Opinión

Desahucio en cuatro tiempos

Con Mari Carmen dentro, pagando 500 euros de renta antigua, ese piso valía poco. Vacío, vale el triple

  • Maricarmen, en un vídeo difundido este viernes.

Dorian Gray nunca envejecía. Conservaba la piel tersa y la sonrisa intacta mientras, en el desván, un retrato acumulaba por él las arrugas, la enfermedad y la culpa. El truco consistía en no subir al desván. Lejos de esta ficción, el miércoles 23 de septiembre subimos todos: Mari Carmen Abascal, 87 años y una discapacidad del 50 %, salió en camilla del piso de Sáinz de Baranda en el que vivía desde 1956, mientras los antidisturbios arrastraban a los vecinos del portal y se apartaba a las cámaras para que no grabaran. Alguien había decidido que ese retrato no se viera, porque la vulnerabilidad no nos gusta. No la queremos en el salón a la hora de comer ni en los escaparates del centro. Se han construido ciudades para no verla con escaparates rebosantes de salud, belleza y juventud, o con la promesa de recuperarlo todo. El metro cuadrado en Retiro cuesta ya 8.444 euros. Una anciana enferma con un contrato de renta antigua desentona en ese decorado, así que se la saca del plano. Un desahucio no es solo una sentencia ejecutada; a veces es una limpieza de escaparate.

Este desahucio se ha ejecutado en cuatro tiempos, y ninguno coincide con los demás. El primero es el de la vida de una mujer de 87 años. A Mari Carmen no la protegió su pensión de 1.450 euros. Le pidieron 1.650. Porque ni la pensión, ni la vida entera te protegen cuando tu casa es el activo de otro. Lo que separa a quien es Mari Carmen de quien nunca lo será no son los ingresos. Es el patrimonio. Y conviene decir que ese patrimonio, en España, rara vez está a nombre de una mujer de 87 años: ella nunca fue titular del contrato, lo heredó por subrogación de sus padres, y por esa grieta legal se coló el lanzamiento. La vejez vulnerable tiene rostro de mujer.

El segundo tiempo es el del inversor, que se mide en trimestres y en revalorizaciones del 200 %. No todos somos Mari Carmen. No lo es Urbagestión, la sociedad que la ha desahuciado y que se defiende diciendo que no es un fondo buitre sino "una sencilla pyme" con menos de siete empleados, 586.000 euros de facturación en 2025 y un beneficio declarado que no llegó a 3.000. Pero otra enseñanza de esta historia es que no hace falta ser un fondo para comportarse como uno. Basta con el modelo de negocio, que la propia empresa anuncia entre sus servicios: comprar edificios residenciales con inquilinos dentro para revalorizarlos después. Traducido: se compra barato porque hay alguien viviendo, se litiga hasta que ese alguien se va, y se vende caro porque ya no hay nadie. Con el piso de Sáinz de Baranda las cuentas salen solas. Se compró en 2018 por unos 247.000 euros. Hoy Idealista lo tasa en 776.000. Con Mari Carmen dentro, pagando 500 euros de renta antigua, ese piso valía poco. Vacío, vale el triple. Por eso el negocio nunca estuvo en el alquiler, y por eso, según lo publicado, se rechazó todo lo que olía a alquiler. No a la escritora anónima que ofreció pagar la diferencia; no a James Rhodes, que quiso comprar la casa para mantenerle la renta; no al Ministerio de Vivienda cuando propuso adquirirla para el parque público; no a un mes más de aplazamiento. A cambio, sí hubo tiempo para querellarse contra el Sindicato de Inquilinas y para avisar a los medios de que no usaran la palabra "buitre". El desahucio no fue un accidente ni un exceso. Era la última fase del plan.

El tercer tiempo es el de la política, que se mide en legislaturas y en mayorías que no llegan: el escudo antidesahucios decayó en febrero por falta de apoyos y ahora se negocia otro decreto a contrarreloj. Pero la política no es lenta por naturaleza. Es lenta cuando no hay mayoría y puede ser velocísima para rescatar bancos, para aprobar decretos de urgencia y para lo que se declara prioritario. Y el cuarto tiempo es el mediático, el más rápido de todos y el primero en agotarse. En 48 horas hemos oído hablar de tragedia, de demagogia, de leyes franquistas y de expropiaciones. Feijóo pide "soluciones excepcionales". En España hay un desahucio cada media hora. ¿Qué tiene esto de excepcional?

Hay un quinto tiempo que no estaba en el guion, el de la indignación. Mientras la “pyme” no contestaba al teléfono y el Gobierno buscaba mayorías, hubo vecinas y vecinos en el portal, un sindicato que llevaba meses parando lanzamientos y miles de personas en la calle esa misma tarde. Ese reloj es el único que ha hecho mover a los demás. El decreto de vivienda se acelera, la Delegación del Gobierno investiga la actuación policial, y la oposición pide soluciones “excepcionales”.

