Vamos a empezar por lo fácil, que es lo que mejor se le da al Ayuntamiento de Granada: la postal. Fachadas relucientes, monumentos iluminados, plazas barriditas antes de que el turista se levante. Eso lo hacen de maravilla, oye, ahí no hay que quitarles mérito. El problema es que en esa foto nunca sale la otra Granada, la que busca un banco de la calle sin reposabrazos -qué nivel de crueldad urbanística- o un cajero en el que poder dormir.
La plataforma La Calle Mata se ha plantado delante del Ayuntamiento, una vez trás otra, para decir en voz alta: aquí, en esta tierra de alma generosa, malviven más de 300 personas sin hogar. Y este verano, con el calor que aprieta, el “recurso” que han montado tiene 27 plazas. ¡27!. Abre a la una del mediodía y a las nueve de la noche, ¡pa fuera!. Después, que se las apañen con el bochorno, con el frío, con lo que venga. Ocho horas de alivio, dieciséis de calle. ¡27 plazas para 300 personas!. Eso no es una política social, eso es una broma de mal gusto contada por alguien que nunca ha pasado una noche a la intemperie sin que estuviera de juerga.
Nos gusta mucho la palabra "mendicidad". Los llamamos mendigos porque piden. Pero nadie pregunta qué ocurrió para que acabaran en la calle. El sinhogarismo es la fábrica; la mano extendida es solo el producto que sale por la puerta de atrás. Y claro, molesta más una mano abierta en la puerta de una tienda que una política de vivienda que lleva veinte años haciendo aguas. Es más fácil discutir si Fulano debe o no pedir en tal esquina que preguntarse por qué Fulano tiene que dormir en ella.
No toda persona sin hogar pide, ni todo el que pide duerme al raso. Pero mezclarlo todo le viene de perlas a quien gobierna, porque así una tragedia social se convierte en un problema de "imagen de ciudad", y la persona deja de ser un vecino al que le han arrebatado sus derechos para convertirse en un estorbo: alguien que "afea el escaparate", dicho así, como si fuera un cristal sucio y no un ser humano.
Las peticiones de la plataforma La calle mata, son de sentido común: un alojamiento permanente, de alta tolerancia, abierto las 24 horas los 365 días del año; facilidades de verdad, no de las de "vuelva usted mañana"; acceso a las prestaciones que le corresponden como a cualquier hijo de vecino; y una política de vivienda social que se note, no que se anuncie. Se está exigiendo que la Administración haga aquello para lo que existe, aunque parece que eso es pedir demasiado.
Y hay que explicar bien eso de "alta tolerancia". Hay gente que después de años en la calle, con problemas de salud mental, con adicciones, con violencia a cuestas, con la vida desarraigada del todo, no puede llegar un lunes y adaptarse a un reglamento pensado para una vida ordenada. Un centro que echa a la calle a quien se salta una norma menor es absolutamente inútil para lo que de verdad importa. ¿Cómo pedirle puntualidad a quién no tiene ni un reloj?.
Que nadie se piense que esto es cosa de cuatro que "no quieren currar". El INE contó en 2022 a 28.552 personas sin hogar atendidas en centros, un 24,5% más que diez años antes. El 26,8% se quedó sin techo después de quedarse sin trabajo. Casi seis de cada diez tenían síntomas depresivos. Y el acuerdo estatal contra el sinhogarismo remata la faena: un 40% llegó a esa situación por problemas de vivienda.
Esto no es una colección de fracasos personales, que ya está bien de buscarle la culpa al que menos tiene. Esto es un fracaso colectivo, repartido de forma muy desigual, que se lleva por delante al que pierde el trabajo, al que sale de una institución sin red de apoyo, al que enferma solo, al que ya no puede con el alquiler. La distancia entre un piso y un banco de la calle es mucho más corta de lo que le conviene creer a una sociedad que quiere dormir tranquila cada noche.
Las personas sin hogar pueden vivir hasta treinta años menos que la media. Aquí mata el frío, pero también mata el calor. Mata la falta de sueño. Mata las agresiones. Mata no poder guardar la medicación en un sitio fresco y seco, convirtiendo una dolencia curable en una sentencia. La calle es un agente patógeno con nombre y apellidos.
