Hay que saludar que la clase política andaluza –aparte de Vox– reconozca la figura de Blas Infante en la efeméride de su asesinato. Algunos encuentran la oportunidad –el oportunismo– de mostrar un discurso en blanco y verde. Nada nuevo.
Llegar a ese punto de reencuentro con la memoria de un andaluz excepcional –que hizo de su lucha por una tierra, motivo esencial de su vida, y por ello fue asesinado–, no ha sido cuestión de un día. Olvidado tras su muerte, condenado por las autoridades franquistas después de haber sido fusilado, hubo que esperar a que los andalucistas del Partido Socialista de Andalucía y a los supervivientes de la Junta Liberalista, que fundara el propio Infante, rescatasen su legado en los primeros años del tránsito democrático.
Ni siquiera cuando se aprobó el primer Estatuto de Autonomía se reflejó su nombre y la aportación que Infante había realizado para la consecución de un Estatuto, que el levantamiento militar de 1936 había malogrado. Hubieron de transcurrir unos años para que ello ocurriese.
Pero el legado de Infante es mucho más que una declaración institucional, vacía de reivindicación, como si ya se hubiesen superado todas las metas que lastran muchos aspectos de la vida andaluza.
Reducir, como hace el discurso de sectores conservadores andaluces, la figura del notario de Casares a la de «un hombre bueno», que sin duda lo fue, no es suficiente. Aceptar lo que supuso su pensamiento, su compromiso, es otra cosa. Ofrecer una imagen ambigua de Blas Infante y celebrarlo en conmemoraciones oficiales no se corresponde con lo que significó su lucha. No hay nada más que recurrir a sus escritos para comprobar que era otra cosa muy distinta.
El compromiso del titulado como padre de la patria andaluza, estaba con las clases humildes, con los jornaleros, con la elevación de una tierra maltratada para hacer valer su extraordinaria cultura. Y si no caló su discurso en esos años, fue, entre otras cuestiones, por la enorme raigambre que en ese sector tenía el anarcosindicalismo con su especificidad andaluza, así como a la falta de compromiso de la mayor parte de la pequeña burguesía liberal.
Humanista, intelectual de talla había estudiado a fondo y con enorme amor las raíces históricas y culturales andaluzas. Su actitud insobornable, le permitía, cuando era necesario, ser crítico con la República, en la que tenía depositadas las esperanzas de un verdadero cambio para su tierra.
Recuperar la identidad de un pueblo sumido en la miseria y la de su ancestral cultura, dotándolo de un autogobierno, chocaba con los intereses de los poderosos, de los explotadores. No, la ideología de Infante, su pensamiento avanzado es un aldabonazo contra las injusticias, y en absoluto encaja con el neoliberalismo actual. Su federalismo, reconociendo la singularidad de los territorios españoles, está muy alejado de los que proclaman a Andalucía como «la más España de las Españas», en el intento de adormecer una conciencia propia, como parte del discurso centralista.
En sus postulados, tiene el pueblo andaluz los valores más sanos, la mejor respuesta tanto a las voces que llegan de los nacionalismos periféricos excluyentes, como del nacionalismo centralista, que quiere seguir jugando la carta de la utilización de Andalucía en función de los intereses partidistas.
A tal efecto, la reactivación del papel de Andalucía pasa por retomar la conciencia de las luchas del 4 de diciembre de 1977 y el 28 de febrero de 1980, lo que el profesor Pérez Trujillano calificó como el «patrimonio constitucional andaluz».
Hace tiempo que esa carencia de poder, no sólo ha rebajado a la comunidad andaluza, perdiendo protagonismo en el marco estatal, sino que la ha convertido en correa de transmisión de lo dictado en Madrid por el centralismo político en cada caso.
Está bien que personas de diferente ideología entiendan el patrimonio de Infante como un bien para Andalucía, pero que no se sustraiga la esencia de su idea. La que nos dice que la Autonomía es un logro, un tránsito necesario, pero no el fin de la Andalucía que importa.
