Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Resoplando por un jipi

Llevamos una semana leyendo auténticas barbaridades, que van desde el insulto, la persecución y la saña hacia quienes guardan prudente y doloroso silencio hasta el linchamiento de las mujeres que, hartas, decidieron contar la verdad

  • Cartel con la frase 'Soy un mero aficionado'.

La diferencia entre el suspiro y el resoplido reside, además de en la compleja gama tonal que colorea el ánimo, en la fuerza y en la intensidad con la que el aliento se transforma en viento, con perdón del ripio.

Digámoslo sin paños calientes: llevamos varias décadas laureando a una persona condenada por maltrato. No hay remilgos que valgan: 22 mujeres asesinadas en España en lo que va de año, sin contar aquellas que no entran en las cifras oficiales —son 42, según feminicidio.net—, y sin olvidar a las que sufren a diario los horrores de la violencia machista; a las palizas y el maltrato psicológico se unen la insensibilidad, el descrédito de la sociedad y de los medios de comunicación, así como los desvaríos de un sistema anticuado que deja en libertad a los agresores y completamente desprotegidas a las víctimas. A ellas les debemos, ante todo, respeto, justicia y seriedad en este conflicto social, ético, político que, en el terruño gaditano, es también carnavalesco. Hay que seguir diciéndolo, sin ningún pero: Ni una más. Ni una menos. Basta ya de cuestionar y responsabilizar a las víctimas de los actos de sus maltratadores.

Llevamos una semana leyendo auténticas barbaridades, que van desde el insulto, la persecución y la saña hacia quienes guardan prudente y doloroso silencio hasta el linchamiento de las mujeres que, hartas, decidieron contar la verdad —el resto de la(s) verdad(es), siempre necesarias— para acabar con el circo monetario y laudatorio armado en torno a la (des)figura. ¿No me creen? Para muestra, solo un botón, porque me resulta absolutamente insoportable: "Sabéis que os digo? Que le den por culo a las guarras mujeres gaditanas como esa que solo quieren fama". "Ojala le peguen a esa mujer otra vez". Eso publicó, sin miramiento, un "usuario", aunque no fue el único, ni mucho menos. ¿Hay derecho a esto? ¿Alguien, de verdad, puede defender y soportar eso sin echarse las manos a la cabeza? ¿Esa es la forma de defender la obra colosal? Flaco favor le hace esa "chusma profunda", la chusma a secas: peligrosa, vulgar y violenta, turba irracional, la masa que quema y arrasa por donde pisa y pasa. Si la obra carnavalesca y literaria va a tener esos "aliades", conmigo que no cuenten, desde luego. Por suerte, también hay personas con criterio y valentía para separar el trigo de la paja. Confieso que he cogido aire gracias a las palabras de Manoli Lemos, Mar Muñoz (Marta Ortiz) y Javier Bohórquez —en Facebook— y a las de Santi Gigliotti en… ABC, para nuestra sorpresa.

Una semana, una larguísima semana de buitres carroñeros en busca de carnaza, de ratas almizcleras royendo huesos de red en red, de francotiradores a la caza de brujas y de bufones de barrios bajos y de costumbres obreras haciendo malabares para justificar lo injustificable y evitar a toda costa que se les acabe el chollo cantarín de cada fin de semana (algunos con muy mal gusto y peor ortografía, por cierto). Lo entiendo, dada la ruina económica de Cádiz, más grande que la ruina del lince ibérico. No sé cómo hay gente tan inconsiente que aún te dise que está en la ruina, con la ruina que tiene el linse… Pero tampoco nada eso justifica el odio, la persecución y las amenazas.

Una semana desde que Paqui —a la que no le gusta que la llamen valiente, pero para mí lo es; valiente y jarta, pero valiente al fin y al cabo— pusiera a bailar a toda una patulea de cavernícolas incapaces de ver más allá de su ombligo y del miembro de su ídolo. Al dar el paso y enseñar la sentencia firme, hizo que saltara el levante en Cádiz. Y el levante saltó, pero bien. En la prensa hemos leído de todo. No me detendré mucho en ella —salvo para denunciar el bajunerío de los titulares del Portal de Cádiz— porque, salvo honrosas excepciones, no espero nada de los medios de comunicación, y porque, además, ya se le ha cantado en condiciones: …Dicen que eres poderosa, pero no por lo que cuentas, sino por cómo y según cuentas las cosas. Y por esa silenciosa forma tuya de ocultar todo lo que no interesa al que paga un chupatinta, que presume, sinvergüenza, de ser dios de la verdad. La verdad que tú te callas, mira si serás canalla…

Todavía no sé si me da más rabia la gran y dolorosa contradicción en el núcleo del corazón de su vida y de su obra —no cabe separar una de otra, y mucho menos en una obra que da cuenta de la propia vida, en tensión, en lucha y en carne viva desde el principio—, o, como también es el caso, el hecho de los partidos políticos de uno y otro signo usen con tanto descaro el caso para sus espurios intereses. Fastidia saber que aquellos en los que un día confiamos ordenaron silencio mientras estaban al mando para politizar, por bajini, la capilla ardiente, pues sabían que el barco, tarde o temprano, se hundiría. Hoy el muerto ya no luce, viste ni reviste con el mismo prestigio y lustre revolucionario que antes. Por eso, los presentadores, «amigos» y políticos que iban de andalucisísimos abanderados de su obra ya lo han negado más de tres veces. Espero que esta vez no se desdigan, aunque, como hemos visto, tampoco les ruboriza hacerlo. Admiro la valentía de quien ha denunciado, por tarde que sea —dicen que nunca lo es—, las presiones internas para callar lo que se sabía; porque se sabía, igual que se sabía que temblaría Cádiz.

La cuestión es que ni a la derecha ni a la ultraderecha verde mocosa le importan ni le preocuparon nunca las víctimas de la violencia de género. Insisto: ni antes ni ahora, que nadie se engañe. Si de verdad el problema les preocupara lo más mínimo, apoyarían las medidas que buscan paliar los daños de una puñetera lacra que a nadie parece importar. Pero no. En vez de responder con humanidad, como exige un problema tan serio, se dedican, representantes y voxtantes, a preguntar por la nacionalidad de los maltratadores y asesinos para seguir esparciendo su inquina y su odio: "Otra más, ¿el agresor come jamón?". El Partido Popular —el de acá y el de allá, lo mismo da— lejos de frenar estos dislates, echa más leña al fuego y lo hace, por ejemplo, cuando no acude a los minutos de silencio que se guardan como muestra mínima de respeto hacia las víctimas, sobre todo, cuando los asesinos resultan ser Guardias Civiles, militares o Policías Nacionales, en activo o jubilados. Lo repito: no les importan las víctimas. Solo aprovechan la ocasión, sea cual sea: si el muerto viste, pelote conmemorativo. Si el muerto no viste, borrado histórico. No importa que sea de un día para otro. A estas alturas del Carnaval, ¿quién se los cree, por favor?

