El presupuesto sanitario de Andalucía ha crecido cerca de un 17 % en cuatro años. Hay más dinero. Ya hablaremos de listas de espera, médicos que faltan, centros de salud donde conseguir cita es una tarea casi imposible, profesionales que van a la bulla desde que entran hasta que salen y familias que miden el tiempo sanitario en meses mientras su salud empeora. Pero dinero hay. Y entre esos miles de millones aparece un convenio del Servicio Andaluz de Salud con la Iglesia Católica: 117 capellanes y más de siete millones de euros durante la vigencia de ese convenio.
No sale del cepillo de una parroquia, ni lo paga el Vaticano, ni de una colecta en la misa de los domingos. Lo paga el SAS y sale del presupuesto sanitario, del dinero de todos. Y esto tiene guasa. No porque un sacerdote entre en un hospital cuando un enfermo lo pide —faltaría más—, sino por un agravio comparativo directo y claro.
Antes de que alguien saque el crucifijo y me queme en la hoguera, aclaro algo. Quien escribe estas líneas ha estado y está vinculado de distintas maneras a la Iglesia Católica, y no como quien aparece un domingo para que le sellen el justificante. De forma activa. Precisamente por eso puedo decirlo sin complejos: esto no es anticatolicismo ni anticlericalismo. Es respeto. Por quien se santigua antes del quirófano y por quien no sabe rezar. Andalucía sabe mucho de fe: de hermandades, promesas, abuelas encendiendo velas y hombres que no pisan una iglesia en veinte años pero se descubren cuando pasa la Virgen de su pueblo. La fe aquí es religión, sí, pero también memoria, barrio, madre e infancia. Y precisamente porque sabemos lo que vale, deberíamos distinguir entre respetarla y privilegiarla.
La pregunta incómoda es sencilla: ¿por qué tiene que pagar la sanidad pública la asistencia de una creencia concreta? Y si consideramos que acompañar espiritualmente a una persona enferma merece financiación pública, ¿qué hacemos con los demás? ¿Con un musulmán, un protestante, un ortodoxo? ¿Y con el ateo? Las demás confesiones tienen reconocido el derecho a atender religiosamente a sus fieles, pero en la documentación pública del SAS no aparece un convenio económico equivalente al católico. Puede decirse que Andalucía es mayoritariamente católica. Puede ser. Aunque una vuelta por ciertas iglesias un domingo quizá exija una mijita de prudencia estadística. Pero incluso si todos los andaluces fueran católicos menos uno, ese uno seguiría teniendo los mismos derechos. Las mayorías sirven para ganar elecciones; no deberían decidir quién merece consuelo y a quién se deja tirado en una cama, sólo y llorando.
Volvamos a ese uno o una. Mañana lo operan. Tiene miedo. No está deprimido, no tiene una patología mental y no necesita medicación. Tiene miedo, simplemente, una de las cosas más naturales que existen. En la cama de al lado hay un católico en idéntica situación. El católico puede pedir un sacerdote y existe una estructura organizada y pagada
para atenderlo. El ateo no quiere confesarse, rezar ni discutir si Dios existe. En ese momento le importa un carajo la metafísica. Quiere que alguien se siente a su lado y le permita decir una frase elemental: "Tengo miedo". ¿Qué servicio público equivalente puede pedir? No hay un servicio semejante dedicado al acompañamiento existencial no religioso.
Así que permitidme la ironía: arderéis en el infierno, ateos. No en el de después de la muerte, sino en el de vuestra soledad, en esa madrugada de hospital donde las luces nunca se apagan del todo y las máquinas pitan con una indiferencia admirable. Si eres católico, hemos organizado institucionalmente una respuesta. Si no lo eres, apáñatelas. O conviértete antes de que pase el capellán.
El convenio puede alcanzar 1.849.676 euros por año completo. Tomando como referencia las retribuciones oficiales del SAS, esa cantidad equivale aproximadamente al salario bruto anual de unos treinta especialistas del nivel retributivo en el que se integra Psicología Clínica. Eso no significa que la Junta haya despedido a treinta psicólogos para contratar capellanes; afirmarlo sería trampa. Pero ayuda a entender la cifra. Un millón ochocientos cincuenta mil euros parece calderilla cuando se coloca junto a miles de millones. Ese es uno de los milagros de la contabilidad pública: hacer pequeño lo grande poniéndolo junto a algo gigantesco. Dejemos de contar euros y contemos profesionales, horas, conversaciones, noches y personas.
