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Opinión

¿De pequeño querías ser Papa?

Aunque León XIV confesó al pequeño Renzo que nunca pensó en ser Papa, el impacto de su visita a España parece confirmar que la llamada de Dios para asumir esa misión fue un enorme acierto

  • El Papa Leon XIV saluda al pequeño Renzo.

"¿De pequeño querías ser Papa?". La pregunta del pequeño Renzo, de seis años, al papa León XIV durante su visita a Barcelona, encerraba mucho más de lo que parecía. Desde la sencillez y la humildad que le caracteriza, el sucesor de Pedro respondió: “Yo no quería ser Papa, ni como joven, ni como viejo, pero cuando el Señor llama hay que decir -sí-'”.

Quizás, la respuesta que sorprendió y arrancó una tierna sonrisa al Santo Padre, haya que buscarla en el impacto de su visita papal a España: la masiva afluencia de fieles, la atención mediática y los testimonios de fe y esperanza escuchados estos días, marcados por historias de sufrimiento y de encuentro con Dios, han dado a la visita un carácter especialmente significativo.

Un viaje apostólico que ha permitido a nuestro país “alzar la mirada y poner a las personas en el centro”. Misión cumplida; ahora toca reposarlo, ponerlo en práctica y sostenerlo en el tiempo.

Tras su paso por España, resulta más fácil pensar que el viaje apostólico del Santo Padre no ha sido casual, sino que ha llegado en un momento muy necesario. En un contexto de polarización y ruido, su presencia ha abierto un espacio distinto de escucha, reflexión y encuentro.

La presencia de León XIV en España ha servido para mostrar que existe otra realidad en nuestro país. Una que no siempre aparece en el ruido cotidiano ni en la confrontación política, pero que está ahí, silenciosa y persistente.

Un regalo compartido

Una marea de fieles —y no fieles, como se ha escuchado decir— se han movilizado para escuchar al Santo Padre en su labor evangelizadora. Un viaje exigente y agotador que, a la vista del recibimiento y del rostro de emoción del Sucesor de Pedro, bien podría decirse que ha sido un regalo compartido.

Hemos visto un país cercano y solidario, capaz de movilizarse cuando una llamada al bien común interpela a la conciencia colectiva. En ese contexto, el Papa ha mantenido un mensaje constante: la necesidad de alzar la mirada y situar a las personas en el centro. No es casualidad que "persona" haya sido una de las palabras más repetidas en sus intervenciones, junto a otras como Dios, vida, Iglesia, dignidad, amor o humanidad.

A ello ha unido una llamada insistente a la unidad y a la reconciliación, presente desde su primer discurso hasta su paso por el Congreso de los Diputados y su estancia en Cataluña: “Solo desde la unidad se puede construir un mundo más humano”.

Hemos sido testigos de los numerosos encuentros y testimonios que han marcado estos días, todos ellos atravesados por una misma convicción: mirar la realidad de frente, si apartar la mirada del otro. Ha sido, sin duda, un gran acierto el lema elegido para esta visita, «Alzar la mirada, acompañado de un himno capaz de llegar a lo más profundo de los corazones.

Con los más vulnerables

El Papa quiso iniciar su visita en Madrid, en Cáritas, junto a los más vulnerables. Allí comenzó una de las claves del viaje: empezar por quienes más lo necesitan, sin esquivar la realidad cuando incomoda.

Lecciones de vida que comenzaron en su recibimiento en el aeropuerto, con un nutrido grupo de niños enfermos que, pese a la dureza de sus vidas, ofrecieron su mejor sonrisa al Santo Padre, junto a unos padres marcados por la emoción y la lucha cotidiana. Una imagen difícil de describir.

Después llegaron los innumerables testimonios, que han sido el corazón de esta visita. Como el de una mujer marcada por la violencia de género en su infancia, con una historia durísima de sufrimiento y heridas profundas.

En Cáritas también se escucharon testimonios especialmente significativos: el de una mujer llegada de Cuba, acogida en España, que hoy tiene su vida reconstruida, un trabajo estable y dos hijos; incluso acudió al encuentro con el Papa con sus gemelos en brazos. Y también el de un hombre que llegó en cayuco y que, tras ser acogido en nuestro país, ha podido rehacer su vida con dignidad y trabajo. Historias que hablan no solo de sufrimiento, sino también de reconstrucción, integración y esperanza.