Obsérvese el movimiento de fondo, sin duda, mucho más astuto y peligroso: aprovechar el tirón para borrar de Cádiz todas las huellas del baluarte libertario de la canción de autor gaditana; el poeta de Carnaval más polémico, valiente y rebelde de la historia (reciente, aunque ya no tanto) de la fiesta. La referencia carnavalesca y política —no moral ni ética— más popular, en todos los sentidos, de la ciudad. El que cantó a Cádiz, por Cádiz, desde y contra Cádiz, allá donde fue. El mismo que contribuyó al hermanamiento de este barco a la deriva con Montevideo. Eso es lo que duele: la rotundidad incontestable del legado y, al mismo tiempo, con idéntico peso, sin negación ni exclusión chunga que valga, lo execrable de sus actos, la gran losa.

Aprovechan la confusión, ese momento en el que el pueblo no sabe qué hacer con el hombre que le dio a Cádiz una obra-espejo en la que mirarse todas, absolutamente todas sus miserias y sus glorias. De la Casa del Carnaval podrán descolgar los cuadros que les dé la gana, ya sea por maltratador, por feo o porque le empezaba a asomar el lenguao y no había boina ni gorra que se lo tapara. Hoy tampoco cabe tapar torpemente las vergüenzas reales: como ciudadano no merece reconocimiento por parte de ninguna institución pública. Mucho menos, si con ello se daña a las personas que tanto han sufrido. Pero no porque sea él. Lo mismo tendría que valer para cualquiera, aunque los futbolistas parezcan tener licencia para maltratar y violar —pa que luego hablen los intelihentes de "cultura de la cancelación", tócatelosgüevo, Mariloli—.

Esto no es "políticamente correcto", sino un acto de justicia. A la obra no le hacen falta colegios —pues tampoco como docente era ejemplar ni digno de reconocimiento; si no, pregúntenle a los compañeros de los diferentes claustros—, antifaces, estrellas ni estatuas. En “Adiós” tiene nombre de drama está escrita la única forma de homenaje posible, al menos, hoy por hoy: Y la ciudad me recuerde cantando. Digamos, de paso, algo que también afecta al resto de autorxs, obras y al corazón mismo de la fiesta: no hay museo que se pueda hacer cargo de lo esencial. Recordemos: ¿Y en qué vitrina y en qué rincón van a poner el alma de un comparsista? ¿Y adónde encontrarán muros que resistan el peso y los latidos del corazón del pueblo que lo canta? ¿De qué color pintarán las paredes del duende de Paco y Martín? ¿Quién va a saber traducir nuestras viejas leyendas? ¿Qué mostrador grabará los nudillos y la huella del taratachín? Y ¿cómo van a pedirle a las musas que vengan? ¿En qué techo colgarán las noches donde nuestras voces pierden el sentío? ¿Qué ventana dejarán abierta para ver si entran los escalofríos?...

Ya habrán notado que la inmensa rabia casi nos lleva a hacer una ouija para decirle al Cabessa dos, tres o trescientas cositas a la cara. Yo te hubiese cogío por el pescuezo, por indecoroso que suene. Con vuestro permiso, para que se entienda —pues hay violencias justificadas, como aquellas de quienes se levantan contra la injusticia y la opresión; son pocas y contadas las oportunidades, por lo que hay que argumentar—, voy a fingir que creo en la vida de ultratumba para hablarle, de tú a tú, a alguien a quien defendí mucho en vida. Bien, pero "¿defensa de qué?", podrían preguntarse. Pues de los ataques, insultos y amenazas que venían de los sectores más apolillados, rancios y violentos de Cádiz y de buena parte de Andalucía. El fascio de siempre, también inmiscuido —y desnortado— en las cuitas carnavalescas: el pellizquito y el vellómetro no entienden de fronteras. Nos están despedazando la fiesta típica a cara descubierta, ¡pa que luego digan que el Carnaval no es cosa de fachas!

Te defendí como una parte de tu afición hizo durante años, tirándote de las orejas cuando consideraba que no llevabas razón. Recuérdese, por ejemplo, la gran pelotera que se formó cuando criticaste a los trabajadores de astilleros por cortar el puente durante una jornada de huelga. Todo fue porque te pilló el atasco: tesquiyá, Guan. Te respondimos dándote tu propia medicina: Otra vez han quemado los puentes, otra vez han quemado al obrero, pero no han apagado a la gente, la más valiente, la de astilleros. Mi palabra de carnavalero, mi comparsa no te olvida. Y cuando llegue Febrero, tírala por la Bahía. Fue mano de santo: ¡poco quemamo! Siempre me sorprendió que no rehuyeras las dificultades y dieras la cara con sinceridad y honestidad, escuchando, mientras surfeabas la cresta de la ola, a los aficionados que te hacían críticas constructivas. Así que, si ahora no te gusta, po jí, po eso es lo que hay. ¿O no era así? Y si arguno asquí se molestó… ¡po que le den por culo! Yesterday… ¡yeah!, es mi ley…

Hoy siento la obligación de escribir, que me late en las sienes y me aprieta los dientes, aunque tus contradicciones e incoherencias me estremezcan y me anuden la garganta, me repateen el estómago y me atrofien las manos. Hay que seguir, por mucho que duela. El único homenaje que puedo rendir es el que ya se volvió cuerpo, porque podría quemar los libros, los compas, las cintas y las fotos —cosa que no haré—, pero no puedo desprenderme —salvo accidente o enfermedad— de la memoria, del coco y de la piel donde permanece, completa e intacta, tu obra: Capitán, corazón; corazón, capitán, ¡ay, veneno! Me robaste el alma y rebujaste en mi piel lo malo con lo bueno. Y conseguiste, al final, que, loco, me enamorara de una mujer especial, que en casa la llamaban "Cádiz" y en la calle la llamaban "la Tacita de Plata"…

