El Jesucristo de Leonardo Boff

Nuestro teólogo rompe radicalmente con el sesgo patriarcal de la teología tradicionalista y con una historia de siglos en los que la fe se ha expresado con un lenguaje masculino

29 de abril de 2026 a las 16:49h
Cristo de la Expiración el pasado Viernes Santo en Jerez.
Cristo de la Expiración el pasado Viernes Santo en Jerez. JUAN CARLOS TORO

Fue hace muchos años, cuando yo era militante de la JOC. Una compañera me miró con sorpresa cuando manifesté mi incomodidad con la afirmación de que Jesús era la luz del mundo. No es que me pareciera incierta. Mi problema es que la encontraba demasiada vaga e inútil si no se explicaba con claridad que se quería decir realmente. Para mi bien o para mal, mi carácter es ese. Envidio a los que creen con confianza sin convertir su fe en un desafío para el intelecto. 

Supongo que otros leerán a Leonardo Boff como una experiencia espiritual. Yo, por el contrario, me he enfrentado a su último libro, Jesús y su Dios-Abba (Trotta, 2026), como quien afronta una cuestión epistemológica. Como todo el mundo sabe, el autor, uno de los teólogos de la liberación más importantes, se ha distinguido por defender una fe comprometida radicalmente con la causa de los desfavorecidos. Eso es, sin duda, heroico. Lo que me sucede es que no soy capaz de que eso me parezca suficiente a la hora de decidir sobre la validez o no de un enunciado.

En esta su pequeña cristología, Boff estudia la experiencia de Dios que tuvo Jesús. Su vínculo llama nuestra atención por su asombrosa familiaridad: lo llama “papá”. No en vano, se sentía su hijo amado Y veía en Él no a un juez severo sino una realidad que era todo bondad y ternura: lo mismo que una madre. Se trata de un Dios que, en efecto, posee atributos tanto masculinos como femeninos. 

De esta forma, nuestro teólogo rompe radicalmente con el sesgo patriarcal de la teología tradicionalista y con una historia de siglos en los que la fe se ha expresado con un lenguaje masculino. Nos encontramos así con una apuesta decidida por unir cristianismo y feminismo. Eso implica la desmitologización de tantos principios rancios que se oponen a la igualdad de género en el seno de la Iglesia. Dios, de esta forma, vendría a ser como un gran útero que nos acoge. 

Todo esto no son solo teorías sino ideas capaces de cambiar nuestra vida. A partir de aquí deja de tener sentido un modelo de Iglesia en el que los hombres mandan y las mujeres se limitan a obedecer. ¿Por qué la mujer puede ser madre de un sacerdote o de un obispo pero no ejercer nunca estas funciones?

No obstante alguna duda nos asalta pese a la buena intención del autor. Si es cierto que la religión del Padre es la del infierno y la de la Madre la misericordia, ¿no estamos aplicando a la trascendencia unos prejuicios antiguos por los que el hombre es fuerza y la mujer misericordia? 

Como en toda cristología, la resurrección ocupa un espacio decisivo. Jesús resucitó a una vida por completo nueva en la que el cuerpo asumió las características del espíritu y el espíritu las del cuerpo. De esta forma, el hombre palestino del siglo I d.C., se convierte “en el Cristo cósmico que penetra todo el universo”. Desde esta perspectiva, la resurrección implica una insurrección contra la injusticia del mundo. Tiene lugar cada vez que la solidaridad se impone a la lógica de la dominación. Nos preguntamos entonces si se trata de algo real o de una simple metáfora. Tal vez porque, como Woody Allen, no queremos la inmortalidad por nuestras obras sino por esquivar la muerte. 

Lo que se nos dice es que, en el supuesto de que hubiera existido una cámara en la tumba de Jesús, no hubiera grabado nada. La resurrección no podría confirmarse empíricamente porque se sitúa en otro nivel de realidad. Solo la podríamos captar a través de los ojos de la fe. 

Cristo, desde esta perspectiva, no habría acabado todavía de resucitar. Hablamos de algo que no es solo personal sino que abarca a toda la humanidad. La resurrección se completará “cuando toda la humanidad y el cosmos lleguen también a su plenitud”. Nos gustaría saber, por supuesto, que quiere decir todo esto en el fondo. Boff parece insinuar que somos nosotros, los seres humanos, los que resucitamos a Jesús. Él, de acuerdo con este discurso, nos necesita. La gran cuestión es cómo puede ser, al mismo tiempo, Dios, si no es autosuficiente. En cuanto a la plenitud del Universo, ¿en qué consiste cuando la ciencia nos dice que, de una forma o de otra, conocerá su fin?

Otro tema controvertido es la relación entre resurrección e historia. La primera tiene lugar, de manera incipiente, “siempre que triunfa la justicia sobre las políticas de dominación”. Tomemos un instante para reflexionar: ¿No es esto reducir la trascendencia a simple historia? ¿Qué hacemos, en ese caso, con Auschwitz?

La Cristología, para Boff, se basa en el Jesús de la historia. Tiene razón en parte. Puesto que Dios se encarna en la historia, cualquier planteamiento de fe ha de basarse en la persona concreta que vivió hace dos mil años. Ahora bien: se supone que, para un creyente, el Jesús de la historia y el Cristo de la fe deberían ser exactamente lo mismo. 

¿En qué consiste, en definitiva, la teología del brasileño? Cita con aprobación a Dostoievski cuando el escritor ruso afirma que, entre la verdad y Cristo, prefiere la verdad. Pero, según el Evangelio, entre lo uno y lo otro existe una identificación completa. De lo contrario, Cristo dejaría de ser Cristo y, en ese caso, ¿qué interés tendría entonces para nosotros? Recuerdo la indignación de toda la clase, durante el bachillerato, cuando el profesor de religión sugirió que él seguiría creyendo en la resurrección aunque se encontrara el cuerpo de Jesús. Todos intuíamos, con nuestra inmadurez adolescente que la fe, aunque no es ciencia, no debería estar en contradicción con ella. 

En ocasiones, lo que encontramos  en Boff son formulaciones más o menos poéticas pero no conceptos rigurosos. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que Jesús estaba “potencialmente” presente en la materia anterior al big bang? Si se refiere al Jesús humano, su frase, cierta, puede aplicarse a toda la humanidad. Eso y nada viene a ser lo mismo.  Si se refiere al Hijo como segunda persona de la Trinidad, el autor está sugiriendo que aún no era. Por tanto, el Padre tampoco. Nos preguntamos si Dios comienza con el Big Bang y dejará de existir con el Big Crunch. 

Hay que concederle a Boff el mérito de intentar actualizar la teología. Lo que no está tan claro es, si por el camino, se pierde más de lo que gana. Aunque también puede ser que caigamos en un exceso de objetivismo. O que nuestra ambición sea desmedida. En el fondo, nos gustaría saber y no solo creer. 

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