Contra la osadía, ¿indiferencia? Contra las ideas de Pemán, de quien quedó archivo suficiente de su actitud fascista y de cómo jaleaba a la tropa para “el exterminio del enemigo”, ¿es suficiente la indiferencia? En Montevideo llaman el Entrevero a la plaza que lleva el nombre de una persona de la que nadie se acuerda. No creo que porque sea más fácil sino, y más importante, porque las lenguas nombran a las cosas de esa forma más espontánea y real. El Entrevero es un conjunto escultórico situado en el centro de la misma plaza y que representa la fundación de la patria: indios, negros y gauchos en apretado abrazo por la patria oriental del Uruguay. Bueno, esto último sería más largo. Puedes preguntar en la misma Avenida del 18 de Julio por el nombre oficial de la plaza y nadie sabrá decirte cómo llegas. Preguntas por el Entrevero y ya está. La gente ignora el nombre oficial porque su persona es, digamos, inofensiva para el devenir de la vida de la ciudad o de la patria. Y porque finalmente fue un alcalde notable de la ciudad.
La indiferencia permite ignorar que el Mentidero se llame, sin embargo, Plaza de la Cruz de la Verdad, nombre que a los observadores nos permite conocer los avatares de la vida de Cádiz, y nos hace sonreír pensando en los momentos lúcidos que a veces tienen los pueblos. Sin embargo, esto no es todo. Siempre habrá quien permanezca emboscado en las sombras de los pasados que quedan como rescoldos, para que los pasados vuelvan envueltos en la épica de lo eterno que los haga atractivos y, de nuevo, triunfantes. Por esto conviene no encomendarlo todo a la indiferencia. Una cosa es nombrar una plaza con el nombre de alguien inofensivo y otra es darle carta de naturaleza para la historia a un pasado que late, todavía, en el presente: nombrar un lugar con un personaje cuya única herencia para la sociedad fue la de ser un animador del “exterminio” de quien sea.
Nombrar Teatro de Verano a lo que las lenguas nombran como teatro de verano o del parque, lo mismo dé, es un acto de acercamiento del poder institucional al poder de la sociedad y atempera las diferencias y fricciones que hay entre esos dos poderes. Aquí Bruno no estuvo atento, o si lo estuvo le pudo más la ideología filo franquista que rezuma por todos los poros del PP, del que es notable representante.
Cuando nombramos a las cosas, o a las personas, les otorgamos carta de naturaleza, de existencia. Permitimos que las cosas o las personas, o sus ideas, existan si las nombramos y cómo las nombramos. Si a un filo fascista que llamaba al “exterminio” lo nombramos con el nombre de un lugar importante de la comunidad, estamos asimilando la importancia del personaje que nombra el lugar con el lugar mismo y su importancia para esa comunidad. No va a ser lo mismo Teatro Pemán o Teatro de Verano, o del Parque. Lo mismo que no va a ser lo mismo un Instituto de Enseñanza Media que lleve el nombre de Adela del Moral o lleve el de Juan Carlos Aragón. Leer, cada vez que se franquee la puerta de ese teatro, un nombre es un acto que embute en la memoria de la comunidad ese nombre.
En esta controversia crepitante se perdió de vista, quizá, además, en el contexto actual de la comunidad, un detalle refundacional de la cultural patriarcal descarnada: descarnadora. El crimen pasional no estaba incluido en el Código Penal cuando Franco se hizo con el poder. La II República había derogado la justificación moral del femicidio y había devuelto el crimen el crimen. Fue Franco, en 1944, quien volvió a permitir el femicidio volviendo a recuperar el crimen pasional. Luego, en 1963, lo volvió a derogar, pero siguió el femicidio aceptado mediante atenuantes. Este es el régimen que apoyó Pemán, para el que pedía el “exterminio” de todo lo que no fuera el poder de Franco y de todos los detalles de su ideología. Parecería que es también este el contexto que se exige comprender en razón de la necesidad del cambio de nombre de un centro educativo o de la imposición de un nuevo nombre al Teatro de Verano de Cádiz.