Como digo, la obra se hizo cuerpo —en mí y en varias generaciones de jóvenes andaluces— y siempre la tengo presente, solo puedo hacer crítica, o sea, auto-crítica. Resumámoslo alla nietzscheana: allzumenschliches. Demasiado humano. Una palabra (dos) que no sirven para justificar las fechorías —ni falta que hace—, pero sí ayudan a comprender el problema con un poco de empatía, respeto y humanidad, algo que echo en falta por doquier y que me parece esencial para ser llegar a ser justos con la propia historia, profundamente trágica, se mire por donde se mire. Lo que sigue habrá quien lo entienda… y habrá quien no: dirán que no se enteran, y no se enteran ni aunque cante en spagnolo. No espero que la gente que no sabe leer —o sabe, pero no quiere hacerlo— aprenda en medio de un debate tan duro y complejo; ya habéis visto cómo se las gastan algunos. Piden estos requisitos: estar libre de conciencia, estrecho de parietales, sin estudios ni ambiciones, con instintos criminales, y dos cachos de cohone…

Yo no sabía lo que hacías de puertas para adentro, pero no podemos ser tan cínicos e hipócritas, ya que tampoco nos ha pillado por sorpresa. Los rumores siempre estuvieron ahí: alcohol, drogas, bronca y chulería… pero no eran "solo bronca y chulería". Ya se ha dicho. Y hay que reiterarlo: no, la adicción no lo justifica ni le quita gravedad, pero contextualiza el problema y sirve para mostrar en quién se puede convertir alguien en contra de su voluntad. Tú dabas cuenta de esa lucha contra ti mismo. Al menos, en eso, no te escondías (como sí hacías con otros detalles, que no eran solo detalles): Y si canto esta canción es para pedir perdón y abrir de nuevo el corazón a la vida… Le rogabas a la juventud, por activa y por pasiva, que no siguiera tu camino, porque tú sabías de sobra, lúcido Narciso, que no eras ejemplo de nada. Le vacilabas hasta a la muerte: Su risa era como el viento de levante, tan divina y tan humana, que era igual que una obra de arte. Y, como pude, yo le susurré al oído: "si algún día tú te aburres, po ya sabes dónde vivo".

No eras, efectivamente, ejemplar en (casi) nada, pero eras muy bueno en lo tuyo, y así nos lo hacías ver con esos mensajes que quedaban por encima de tus desplantes, de la pose chulesca, polémica y provocativa, lanzados con tu voz cargante de coñeta mollatosa. Esa misma voz, graciosa y cruel, con la que te imitamos para contar tus legendarias salidas por peteneras. Nos rogabas, como Brian (sí, al que llaman "Brian", al de La vida de Brian), que no te siguiéramos cual si fueras un nuevo profeta. Los que te endiosaron hasta petrificarte lo hicieron en contra de tu voluntad. Te esmerabas en ser desagradable con los fanáticos y así mostrabas la rapidez con la que podían pasar de alabarte a ponerte como los trapos. Lo dijiste y lo repetiste muchas veces, pero recuerdo el pasaje de El Carnaval sin nombre en el que decías que los mitos, cuando se caen, se fríen en las mismas sartenes que las puñetas. Recuerdo cómo escribías en esas páginas, aún con dolor y decepción, sobre el chasco —uno que me resulta familiar— que sufriste cuando viste cómo eran en las distancias cortas tus autores más admirados. Recomendabas eso: distancia. Y, oliéndote el percal (cuidado con quién me organiza el homenaje, que seguro que se queda con dinero), decías que no querías estatuas, porque sobre ellas se cagan continuamente los palomos. Que se lo digan al pobre Moret. Ahí sigue, aguantando el tirón mientras esboza una forzada sonrisa para salir en las fotos de los guiris. Tiene la misma cara de apio que se te quedaba a ti cuando te invadían para pedirte fotos, firmas cuando no, simplemente, soltarte alguna soflama inoportuna, ya fuese improperio o alabanza. Eso no me lo han contado: he vivido lo suficiente como para presenciarlo.

El 13 de febrero de 2014, Los ladrones cantaron en el Teatro Real de Puerto Real. Al acabar, como cada año, me acerqué a comprar er compa y el libreto. Ese día, además, le entregué una carta a Manuel Martín Sánchez (El Kanika), una persona que siempre me atendía con sonrisa y cariño. Le pedí, por favor, que te la hiciera llegar. Aquella carta la escribí para mostrarte mi apoyo, para darte ánimos por el linchamiento público que estabas recibiendo por tener la osadía de estrenar la comparsa en Alcalá y por no cantar en el Falla. Ese fue el primer delito de alta traisión a la Tasita. Ya por entonces, con todo aquello, canturreaba un verso del popurrí de El Golfo de Cádiz: Y por más que yo converso con el mar no sabré nunca si Cádiz es la cuna de la libertad, o si es su tumba. También lo hice para darte las gracias, después de contarte algunos avatares personales que, para mí, convertían tu obra, junto a la de Paco Alba, Antonio Martínez Ares y Jesús Bienvenido, en la tablita de madera del congelado Jack que fui —y sigo siendo—.

El 26 de febrero salí del instituto y me encontré con un tuit publicado desde la cuenta @CAPITANVENEN0. Un tuit en el que me mencionabas: "Emocionante… Sin palabras. El premio más auténtico posible para un autor como yo. Que lo sigas disfrutando!". Recuerdo que lo compartí con ilusión, pero sin aspavientos, con la alegría de quien recibe respuesta tras revolear al agua un importante mensaje embotellado. Confesaré, aunque poco importe, que desde que te fuiste de gira con Mom Dylan las cosas no tienen el mismo sabor. Lo disfruto, pero poco. Podría decirse que veo y escucho el concurso en color sepia. Solo 3 o 4 autores/as, incluida Marta Ortiz, le dan color al Carnaval en el que sigo y seguiré creyendo: uno comprometido, valiente y libertario, tan de izquierdas, que se escurre de las manazas de los partidos que, en vez de palante, debido a su torpeza, ávida de referencias verdes y blancas (o de los colores que sean), caminan patrás. Pero eso también estaba escrito: Mi chirigota no tiene barrio, compañera, ¿pa qué más barrio que toítos los continentes? Mi chirigota es de la garganta de los niños que la cantan y los viejos que la sienten.

