Llevo semanas dándole vueltas a esta columna sin saber por dónde cogerla o por dónde dejar que me coja ella a mí. Suele pasar con los temas que le tocan a una el alma y que son, por ello, más jodidos de abordar. Hace ya casi un mes que los amantes del carnaval vivimos la sacudida que nos provocó la noticia de la suspensión del homenaje público a Juan Carlos Aragón. Apenas unas horas antes del descubrimiento de su estrella en el Paseo de la Fama del Carnaval, a las puertas del Gran Teatro Falla de Cádiz, el Ayuntamiento de la ciudad canceló el acto. Fue después de que Paqui Pino, expareja del artista, remitiese al consistorio la sentencia que desvelaba que Aragón fue condenado en 2010 por el maltrato físico y psicológico que le había infligido.
El malogrado artista nos dejó prematuramente en mayo de 2019 y desde entonces se han sucedido los homenajes públicos y privados, la creación de su fundación o la colocación de su nombre a un colegio gaditano. El mito —muy anterior— no nació en 2019 pero sí aumentó su carga y se alargó ad eternum, como suele pasar con los artistas que fallecen cuando no les toca. La pérdida engrandeció una leyenda ya grande; y sus letras, que ya cantaban autores de renombre y media Andalucía, se hicieron más inmortales a medida que su creador cumplía como mortal. El mito lo era para siempre. Es imposible no temblar de emoción al ver el vídeo de la despedida que su grupo le dedicó a las puertas del Falla, mientras entonaban su “Credo” rotos de dolor. Eso, sin lugar a dudas, es Cádiz. Y ahí hay que morir.
Ahora, cuando siete años después iba a descubrirse su estrella en el templo de los ladrillos ‘coloraos’, todo quedó paralizado por la noticia de su condena por violencia de género. El desvelamiento de estos hechos —desconocidos para muchos, entre los que me incluyo— ha desencadenado la retirada de honores, la supresión de homenajes y el cuestionamiento del autor y de toda su obra. Esto último, bastante más discutible, en mi opinión. Hay numerosas cuestiones que nos asaltan y que nos han mantenido el corazón en un puño a los amantes del Juan Carlos autor. En primera persona, he de confesar que mi primer sentimiento fue de decepción, de rabia y de indignación: ¿por qué has tenido que hacernos esto, capitán? Esos sentimientos no me han abandonado y los firmo también hoy. En estos días, el estupor se da la mano con otras preguntas; unas cuantas. La que más me asalta —visto lo incuestionable de lo sucedido, de la condena y del verdugo— es la que tiene que ver con el momento y la oportunidad. Nunca de la víctima. Me llama poderosamente la atención que la decisión fuera tomada y comunicada por el Ayuntamiento tan solo a unas horas de celebrarse el homenaje público. También me inquieta la curiosa pirueta moral que practica el consistorio, firme a la hora de retirar in extremis honores públicos a un autor condenado pero feliz de devolver al teatro del Parque Genovés, recién reabierto, el nombre de un exaltado franquista como José María Pemán. La política tiene a veces triples tirabuzones éticos ante los que solo cabe abrir los ojos de par en par.
Y es que la ejemplaridad es cosa muy complicada. Un defensor acérrimo de la dictadura no es más ejemplar que un condenado porque naciera en 1897, al igual que la obra de un autor no cabe en sus actos, porque la traspasa, la permea, y se reconstruye y adquiere verdadero valor en cada una de las personas a las que llega e influye. Quizá sean cosas que solo la chusma selecta de Cádiz o sus votantes puedan alcanzar a entender. Mientras tanto, aquí seguiremos el resto, haciéndonos preguntas y cuestionándonos lo ilustre y lo ejemplar: con la rabia contenida, el enfado con quienes nos defraudan y los ojos bien abiertos.
Llevo semanas dándole vueltas a esta columna sin saber por dónde cogerla o por dónde dejar que me coja ella a mí. Suele pasar con los temas que le tocan a una el alma y que son, por ello, más jodidos de abordar. Hace ya casi un mes que los amantes del carnaval vivimos la sacudida que nos provocó la noticia de la suspensión del homenaje público a Juan Carlos Aragón. Apenas unas horas antes del descubrimiento de su estrella en el Paseo de la Fama del Carnaval, a las puertas del Gran Teatro Falla de Cádiz, el Ayuntamiento de la ciudad canceló el acto. Fue después de que Paqui Pino, expareja del artista, remitiese al consistorio la sentencia que desvelaba que Aragón fue condenado en 2010 por el maltrato físico y psicológico que le había infligido.
El malogrado artista nos dejó prematuramente en mayo de 2019 y desde entonces se han sucedido los homenajes públicos y privados, la creación de su fundación o la colocación de su nombre a un colegio gaditano. El mito —muy anterior— no nació en 2019 pero sí aumentó su carga y se alargó ad eternum, como suele pasar con los artistas que fallecen cuando no les toca. La pérdida engrandeció una leyenda ya grande; y sus letras, que ya cantaban autores de renombre y media Andalucía, se hicieron más inmortales a medida que su creador cumplía como mortal. El mito lo era para siempre. Es imposible no temblar de emoción al ver el vídeo de la despedida que su grupo le dedicó a las puertas del Falla, mientras entonaban su “Credo” rotos de dolor. Eso, sin lugar a dudas, es Cádiz. Y ahí hay que morir.
Ahora, cuando siete años después iba a descubrirse su estrella en el templo de los ladrillos ‘coloraos’, todo quedó paralizado por la noticia de su condena por violencia de género. El desvelamiento de estos hechos —desconocidos para muchos, entre los que me incluyo— ha desencadenado la retirada de honores, la supresión de homenajes y el cuestionamiento del autor y de toda su obra. Esto último, bastante más discutible, en mi opinión. Hay numerosas cuestiones que nos asaltan y que nos han mantenido el corazón en un puño a los amantes del Juan Carlos autor. En primera persona, he de confesar que mi primer sentimiento fue de decepción, de rabia y de indignación: ¿por qué has tenido que hacernos esto, capitán? Esos sentimientos no me han abandonado y los firmo también hoy. En estos días, el estupor se da la mano con otras preguntas; unas cuantas. La que más me asalta —visto lo incuestionable de lo sucedido, de la condena y del verdugo— es la que tiene que ver con el momento y la oportunidad. Nunca de la víctima. Me llama poderosamente la atención que la decisión fuera tomada y comunicada por el Ayuntamiento tan solo a unas horas de celebrarse el homenaje público. También me inquieta la curiosa pirueta moral que practica el consistorio, firme a la hora de retirar in extremis honores públicos a un autor condenado pero feliz de devolver al teatro del Parque Genovés, recién reabierto, el nombre de un exaltado franquista como José María Pemán. La política tiene a veces triples tirabuzones éticos ante los que solo cabe abrir los ojos de par en par.
Y es que la ejemplaridad es cosa muy complicada. Un defensor acérrimo de la dictadura no es más ejemplar que un condenado porque naciera en 1897, al igual que la obra de un autor no cabe en sus actos, porque la traspasa, la permea, y se reconstruye y adquiere verdadero valor en cada una de las personas a las que llega e influye. Quizá sean cosas que solo la chusma selecta de Cádiz o sus votantes puedan alcanzar a entender. Mientras tanto, aquí seguiremos el resto, haciéndonos preguntas y cuestionándonos lo ilustre y lo ejemplar: con la rabia contenida, el enfado con quienes nos defraudan y los ojos bien abiertos.
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