Guardia Civil le dice a otro, en 2025: "¡Me vas a comer la polla! ¿Que no te has sentido apoyado? ¡Me cago en tu puta madre!". "¡Vete a la puta mierda! No te meto dos hostias porque no te tengo aquí delante…", es porque ha empezado una guerra civil, ¿o no?
Visto lo visto, a lo peor la UE miraría para otra parte y Bismarck al fin lograría que fuera realidad la primera parte de su frase: “La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”. Ese día ni está y no estoy seguro de que se le espere.
Fuera idioteces
Se acabaron las idioteces, como progresista que rechazo la esclavitud del mercado y la llevo con resignación, quiero unas fuerzas armadas y del orden poderosas, que inspiren mucho respeto dentro y fuera del país. Siempre hay injusticias, todos podemos cometerlas, ellos, nosotros, yo mismo, pero quienes solemos estar al lado de la justicia -primero para los españoles- no deberíamos temer nada. Incluso desearía que España contara con armamento nuclear, hubo intentos de ello hace tiempo y se abandonó el llamado Proyecto Islero. No hay que llevar a cabo ninguna revolución violenta con el objetivo de lograr dinero para tal fin, sólo administrar bien lo que se tiene y ahorrarse el dinero que se gasta en mantener ayudas y quioscos innecesarios fruto de una ideología débil pero lista, que no inteligente ni culta.
No digo esto ahora por el tema de Ceuta, llevo años pensándolo, los grandes revolucionarios, los progresistas de verdad, contaban con y reforzaban sus fuerzas armadas. Ya sé que hay que aspirar a la paz, pero eso no me impide hacerle caso al militar romano Vegecio: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Guerra es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis, está ahí desde los poblados pre-agrícolas hace quince mil años y, antes, entre hordas y clanes.
Y así seguimos, en esencia: no nos han traído a este mundo para esa simpleza que el marketing llama “ser felices” sino para sobrevivir lo mejor posible y para eso la política de disuasión es imprescindible. Mi amigo Manolo defendió a sus subordinados, la jerarquía es indispensable, la igualdad es una quimera que se confunde con la equidad y el respeto e incluso hay personas que no merecen ese respeto. Yo defiendo a Manolo y a su profesión y pido respeto y poder para ellos, incluyo a Manolo porque un amigo siempre vive en el corazón y en el cerebro, aunque esté en la Nada.
Qué quieren ustedes que haga. El mundo al que he venido es así y a mí ya no me la dan ni esos sujetos de los nuevos dogmas y sanedrines “progresistas” ni los otros que todavía piensan en una España imperial excesivamente ligada al rezo, la mitra y lo celestial. Hemos matado a Dios, en efecto. A ver qué hacemos ahora. Por lo pronto, ser fuertes frente a todo enemigo de nuestras raíces (Dios incluido, si lo desean, pero otro Dios digamos más práctico) y huir de las emociones destructivas -por ejemplo, las nacionalistas excluyentes, los sentimientos de culpa- y del pensamiento débil, interesado, egoísta y cobarde. Va por ti, Manolo.
Cualquiera que tenga un amigo, con todo el significado de la palabra, sabe el valor que encierra esa persona. La palabra se emplea ahora hasta para designar a un simple receptor de un mensaje digital. Sin embargo, los que ya contamos años y las personas más conscientes en general conocen la valía de un amigo. Un amigo es algo sagrado, te acompaña y lo acompañas en las duras y en las maduras, en las coincidencias y en las divergencias, es un ser muy especial en la vida y en la muerte. Por el contrario, un político servil que renuncia a su individualidad y a sus principios morales y éticos para seguir los dictados corruptos de sus intereses personales o de sus superiores es un deshecho humano. Y hay bastantes, demasiados.
Un policía en Chiclana
Esta semana he recibido una noticia de la revista Puente Chico, firmada por Paco López, cuya publicación desconocía. Informaba sobre la muerte de mi amigo del alma, Manuel Domínguez García, Intendente Jefe de la Policía Local de Chiclana durante más de veinticinco años. Se me fue con 72 años en el maldito otoño de 2025, un año sí, maldito para mí, lo dije en su momento en este mismo diario. Y peor aún para todos aquellos que fallecieron sobre todo desde la óptica de quienes contemplamos la muerte como un final totalmente definitivo al habernos desprendido de esa respetable ingenuidad alma-cuerpo que nos llega desde lo aristotélico-tomista.