Por eso no hacía falta hacer gala más que de la palabra y de las músicas que, año tras año, cantaban a Cádiz contra el chovinismo, a la libertad, por la revolución, a Palestina, contra el fascismo, contra el gobierno y el Estado, por la dignificación de la fiesta, por los derechos de los inmigrantes —¿Quién sería el capitán de aquella góndola africana?— y un largo etcétera. En fin, letras todas que incomodaban siempre a las instituciones para las que fuiste —y eres, hoy lo sé— un pelote gordo en el zapato. Un pelote gordo, pero de los muy gordos. Por eso se quedó pendiente la victoria de Los Parias. En definitiva, más allá de tal o cual idea y valor, para mí representabas la palabra "compromiso". Sin compromiso no es la forma de luchar por la conquista de una tierra que se llame Libertad y que haga patria y su bandera. Somos la palabra de los pueblos cada vez que nuestras gargantas se liberan. Y si nos vendemos por un premio, mire usted, ¡qué pena! Un compromiso incansable que actualizaba, cada semana, las danzas nerviosas de los fachas tras leer la columna dominical en El Desmarque. Porque tú agitabas el avispero como nadie.

El asunto es que este veneno que corroe el Carnaval no es solo tuyo, ni es alienígena, sino idéntico al que pudre las entrañas del resto de la sociedad: una sociedad, como tú, machista, que camaradea impune gracias al silencioso y connivente pacto entre caballeros que han callado para mantener sus privilegios y su imagen, para poder exprimir el limón y seguir comiendo tortillas y pollos gracias a la gallina de la torre de preferencia y los huevos de oro. Pues que les aproveche y como mirlos lo echen.

Que levante la mano la guitarra, sí, por supuesto, pero sin apartarle la mirada a ninguno de sus monstruos, por cercanos que sean, es decir, sin negar nunca más las evidencias. Que levante la mano para exigir de una vez una respuesta política y social a la altura de la grave circunstancia. De esa maravillosa cuarteta hay versos que se me enquistan: Y la mujer con miedo sigue caminando. Qué cabrón. No sé si, al ritmo que vamos, sobrevivirá alguien en las ruinas que ha dejado este terremoto, sin precedentes en la cultura gaditana. Por suerte, aún las tenemos a ellas. No hace falta conocer a alguien en persona para darle las gracias y pedirle perdón, como tampoco hizo falta para hacerles daño —sí, me dirán: "daño involuntario", pero daño al fin y al cabo, como aquella famosa patada de taekwondo, ideológica y taekwonda—. Sí, debemos dar las gracias y pedir perdón por todo el daño causado a las Lolas, a Paqui, a Juan Carlos A. P., pero también, no lo olvidemos, a Luisa y a Silvio. Para que este debate llegue a un puerto digno es esencial mantener el respeto. Y eso no está ocurriendo.

El dolor del pueblo

Por último, pienso que eso a lo que se llamó "chusma selecta" —la de verdad, no la que lleva a gala que lo es, porque si lo usa como distinción cateta para despreciar a los demás, es que, en verdá, no se ha enterao de ná— sigue ahí, en inmensa minoría. Son aquellas personas que están sufriendo casi en silencio algo que se parece a un segundo duelo. Claman por cordura y esperan a que las aguas se calmen para poder hablar. Chusma que no encuentra ni las palabras para explicar la decepción, ni el momento adecuado para volver a cantar esos versos que se abren paso en un combate de flechas de fuego cruzado en el interior. A Germán, a Conso, a "Juan", a Esther, a Luis… a esos aficionad@s que me han acompañado a lo largo de estos años de lucha y, en general, a los que creíais en esto: no desertéis. Es lo que quieren.

Al gran cabrón del reino —mas no el único, que conste—: recuerda que el pueblo de Cádiz, cantón independiente, debe seguir siendo soberano, caiga quien caiga —¿quién será el próximo en caer?—. Ese pueblo siempre estuvo, en el fondo, por encima de sus políticos verbeneros. Ese pueblo sin apellidos al que el Carnaval pertenece seguirá presentando batalla a pesar de tus profundas meteduras de pata, para hacer justicia, para cuidar a las víctimas y para darte los cosquis y aplausos que te mereces, en un último y extremo acto de fidelidad a los valores que impregnaban tu obra. A todo eso aprenderemos, por la cuenta que nos trae, aunque nos volvamos majaretas en el intento (más de lo que ya estamos, quiero decir). Ese es el gran reto para el pueblo de Cádiz, pueblo andaluz: tirar de valentía, coraje y amor propio para no indigestarse contigo. Aviso a navegantes: quien no pueda o no sepa resistir el dolor de estas contradicciones, que se aparte, que no estorbe y, sobre todo, que se calle, que no cause más daño. Porque de amenazas, insultos, golpes y porrazos vamos sobrados. Cádiz puede hacerle frente a este episodio porque eso es lo que lleva haciendo toda la vida, transformar la miseria y el dolor en arte. Además, su destino está escrito: al compás de la canción, Cádiz resiste.

Por la parte que me toca, hoy no pronuncio tu nombre en público porque se me atraganta, porque me duele, porque no me da la gana. Porque me avergüenza ser consciente del daño que causabas mientras te aplaudíamos. No lo hago porque me da rabia y porque, bien mirado, tampoco hace falta. Ya todos lo saben, por más que se hagan los locos y escurran el bulto. Quizás hoy estemos un poco más cerca de hacer justicia a la vida y a la obra, sí, pero con memoria, conciencia y discreción. No lo sé. Tal vez, como te hubiese gustado el homenaje desde el principio, sin exageraciones ni ojanas: sobrio, distante, solemne, serio y rotundo, incontestable. Como lo fue la lluvia de aplausos con la que se cerró el pase de cuartos de Los millonarios, aquel que tuve la suerte de vivir desde las entrañas de un teatro al que le crujían las maderas, siempre a punto de reventar, cada vez que tu comparsa aparecía en escena. Esas noches de Falla también ocurrieron. Y hubo testigos.

Si es cierto que el premio lo da la calle, desde esa misma calle debemos presionar e insistir para que se hagan las cosas como hay que hacerlas, con rigor, pulcritud y seriedad. Todo eso que, hasta ahora, brilla por su ausencia. Y en la calle seguiremos hasta que la guerra acabe, con los parias, en el reino de la puñetera calle. De esta forma, al fin habría algo de luz para los inquietos. Quizás, solo quizás, en un futuro podamos volver a reunirnos para acabar con los homenajes, ya que parecen importar tanto, pero, por favor, sin chusmerío de por medio. Su obra, desde hace tiempo —y cada vez hace más—, no le pertenece. No se confunde con él, ni él se separa de ella, aunque más de uno (y de tropecientosmil) no lo entiendan. Tu obra, pichita, no es solo tuya: la compusiste, libre y valiente, y en manos del pueblo la dejaste. Po yasta, apechuga. El pueblo de Cádiz, que es soberano, ha hablado: "¡exprópiese!" CÁDI AR CHELE, que es más güenahente. Ea.

