Chipiona vende sus melones a 30 céntimos cuando producirlos cuesta 80: "El agricultor juega a la ruleta rusa continuamente"
Los agricultores denuncian el desplome del precio en origen, el aumento de los costes y la presión de las importaciones mientras crece la incertidumbre sobre el futuro de las explotaciones
El melón piel de sapo se encuentra estos días en plena campaña en la Costa Noroeste de Cádiz, pero para muchos agricultores la cosecha llega acompañada de una pregunta que, por otro lado, no es nueva: ¿merece la pena recogerla?
El precio en origen ronda actualmente los 25-30 céntimos por kilo, mientras los productores sitúan en torno a 80 céntimos el coste mínimo de producción bajo plástico. La consecuencia es que, en determinadas explotaciones, recoger el fruto puede generar prácticamente las mismas pérdidas que dejarlo en el campo.
La situación ha vuelto a poner el foco sobre lo que pasa en una de las grandes huertas de la provincia gaditana, Chipiona, pero también sobre un problema que va mucho más allá del melón: qué futuro tiene una agricultura que cada vez soporta mayores costes, precios inciertos y una competencia cada vez mayor de producciones de terceros países.
Un melón que se vende a 30 céntimos
Juan Pérez Sanjosé conoce bien esa incertidumbre. Llegó a la agricultura después de dejar sus estudios de electrónica de comunicaciones y desde entonces ha dedicado su vida al campo.
Ahora se encuentra ante una campaña complicada. El precio que perciben los productores por kilo está muy lejos del nivel que consideran necesario para cubrir los costes de una explotación bajo el plástico de los invernaderos. "Para nosotros, menos de 80 céntimos el kilo nos cuesta el dinero", explica Juan, que añade que "los números son muy complicados, pero aquí lo que se saca básicamente es para tirar para adelante y muy poco más", explica.
La diferencia entre el precio que recibe el agricultor y el que finalmente paga el consumidor es precisamente uno de los puntos que más preocupa a las organizaciones agrarias. Para Miguel Pérez, secretario de relaciones institucionales de COAG Cádiz, el problema refleja "cómo se reparte el valor en la cadena agroalimentaria". "Está claro que hay un eslabón imprescindible, que es el agricultor, y está claro que el más maltratado y el que no puede poner un margen mínimo es también el agricultor".
Pérez recuerda además que existe una normativa que prohíbe comprar por debajo del coste de producción, aunque considera que todavía necesita mejoras.
Cuando recoger el melón deja de compensar
El problema no es únicamente que el precio sea bajo, también se une el incremento de los costes de producción como combustibles, fertilizantes, agua, productos fitosanitarios y mano de obra.
"Lo que ha ocurrido es una doble cuestión. La de los precios, que no son razonables para el agricultor, aunque el consumidor sí sigue pagando el precio en un tramo medio-alto, pero al agricultor le baja y a la vez los costes de producción están subiendo de manera muy alta", explica Miguel Pérez. "Así que los márgenes dejan de existir y ponen en la balanza el recolectar o no".
El agricultor, arrancando un melón de una mata
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JUAN CARLOS TORO
Juan Pérez conoce de primera mano esa situación. Según explica, algunos agricultores llegan a plantearse incluso destruir la cosecha "porque es que no les pagan ni la recolección, no ya los gastos del cultivo, de criarlos, sino la recolección", señala.
Aun así, matiza Miguel Pérez que no toda la producción vaya a quedarse sin recoger. "No podemos decir que es una cuestión generalizada, pero sí para unos agricultores concretos", apunta.
Exceso de producción y terceros países
Una de las explicaciones que apuntan los agricultores en lo relativo a la caída del precio es el incremento de la producción después de las abundantes lluvias del pasado invierno. Sin embargo, Miguel Pérez considera que reducir la situación a un exceso puntual de oferta sería quedarse en la superficie del problema. "No tiene nada que ver, esto es por la coyuntura de los costes de producción y del consumo", afirma. A ello suma la presión de las importaciones y la propia producción nacional.
Juan apunta otro hecho que ha contribuido a concentrar la oferta. Además de las lluvias, que permitieron disponer de agua y favorecieron que muchos agricultores pudieran plantar, pone sobre la mesa que las condiciones meteorológicas alteraron los ciclos de producción. "Si siembras todos los campos a la vez se juntan varias campañas de melones de La Mancha con melones de Almería, con melones de esta zona, y todos a la vez. Entonces eso hace que haya un volumen alto de producción", explica.
El resultado es un mercado en el que coinciden grandes cantidades de producto procedentes de diferentes zonas productoras españolas, pero a esa producción nacional se suma la competencia exterior. Juan denuncia la "competencia desleal" de terceros países como Sudáfrica, Brasil, Egipto y Marruecos "que inundan el mercado europeo de frutas y hortalizas todo el año a unos precios con los que nosotros no podemos competir".
