Mientras reviso este texto, España va ganando a Francia; espero que ese sea el resultado final. No piensen mal, no es ese el sentido del título.
Estamos demasiado acostumbrados a las malas noticias, a las plantillas, a los valores predeterminados, a los textos predictivos…, en definitiva, a una rutina de gestos y costumbres de la que ya no sabemos salir, ni siquiera en período vacacional. Llamamos descanso a no tener nada que hacer, aunque vivimos con desazón ese vacío; también con remordimiento, porque debería alegrarnos tener todo el día por delante. Sin embargo, ese espacio de libertad reclama que decidamos por nosotros mismos, que elijamos, que movamos maletas, hamacas, que hagamos planes, que rechacemos invitaciones no deseadas, que disfrutemos las largas tardes y todo lo apetecible que ha sido relegado durante el resto del año.
Ahí es donde la situación se pone interesante, porque el reto puede ser cambiar las vacaciones con toda la familia política por unas con amigos o solos. Confesar que buscamos algo diferente, pero no estamos dispuestos a hacer nada por alcanzarlo. Pensamos: pobre quien lo intenta, quien se sale del molde para enfrentarse al algoritmo. Piensan: no saben lo que se pierden desafiando los caminos ya establecidos.
Es la diferencia entre resignarse a lo que nos han dado ya hecho o seguir buscando el sentido de la vida por nuestra cuenta y riesgo. Llegar una mañana de domingo a un pueblo a cientos de kilómetros de casa y saber que otras personas lidian con lo cotidiano procurando que no se rompa todo en pedazos, que el pequeño trocito de mundo en el que les ha tocado vivir, mantenga su color, su luz, su paz.
Y, si a eso se une que, por una vez, alguien en una institución sienta el impulso de hacer algo nuevo, pueden ustedes tener la suerte de encontrarse la réplica de un Zurbarán, un Velázquez o un Ribera junto a una pequeña iglesia.
Si eso les ocurre, saboreen el momento y dejen que los demás piensen que fue un sueño.
Mientras reviso este texto, España va ganando a Francia; espero que ese sea el resultado final. No piensen mal, no es ese el sentido del título.
Estamos demasiado acostumbrados a las malas noticias, a las plantillas, a los valores predeterminados, a los textos predictivos…, en definitiva, a una rutina de gestos y costumbres de la que ya no sabemos salir, ni siquiera en período vacacional. Llamamos descanso a no tener nada que hacer, aunque vivimos con desazón ese vacío; también con remordimiento, porque debería alegrarnos tener todo el día por delante. Sin embargo, ese espacio de libertad reclama que decidamos por nosotros mismos, que elijamos, que movamos maletas, hamacas, que hagamos planes, que rechacemos invitaciones no deseadas, que disfrutemos las largas tardes y todo lo apetecible que ha sido relegado durante el resto del año.
Ahí es donde la situación se pone interesante, porque el reto puede ser cambiar las vacaciones con toda la familia política por unas con amigos o solos. Confesar que buscamos algo diferente, pero no estamos dispuestos a hacer nada por alcanzarlo. Pensamos: pobre quien lo intenta, quien se sale del molde para enfrentarse al algoritmo. Piensan: no saben lo que se pierden desafiando los caminos ya establecidos.
Es la diferencia entre resignarse a lo que nos han dado ya hecho o seguir buscando el sentido de la vida por nuestra cuenta y riesgo. Llegar una mañana de domingo a un pueblo a cientos de kilómetros de casa y saber que otras personas lidian con lo cotidiano procurando que no se rompa todo en pedazos, que el pequeño trocito de mundo en el que les ha tocado vivir, mantenga su color, su luz, su paz.
Y, si a eso se une que, por una vez, alguien en una institución sienta el impulso de hacer algo nuevo, pueden ustedes tener la suerte de encontrarse la réplica de un Zurbarán, un Velázquez o un Ribera junto a una pequeña iglesia.
Si eso les ocurre, saboreen el momento y dejen que los demás piensen que fue un sueño.
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