La diferencia entre el suspiro y el resoplido reside, además de en la compleja gama tonal que colorea el ánimo, en la fuerza y en la intensidad con la que el aliento se transforma en viento, con perdón del ripio.

Digámoslo sin paños calientes: llevamos varias décadas laureando a una persona condenada por maltrato. No hay remilgos que valgan: 22 mujeres asesinadas en España en lo que va de año, sin contar aquellas que no entran en las cifras oficiales —son 42, según feminicidio.net—, y sin olvidar a las que sufren a diario los horrores de la violencia machista; a las palizas y el maltrato psicológico se unen la insensibilidad, el descrédito de la sociedad y de los medios de comunicación, así como los desvaríos de un sistema anticuado que deja en libertad a los agresores y completamente desprotegidas a las víctimas. A ellas les debemos, ante todo, respeto, justicia y seriedad en este conflicto social, ético, político que, en el terruño gaditano, es también carnavalesco. Hay que seguir diciéndolo, sin ningún pero: Ni una más. Ni una menos. Basta ya de cuestionar y responsabilizar a las víctimas de los actos de sus maltratadores.

Llevamos una semana leyendo auténticas barbaridades, que van desde el insulto, la persecución y la saña hacia quienes guardan prudente y doloroso silencio hasta el linchamiento de las mujeres que, hartas, decidieron contar la verdad —el resto de la(s) verdad(es), siempre necesarias— para acabar con el circo monetario y laudatorio armado en torno a la (des)figura. ¿No me creen? Para muestra, solo un botón, porque me resulta absolutamente insoportable: "Sabéis que os digo? Que le den por culo a las guarras mujeres gaditanas como esa que solo quieren fama". "Ojala le peguen a esa mujer otra vez". Eso publicó, sin miramiento, un "usuario", aunque no fue el único, ni mucho menos. ¿Hay derecho a esto? ¿Alguien, de verdad, puede defender y soportar eso sin echarse las manos a la cabeza? ¿Esa es la forma de defender la obra colosal? Flaco favor le hace esa "chusma profunda", la chusma a secas: peligrosa, vulgar y violenta, turba irracional, la masa que quema y arrasa por donde pisa y pasa. Si la obra carnavalesca y literaria va a tener esos "aliades", conmigo que no cuenten, desde luego. Por suerte, también hay personas con criterio y valentía para separar el trigo de la paja. Confieso que he cogido aire gracias a las palabras de Manoli Lemos, Mar Muñoz (Marta Ortiz) y Javier Bohórquez —en Facebook— y a las de Santi Gigliotti en… ABC, para nuestra sorpresa.

Una semana, una larguísima semana de buitres carroñeros en busca de carnaza, de ratas almizcleras royendo huesos de red en red, de francotiradores a la caza de brujas y de bufones de barrios bajos y de costumbres obreras haciendo malabares para justificar lo injustificable y evitar a toda costa que se les acabe el chollo cantarín de cada fin de semana (algunos con muy mal gusto y peor ortografía, por cierto). Lo entiendo, dada la ruina económica de Cádiz, más grande que la ruina del lince ibérico. No sé cómo hay gente tan inconsiente que aún te dise que está en la ruina, con la ruina que tiene el linse… Pero tampoco nada eso justifica el odio, la persecución y las amenazas.

Una semana desde que Paqui —a la que no le gusta que la llamen valiente, pero para mí lo es; valiente y jarta, pero valiente al fin y al cabo— pusiera a bailar a toda una patulea de cavernícolas incapaces de ver más allá de su ombligo y del miembro de su ídolo. Al dar el paso y enseñar la sentencia firme, hizo que saltara el levante en Cádiz. Y el levante saltó, pero bien. En la prensa hemos leído de todo. No me detendré mucho en ella —salvo para denunciar el bajunerío de los titulares del Portal de Cádiz— porque, salvo honrosas excepciones, no espero nada de los medios de comunicación, y porque, además, ya se le ha cantado en condiciones: …Dicen que eres poderosa, pero no por lo que cuentas, sino por cómo y según cuentas las cosas. Y por esa silenciosa forma tuya de ocultar todo lo que no interesa al que paga un chupatinta, que presume, sinvergüenza, de ser dios de la verdad. La verdad que tú te callas, mira si serás canalla…

Todavía no sé si me da más rabia la gran y dolorosa contradicción en el núcleo del corazón de su vida y de su obra —no cabe separar una de otra, y mucho menos en una obra que da cuenta de la propia vida, en tensión, en lucha y en carne viva desde el principio—, o, como también es el caso, el hecho de los partidos políticos de uno y otro signo usen con tanto descaro el caso para sus espurios intereses. Fastidia saber que aquellos en los que un día confiamos ordenaron silencio mientras estaban al mando para politizar, por bajini, la capilla ardiente, pues sabían que el barco, tarde o temprano, se hundiría. Hoy el muerto ya no luce, viste ni reviste con el mismo prestigio y lustre revolucionario que antes. Por eso, los presentadores, «amigos» y políticos que iban de andalucisísimos abanderados de su obra ya lo han negado más de tres veces. Espero que esta vez no se desdigan, aunque, como hemos visto, tampoco les ruboriza hacerlo. Admiro la valentía de quien ha denunciado, por tarde que sea —dicen que nunca lo es—, las presiones internas para callar lo que se sabía; porque se sabía, igual que se sabía que temblaría Cádiz.

La cuestión es que ni a la derecha ni a la ultraderecha verde mocosa le importan ni le preocuparon nunca las víctimas de la violencia de género. Insisto: ni antes ni ahora, que nadie se engañe. Si de verdad el problema les preocupara lo más mínimo, apoyarían las medidas que buscan paliar los daños de una puñetera lacra que a nadie parece importar. Pero no. En vez de responder con humanidad, como exige un problema tan serio, se dedican, representantes y voxtantes, a preguntar por la nacionalidad de los maltratadores y asesinos para seguir esparciendo su inquina y su odio: "Otra más, ¿el agresor come jamón?". El Partido Popular —el de acá y el de allá, lo mismo da— lejos de frenar estos dislates, echa más leña al fuego y lo hace, por ejemplo, cuando no acude a los minutos de silencio que se guardan como muestra mínima de respeto hacia las víctimas, sobre todo, cuando los asesinos resultan ser Guardias Civiles, militares o Policías Nacionales, en activo o jubilados. Lo repito: no les importan las víctimas. Solo aprovechan la ocasión, sea cual sea: si el muerto viste, pelote conmemorativo. Si el muerto no viste, borrado histórico. No importa que sea de un día para otro. A estas alturas del Carnaval, ¿quién se los cree, por favor?