Un amigo comienza en la niñez, creces con él, te peleas por una novia, compones canciones y poemas de juventud, sigue ahí toda la vida -aunque sea en la distancia- y no termina ni cuando estás en su lecho de muerte y le das un último beso de despedida. Ha sido mi caso con Manolo Domínguez. Paco López escribe en Puente Chico: “Fue perseguido por alcaldes socialistas por hacer respetar la ley, modernizó el Cuerpo y mientras Román ignora su muerte, los policías le despidieron con cariño”.
Y añade sobre las carencias de los agentes de orden público: “En el momento de la llegada de Manuel Domínguez a Chiclana, en 1984, no disponían ni siquiera de vehículos, porque tenían un Renault 4L viejo y una ambulancia abollada que hacía las veces de coche patrulla. Debían atender además un depósito municipal carcelario, que aglutinaba detenidos del Término Judicial de seis localidades, además de Chiclana. Pequeño, con mucha humedad y sin cumplir las más mínimas condiciones higiénicas”.
Por la citada revista me he enterado de algo que nunca me dijo Manolo: “Fue el Inspector Jefe que consiguió en 1978 ese nombramiento con menor edad en España, con 25 años. En 12 o 15 más podría haber sido el Comisario Principal más joven de la historia de la Policía Nacional ya que se ascendía por antigüedad y delante de él en el escalafón había gente mucho más mayor, que habrían ido jubilándose”.
La publicación Portal de Cádiz editó una nota firmada por Jesús M. López que indicaba: “Sus antiguos compañeros han mostrado su reconocimiento por la trayectoria profesional que desarrolló y por el liderazgo que ejerció al frente del cuerpo. A través de un comunicado, los miembros de la Policía Local destacaron el orgullo de haber trabajado bajo sus órdenes”.
Del barrio a la cruda realidad
Manolo, su hermano Julio -también agente del orden- y yo, nacimos y nos criamos en el barrio de San Vicente, en el casco antiguo de Sevilla. Cuando murió el padre de Manolo y Julio, repentinamente y a temprana edad, los tres estábamos jugando por las calles de aquel barrio hoy casi desconocido si vamos a visitarlo, al tiempo que nos entreteníamos tocando las humildes guitarras que nuestros padres nos regalaron, junto a otro amigo que murió casi a la par que Manolo: Miguel Ortiz. Hasta actuamos en público tres veces, componíamos nuestros propios temas y nos pusimos un nombre en inglés, como el dios Mercado mandaba y manda: Cold Bird. Teníamos 14 o 15 años. A la muerte del padre -policía de profesión- Manolo y Julio se fueron a Madrid a formarse igualmente como policías. Se acabó la etapa vital más inolvidable, pero no el contacto que duró siempre.
En la citada revista Puente Chico publicaron (enero de 2026): “Desde el Ayuntamiento de Chiclana no han emitido ni una triste nota de condolencia por su fallecimiento, lo que demuestra la calaña de nuestros gobernantes”. No sé si se publicó después, da igual, era tarde si así fue y no me interesa. En diversos momentos de su vida Manolo me habló, con una mezcla de tristeza y desprecio, de la pugna que mantenía con los políticos -esta vez del PSOE- por esa típica lucha que se suele dar entre quienes buscan el cumplimiento de sus deberes como especialistas en algo -en este caso el orden y bienestar público- y los políticos que piensan sobre todo en ellos y, por eso, en los hipotéticos y futuros votos. Yo me he tropezado con gente así cuando ejercía como periodista de la Oficina del Portavoz del Gobierno de la Junta de Andalucía en la época de José Rodríguez de la Borbolla como presidente.
No es algo que monopolice el PSOE, esta misma semana he tenido una larga entrevista personal con un antiguo alto cargo del PP que se largó del partido por las presiones que recibía para que defendiera lo que creía en conciencia que era indefendible y que, en efecto, resultó delictivo. Manolo aplicó su deber y eso lo enfrentó con quienes han nacido para ser mandados. Me narró varias veces sus graves problemas con los políticos de turno, muy jugosos periodísticamente. Ya lo habían sancionado con suspensión de empleo y sueldo, aunque ganara el caso en los tribunales.
Le advertí que como yo u otro periodista publicara lo que me contaba lo iba a pasar muy mal él y su familia, había nombres relevantes por medio. Por encima de todo, es mi amigo. Quedó en pensarlo mejor. Se jubiló y murió no mucho tiempo después.