Igual de importante fue el encuentro con las víctimas de abusos sexuales en el seno de la Iglesia, personas que han sufrido durante años en silencio y que, por fin, han podido ser escuchadas por el máximo representante de la Iglesia.

Vosotros podéis cambiar la historia, hacedlo con Amor”

La vigilia de oración con los jóvenes fue otro de los grandes momentos de la visita papal. León XIV les dirigió un mensaje directo: “Vosotros podéis cambiar la historia, hacedlo con amor”. Y añadió otra idea más que ha resonado con fuerza: “Vosotros sois la chispa de la nueva humanidad”.

Una llamada clara al compromiso, a no tener miedo. No tener miedo a la vocación entendida en su más amplio sentido: la vocación religiosa, sí, pero también la del matrimonio, la familia y la entrega. No tener miedo a elegir, a entregarse, a vivir con sentido.

Madrid en toda su dimensión: la misa en Cibeles, la procesión del Corpus a pie de calle con una multitud de personas arropando al Santo Padre. Familias, niños, mayores, una masa humana que ha convertido estos días en algo que muchos describen como irrepetible.

El mundo de la cultura también ha sido protagonista, con maravillosos coros de niños, músicos y artistas volcados. España ha mostrado una capacidad notable para unir fe, cultura y emoción en un mismo lenguaje.

Señorías, todas sus decisiones tocan a personas de carne y hueso”

En el Congreso de los Diputados, el Papa defendió con claridad la dignidad de todas las personas, desde el no nacido hasta el enfermo, el anciano, el vulnerable o el inmigrante. Entre sus innumerables frases, la invitación a sus señorías a “alzar la mirada”, con una advertencia clara: “Las decisiones de las autoridades tocan a personas de carne y hueso”.

Una intervención que demuestra que, cuando se habla desde el respeto y el amor, se es escuchado y, esa era la misión de su Santidad, al margen de unos aplausos que, más que un análisis político, requieren que cada uno haga su reflexión personal.

Barcelona aportó otro capítulo profundamente simbólico, con la Sagrada Familia y el testimonio de Valentina, la joven de trece años invidente, que describió la belleza del templo con su tacto y sensibilidad. Otra lección de vida: el corazón ve más que los ojos.

Europa no puede seguir contando muertos”

Y en Canarias concluyó la visita, en el lugar donde este viaje apostólico tenía que terminar. La visita comenzó con el testimonio de una mujer que llegó en una patera, fue víctima de trata y le quitaron a su bebé al llegar a España. Hoy habla de la acogida recibida y de la posibilidad de contar su historia, en una de las rutas migratorias más mortíferas, con 635 muertos en lo que llevamos de año.

En el puerto de Arguineguín, su Santidad recordó que “cada barca que llega trae una pregunta: ¿qué mundo hemos construido?”. Y advirtió: “Europa no puede acostumbrarse a que el mar Atlántico sea un cementerio sin lápidas”, reclamando políticas migratorias que defiendan la dignidad humana. Como imagen dolorosa, la ofrenda floral al mar en memoria de los que no llegaron.

La visita a Arguineguín culminó con una profundo reflexión dirigida a Europa: “No podemos seguir contando muertos”. Y, para comprender la dimensión humana del drama de la inmigración, recurrió a un ejercicio de empatía durante su intervención: “Cuando el inmigrante deja de ser una cifra… es cuando podemos comprender que esa niña que viaja en un cayuco podía ser nuestra hija”.

Testimonios desgarradores, historias de vida, que han mostrado el rostro humano de la migración. Tres etapas —Madrid, Barcelona y Canarias— que ayudan a comprender y empatizar con una realidad que interpela directamente a la conciencia.

Y, quizás, la conclusión más profunda es la que se encargó de repetirnos en cada una de sus intervenciones: “la fe da vida”. Y este viaje ha sido una demostración constante de ello.

