A boca llena

Nueva Jarilla: abundancia en medio de la nada

El restaurante bar Centro, en la plaza de la Artesanía, ofrece ricas y generosas raciones basadas en un buen producto y en una cocina muy potable

Según los entendidos, las tierras que rodean Nueva Jarilla, una de las entidades locales autónomas que componen el término municipal de Jerez, son de una extraordinaria calidad para la agricultura. Su fertilidad ha atraído desde hace lustros a empresas hortofrutícolas que desde allí mismo exportan sus productos a países del norte de Europa. Como otros tantos núcleos del Jerez rural, Nueva Jarilla es un vergel. Así, desde su fundación, que parte de la reforma agraria de los años 50 impulsada desde el Instituto Nacional de Colonizaciones, se establecieron los mayetos procedentes de Rota tras las expropiaciones para construir la base naval.

La riqueza del término la avala también la presencia de una gran cantidad de sal mineral, localizada durante la década de los ochenta por la empresa Esso, que se encontraba en la zona en busca de petróleo. De la agricultura y la ganadería vive la mayor parte de la población empleada, que a esa hora del mediodía del jueves debe estar descansando en sus casas bien resguardada del bochorno de finales de junio. Al llegar al pueblo éste presenta un aspecto desértico. Sus calles, habitualmente tranquilas, con sus casas bajas encaladas, al igual que las filas interminables de naranjos a medio tronco, están limpias y su mobiliario urbano bien cuidado.

Me dirijo hacia la plaza principal, la de la Artesanía. No hay mejor geolocalizador que el campanario de la iglesia, que se divisa desde cualquier parte del pueblo. Por un momento, dudo de que el lugar hacia el que nos dirigimos para almorzar, el restaurante bar Centro, se encuentre abierto, ya que está todo muy tranquilo. El ayuntamiento neojarillense acaba de cerrar sus puertas, la iglesia del Rosario, la patrona, tiene toda la pinta de haber hecho lo propio y apenas hay movimiento en el centro neurálgico de la localidad.

Croquetas de cocido.

La terraza del bar está repleta de mesas y sillas, todas vacías. Accedo al interior y me recibe Ángel Castillo, Angelín como le conocen en Nueva Jarilla. Le comunico que venimos dos personas a comer y me mira extrañado ¿Acaso no está abierto? ¿No estamos en un bar? Automáticamente me explica que en verano concentra toda su producción el fin de semana, y que al ser jueves… Cuando estamos a punto de volver sobre nuestros pasos me dice que algo, aunque no mucho, nos puede poner. Son las dos y media pasadas, hemos llegado al pueblo por el camino más largo, desde Guadalcacín, y no me apetece ponerme a buscar otro sitio en medio de la nada como estamos.

Nos sentamos en la terraza, muy agradable a la sombra rodeados de arriates y setos y mirando a la céntrica plaza, por la que sigue sin pasar un alma. Miento, una familia acaba de ocupar la mesa de al lado.
Angel, o Angelín, se encarga de vestir la mesa con mantel y servilletas de hilo, cubertería y vajilla. Me apetece un agua con gas y escucho atento lo “poco” que puede ofrecernos. No hay carta, es todo de oído. En lo de Angelín cuidan mucho el producto fresco y sólo dan lo que les entra. En esta ocasión hay pimientos asados con atún, croquetas, pulpo, cola de toro y carrillada. Me decido por las frituras, el pulpo y la cola de toro.

Pulpo a la gallega.

Me sorprende la cuidada presentación, con las croquetas servidas en un plato rectangular sobre un papel con blondas. Son de cocido y de gran tamaño, de las que se comen en dos bocados como mínimo. El rebozado es generoso y crujiente y el contenido sabroso y meloso, como debe ser. Un acierto.

Tengo mis reservas con el pulpo a la gallega metidos como estamos tan tierra adentro. De aspecto no llama la atención. Sin embargo, la percepción es distinta al paladar. Las rodajas están tiernas y templadas, y el pimentón picante y el aceite le dan un sabor agradable. Lo llamativo sin embargo está en lo que no se ve a simple vista porque están sepultadas por el pescado: unas patatas cocidas cortadas muy finas y acompañadas de cebolla pochada. Estupenda la ración que pide barquillos con el pan tierno y de corteza crujiente que nos han traído.

Finalmente me he decidido por el rabo de toro. Vienen cinco o seis trozos generosos servidos en una fuente ovalada con un acompañamiento no menos generoso de patatas fritas al bastón y por una salsa oscura que ha sido triturada después de varias horas al fuego. Mezclada con las patatas es una tentación. Está potente de sabor. La cola de toro está fresca, lo que puede comprobarse sólo acercándole el tenedor. La carne gelatinosa se va desprendiendo del hueso casi sin esfuerzo. Está jugosa y sabrosísima. Luego me dicen que, junto con la carrillada en salsa, es la especialidad de la casa y casi siempre suele haber. Buenos es saberlo, aunque esta vez no puedo con la carrillera.

Coulant.

De la nada, Angelín ha sacado un almuerzo con el que estamos más que satisfechos, aunque no le haremos feo al postre. Hay tarta de queso, otra de almendras con tocino de cielo ó un coulant de chocolate con bola de helado de leche merengada. Opto por esto último y me comprometo a volver un día de los buenos, aunque este jueves intempestivo ha estado francamente bien.

Eso sí, para la próxima ocasión espero que esté de vuelta de su baja María, su mujer, alma mater de los fogones de “lo de Angelín” desde hace más de veinte años, y tía carnal de Israel Ramos, propietario de Mantúa y de Albalá y uno de los mejores chefs de la zona.
Al marcharme, Ángel me aconseja que tome por La Torre de Melgarejo para llegar a Jerez en poco más de diez minutos. Camino de la barriada rural intento localizar sin éxito la venta Arroyo Dulce, donde de joven iba con mi pandilla de amigos a comer menudo y butifarra a la plancha… No tengo remedio.

Restaurante Bar Centro. Plaza de la Artesanía, s/n, 11592 Nueva Jarilla (Cádiz). Horario, de martes a domingo, de 9 a 0 horas. Teléfono para reservar: 956 39 22 70.

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