El nombre de la plataforma no es un titular con gancho para hacerse viral. La calle mata de frío y de calor, de soledad y de miedo. Mata cuando obligas a alguien a dormir con un ojo abierto vigilando sus cuatro cosas. Mata cuando una persona no se puede recuperar de una operación porque no tiene una cama donde hacerlo. Mata cuando la depresión se agranda entre los desprecios y las puertas que se cierran una detrás de otra. Mata despacito, que es la manera de matar que menos escándalo levanta y menos titulares saca.
Lo más rabioso de todo esto es que estrategias no faltan, que aquí lo que sobra es Power Point. La Junta de Andalucía aprobó una estrategia con siete objetivos, veinte programas y cien medidas. El Estado dice que hay que coordinar vivienda y servicios sociales entre Gobierno, comunidades y ayuntamientos. Los documentos están firmaditos. Las competencias también están repartidas, cada uno con su trocito de responsabilidad. Lo que no aparece por ningún lado es una puerta que permanezca abierta toda la noche en esta ciudad.
La Administración ha desarrollado un talento asombroso para convertir los derechos en un itinerario de gestiones. Para acceder a ciertas ayudas hace falta estar empadronado, pero empadronarse sin domicilio es una carrera de obstáculos. Hace falta documentación, teléfono móvil, cita previa, certificado digital. Es decir: se le exige a la persona sin hogar toda una infraestructura que precisamente la exclusión le ha arrebatado de un plumazo. Y luego, cuando no consigue completar el trámite, se apunta su ausencia del sistema como si fuera falta de ganas.
Y aquí es donde toca señalar con el dedo, hay responsables concretos con despacho y sueldo público. El Ayuntamiento de Granada monta un dispositivo de 27 plazas en pleno julio, con termómetros que rozan lo insoportable, y se queda tan ancho. La respuesta de emergencia es necesaria, pero no puede convertirse en el único modelo, porque entonces deja de ser emergencia y pasa a ser lo que realmente es: planificación insuficiente. Si cada julio hay que "activar el dispositivo de calor" como si fuera una sorpresa meteorológica, algo falla en quien planifica esta ciudad con dinero de todos.
Dar de comer, dar una ducha y dar cobijo unas horas es necesario, faltaría más, “caridad cristiana”. Pero administrar la supervivencia no es lo mismo que devolverle a alguien su vida. Y en Granada, el Ayuntamiento se queda cortísimo, aunque luego salga en la foto inaugurando el recurso de turno con sonrisa de circunstancia.
No se trata de decidir qué hacemos "con" las personas sin hogar, como si fueran un residuo urbano que hay que gestionar entre el reciclaje y la poda de los árboles. Se trata de preguntarse qué políticas están empujando a la gente a la calle, y qué recursos permiten que salga de ahí cuanto antes. El 82% de las personas afectadas dice que lo que necesitaría es una vivienda o una habitación. Ahí está la respuesta, dicha por quien de verdad conoce el problema, no por el que lo mira desde el balcón del ayuntamiento.
Hacen falta cosas muy concretas: prevención real de desahucios, parque público de vivienda en alquiler, alojamientos estables, equipos de salud mental que lleguen a la calle y no esperen a que la calle llegue a ellos, acompañamiento social, empleo digno.
La Calle Mata incomoda, y hace bien en incomodar, porque rompe el pacto silencioso de las ciudades que se creen bonitas: dejar que la pobreza se vea lo justo para despertar la caridad de temporada, pero no tanto como para que alguien tenga que asumir responsabilidades políticas.
Granada quiere ser capital cultural. Pero la cultura de una ciudad no se mide solo en festivales, museos y en lo bien que se cuida el pasado de piedra. Se mide también en cómo trata a quien esta noche no tiene dónde meterse. Una ciudad culta de verdad no es la que mejor recita los versos de Lorca en cada acto, sino la que entiende que ningún ser humano debería acabar convertido en mobiliario urbano.
La calle mata. Pero antes de matar, borra: borra el nombre, borra la historia, borra los vínculos, borra el afecto, borra la salud y hasta el derecho a que te miren sin sospecha por la calle. Frente a ese borrado, La Calle Mata está haciendo algo tan sencillo: devolverle la cara a las cifras y devolverle la responsabilidad a quien gobierna esta ciudad.
No hay que sacar a los pobres de las calles para que no se vean. Hay que sacar a las personas de la calle para que vivan. Todo lo demás, los planes bonitos, las fotos de inauguración, los protocolos que solo se activan cuando aprieta el termómetro y las palabras compasivas que se dicen una vez al año en algún pleno, no es más que una manera muy elegante de seguir mirando para otro lado. La calle mata.