Tenemos un gran Papa. Y España ha tenido la suerte de conocerlo. Ahora sí podemos decir que, aunque no estuviera en sus planes, Dios le llamó con enorme acierto.

"¿De pequeño querías ser Papa?". La pregunta del pequeño Renzo, de seis años, al papa León XIV durante su visita a Barcelona, encerraba mucho más de lo que parecía. Desde la sencillez y la humildad que le caracteriza, el sucesor de Pedro respondió: “Yo no quería ser Papa, ni como joven, ni como viejo, pero cuando el Señor llama hay que decir -sí-'”.

Quizás, la respuesta que sorprendió y arrancó una tierna sonrisa al Santo Padre, haya que buscarla en el impacto de su visita papal a España: la masiva afluencia de fieles, la atención mediática y los testimonios de fe y esperanza escuchados estos días, marcados por historias de sufrimiento y de encuentro con Dios, han dado a la visita un carácter especialmente significativo.

Un viaje apostólico que ha permitido a nuestro país “alzar la mirada y poner a las personas en el centro”. Misión cumplida; ahora toca reposarlo, ponerlo en práctica y sostenerlo en el tiempo.

Tras su paso por España, resulta más fácil pensar que el viaje apostólico del Santo Padre no ha sido casual, sino que ha llegado en un momento muy necesario. En un contexto de polarización y ruido, su presencia ha abierto un espacio distinto de escucha, reflexión y encuentro.

La presencia de León XIV en España ha servido para mostrar que existe otra realidad en nuestro país. Una que no siempre aparece en el ruido cotidiano ni en la confrontación política, pero que está ahí, silenciosa y persistente.

Un regalo compartido

Una marea de fieles —y no fieles, como se ha escuchado decir— se han movilizado para escuchar al Santo Padre en su labor evangelizadora. Un viaje exigente y agotador que, a la vista del recibimiento y del rostro de emoción del Sucesor de Pedro, bien podría decirse que ha sido un regalo compartido.

Hemos visto un país cercano y solidario, capaz de movilizarse cuando una llamada al bien común interpela a la conciencia colectiva. En ese contexto, el Papa ha mantenido un mensaje constante: la necesidad de alzar la mirada y situar a las personas en el centro. No es casualidad que "persona" haya sido una de las palabras más repetidas en sus intervenciones, junto a otras como Dios, vida, Iglesia, dignidad, amor o humanidad.

A ello ha unido una llamada insistente a la unidad y a la reconciliación, presente desde su primer discurso hasta su paso por el Congreso de los Diputados y su estancia en Cataluña: “Solo desde la unidad se puede construir un mundo más humano”.

Hemos sido testigos de los numerosos encuentros y testimonios que han marcado estos días, todos ellos atravesados por una misma convicción: mirar la realidad de frente, si apartar la mirada del otro. Ha sido, sin duda, un gran acierto el lema elegido para esta visita, «Alzar la mirada, acompañado de un himno capaz de llegar a lo más profundo de los corazones.

Con los más vulnerables

El Papa quiso iniciar su visita en Madrid, en Cáritas, junto a los más vulnerables. Allí comenzó una de las claves del viaje: empezar por quienes más lo necesitan, sin esquivar la realidad cuando incomoda.

Lecciones de vida que comenzaron en su recibimiento en el aeropuerto, con un nutrido grupo de niños enfermos que, pese a la dureza de sus vidas, ofrecieron su mejor sonrisa al Santo Padre, junto a unos padres marcados por la emoción y la lucha cotidiana. Una imagen difícil de describir.

Después llegaron los innumerables testimonios, que han sido el corazón de esta visita. Como el de una mujer marcada por la violencia de género en su infancia, con una historia durísima de sufrimiento y heridas profundas.

En Cáritas también se escucharon testimonios especialmente significativos: el de una mujer llegada de Cuba, acogida en España, que hoy tiene su vida reconstruida, un trabajo estable y dos hijos; incluso acudió al encuentro con el Papa con sus gemelos en brazos. Y también el de un hombre que llegó en cayuco y que, tras ser acogido en nuestro país, ha podido rehacer su vida con dignidad y trabajo. Historias que hablan no solo de sufrimiento, sino también de reconstrucción, integración y esperanza.