"Rentabilidad no hay en ningún cultivo"
La situación del melón también sirve para tomar el pulso a la agricultura de Chipiona. La localidad mantiene una importante superficie de cultivos protegidos. Según la cartografía de cultivos protegidos de la Junta de Andalucía, Chipiona contaba con 363 hectáreas de cultivos protegidos en 2025, dentro de las 838 hectáreas contabilizadas en el conjunto de la Costa Noroeste gaditana.
Juan Pérez, mostrando unos pimientos, otra verdura que cultiva en sus parcelas
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JUAN CARLOS TORO
Pero en esas parcelas de cultivo, la diversificación tampoco garantiza la rentabilidad. Ahora ciertos agricultores están cultivando el espárrago, aunque desde COAG señalan que este cultivo en Chipiona es "testimonial", no así la tradicional flor cortada, además de cultivarse también tomate, pimiento y otros productos bajo plástico, pero, según Miguel Pérez, no existe actualmente un cultivo que pueda considerarse una excepción por su rentabilidad.
"Rentabilidad no hay en ningún cultivo. Hay veces que el tomate repunta más, o el pimiento, se cultiva de todo, pero no hay ninguno que se diga que como excepción es un producto que dé rentabilidad, porque los costes son altísimos", aclara.
Un futuro que se decide campaña a campaña
La pregunta es qué ocurrirá si los precios continúan sin permitir cubrir los costes. Juan reconoce que la decisión de plantar o no se repite cada campaña, porque el agricultor no tiene garantías sobre qué cultivo será rentable. "Nosotros estamos condenados a seguir mientras que podamos", afirma.
Miguel Pérez utiliza una expresión mucho más gráfica para explicar el dilema del agricultor: "Aquí se juega a la ruleta rusa continuamente. Es toda una incertidumbre saber por dónde irán los precios el año que viene".
Para Juan, el problema acaba afectando incluso a la capacidad de Andalucía para producir sus propios alimentos. "De ser la despensa de Europa, estamos cambiando a depender de terceros países", advierte, y abre un debate que, a su juicio, debe ir más allá del precio de un producto. "Tenemos que proteger nuestra soberanía alimentaria, a los agricultores que vamos quedando, y hay que hacer que el campo sea atractivo para que haya un relevo generacional y podamos mantener esta joya que tenemos en España y particularmente en este rinconcito de frutas y hortalizas de muchísima calidad".
Además, lanza un mensaje al consumidor cuando va a adquirir fruta o verdura: "Que se fijen en el origen del producto, no en la variedad". Y pone el ejemplo de las naranjas que llegan de Egipto y se venden como ‘variedad Valencia’, pudiendo crear confusión en el cliente. "Por favor, mirad el origen", repite.
Juan, pese a todo, no duda cuando se le pregunta si se arrepiente de haber elegido el campo.
"No, no, no. Esta es mi vida".
El melón piel de sapo se encuentra estos días en plena campaña en la Costa Noroeste de Cádiz, pero para muchos agricultores la cosecha llega acompañada de una pregunta que, por otro lado, no es nueva: ¿merece la pena recogerla?
El precio en origen ronda actualmente los 25-30 céntimos por kilo, mientras los productores sitúan en torno a 80 céntimos el coste mínimo de producción bajo plástico. La consecuencia es que, en determinadas explotaciones, recoger el fruto puede generar prácticamente las mismas pérdidas que dejarlo en el campo.
La situación ha vuelto a poner el foco sobre lo que pasa en una de las grandes huertas de la provincia gaditana, Chipiona, pero también sobre un problema que va mucho más allá del melón: qué futuro tiene una agricultura que cada vez soporta mayores costes, precios inciertos y una competencia cada vez mayor de producciones de terceros países.
Un melón que se vende a 30 céntimos
Juan Pérez Sanjosé conoce bien esa incertidumbre. Llegó a la agricultura después de dejar sus estudios de electrónica de comunicaciones y desde entonces ha dedicado su vida al campo.
Ahora se encuentra ante una campaña complicada. El precio que perciben los productores por kilo está muy lejos del nivel que consideran necesario para cubrir los costes de una explotación bajo el plástico de los invernaderos. "Para nosotros, menos de 80 céntimos el kilo nos cuesta el dinero", explica Juan, que añade que "los números son muy complicados, pero aquí lo que se saca básicamente es para tirar para adelante y muy poco más", explica.
La diferencia entre el precio que recibe el agricultor y el que finalmente paga el consumidor es precisamente uno de los puntos que más preocupa a las organizaciones agrarias. Para Miguel Pérez, secretario de relaciones institucionales de COAG Cádiz, el problema refleja "cómo se reparte el valor en la cadena agroalimentaria". "Está claro que hay un eslabón imprescindible, que es el agricultor, y está claro que el más maltratado y el que no puede poner un margen mínimo es también el agricultor".
Pérez recuerda además que existe una normativa que prohíbe comprar por debajo del coste de producción, aunque considera que todavía necesita mejoras.
Cuando recoger el melón deja de compensar
El problema no es únicamente que el precio sea bajo, también se une el incremento de los costes de producción como combustibles, fertilizantes, agua, productos fitosanitarios y mano de obra.
