El verano ha quedado literalmente desmantelado a partir del momento que cientos de personas se tiran al mar y no saben nadar. Eso ya no son las vacaciones soñadas y romantizadas, con sal formando escamas en la piel bronceada cerca del chiringuito y pensando en el vermú. El verano que tanto amamos, lleno de novelas que nos hacían hilar significados y sentidos, quedó destrozado en granitos de arena después de una Ayuso diciendo que Sánchez “permitió” la invasión desde Marruecos “para tapar sus juicios y sus vergüenzas”, y cuánta gente creyéndola, en una mezcla de analfabetismo, estupidez e insania intelectual.
No es solo que ya las gambas no sabrán igual, ni las olivas, ni que el vermú sabe rancio solo de pensar en la cantidad de personas ahogadas por la locura de seres deshumanos que lanzaron-al-mar-a-personas-peones-de-su-ajedrez. Es demoledor que haya tanta gente de bandera aceptando mentiras y estupideces; que votan en gran número por esos mercachifles de muerte, de personas y antes de árboles, en nombre del ahorro. El austericidio mata la naturaleza y asesina partes vitales de muchos corazones, ya antes amojamados. Ni siquiera en términos puramente matemáticos podemos prescindir de løs llamadøs migrantes, pero hay demasiada gente que no sabe ni sumar y le pone ideología a la resta para que le salga el resultado deseado.
Matemáticas y verano, como en aquellas películas del franquismo vacacionista, eran la negación de las vacaciones y servían para chistes con los que ya entonces no se producía mucha gracia.
En medio de toda esta locura, y de una vecina que llama por teléfono urgiendo a que pusiéramos la televisión, “que nos están invadiendo”, me fui al museo, más por la exposición que por el aire acondicionado. Aunque todo el mundo no deje de rezongar contra el calor, donde yo me encuentro corre la brisa y las temperaturas son claramente inferiores a las del año pasado, aunque las memorias sean lentas para lo que a las ideologías, a las supersticiones y al culto del malestar les convenga. Sí, se cultiva el malestar: es moderno protestar y quejarse, además de dañino para la salud.
Al museo. Decía que me fui al museo, que por cierto reproduce el ambiente y las imágenes de un manicomio; como suena. Este museo reproduce incluso la inquietante emoción de la persecución paranoica: desde el primer momento, el vigilante se te va apareciendo, con sigilo, en la sala en la que acabas de llegar y te sonríe. Una actitud de desconfianza y no solo performativa: por supuesto que desconfían de ti y creen que podrías causar algún daño. De otro modo, en esta y en todas sus exposiciones, no habría esa actitud de los vigilantes que no conozco en ninguna otra casa de exposiciones. La exposición es una narrativa vivaz de las vidas escondidas de un sinfín de mujeres que habitaron aquel manicomio de Valencia, el de Bétera. Un relato visual de las vidas olvidadas de una vida, la que todas vivían en aquel lugar, y que ahora se puede recordar. “Espejo del mundo”.
Del museo al bar, a tomar una caña por un euro y cincuenta, con tapa. Uno de esos bares donde se discute el mundo y donde la gente, aun sin el calor sofocante del que, sin embargo, protesta de calor. El verano que era un lugar en el mundo con menos malestar entre los ociosos y vacacionistas, se ha convertido en un lugar hostil, incluso donde no hay incendios ni calores excesivos. Veranos en el norte son hoy los más queridos, y los veranos al sol achicharrante los más visitados. Se tiene la memoria de un pez, para poder repetir todos los años lo mismo y conscientes de la propia estupidez se renueva la protesta como si la situación fuera una novedad.
El verano ha quedado literalmente desmantelado a partir del momento que cientos de personas se tiran al mar y no saben nadar. Eso ya no son las vacaciones soñadas y romantizadas, con sal formando escamas en la piel bronceada cerca del chiringuito y pensando en el vermú. El verano que tanto amamos, lleno de novelas que nos hacían hilar significados y sentidos, quedó destrozado en granitos de arena después de una Ayuso diciendo que Sánchez “permitió” la invasión desde Marruecos “para tapar sus juicios y sus vergüenzas”, y cuánta gente creyéndola, en una mezcla de analfabetismo, estupidez e insania intelectual.
No es solo que ya las gambas no sabrán igual, ni las olivas, ni que el vermú sabe rancio solo de pensar en la cantidad de personas ahogadas por la locura de seres deshumanos que lanzaron-al-mar-a-personas-peones-de-su-ajedrez. Es demoledor que haya tanta gente de bandera aceptando mentiras y estupideces; que votan en gran número por esos mercachifles de muerte, de personas y antes de árboles, en nombre del ahorro. El austericidio mata la naturaleza y asesina partes vitales de muchos corazones, ya antes amojamados. Ni siquiera en términos puramente matemáticos podemos prescindir de løs llamadøs migrantes, pero hay demasiada gente que no sabe ni sumar y le pone ideología a la resta para que le salga el resultado deseado.
Matemáticas y verano, como en aquellas películas del franquismo vacacionista, eran la negación de las vacaciones y servían para chistes con los que ya entonces no se producía mucha gracia.
En medio de toda esta locura, y de una vecina que llama por teléfono urgiendo a que pusiéramos la televisión, “que nos están invadiendo”, me fui al museo, más por la exposición que por el aire acondicionado. Aunque todo el mundo no deje de rezongar contra el calor, donde yo me encuentro corre la brisa y las temperaturas son claramente inferiores a las del año pasado, aunque las memorias sean lentas para lo que a las ideologías, a las supersticiones y al culto del malestar les convenga. Sí, se cultiva el malestar: es moderno protestar y quejarse, además de dañino para la salud.
Al museo. Decía que me fui al museo, que por cierto reproduce el ambiente y las imágenes de un manicomio; como suena. Este museo reproduce incluso la inquietante emoción de la persecución paranoica: desde el primer momento, el vigilante se te va apareciendo, con sigilo, en la sala en la que acabas de llegar y te sonríe. Una actitud de desconfianza y no solo performativa: por supuesto que desconfían de ti y creen que podrías causar algún daño. De otro modo, en esta y en todas sus exposiciones, no habría esa actitud de los vigilantes que no conozco en ninguna otra casa de exposiciones. La exposición es una narrativa vivaz de las vidas escondidas de un sinfín de mujeres que habitaron aquel manicomio de Valencia, el de Bétera. Un relato visual de las vidas olvidadas de una vida, la que todas vivían en aquel lugar, y que ahora se puede recordar. “Espejo del mundo”.
Del museo al bar, a tomar una caña por un euro y cincuenta, con tapa. Uno de esos bares donde se discute el mundo y donde la gente, aun sin el calor sofocante del que, sin embargo, protesta de calor. El verano que era un lugar en el mundo con menos malestar entre los ociosos y vacacionistas, se ha convertido en un lugar hostil, incluso donde no hay incendios ni calores excesivos. Veranos en el norte son hoy los más queridos, y los veranos al sol achicharrante los más visitados. Se tiene la memoria de un pez, para poder repetir todos los años lo mismo y conscientes de la propia estupidez se renueva la protesta como si la situación fuera una novedad.
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