Hace más de un año que dedico este espacio a hablar de libros y, curiosamente, por los libros empezó también esta historia. Hace ya bastante tiempo mi amigo Juan me pidió que le ayudara a catalogar los que había en la antigua casa de sus abuelos, en la calle Larga. El edificio estaba en obras y formaba parte de un proyecto familiar en el que llevaba años trabajando. Para mí aquello tenía además el atractivo de cualquier biblioteca que ha ido creciendo dentro de una casa: abrir armarios, sacar volúmenes que llevaban quién sabe cuánto tiempo allí, descubrir ediciones antiguas y tratar de poner un poco de orden en una colección que también contaba la historia de quienes habían vivido entre aquellas paredes.
Conozco a Juan desde mucho antes de que esta historia llegara a los medios, por eso me cuesta reconocerla en todo lo que estos días se está contando. Ha terminado convertido sencillamente en el nieto que lleva catorce años ocupando gratuitamente una vivienda de su abuela. Pero hay catorce años detrás de ese titular y yo conozco una parte de ellos.
Durante buena parte de ese tiempo trabajó en un proyecto para rehabilitar la finca, de manera que lo que durante generaciones había sido la casa de una sola familia pudiera albergar varios hogares y recuperar así una nueva vida.
Para sacarlo adelante dejó aparcado incluso el estudio de unas oposiciones. Se ocupó de Urbanismo, Patrimonio, arqueólogos, arquitectos, aparejadores, contratistas y albañiles; hizo de interlocutor con unos y otros y trabajó físicamente en la rehabilitación. Yo entré y salí de aquella casa durante ese proceso y vi cómo avanzaban las obras. Por eso resulta especialmente injusto que todo ese recorrido haya desaparecido ahora bajo una palabra tan cómoda como "okupa".
Un conflicto familiar puede acabar en los tribunales y será allí donde corresponda determinar quién tiene jurídicamente la razón sobre cada extremo. Pero una persona que lleva más de una década viviendo en un domicilio familiar no responde exactamente a la imagen que solemos asociar a alguien que una mañana fuerza una cerradura y decide apropiarse de una vivienda ajena. Juan está además empadronado en el inmueble desde 2019.
No voy a entrar en las acusaciones que unos miembros de la familia hacen contra otros porque ni me corresponden ni las he presenciado. Pero sí puedo contar lo que he visto, como que hoy Juan sigue viviendo en uno de esos pisos mientras en la puerta de su casa se han apostado trabajadores de una empresa de desocupación para conseguir que se marche. La situación ha llegado a provocar concentraciones en la calle Larga y denuncias de impedimentos para acceder al inmueble y de cortes de suministro eléctrico. ¿Os acordáis del apagón de abril de 2025? Pues así lleva días mi amigo. Y a todo el conflicto familiar se ha añadido algo todavía más miserable: los insultos homófobos que le gritan debajo de su balcón.
No sé cómo terminará esta historia. Empezó con una casa en rehabilitación, con Juan dedicando años a aquel proyecto y con unos libros que un día me pidieron que ayudara a catalogar. Aquellos libros siguen siendo para mí el recuerdo de una casa en la que nadie hablaba todavía de okupas, desokupas ni titulares. Solo de terminar las obras y devolverle la vida a un edificio de la calle Larga.
Hace más de un año que dedico este espacio a hablar de libros y, curiosamente, por los libros empezó también esta historia. Hace ya bastante tiempo mi amigo Juan me pidió que le ayudara a catalogar los que había en la antigua casa de sus abuelos, en la calle Larga. El edificio estaba en obras y formaba parte de un proyecto familiar en el que llevaba años trabajando. Para mí aquello tenía además el atractivo de cualquier biblioteca que ha ido creciendo dentro de una casa: abrir armarios, sacar volúmenes que llevaban quién sabe cuánto tiempo allí, descubrir ediciones antiguas y tratar de poner un poco de orden en una colección que también contaba la historia de quienes habían vivido entre aquellas paredes.
Conozco a Juan desde mucho antes de que esta historia llegara a los medios, por eso me cuesta reconocerla en todo lo que estos días se está contando. Ha terminado convertido sencillamente en el nieto que lleva catorce años ocupando gratuitamente una vivienda de su abuela. Pero hay catorce años detrás de ese titular y yo conozco una parte de ellos.
Durante buena parte de ese tiempo trabajó en un proyecto para rehabilitar la finca, de manera que lo que durante generaciones había sido la casa de una sola familia pudiera albergar varios hogares y recuperar así una nueva vida.
Para sacarlo adelante dejó aparcado incluso el estudio de unas oposiciones. Se ocupó de Urbanismo, Patrimonio, arqueólogos, arquitectos, aparejadores, contratistas y albañiles; hizo de interlocutor con unos y otros y trabajó físicamente en la rehabilitación. Yo entré y salí de aquella casa durante ese proceso y vi cómo avanzaban las obras. Por eso resulta especialmente injusto que todo ese recorrido haya desaparecido ahora bajo una palabra tan cómoda como "okupa".
Un conflicto familiar puede acabar en los tribunales y será allí donde corresponda determinar quién tiene jurídicamente la razón sobre cada extremo. Pero una persona que lleva más de una década viviendo en un domicilio familiar no responde exactamente a la imagen que solemos asociar a alguien que una mañana fuerza una cerradura y decide apropiarse de una vivienda ajena. Juan está además empadronado en el inmueble desde 2019.
No voy a entrar en las acusaciones que unos miembros de la familia hacen contra otros porque ni me corresponden ni las he presenciado. Pero sí puedo contar lo que he visto, como que hoy Juan sigue viviendo en uno de esos pisos mientras en la puerta de su casa se han apostado trabajadores de una empresa de desocupación para conseguir que se marche. La situación ha llegado a provocar concentraciones en la calle Larga y denuncias de impedimentos para acceder al inmueble y de cortes de suministro eléctrico. ¿Os acordáis del apagón de abril de 2025? Pues así lleva días mi amigo. Y a todo el conflicto familiar se ha añadido algo todavía más miserable: los insultos homófobos que le gritan debajo de su balcón.
No sé cómo terminará esta historia. Empezó con una casa en rehabilitación, con Juan dedicando años a aquel proyecto y con unos libros que un día me pidieron que ayudara a catalogar. Aquellos libros siguen siendo para mí el recuerdo de una casa en la que nadie hablaba todavía de okupas, desokupas ni titulares. Solo de terminar las obras y devolverle la vida a un edificio de la calle Larga.
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