"Lo que ha ocurrido es una doble cuestión. La de los precios, que no son razonables para el agricultor, aunque el consumidor sí sigue pagando el precio en un tramo medio-alto, pero al agricultor le baja y a la vez los costes de producción están subiendo de manera muy alta", explica Miguel Pérez. "Así que los márgenes dejan de existir y ponen en la balanza el recolectar o no".
El agricultor, arrancando un melón de una mata
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JUAN CARLOS TORO
Juan Pérez conoce de primera mano esa situación. Según explica, algunos agricultores llegan a plantearse incluso destruir la cosecha "porque es que no les pagan ni la recolección, no ya los gastos del cultivo, de criarlos, sino la recolección", señala.
Aun así, matiza Miguel Pérez que no toda la producción vaya a quedarse sin recoger. "No podemos decir que es una cuestión generalizada, pero sí para unos agricultores concretos", apunta.
Exceso de producción y terceros países
Una de las explicaciones que apuntan los agricultores en lo relativo a la caída del precio es el incremento de la producción después de las abundantes lluvias del pasado invierno. Sin embargo, Miguel Pérez considera que reducir la situación a un exceso puntual de oferta sería quedarse en la superficie del problema. "No tiene nada que ver, esto es por la coyuntura de los costes de producción y del consumo", afirma. A ello suma la presión de las importaciones y la propia producción nacional.
Juan apunta otro hecho que ha contribuido a concentrar la oferta. Además de las lluvias, que permitieron disponer de agua y favorecieron que muchos agricultores pudieran plantar, pone sobre la mesa que las condiciones meteorológicas alteraron los ciclos de producción. "Si siembras todos los campos a la vez se juntan varias campañas de melones de La Mancha con melones de Almería, con melones de esta zona, y todos a la vez. Entonces eso hace que haya un volumen alto de producción", explica.
El resultado es un mercado en el que coinciden grandes cantidades de producto procedentes de diferentes zonas productoras españolas, pero a esa producción nacional se suma la competencia exterior. Juan denuncia la "competencia desleal" de terceros países como Sudáfrica, Brasil, Egipto y Marruecos "que inundan el mercado europeo de frutas y hortalizas todo el año a unos precios con los que nosotros no podemos competir".
"Rentabilidad no hay en ningún cultivo"
La situación del melón también sirve para tomar el pulso a la agricultura de Chipiona. La localidad mantiene una importante superficie de cultivos protegidos. Según la cartografía de cultivos protegidos de la Junta de Andalucía, Chipiona contaba con 363 hectáreas de cultivos protegidos en 2025, dentro de las 838 hectáreas contabilizadas en el conjunto de la Costa Noroeste gaditana.
Juan Pérez, mostrando unos pimientos, otra verdura que cultiva en sus parcelas
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JUAN CARLOS TORO
Pero en esas parcelas de cultivo, la diversificación tampoco garantiza la rentabilidad. Ahora ciertos agricultores están cultivando el espárrago, aunque desde COAG señalan que este cultivo en Chipiona es "testimonial", no así la tradicional flor cortada, además de cultivarse también tomate, pimiento y otros productos bajo plástico, pero, según Miguel Pérez, no existe actualmente un cultivo que pueda considerarse una excepción por su rentabilidad.
"Rentabilidad no hay en ningún cultivo. Hay veces que el tomate repunta más, o el pimiento, se cultiva de todo, pero no hay ninguno que se diga que como excepción es un producto que dé rentabilidad, porque los costes son altísimos", aclara.
Un futuro que se decide campaña a campaña
La pregunta es qué ocurrirá si los precios continúan sin permitir cubrir los costes. Juan reconoce que la decisión de plantar o no se repite cada campaña, porque el agricultor no tiene garantías sobre qué cultivo será rentable. "Nosotros estamos condenados a seguir mientras que podamos", afirma.
Miguel Pérez utiliza una expresión mucho más gráfica para explicar el dilema del agricultor: "Aquí se juega a la ruleta rusa continuamente. Es toda una incertidumbre saber por dónde irán los precios el año que viene".
Para Juan, el problema acaba afectando incluso a la capacidad de Andalucía para producir sus propios alimentos. "De ser la despensa de Europa, estamos cambiando a depender de terceros países", advierte, y abre un debate que, a su juicio, debe ir más allá del precio de un producto. "Tenemos que proteger nuestra soberanía alimentaria, a los agricultores que vamos quedando, y hay que hacer que el campo sea atractivo para que haya un relevo generacional y podamos mantener esta joya que tenemos en España y particularmente en este rinconcito de frutas y hortalizas de muchísima calidad".
Además, lanza un mensaje al consumidor cuando va a adquirir fruta o verdura: "Que se fijen en el origen del producto, no en la variedad". Y pone el ejemplo de las naranjas que llegan de Egipto y se venden como ‘variedad Valencia’, pudiendo crear confusión en el cliente. "Por favor, mirad el origen", repite.
Juan, pese a todo, no duda cuando se le pregunta si se arrepiente de haber elegido el campo.
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