De los tiempos de este deshaucio, solo solo uno no admite prórroga: el de la vida. Y esto es lo que no podemos olvidar.

Dorian Gray nunca envejecía. Conservaba la piel tersa y la sonrisa intacta mientras, en el desván, un retrato acumulaba por él las arrugas, la enfermedad y la culpa. El truco consistía en no subir al desván. Lejos de esta ficción, el miércoles 23 de septiembre subimos todos: Mari Carmen Abascal, 87 años y una discapacidad del 50 %, salió en camilla del piso de Sáinz de Baranda en el que vivía desde 1956, mientras los antidisturbios arrastraban a los vecinos del portal y se apartaba a las cámaras para que no grabaran. Alguien había decidido que ese retrato no se viera, porque la vulnerabilidad no nos gusta. No la queremos en el salón a la hora de comer ni en los escaparates del centro. Se han construido ciudades para no verla con escaparates rebosantes de salud, belleza y juventud, o con la promesa de recuperarlo todo. El metro cuadrado en Retiro cuesta ya 8.444 euros. Una anciana enferma con un contrato de renta antigua desentona en ese decorado, así que se la saca del plano. Un desahucio no es solo una sentencia ejecutada; a veces es una limpieza de escaparate.

Este desahucio se ha ejecutado en cuatro tiempos, y ninguno coincide con los demás. El primero es el de la vida de una mujer de 87 años. A Mari Carmen no la protegió su pensión de 1.450 euros. Le pidieron 1.650. Porque ni la pensión, ni la vida entera te protegen cuando tu casa es el activo de otro. Lo que separa a quien es Mari Carmen de quien nunca lo será no son los ingresos. Es el patrimonio. Y conviene decir que ese patrimonio, en España, rara vez está a nombre de una mujer de 87 años: ella nunca fue titular del contrato, lo heredó por subrogación de sus padres, y por esa grieta legal se coló el lanzamiento. La vejez vulnerable tiene rostro de mujer.

El segundo tiempo es el del inversor, que se mide en trimestres y en revalorizaciones del 200 %. No todos somos Mari Carmen. No lo es Urbagestión, la sociedad que la ha desahuciado y que se defiende diciendo que no es un fondo buitre sino "una sencilla pyme" con menos de siete empleados, 586.000 euros de facturación en 2025 y un beneficio declarado que no llegó a 3.000. Pero otra enseñanza de esta historia es que no hace falta ser un fondo para comportarse como uno. Basta con el modelo de negocio, que la propia empresa anuncia entre sus servicios: comprar edificios residenciales con inquilinos dentro para revalorizarlos después. Traducido: se compra barato porque hay alguien viviendo, se litiga hasta que ese alguien se va, y se vende caro porque ya no hay nadie. Con el piso de Sáinz de Baranda las cuentas salen solas. Se compró en 2018 por unos 247.000 euros. Hoy Idealista lo tasa en 776.000. Con Mari Carmen dentro, pagando 500 euros de renta antigua, ese piso valía poco. Vacío, vale el triple. Por eso el negocio nunca estuvo en el alquiler, y por eso, según lo publicado, se rechazó todo lo que olía a alquiler. No a la escritora anónima que ofreció pagar la diferencia; no a James Rhodes, que quiso comprar la casa para mantenerle la renta; no al Ministerio de Vivienda cuando propuso adquirirla para el parque público; no a un mes más de aplazamiento. A cambio, sí hubo tiempo para querellarse contra el Sindicato de Inquilinas y para avisar a los medios de que no usaran la palabra "buitre". El desahucio no fue un accidente ni un exceso. Era la última fase del plan.

El tercer tiempo es el de la política, que se mide en legislaturas y en mayorías que no llegan: el escudo antidesahucios decayó en febrero por falta de apoyos y ahora se negocia otro decreto a contrarreloj. Pero la política no es lenta por naturaleza. Es lenta cuando no hay mayoría y puede ser velocísima para rescatar bancos, para aprobar decretos de urgencia y para lo que se declara prioritario. Y el cuarto tiempo es el mediático, el más rápido de todos y el primero en agotarse. En 48 horas hemos oído hablar de tragedia, de demagogia, de leyes franquistas y de expropiaciones. Feijóo pide "soluciones excepcionales". En España hay un desahucio cada media hora. ¿Qué tiene esto de excepcional?

Hay un quinto tiempo que no estaba en el guion, el de la indignación. Mientras la “pyme” no contestaba al teléfono y el Gobierno buscaba mayorías, hubo vecinas y vecinos en el portal, un sindicato que llevaba meses parando lanzamientos y miles de personas en la calle esa misma tarde. Ese reloj es el único que ha hecho mover a los demás. El decreto de vivienda se acelera, la Delegación del Gobierno investiga la actuación policial, y la oposición pide soluciones “excepcionales”.

De los tiempos de este deshaucio, solo solo uno no admite prórroga: el de la vida. Y esto es lo que no podemos olvidar.

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