Obsérvese el movimiento de fondo, sin duda, mucho más astuto y peligroso: aprovechar el tirón para borrar de Cádiz todas las huellas del baluarte libertario de la canción de autor gaditana; el poeta de Carnaval más polémico, valiente y rebelde de la historia (reciente, aunque ya no tanto) de la fiesta. La referencia carnavalesca y política —no moral ni ética— más popular, en todos los sentidos, de la ciudad. El que cantó a Cádiz, por Cádiz, desde y contra Cádiz, allá donde fue. El mismo que contribuyó al hermanamiento de este barco a la deriva con Montevideo. Eso es lo que duele: la rotundidad incontestable del legado y, al mismo tiempo, con idéntico peso, sin negación ni exclusión chunga que valga, lo execrable de sus actos, la gran losa.

Aprovechan la confusión, ese momento en el que el pueblo no sabe qué hacer con el hombre que le dio a Cádiz una obra-espejo en la que mirarse todas, absolutamente todas sus miserias y sus glorias. De la Casa del Carnaval podrán descolgar los cuadros que les dé la gana, ya sea por maltratador, por feo o porque le empezaba a asomar el lenguao y no había boina ni gorra que se lo tapara. Hoy tampoco cabe tapar torpemente las vergüenzas reales: como ciudadano no merece reconocimiento por parte de ninguna institución pública. Mucho menos, si con ello se daña a las personas que tanto han sufrido. Pero no porque sea él. Lo mismo tendría que valer para cualquiera, aunque los futbolistas parezcan tener licencia para maltratar y violar —pa que luego hablen los intelihentes de "cultura de la cancelación", tócatelosgüevo, Mariloli—.

Esto no es "políticamente correcto", sino un acto de justicia. A la obra no le hacen falta colegios —pues tampoco como docente era ejemplar ni digno de reconocimiento; si no, pregúntenle a los compañeros de los diferentes claustros—, antifaces, estrellas ni estatuas. En “Adiós” tiene nombre de drama está escrita la única forma de homenaje posible, al menos, hoy por hoy: Y la ciudad me recuerde cantando. Digamos, de paso, algo que también afecta al resto de autorxs, obras y al corazón mismo de la fiesta: no hay museo que se pueda hacer cargo de lo esencial. Recordemos: ¿Y en qué vitrina y en qué rincón van a poner el alma de un comparsista? ¿Y adónde encontrarán muros que resistan el peso y los latidos del corazón del pueblo que lo canta? ¿De qué color pintarán las paredes del duende de Paco y Martín? ¿Quién va a saber traducir nuestras viejas leyendas? ¿Qué mostrador grabará los nudillos y la huella del taratachín? Y ¿cómo van a pedirle a las musas que vengan? ¿En qué techo colgarán las noches donde nuestras voces pierden el sentío? ¿Qué ventana dejarán abierta para ver si entran los escalofríos?...

Ya habrán notado que la inmensa rabia casi nos lleva a hacer una ouija para decirle al Cabessa dos, tres o trescientas cositas a la cara. Yo te hubiese cogío por el pescuezo, por indecoroso que suene. Con vuestro permiso, para que se entienda —pues hay violencias justificadas, como aquellas de quienes se levantan contra la injusticia y la opresión; son pocas y contadas las oportunidades, por lo que hay que argumentar—, voy a fingir que creo en la vida de ultratumba para hablarle, de tú a tú, a alguien a quien defendí mucho en vida. Bien, pero "¿defensa de qué?", podrían preguntarse. Pues de los ataques, insultos y amenazas que venían de los sectores más apolillados, rancios y violentos de Cádiz y de buena parte de Andalucía. El fascio de siempre, también inmiscuido —y desnortado— en las cuitas carnavalescas: el pellizquito y el vellómetro no entienden de fronteras. Nos están despedazando la fiesta típica a cara descubierta, ¡pa que luego digan que el Carnaval no es cosa de fachas!

Te defendí como una parte de tu afición hizo durante años, tirándote de las orejas cuando consideraba que no llevabas razón. Recuérdese, por ejemplo, la gran pelotera que se formó cuando criticaste a los trabajadores de astilleros por cortar el puente durante una jornada de huelga. Todo fue porque te pilló el atasco: tesquiyá, Guan. Te respondimos dándote tu propia medicina: Otra vez han quemado los puentes, otra vez han quemado al obrero, pero no han apagado a la gente, la más valiente, la de astilleros. Mi palabra de carnavalero, mi comparsa no te olvida. Y cuando llegue Febrero, tírala por la Bahía. Fue mano de santo: ¡poco quemamo! Siempre me sorprendió que no rehuyeras las dificultades y dieras la cara con sinceridad y honestidad, escuchando, mientras surfeabas la cresta de la ola, a los aficionados que te hacían críticas constructivas. Así que, si ahora no te gusta, po jí, po eso es lo que hay. ¿O no era así? Y si arguno asquí se molestó… ¡po que le den por culo! Yesterday… ¡yeah!, es mi ley…

Hoy siento la obligación de escribir, que me late en las sienes y me aprieta los dientes, aunque tus contradicciones e incoherencias me estremezcan y me anuden la garganta, me repateen el estómago y me atrofien las manos. Hay que seguir, por mucho que duela. El único homenaje que puedo rendir es el que ya se volvió cuerpo, porque podría quemar los libros, los compas, las cintas y las fotos —cosa que no haré—, pero no puedo desprenderme —salvo accidente o enfermedad— de la memoria, del coco y de la piel donde permanece, completa e intacta, tu obra: Capitán, corazón; corazón, capitán, ¡ay, veneno! Me robaste el alma y rebujaste en mi piel lo malo con lo bueno. Y conseguiste, al final, que, loco, me enamorara de una mujer especial, que en casa la llamaban "Cádiz" y en la calle la llamaban "la Tacita de Plata"…