El problema no son los sacerdotes. El problema es el privilegio cuando lleva tantos años instalado que termina llamándose normalidad. Los privilegios inteligentes nunca se presentan diciendo "soy un privilegio". Se presentan como tradición, costumbre, convenio, partida presupuestaria. Y a otra cosa. Pero cada euro público dice qué considera importante una Administración y también qué deja fuera de su mirada.
No quiero sacar a Dios de los hospitales. Que entre cuando lo llamen. Que venga el sacerdote, el imán, el pastor o el rabino. Que cada cual encuentre consuelo donde pueda. Pero si la sanidad pública considera que acompañar el miedo forma parte de cuidar, entonces tiene que cuidar a todos. El dolor no tiene religión. El miedo tampoco. Y la muerte, que sepamos, nunca ha pedido partida de bautismo.
Quizá este asunto no vaya finalmente de curas ni de ateos, ni siquiera de 7,4 millones. Va de qué entendemos por cuidar. La medicina cura cuando puede, alivia cuando sabe y llega un momento en que ya no puede hacer ninguna de las dos cosas. Entonces queda algo más antiguo: sentarse al lado de otro ser humano y no dejarlo solo.
Andalucía sabe acompañar a sus muertos. Lo hacemos desde hace siglos, con rezos o sin ellos, con flores, cafés, silencios y una silla arrimada al que se queda. Tal vez haya llegado el momento de demostrar que sabemos acompañar igual de bien a los vivos. Que cualquiera, crea en Dios, en Alá, en nada o en todo a la vez, pueda levantar la mano desde una cama y decir: "Tengo miedo. Siéntate una mijita conmigo". Y que una sanidad que presume de pública entienda, por fin, que a veces cuidar empieza exactamente ahí.
El presupuesto sanitario de Andalucía ha crecido cerca de un 17 % en cuatro años. Hay más dinero. Ya hablaremos de listas de espera, médicos que faltan, centros de salud donde conseguir cita es una tarea casi imposible, profesionales que van a la bulla desde que entran hasta que salen y familias que miden el tiempo sanitario en meses mientras su salud empeora. Pero dinero hay. Y entre esos miles de millones aparece un convenio del Servicio Andaluz de Salud con la Iglesia Católica: 117 capellanes y más de siete millones de euros durante la vigencia de ese convenio.
No sale del cepillo de una parroquia, ni lo paga el Vaticano, ni de una colecta en la misa de los domingos. Lo paga el SAS y sale del presupuesto sanitario, del dinero de todos. Y esto tiene guasa. No porque un sacerdote entre en un hospital cuando un enfermo lo pide —faltaría más—, sino por un agravio comparativo directo y claro.
Antes de que alguien saque el crucifijo y me queme en la hoguera, aclaro algo. Quien escribe estas líneas ha estado y está vinculado de distintas maneras a la Iglesia Católica, y no como quien aparece un domingo para que le sellen el justificante. De forma activa. Precisamente por eso puedo decirlo sin complejos: esto no es anticatolicismo ni anticlericalismo. Es respeto. Por quien se santigua antes del quirófano y por quien no sabe rezar. Andalucía sabe mucho de fe: de hermandades, promesas, abuelas encendiendo velas y hombres que no pisan una iglesia en veinte años pero se descubren cuando pasa la Virgen de su pueblo. La fe aquí es religión, sí, pero también memoria, barrio, madre e infancia. Y precisamente porque sabemos lo que vale, deberíamos distinguir entre respetarla y privilegiarla.