Igual de importante fue el encuentro con las víctimas de abusos sexuales en el seno de la Iglesia, personas que han sufrido durante años en silencio y que, por fin, han podido ser escuchadas por el máximo representante de la Iglesia.

Vosotros podéis cambiar la historia, hacedlo con Amor”

La vigilia de oración con los jóvenes fue otro de los grandes momentos de la visita papal. León XIV les dirigió un mensaje directo: “Vosotros podéis cambiar la historia, hacedlo con amor”. Y añadió otra idea más que ha resonado con fuerza: “Vosotros sois la chispa de la nueva humanidad”.

Una llamada clara al compromiso, a no tener miedo. No tener miedo a la vocación entendida en su más amplio sentido: la vocación religiosa, sí, pero también la del matrimonio, la familia y la entrega. No tener miedo a elegir, a entregarse, a vivir con sentido.

Madrid en toda su dimensión: la misa en Cibeles, la procesión del Corpus a pie de calle con una multitud de personas arropando al Santo Padre. Familias, niños, mayores, una masa humana que ha convertido estos días en algo que muchos describen como irrepetible.

El mundo de la cultura también ha sido protagonista, con maravillosos coros de niños, músicos y artistas volcados. España ha mostrado una capacidad notable para unir fe, cultura y emoción en un mismo lenguaje.

Señorías, todas sus decisiones tocan a personas de carne y hueso”

En el Congreso de los Diputados, el Papa defendió con claridad la dignidad de todas las personas, desde el no nacido hasta el enfermo, el anciano, el vulnerable o el inmigrante. Entre sus innumerables frases, la invitación a sus señorías a “alzar la mirada”, con una advertencia clara: “Las decisiones de las autoridades tocan a personas de carne y hueso”.

Una intervención que demuestra que, cuando se habla desde el respeto y el amor, se es escuchado y, esa era la misión de su Santidad, al margen de unos aplausos que, más que un análisis político, requieren que cada uno haga su reflexión personal.

Barcelona aportó otro capítulo profundamente simbólico, con la Sagrada Familia y el testimonio de Valentina, la joven de trece años invidente, que describió la belleza del templo con su tacto y sensibilidad. Otra lección de vida: el corazón ve más que los ojos.

Europa no puede seguir contando muertos”

Y en Canarias concluyó la visita, en el lugar donde este viaje apostólico tenía que terminar. La visita comenzó con el testimonio de una mujer que llegó en una patera, fue víctima de trata y le quitaron a su bebé al llegar a España. Hoy habla de la acogida recibida y de la posibilidad de contar su historia, en una de las rutas migratorias más mortíferas, con 635 muertos en lo que llevamos de año.

En el puerto de Arguineguín, su Santidad recordó que “cada barca que llega trae una pregunta: ¿qué mundo hemos construido?”. Y advirtió: “Europa no puede acostumbrarse a que el mar Atlántico sea un cementerio sin lápidas”, reclamando políticas migratorias que defiendan la dignidad humana. Como imagen dolorosa, la ofrenda floral al mar en memoria de los que no llegaron.

La visita a Arguineguín culminó con una profundo reflexión dirigida a Europa: “No podemos seguir contando muertos”. Y, para comprender la dimensión humana del drama de la inmigración, recurrió a un ejercicio de empatía durante su intervención: “Cuando el inmigrante deja de ser una cifra… es cuando podemos comprender que esa niña que viaja en un cayuco podía ser nuestra hija”.

Testimonios desgarradores, historias de vida, que han mostrado el rostro humano de la migración. Tres etapas —Madrid, Barcelona y Canarias— que ayudan a comprender y empatizar con una realidad que interpela directamente a la conciencia.

Y, quizás, la conclusión más profunda es la que se encargó de repetirnos en cada una de sus intervenciones: “la fe da vida”. Y este viaje ha sido una demostración constante de ello.

Tenemos un gran Papa. Y España ha tenido la suerte de conocerlo. Ahora sí podemos decir que, aunque no estuviera en sus planes, Dios le llamó con enorme acierto.

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