Sociedad

En la ‘casa’ del ‘Rey de los gitanos’

El Cristo de la Expiración, una de las cofradías más señeras y auténticas de la Semana Santa de Jerez, vuelve a su barrio entre el fervor popular: "Lo que él provoca es un amor que no se puede describir, hay que sentirlo"

Son las cuatro de la tarde y los nazarenos, sorteando los charcos y con cuidado de no mojarse demasiado, comienzan a llegar. Con el paraguas en una mano y con la papeleta de sitio en la otra, los hermanos hacen su entrada en la casa de la Hermandad del Cristo de la Expiración. Está lloviendo, y la previsión no es buena pero el ambiente es positivo. La naturalidad es la protagonista. No hay miedos porque está él: El Cristo.

Chicos y chicas comparten móviles, cambiando de pantalla continuamente: WhatsApp o las previsiones de la AEMET en cualquier app. No hay otra distracción. “El Cristo siempre sale, no hay quien pueda con él”, dice un hermano que conversa con otros. Los nervios parecen dejar de existir en el ambiente y el sentimiento de comunidad apremia a una de las cofradías con más solera de la ciudad. 

Monaguillos y penitentes en la Casa de la Hermandad de El Cristo. FOTO: MANU GARCÍA.

Fundada en el siglo XVI por el gremio de los barqueros, que iban desde el barrio hasta El Portal faenando en la Bahía de Cádiz, la del Cristo es una de las cofradías que aún conserva su arraigo popular, humilde y las jerezanas maneras. Tras dos años en el convento de San Francisco por unas necesarias reformas de la ermita de San Telmo, los cargadores vuelven a su barrio para llevar en volandas y a la jerezana al Rey de los gitanos. “Lo que él provoca es un amor que no se puede describir, sólo se puede sentir”, comenta uno de los hermanos costaleros mientras se aproxima hacia él. Vivo como pocos crucificados y con un pelo natural que desafía al viento, el gitano más guapo sabe que hoy va a pasearse, como cada año, por las calles de Jerez. Unas calles que hace suyas: El Cristo de Jerez.

“Toda mi familia es de El Cristo, siempre hemos ido con él”, dice una chica que espera a su compañera con casi todo ya preparado para la estación de penitencia. “Es algo muy especial”, dice sobre la presencia de Jesús. Las hermanas más antiguas de la Hermandad son dos mujeres, Charo y Teresa Martín. Detrás de una de ellas, que pasea por la ermita saludando a los hermanos, le acompaña San Juan, y una serie de hermanos más jóvenes que hacen que toque el cielo. Hablan, ríen y sonríen. Detrás suya, otro hermano contempla a María Santísima del Valle Coronada y cierra los ojos. El amor cabe en una imagen.

Un hermano contempla a la Virgen del Valle Coronada en el interior de la ermita de San Telmo. FOTO: MANU GARCÍA.

No para de dar vueltas, y está nervioso. A ratos, se deja caer, observando la imagen de María. “Lo hago por mi madre”, comenta un hermano, que vive desde hace años fuera de Jerez y no sale en estación de penitencia desde hace décadas, cuando era un niño. “Ella ha estado enferma y este año no he podido faltar”, dice ilusionado por cumplir con una promesa que pese a las previsiones meteorológicas no se torna gris. “Dejad espacio, todos tenéis que estar en vuestro sitio”, comenta uno de los hermanos que dirige la cofradía y que inmediatamente después anuncia la reunión de la Junta de Gobierno. Hay que tomar una decisión, el cielo no parece abrirse pero la preocupación se disipa entre los hermanos.

En la Hermandad no cabe otra cosa que tradición y devoción, siempre popular. Ataviados con una túnica egipcia, con el bacalao negro encima, y el característico pañuelo a la cintura, la vestimenta de esta cofradía marinera es un testimonio vivo de la historia de la ciudad. Como en su forma de cargar, en El Cristo lo que está presente es lo auténtico. Uno de los costaleros de San Juan muestra su escudo plateado sobre la túnica, una herencia familiar con la que continúa una cuarta generación. Emocionado, se aproxima a San Juan. Le espera.

El Cristo saliendo de la Ermita. FOTO: MANU GARCÍA.

En uno de las habitaciones donde los nazarenos esperan, las dudas comienzan a crecer, pero un poco de luz se asoma por la ventana. A las puertas de la entrada trasera de la Casa de la Hermandad, a un hermano se le escapa la decisión. “A y media estamos fuera”, dice, provocando la alegría de todos los presentes. Megáfono en mano, otro hermano hace extensible la decisión a todos. El Cristo, como no podía ser de otra forma y tras más de una década haciendo la estación de penitencia y sorteando las adversidades, lo vuelve a hacer.

Poco a poco, todos los hermanos se van situando en su sitio, el momento más esperado del año está a punto de llegar. Con los vellos de punta, uno de los costaleros habla sobre el milagro de los padres de Nico, uno de los hermanos. “Parecía que su hijo no iba a caminar, pero gracias a ponerle unos patucos… lo consiguió”. Toc, toc. La espera se agota. Ya no hay vuelta atrás porque han llamado a la puerta. La ermita de San Telmo se abre. La luz ciega dentro. Los hermanos están preparados y la devoción de todo un barrio toma voz. Gritos, sonrisas, aplausos y hasta lágrimas entre voces flamencas. “Guapo, guapo…”. Es algo que no se pude describir, no. Sólo sentir. El Rey de los gitanos abrió el cielo… de nuevo desde San Telmo.

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