Decadencia de las fuerzas del orden
Esta historia no es una batallita más del abuelo Ramón, la he traído a estas páginas porque, en cierta forma, Manolo y sus dificultades representan a las fuerzas del orden en la España actual, a las Fuerzas Armadas en general. Los policías actuales cuyos padres o abuelos puede que fueran los grises que me acojonaron y perseguían en el tardofranquismo y la Transición, ellos y quienes no han tenido ascendentes en las fuerzas del orden, ellos y el Ejército, hoy gozan de mi defensa y mi apoyo a pesar de que no valgan para nada porque no soy nadie.
¿Qué es eso de identificar a los progresistas con quienes están contra nuestras fuerzas armadas en general? Me libré de la mili por pura chiripa, estaba ya ganando mi dinerito como periodista y logré eludirla para no romper mi comienzo laboral. Entonces era un ingenuo de narices que rechazaba a las fuerzas de defensa, como lo son estos progresistas de ahora, progresistas de oído, poseídos por emociones místico-religiosas, no se dan cuenta de que estamos en guerra o lo saben, pero no tienen valor para afrontarla ni dentro de ellos mismos, es una guerra doble la de España: civil y con el exterior. Así tenemos todas las papeletas para perderla o para que pase lo que ya ocurrió en tiempos pretéritos.
Cuando un general de la Guardia Civil le dice a otro, en 2025: "¡Me vas a comer la polla! ¿Que no te has sentido apoyado? ¡Me cago en tu puta madre!". "¡Vete a la puta mierda! No te meto dos hostias porque no te tengo aquí delante…", es porque ha empezado una guerra civil, ¿o no?
Visto lo visto, a lo peor la UE miraría para otra parte y Bismarck al fin lograría que fuera realidad la primera parte de su frase: “La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”. Ese día ni está y no estoy seguro de que se le espere.
Fuera idioteces
Se acabaron las idioteces, como progresista que rechazo la esclavitud del mercado y la llevo con resignación, quiero unas fuerzas armadas y del orden poderosas, que inspiren mucho respeto dentro y fuera del país. Siempre hay injusticias, todos podemos cometerlas, ellos, nosotros, yo mismo, pero quienes solemos estar al lado de la justicia -primero para los españoles- no deberíamos temer nada. Incluso desearía que España contara con armamento nuclear, hubo intentos de ello hace tiempo y se abandonó el llamado Proyecto Islero. No hay que llevar a cabo ninguna revolución violenta con el objetivo de lograr dinero para tal fin, sólo administrar bien lo que se tiene y ahorrarse el dinero que se gasta en mantener ayudas y quioscos innecesarios fruto de una ideología débil pero lista, que no inteligente ni culta.
No digo esto ahora por el tema de Ceuta, llevo años pensándolo, los grandes revolucionarios, los progresistas de verdad, contaban con y reforzaban sus fuerzas armadas. Ya sé que hay que aspirar a la paz, pero eso no me impide hacerle caso al militar romano Vegecio: “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Guerra es uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis, está ahí desde los poblados pre-agrícolas hace quince mil años y, antes, entre hordas y clanes.
Y así seguimos, en esencia: no nos han traído a este mundo para esa simpleza que el marketing llama “ser felices” sino para sobrevivir lo mejor posible y para eso la política de disuasión es imprescindible. Mi amigo Manolo defendió a sus subordinados, la jerarquía es indispensable, la igualdad es una quimera que se confunde con la equidad y el respeto e incluso hay personas que no merecen ese respeto. Yo defiendo a Manolo y a su profesión y pido respeto y poder para ellos, incluyo a Manolo porque un amigo siempre vive en el corazón y en el cerebro, aunque esté en la Nada.
Qué quieren ustedes que haga. El mundo al que he venido es así y a mí ya no me la dan ni esos sujetos de los nuevos dogmas y sanedrines “progresistas” ni los otros que todavía piensan en una España imperial excesivamente ligada al rezo, la mitra y lo celestial. Hemos matado a Dios, en efecto. A ver qué hacemos ahora. Por lo pronto, ser fuertes frente a todo enemigo de nuestras raíces (Dios incluido, si lo desean, pero otro Dios digamos más práctico) y huir de las emociones destructivas -por ejemplo, las nacionalistas excluyentes, los sentimientos de culpa- y del pensamiento débil, interesado, egoísta y cobarde. Va por ti, Manolo.
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