Como digo, la obra se hizo cuerpo —en mí y en varias generaciones de jóvenes andaluces— y siempre la tengo presente, solo puedo hacer crítica, o sea, auto-crítica. Resumámoslo alla nietzscheana: allzumenschliches. Demasiado humano. Una palabra (dos) que no sirven para justificar las fechorías —ni falta que hace—, pero sí ayudan a comprender el problema con un poco de empatía, respeto y humanidad, algo que echo en falta por doquier y que me parece esencial para ser llegar a ser justos con la propia historia, profundamente trágica, se mire por donde se mire. Lo que sigue habrá quien lo entienda… y habrá quien no: dirán que no se enteran, y no se enteran ni aunque cante en spagnolo. No espero que la gente que no sabe leer —o sabe, pero no quiere hacerlo— aprenda en medio de un debate tan duro y complejo; ya habéis visto cómo se las gastan algunos. Piden estos requisitos: estar libre de conciencia, estrecho de parietales, sin estudios ni ambiciones, con instintos criminales, y dos cachos de cohone…

Yo no sabía lo que hacías de puertas para adentro, pero no podemos ser tan cínicos e hipócritas, ya que tampoco nos ha pillado por sorpresa. Los rumores siempre estuvieron ahí: alcohol, drogas, bronca y chulería… pero no eran "solo bronca y chulería". Ya se ha dicho. Y hay que reiterarlo: no, la adicción no lo justifica ni le quita gravedad, pero contextualiza el problema y sirve para mostrar en quién se puede convertir alguien en contra de su voluntad. Tú dabas cuenta de esa lucha contra ti mismo. Al menos, en eso, no te escondías (como sí hacías con otros detalles, que no eran solo detalles): Y si canto esta canción es para pedir perdón y abrir de nuevo el corazón a la vida… Le rogabas a la juventud, por activa y por pasiva, que no siguiera tu camino, porque tú sabías de sobra, lúcido Narciso, que no eras ejemplo de nada. Le vacilabas hasta a la muerte: Su risa era como el viento de levante, tan divina y tan humana, que era igual que una obra de arte. Y, como pude, yo le susurré al oído: "si algún día tú te aburres, po ya sabes dónde vivo".

No eras, efectivamente, ejemplar en (casi) nada, pero eras muy bueno en lo tuyo, y así nos lo hacías ver con esos mensajes que quedaban por encima de tus desplantes, de la pose chulesca, polémica y provocativa, lanzados con tu voz cargante de coñeta mollatosa. Esa misma voz, graciosa y cruel, con la que te imitamos para contar tus legendarias salidas por peteneras. Nos rogabas, como Brian (sí, al que llaman "Brian", al de La vida de Brian), que no te siguiéramos cual si fueras un nuevo profeta. Los que te endiosaron hasta petrificarte lo hicieron en contra de tu voluntad. Te esmerabas en ser desagradable con los fanáticos y así mostrabas la rapidez con la que podían pasar de alabarte a ponerte como los trapos. Lo dijiste y lo repetiste muchas veces, pero recuerdo el pasaje de El Carnaval sin nombre en el que decías que los mitos, cuando se caen, se fríen en las mismas sartenes que las puñetas. Recuerdo cómo escribías en esas páginas, aún con dolor y decepción, sobre el chasco —uno que me resulta familiar— que sufriste cuando viste cómo eran en las distancias cortas tus autores más admirados. Recomendabas eso: distancia. Y, oliéndote el percal (cuidado con quién me organiza el homenaje, que seguro que se queda con dinero), decías que no querías estatuas, porque sobre ellas se cagan continuamente los palomos. Que se lo digan al pobre Moret. Ahí sigue, aguantando el tirón mientras esboza una forzada sonrisa para salir en las fotos de los guiris. Tiene la misma cara de apio que se te quedaba a ti cuando te invadían para pedirte fotos, firmas cuando no, simplemente, soltarte alguna soflama inoportuna, ya fuese improperio o alabanza. Eso no me lo han contado: he vivido lo suficiente como para presenciarlo.

El 13 de febrero de 2014, Los ladrones cantaron en el Teatro Real de Puerto Real. Al acabar, como cada año, me acerqué a comprar er compa y el libreto. Ese día, además, le entregué una carta a Manuel Martín Sánchez (El Kanika), una persona que siempre me atendía con sonrisa y cariño. Le pedí, por favor, que te la hiciera llegar. Aquella carta la escribí para mostrarte mi apoyo, para darte ánimos por el linchamiento público que estabas recibiendo por tener la osadía de estrenar la comparsa en Alcalá y por no cantar en el Falla. Ese fue el primer delito de alta traisión a la Tasita. Ya por entonces, con todo aquello, canturreaba un verso del popurrí de El Golfo de Cádiz: Y por más que yo converso con el mar no sabré nunca si Cádiz es la cuna de la libertad, o si es su tumba. También lo hice para darte las gracias, después de contarte algunos avatares personales que, para mí, convertían tu obra, junto a la de Paco Alba, Antonio Martínez Ares y Jesús Bienvenido, en la tablita de madera del congelado Jack que fui —y sigo siendo—.

El 26 de febrero salí del instituto y me encontré con un tuit publicado desde la cuenta @CAPITANVENEN0. Un tuit en el que me mencionabas: "Emocionante… Sin palabras. El premio más auténtico posible para un autor como yo. Que lo sigas disfrutando!". Recuerdo que lo compartí con ilusión, pero sin aspavientos, con la alegría de quien recibe respuesta tras revolear al agua un importante mensaje embotellado. Confesaré, aunque poco importe, que desde que te fuiste de gira con Mom Dylan las cosas no tienen el mismo sabor. Lo disfruto, pero poco. Podría decirse que veo y escucho el concurso en color sepia. Solo 3 o 4 autores/as, incluida Marta Ortiz, le dan color al Carnaval en el que sigo y seguiré creyendo: uno comprometido, valiente y libertario, tan de izquierdas, que se escurre de las manazas de los partidos que, en vez de palante, debido a su torpeza, ávida de referencias verdes y blancas (o de los colores que sean), caminan patrás. Pero eso también estaba escrito: Mi chirigota no tiene barrio, compañera, ¿pa qué más barrio que toítos los continentes? Mi chirigota es de la garganta de los niños que la cantan y los viejos que la sienten.