Contra la osadía, ¿indiferencia? Contra las ideas de Pemán, de quien quedó archivo suficiente de su actitud fascista y de cómo jaleaba a la tropa para “el exterminio del enemigo”, ¿es suficiente la indiferencia? En Montevideo llaman el Entrevero a la plaza que lleva el nombre de una persona de la que nadie se acuerda. No creo que porque sea más fácil sino, y más importante, porque las lenguas nombran a las cosas de esa forma más espontánea y real. El Entrevero es un conjunto escultórico situado en el centro de la misma plaza y que representa la fundación de la patria: indios, negros y gauchos en apretado abrazo por la patria oriental del Uruguay. Bueno, esto último sería más largo. Puedes preguntar en la misma Avenida del 18 de Julio por el nombre oficial de la plaza y nadie sabrá decirte cómo llegas. Preguntas por el Entrevero y ya está. La gente ignora el nombre oficial porque su persona es, digamos, inofensiva para el devenir de la vida de la ciudad o de la patria. Y porque finalmente fue un alcalde notable de la ciudad.
La indiferencia permite ignorar que el Mentidero se llame, sin embargo, Plaza de la Cruz de la Verdad, nombre que a los observadores nos permite conocer los avatares de la vida de Cádiz, y nos hace sonreír pensando en los momentos lúcidos que a veces tienen los pueblos. Sin embargo, esto no es todo. Siempre habrá quien permanezca emboscado en las sombras de los pasados que quedan como rescoldos, para que los pasados vuelvan envueltos en la épica de lo eterno que los haga atractivos y, de nuevo, triunfantes. Por esto conviene no encomendarlo todo a la indiferencia. Una cosa es nombrar una plaza con el nombre de alguien inofensivo y otra es darle carta de naturaleza para la historia a un pasado que late, todavía, en el presente: nombrar un lugar con un personaje cuya única herencia para la sociedad fue la de ser un animador del “exterminio” de quien sea.
Nombrar Teatro de Verano a lo que las lenguas nombran como teatro de verano o del parque, lo mismo dé, es un acto de acercamiento del poder institucional al poder de la sociedad y atempera las diferencias y fricciones que hay entre esos dos poderes. Aquí Bruno no estuvo atento, o si lo estuvo le pudo más la ideología filo franquista que rezuma por todos los poros del PP, del que es notable representante.
Cuando nombramos a las cosas, o a las personas, les otorgamos carta de naturaleza, de existencia. Permitimos que las cosas o las personas, o sus ideas, existan si las nombramos y cómo las nombramos. Si a un filo fascista que llamaba al “exterminio” lo nombramos con el nombre de un lugar importante de la comunidad, estamos asimilando la importancia del personaje que nombra el lugar con el lugar mismo y su importancia para esa comunidad. No va a ser lo mismo Teatro Pemán o Teatro de Verano, o del Parque. Lo mismo que no va a ser lo mismo un Instituto de Enseñanza Media que lleve el nombre de Adela del Moral o lleve el de Juan Carlos Aragón. Leer, cada vez que se franquee la puerta de ese teatro, un nombre es un acto que embute en la memoria de la comunidad ese nombre.
En esta controversia crepitante se perdió de vista, quizá, además, en el contexto actual de la comunidad, un detalle refundacional de la cultural patriarcal descarnada: descarnadora. El crimen pasional no estaba incluido en el Código Penal cuando Franco se hizo con el poder. La II República había derogado la justificación moral del femicidio y había devuelto el crimen el crimen. Fue Franco, en 1944, quien volvió a permitir el femicidio volviendo a recuperar el crimen pasional. Luego, en 1963, lo volvió a derogar, pero siguió el femicidio aceptado mediante atenuantes. Este es el régimen que apoyó Pemán, para el que pedía el “exterminio” de todo lo que no fuera el poder de Franco y de todos los detalles de su ideología. Parecería que es también este el contexto que se exige comprender en razón de la necesidad del cambio de nombre de un centro educativo o de la imposición de un nuevo nombre al Teatro de Verano de Cádiz.
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