Vamos a empezar por lo fácil, que es lo que mejor se le da al Ayuntamiento de Granada: la postal. Fachadas relucientes, monumentos iluminados, plazas barriditas antes de que el turista se levante. Eso lo hacen de maravilla, oye, ahí no hay que quitarles mérito. El problema es que en esa foto nunca sale la otra Granada, la que busca un banco de la calle sin reposabrazos -qué nivel de crueldad urbanística- o un cajero en el que poder dormir.
La plataforma La Calle Mata se ha plantado delante del Ayuntamiento, una vez trás otra, para decir en voz alta: aquí, en esta tierra de alma generosa, malviven más de 300 personas sin hogar. Y este verano, con el calor que aprieta, el “recurso” que han montado tiene 27 plazas. ¡27!. Abre a la una del mediodía y a las nueve de la noche, ¡pa fuera!. Después, que se las apañen con el bochorno, con el frío, con lo que venga. Ocho horas de alivio, dieciséis de calle. ¡27 plazas para 300 personas!. Eso no es una política social, eso es una broma de mal gusto contada por alguien que nunca ha pasado una noche a la intemperie sin que estuviera de juerga.
Nos gusta mucho la palabra "mendicidad". Los llamamos mendigos porque piden. Pero nadie pregunta qué ocurrió para que acabaran en la calle. El sinhogarismo es la fábrica; la mano extendida es solo el producto que sale por la puerta de atrás. Y claro, molesta más una mano abierta en la puerta de una tienda que una política de vivienda que lleva veinte años haciendo aguas. Es más fácil discutir si Fulano debe o no pedir en tal esquina que preguntarse por qué Fulano tiene que dormir en ella.
No toda persona sin hogar pide, ni todo el que pide duerme al raso. Pero mezclarlo todo le viene de perlas a quien gobierna, porque así una tragedia social se convierte en un problema de "imagen de ciudad", y la persona deja de ser un vecino al que le han arrebatado sus derechos para convertirse en un estorbo: alguien que "afea el escaparate", dicho así, como si fuera un cristal sucio y no un ser humano.
Las peticiones de la plataforma La calle mata, son de sentido común: un alojamiento permanente, de alta tolerancia, abierto las 24 horas los 365 días del año; facilidades de verdad, no de las de "vuelva usted mañana"; acceso a las prestaciones que le corresponden como a cualquier hijo de vecino; y una política de vivienda social que se note, no que se anuncie. Se está exigiendo que la Administración haga aquello para lo que existe, aunque parece que eso es pedir demasiado.
Y hay que explicar bien eso de "alta tolerancia". Hay gente que después de años en la calle, con problemas de salud mental, con adicciones, con violencia a cuestas, con la vida desarraigada del todo, no puede llegar un lunes y adaptarse a un reglamento pensado para una vida ordenada. Un centro que echa a la calle a quien se salta una norma menor es absolutamente inútil para lo que de verdad importa. ¿Cómo pedirle puntualidad a quién no tiene ni un reloj?.
Que nadie se piense que esto es cosa de cuatro que "no quieren currar". El INE contó en 2022 a 28.552 personas sin hogar atendidas en centros, un 24,5% más que diez años antes. El 26,8% se quedó sin techo después de quedarse sin trabajo. Casi seis de cada diez tenían síntomas depresivos. Y el acuerdo estatal contra el sinhogarismo remata la faena: un 40% llegó a esa situación por problemas de vivienda.
Esto no es una colección de fracasos personales, que ya está bien de buscarle la culpa al que menos tiene. Esto es un fracaso colectivo, repartido de forma muy desigual, que se lleva por delante al que pierde el trabajo, al que sale de una institución sin red de apoyo, al que enferma solo, al que ya no puede con el alquiler. La distancia entre un piso y un banco de la calle es mucho más corta de lo que le conviene creer a una sociedad que quiere dormir tranquila cada noche.
Las personas sin hogar pueden vivir hasta treinta años menos que la media. Aquí mata el frío, pero también mata el calor. Mata la falta de sueño. Mata las agresiones. Mata no poder guardar la medicación en un sitio fresco y seco, convirtiendo una dolencia curable en una sentencia. La calle es un agente patógeno con nombre y apellidos.