Por eso no hacía falta hacer gala más que de la palabra y de las músicas que, año tras año, cantaban a Cádiz contra el chovinismo, a la libertad, por la revolución, a Palestina, contra el fascismo, contra el gobierno y el Estado, por la dignificación de la fiesta, por los derechos de los inmigrantes —¿Quién sería el capitán de aquella góndola africana?— y un largo etcétera. En fin, letras todas que incomodaban siempre a las instituciones para las que fuiste —y eres, hoy lo sé— un pelote gordo en el zapato. Un pelote gordo, pero de los muy gordos. Por eso se quedó pendiente la victoria de Los Parias. En definitiva, más allá de tal o cual idea y valor, para mí representabas la palabra "compromiso". Sin compromiso no es la forma de luchar por la conquista de una tierra que se llame Libertad y que haga patria y su bandera. Somos la palabra de los pueblos cada vez que nuestras gargantas se liberan. Y si nos vendemos por un premio, mire usted, ¡qué pena! Un compromiso incansable que actualizaba, cada semana, las danzas nerviosas de los fachas tras leer la columna dominical en El Desmarque. Porque tú agitabas el avispero como nadie.

El asunto es que este veneno que corroe el Carnaval no es solo tuyo, ni es alienígena, sino idéntico al que pudre las entrañas del resto de la sociedad: una sociedad, como tú, machista, que camaradea impune gracias al silencioso y connivente pacto entre caballeros que han callado para mantener sus privilegios y su imagen, para poder exprimir el limón y seguir comiendo tortillas y pollos gracias a la gallina de la torre de preferencia y los huevos de oro. Pues que les aproveche y como mirlos lo echen.

Que levante la mano la guitarra, sí, por supuesto, pero sin apartarle la mirada a ninguno de sus monstruos, por cercanos que sean, es decir, sin negar nunca más las evidencias. Que levante la mano para exigir de una vez una respuesta política y social a la altura de la grave circunstancia. De esa maravillosa cuarteta hay versos que se me enquistan: Y la mujer con miedo sigue caminando. Qué cabrón. No sé si, al ritmo que vamos, sobrevivirá alguien en las ruinas que ha dejado este terremoto, sin precedentes en la cultura gaditana. Por suerte, aún las tenemos a ellas. No hace falta conocer a alguien en persona para darle las gracias y pedirle perdón, como tampoco hizo falta para hacerles daño —sí, me dirán: "daño involuntario", pero daño al fin y al cabo, como aquella famosa patada de taekwondo, ideológica y taekwonda—. Sí, debemos dar las gracias y pedir perdón por todo el daño causado a las Lolas, a Paqui, a Juan Carlos A. P., pero también, no lo olvidemos, a Luisa y a Silvio. Para que este debate llegue a un puerto digno es esencial mantener el respeto. Y eso no está ocurriendo.

El dolor del pueblo

Por último, pienso que eso a lo que se llamó "chusma selecta" —la de verdad, no la que lleva a gala que lo es, porque si lo usa como distinción cateta para despreciar a los demás, es que, en verdá, no se ha enterao de ná— sigue ahí, en inmensa minoría. Son aquellas personas que están sufriendo casi en silencio algo que se parece a un segundo duelo. Claman por cordura y esperan a que las aguas se calmen para poder hablar. Chusma que no encuentra ni las palabras para explicar la decepción, ni el momento adecuado para volver a cantar esos versos que se abren paso en un combate de flechas de fuego cruzado en el interior. A Germán, a Conso, a "Juan", a Esther, a Luis… a esos aficionad@s que me han acompañado a lo largo de estos años de lucha y, en general, a los que creíais en esto: no desertéis. Es lo que quieren.

Al gran cabrón del reino —mas no el único, que conste—: recuerda que el pueblo de Cádiz, cantón independiente, debe seguir siendo soberano, caiga quien caiga —¿quién será el próximo en caer?—. Ese pueblo siempre estuvo, en el fondo, por encima de sus políticos verbeneros. Ese pueblo sin apellidos al que el Carnaval pertenece seguirá presentando batalla a pesar de tus profundas meteduras de pata, para hacer justicia, para cuidar a las víctimas y para darte los cosquis y aplausos que te mereces, en un último y extremo acto de fidelidad a los valores que impregnaban tu obra. A todo eso aprenderemos, por la cuenta que nos trae, aunque nos volvamos majaretas en el intento (más de lo que ya estamos, quiero decir). Ese es el gran reto para el pueblo de Cádiz, pueblo andaluz: tirar de valentía, coraje y amor propio para no indigestarse contigo. Aviso a navegantes: quien no pueda o no sepa resistir el dolor de estas contradicciones, que se aparte, que no estorbe y, sobre todo, que se calle, que no cause más daño. Porque de amenazas, insultos, golpes y porrazos vamos sobrados. Cádiz puede hacerle frente a este episodio porque eso es lo que lleva haciendo toda la vida, transformar la miseria y el dolor en arte. Además, su destino está escrito: al compás de la canción, Cádiz resiste.

Por la parte que me toca, hoy no pronuncio tu nombre en público porque se me atraganta, porque me duele, porque no me da la gana. Porque me avergüenza ser consciente del daño que causabas mientras te aplaudíamos. No lo hago porque me da rabia y porque, bien mirado, tampoco hace falta. Ya todos lo saben, por más que se hagan los locos y escurran el bulto. Quizás hoy estemos un poco más cerca de hacer justicia a la vida y a la obra, sí, pero con memoria, conciencia y discreción. No lo sé. Tal vez, como te hubiese gustado el homenaje desde el principio, sin exageraciones ni ojanas: sobrio, distante, solemne, serio y rotundo, incontestable. Como lo fue la lluvia de aplausos con la que se cerró el pase de cuartos de Los millonarios, aquel que tuve la suerte de vivir desde las entrañas de un teatro al que le crujían las maderas, siempre a punto de reventar, cada vez que tu comparsa aparecía en escena. Esas noches de Falla también ocurrieron. Y hubo testigos.

Si es cierto que el premio lo da la calle, desde esa misma calle debemos presionar e insistir para que se hagan las cosas como hay que hacerlas, con rigor, pulcritud y seriedad. Todo eso que, hasta ahora, brilla por su ausencia. Y en la calle seguiremos hasta que la guerra acabe, con los parias, en el reino de la puñetera calle. De esta forma, al fin habría algo de luz para los inquietos. Quizás, solo quizás, en un futuro podamos volver a reunirnos para acabar con los homenajes, ya que parecen importar tanto, pero, por favor, sin chusmerío de por medio. Su obra, desde hace tiempo —y cada vez hace más—, no le pertenece. No se confunde con él, ni él se separa de ella, aunque más de uno (y de tropecientosmil) no lo entiendan. Tu obra, pichita, no es solo tuya: la compusiste, libre y valiente, y en manos del pueblo la dejaste. Po yasta, apechuga. El pueblo de Cádiz, que es soberano, ha hablado: "¡exprópiese!" CÁDI AR CHELE, que es más güenahente. Ea.

Comentarios