Hay que saludar que la clase política andaluza –aparte de Vox– reconozca la figura de Blas Infante en la efeméride de su asesinato. Algunos encuentran la oportunidad –el oportunismo– de mostrar un discurso en blanco y verde. Nada nuevo.
Llegar a ese punto de reencuentro con la memoria de un andaluz excepcional –que hizo de su lucha por una tierra, motivo esencial de su vida, y por ello fue asesinado–, no ha sido cuestión de un día. Olvidado tras su muerte, condenado por las autoridades franquistas después de haber sido fusilado, hubo que esperar a que los andalucistas del Partido Socialista de Andalucía y a los supervivientes de la Junta Liberalista, que fundara el propio Infante, rescatasen su legado en los primeros años del tránsito democrático.
Ni siquiera cuando se aprobó el primer Estatuto de Autonomía se reflejó su nombre y la aportación que Infante había realizado para la consecución de un Estatuto, que el levantamiento militar de 1936 había malogrado. Hubieron de transcurrir unos años para que ello ocurriese.
Pero el legado de Infante es mucho más que una declaración institucional, vacía de reivindicación, como si ya se hubiesen superado todas las metas que lastran muchos aspectos de la vida andaluza.
Reducir, como hace el discurso de sectores conservadores andaluces, la figura del notario de Casares a la de «un hombre bueno», que sin duda lo fue, no es suficiente. Aceptar lo que supuso su pensamiento, su compromiso, es otra cosa. Ofrecer una imagen ambigua de Blas Infante y celebrarlo en conmemoraciones oficiales no se corresponde con lo que significó su lucha. No hay nada más que recurrir a sus escritos para comprobar que era otra cosa muy distinta.
El compromiso del titulado como padre de la patria andaluza, estaba con las clases humildes, con los jornaleros, con la elevación de una tierra maltratada para hacer valer su extraordinaria cultura. Y si no caló su discurso en esos años, fue, entre otras cuestiones, por la enorme raigambre que en ese sector tenía el anarcosindicalismo con su especificidad andaluza, así como a la falta de compromiso de la mayor parte de la pequeña burguesía liberal.
Humanista, intelectual de talla había estudiado a fondo y con enorme amor las raíces históricas y culturales andaluzas. Su actitud insobornable, le permitía, cuando era necesario, ser crítico con la República, en la que tenía depositadas las esperanzas de un verdadero cambio para su tierra.
Recuperar la identidad de un pueblo sumido en la miseria y la de su ancestral cultura, dotándolo de un autogobierno, chocaba con los intereses de los poderosos, de los explotadores. No, la ideología de Infante, su pensamiento avanzado es un aldabonazo contra las injusticias, y en absoluto encaja con el neoliberalismo actual. Su federalismo, reconociendo la singularidad de los territorios españoles, está muy alejado de los que proclaman a Andalucía como «la más España de las Españas», en el intento de adormecer una conciencia propia, como parte del discurso centralista.
En sus postulados, tiene el pueblo andaluz los valores más sanos, la mejor respuesta tanto a las voces que llegan de los nacionalismos periféricos excluyentes, como del nacionalismo centralista, que quiere seguir jugando la carta de la utilización de Andalucía en función de los intereses partidistas.
A tal efecto, la reactivación del papel de Andalucía pasa por retomar la conciencia de las luchas del 4 de diciembre de 1977 y el 28 de febrero de 1980, lo que el profesor Pérez Trujillano calificó como el «patrimonio constitucional andaluz».
Hace tiempo que esa carencia de poder, no sólo ha rebajado a la comunidad andaluza, perdiendo protagonismo en el marco estatal, sino que la ha convertido en correa de transmisión de lo dictado en Madrid por el centralismo político en cada caso.
Está bien que personas de diferente ideología entiendan el patrimonio de Infante como un bien para Andalucía, pero que no se sustraiga la esencia de su idea. La que nos dice que la Autonomía es un logro, un tránsito necesario, pero no el fin de la Andalucía que importa.
Comentarios