La vida está repleta de intangibles. De todos ellos, los que menos suelen asomar la cabeza, por desgracia, son las sorpresas agradables. Al hilo de ello, hace unos días fui bendecido con uno de esos regalos que uno ni espera ni ve venir. Serían las siete y pico de la tarde cuando mi móvil alertó de una notificación de WhatsApp. Ojalá alguien hubiera captado mi cara de perfecto imbécil ante tamaño asombro: era mi amigo Juan, mi amigo de la adolescencia, mi alma gemela, de quien no sabía absolutamente nada desde hacía algo más de veinte años.
Juan fusiló mi perplejidad con una fotografía. Una imagen de la época, capturada con una de esas cámaras de entonces, con sus imperfecciones y su halo entrañable. El texto que la acompañaba no pudo ser más certero ni oportuno: "La única foto con algo de sentido en todo el carrete". Que es precisamente la que acompaña y da sentido a este pensamiento hecho columna.
Y ahí andábamos, congelados en el tiempo como dos pipiolos en pleno brote de acné, desaforados y henchidos de euforia en medio de un concierto de los Judas Priest, celebrado en el patio del colegio San Felipe Neri, en Cádiz. Fue uno de esos veranos irrepetibles, de esos que el paso del tiempo y la madurez han ido erosionando poco a poco, hasta dejar únicamente el dulzor amargo de la añoranza y la certeza de que nunca volveremos a ser tan inmensamente libres.
Lo que vino después de aquella notificación fue una conversación que se prolongó durante un buen rato y días posteriores. Nos pusimos al día a trompicones, replicando anécdotas que fuimos sacando una a una del polvoriento baúl de los recuerdos, riéndonos de nuestras propias torpezas juveniles como si las décadas de silencio jamás hubieran existido.
Soy de los que tienen el firme convencimiento de que las personas no cruzan nuestro camino por casualidad. Todas aparecen en nuestra vida en el momento justo, con una finalidad concreta y con un propósito por cumplir. Perder el contacto con Juan durante estos veintipico años no fue un proceso indoloro, y mentiría si no dijera que, en los momentos difíciles, lo eché de menos en multitud de ocasiones. No le culpo en absoluto, ni me culpo a mí mismo. La vida y sus laberínticos vericuetos nos arrastraron a cada uno por senderos radicalmente distintos, obligándonos a sobrevivir, a crecer y a equivocarnos en universos paralelos.
Sin embargo, gracias a esta deliciosa y providencial coincidencia, a mis cuarenta y seis años he sido testigo directo de algo sumamente valioso: la constatación empírica de que la verdadera amistad no se oxida, no caduca y perdura por encima de todo y de todos.
Aquella foto de los Judas Priest en el patio de San Felipe Neri no fue meramente un ejercicio de nostalgia barata. Fue una tabla de salvación arrojada en medio del océano de la madurez. Una prueba fehaciente de que hay vínculos que desafían el mapa temporal y que, por muchos kilómetros o años que se interpongan, el afecto genuino sobrevive agazapado, esperando el momento exacto para volver a encender la chispa. Que la vida nos guarde siempre sorpresas así.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
La vida está repleta de intangibles. De todos ellos, los que menos suelen asomar la cabeza, por desgracia, son las sorpresas agradables. Al hilo de ello, hace unos días fui bendecido con uno de esos regalos que uno ni espera ni ve venir. Serían las siete y pico de la tarde cuando mi móvil alertó de una notificación de WhatsApp. Ojalá alguien hubiera captado mi cara de perfecto imbécil ante tamaño asombro: era mi amigo Juan, mi amigo de la adolescencia, mi alma gemela, de quien no sabía absolutamente nada desde hacía algo más de veinte años.
Juan fusiló mi perplejidad con una fotografía. Una imagen de la época, capturada con una de esas cámaras de entonces, con sus imperfecciones y su halo entrañable. El texto que la acompañaba no pudo ser más certero ni oportuno: "La única foto con algo de sentido en todo el carrete". Que es precisamente la que acompaña y da sentido a este pensamiento hecho columna.
Y ahí andábamos, congelados en el tiempo como dos pipiolos en pleno brote de acné, desaforados y henchidos de euforia en medio de un concierto de los Judas Priest, celebrado en el patio del colegio San Felipe Neri, en Cádiz. Fue uno de esos veranos irrepetibles, de esos que el paso del tiempo y la madurez han ido erosionando poco a poco, hasta dejar únicamente el dulzor amargo de la añoranza y la certeza de que nunca volveremos a ser tan inmensamente libres.
Lo que vino después de aquella notificación fue una conversación que se prolongó durante un buen rato y días posteriores. Nos pusimos al día a trompicones, replicando anécdotas que fuimos sacando una a una del polvoriento baúl de los recuerdos, riéndonos de nuestras propias torpezas juveniles como si las décadas de silencio jamás hubieran existido.
Soy de los que tienen el firme convencimiento de que las personas no cruzan nuestro camino por casualidad. Todas aparecen en nuestra vida en el momento justo, con una finalidad concreta y con un propósito por cumplir. Perder el contacto con Juan durante estos veintipico años no fue un proceso indoloro, y mentiría si no dijera que, en los momentos difíciles, lo eché de menos en multitud de ocasiones. No le culpo en absoluto, ni me culpo a mí mismo. La vida y sus laberínticos vericuetos nos arrastraron a cada uno por senderos radicalmente distintos, obligándonos a sobrevivir, a crecer y a equivocarnos en universos paralelos.
Sin embargo, gracias a esta deliciosa y providencial coincidencia, a mis cuarenta y seis años he sido testigo directo de algo sumamente valioso: la constatación empírica de que la verdadera amistad no se oxida, no caduca y perdura por encima de todo y de todos.
Aquella foto de los Judas Priest en el patio de San Felipe Neri no fue meramente un ejercicio de nostalgia barata. Fue una tabla de salvación arrojada en medio del océano de la madurez. Una prueba fehaciente de que hay vínculos que desafían el mapa temporal y que, por muchos kilómetros o años que se interpongan, el afecto genuino sobrevive agazapado, esperando el momento exacto para volver a encender la chispa. Que la vida nos guarde siempre sorpresas así.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
Comentarios