El nombre de la plataforma no es un titular con gancho para hacerse viral. La calle mata de frío y de calor, de soledad y de miedo. Mata cuando obligas a alguien a dormir con un ojo abierto vigilando sus cuatro cosas. Mata cuando una persona no se puede recuperar de una operación porque no tiene una cama donde hacerlo. Mata cuando la depresión se agranda entre los desprecios y las puertas que se cierran una detrás de otra. Mata despacito, que es la manera de matar que menos escándalo levanta y menos titulares saca.
Lo más rabioso de todo esto es que estrategias no faltan, que aquí lo que sobra es Power Point. La Junta de Andalucía aprobó una estrategia con siete objetivos, veinte programas y cien medidas. El Estado dice que hay que coordinar vivienda y servicios sociales entre Gobierno, comunidades y ayuntamientos. Los documentos están firmaditos. Las competencias también están repartidas, cada uno con su trocito de responsabilidad. Lo que no aparece por ningún lado es una puerta que permanezca abierta toda la noche en esta ciudad.
La Administración ha desarrollado un talento asombroso para convertir los derechos en un itinerario de gestiones. Para acceder a ciertas ayudas hace falta estar empadronado, pero empadronarse sin domicilio es una carrera de obstáculos. Hace falta documentación, teléfono móvil, cita previa, certificado digital. Es decir: se le exige a la persona sin hogar toda una infraestructura que precisamente la exclusión le ha arrebatado de un plumazo. Y luego, cuando no consigue completar el trámite, se apunta su ausencia del sistema como si fuera falta de ganas.
Y aquí es donde toca señalar con el dedo, hay responsables concretos con despacho y sueldo público. El Ayuntamiento de Granada monta un dispositivo de 27 plazas en pleno julio, con termómetros que rozan lo insoportable, y se queda tan ancho. La respuesta de emergencia es necesaria, pero no puede convertirse en el único modelo, porque entonces deja de ser emergencia y pasa a ser lo que realmente es: planificación insuficiente. Si cada julio hay que "activar el dispositivo de calor" como si fuera una sorpresa meteorológica, algo falla en quien planifica esta ciudad con dinero de todos.
Dar de comer, dar una ducha y dar cobijo unas horas es necesario, faltaría más, “caridad cristiana”. Pero administrar la supervivencia no es lo mismo que devolverle a alguien su vida. Y en Granada, el Ayuntamiento se queda cortísimo, aunque luego salga en la foto inaugurando el recurso de turno con sonrisa de circunstancia.
No se trata de decidir qué hacemos "con" las personas sin hogar, como si fueran un residuo urbano que hay que gestionar entre el reciclaje y la poda de los árboles. Se trata de preguntarse qué políticas están empujando a la gente a la calle, y qué recursos permiten que salga de ahí cuanto antes. El 82% de las personas afectadas dice que lo que necesitaría es una vivienda o una habitación. Ahí está la respuesta, dicha por quien de verdad conoce el problema, no por el que lo mira desde el balcón del ayuntamiento.
Hacen falta cosas muy concretas: prevención real de desahucios, parque público de vivienda en alquiler, alojamientos estables, equipos de salud mental que lleguen a la calle y no esperen a que la calle llegue a ellos, acompañamiento social, empleo digno.
La Calle Mata incomoda, y hace bien en incomodar, porque rompe el pacto silencioso de las ciudades que se creen bonitas: dejar que la pobreza se vea lo justo para despertar la caridad de temporada, pero no tanto como para que alguien tenga que asumir responsabilidades políticas.
Granada quiere ser capital cultural. Pero la cultura de una ciudad no se mide solo en festivales, museos y en lo bien que se cuida el pasado de piedra. Se mide también en cómo trata a quien esta noche no tiene dónde meterse. Una ciudad culta de verdad no es la que mejor recita los versos de Lorca en cada acto, sino la que entiende que ningún ser humano debería acabar convertido en mobiliario urbano.
La calle mata. Pero antes de matar, borra: borra el nombre, borra la historia, borra los vínculos, borra el afecto, borra la salud y hasta el derecho a que te miren sin sospecha por la calle. Frente a ese borrado, La Calle Mata está haciendo algo tan sencillo: devolverle la cara a las cifras y devolverle la responsabilidad a quien gobierna esta ciudad.
No hay que sacar a los pobres de las calles para que no se vean. Hay que sacar a las personas de la calle para que vivan. Todo lo demás, los planes bonitos, las fotos de inauguración, los protocolos que solo se activan cuando aprieta el termómetro y las palabras compasivas que se dicen una vez al año en algún pleno, no es más que una manera muy elegante de seguir mirando para otro lado. La calle mata.
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