La pregunta incómoda es sencilla: ¿por qué tiene que pagar la sanidad pública la asistencia de una creencia concreta? Y si consideramos que acompañar espiritualmente a una persona enferma merece financiación pública, ¿qué hacemos con los demás? ¿Con un musulmán, un protestante, un ortodoxo? ¿Y con el ateo? Las demás confesiones tienen reconocido el derecho a atender religiosamente a sus fieles, pero en la documentación pública del SAS no aparece un convenio económico equivalente al católico. Puede decirse que Andalucía es mayoritariamente católica. Puede ser. Aunque una vuelta por ciertas iglesias un domingo quizá exija una mijita de prudencia estadística. Pero incluso si todos los andaluces fueran católicos menos uno, ese uno seguiría teniendo los mismos derechos. Las mayorías sirven para ganar elecciones; no deberían decidir quién merece consuelo y a quién se deja tirado en una cama, sólo y llorando.
Volvamos a ese uno o una. Mañana lo operan. Tiene miedo. No está deprimido, no tiene una patología mental y no necesita medicación. Tiene miedo, simplemente, una de las cosas más naturales que existen. En la cama de al lado hay un católico en idéntica situación. El católico puede pedir un sacerdote y existe una estructura organizada y pagada
para atenderlo. El ateo no quiere confesarse, rezar ni discutir si Dios existe. En ese momento le importa un carajo la metafísica. Quiere que alguien se siente a su lado y le permita decir una frase elemental: "Tengo miedo". ¿Qué servicio público equivalente puede pedir? No hay un servicio semejante dedicado al acompañamiento existencial no religioso.
Así que permitidme la ironía: arderéis en el infierno, ateos. No en el de después de la muerte, sino en el de vuestra soledad, en esa madrugada de hospital donde las luces nunca se apagan del todo y las máquinas pitan con una indiferencia admirable. Si eres católico, hemos organizado institucionalmente una respuesta. Si no lo eres, apáñatelas. O conviértete antes de que pase el capellán.
El convenio puede alcanzar 1.849.676 euros por año completo. Tomando como referencia las retribuciones oficiales del SAS, esa cantidad equivale aproximadamente al salario bruto anual de unos treinta especialistas del nivel retributivo en el que se integra Psicología Clínica. Eso no significa que la Junta haya despedido a treinta psicólogos para contratar capellanes; afirmarlo sería trampa. Pero ayuda a entender la cifra. Un millón ochocientos cincuenta mil euros parece calderilla cuando se coloca junto a miles de millones. Ese es uno de los milagros de la contabilidad pública: hacer pequeño lo grande poniéndolo junto a algo gigantesco. Dejemos de contar euros y contemos profesionales, horas, conversaciones, noches y personas.
El problema no son los sacerdotes. El problema es el privilegio cuando lleva tantos años instalado que termina llamándose normalidad. Los privilegios inteligentes nunca se presentan diciendo "soy un privilegio". Se presentan como tradición, costumbre, convenio, partida presupuestaria. Y a otra cosa. Pero cada euro público dice qué considera importante una Administración y también qué deja fuera de su mirada.
No quiero sacar a Dios de los hospitales. Que entre cuando lo llamen. Que venga el sacerdote, el imán, el pastor o el rabino. Que cada cual encuentre consuelo donde pueda. Pero si la sanidad pública considera que acompañar el miedo forma parte de cuidar, entonces tiene que cuidar a todos. El dolor no tiene religión. El miedo tampoco. Y la muerte, que sepamos, nunca ha pedido partida de bautismo.
Quizá este asunto no vaya finalmente de curas ni de ateos, ni siquiera de 7,4 millones. Va de qué entendemos por cuidar. La medicina cura cuando puede, alivia cuando sabe y llega un momento en que ya no puede hacer ninguna de las dos cosas. Entonces queda algo más antiguo: sentarse al lado de otro ser humano y no dejarlo solo.
Andalucía sabe acompañar a sus muertos. Lo hacemos desde hace siglos, con rezos o sin ellos, con flores, cafés, silencios y una silla arrimada al que se queda. Tal vez haya llegado el momento de demostrar que sabemos acompañar igual de bien a los vivos. Que cualquiera, crea en Dios, en Alá, en nada o en todo a la vez, pueda levantar la mano desde una cama y decir: "Tengo miedo. Siéntate una mijita conmigo". Y que una sanidad que presume de pública entienda, por fin, que a veces cuidar empieza exactamente ahí.
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