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Opinión

El vértigo de una firma vacía

Las grandes figuras quedan estupendas en un cartel. Pero los escritores no son nombres que se contratan para decorar programas culturales. Son personas a las que hemos pedido que vengan

  • Una conferencia en una edición pasada de la Feria del Libro de Cádiz.

Hace unos meses escribí en este mismo medio sobre el vértigo de una sala vacía. Íbamos a recibir a María José Solano y, para complicar un poco más las cosas, aquel día Jerez estaba entregado a las zambombas. Una organiza una presentación, invita a una autora a desplazarse hasta su ciudad, prepara el acto, lo anuncia y, cuando se acerca la hora, empieza a preguntarse si habrá alguien sentado al otro lado. Afortunadamente lo hubo.

Desde entonces hemos organizado bastantes actividades y hemos participado en varias ferias del libro, organizadas por ayuntamientos o empresas privadas. La experiencia me ha hecho descubrir que más allá del vértigo de una sala vacía, no hay nada peor en este tipo de actividades que ver a un escritor sentado durante una hora ante una mesa de firmas mientras todo el mundo pasa por delante y nadie se acerca. Y es que traer a un autor implica una responsabilidad.

Hace poco recibimos a Juan Ramón Biedma y el público estuvo compuesto prácticamente por miembros de nuestra propia sociedad. Somos ya 114 socios, aunque, evidentemente, no vienen todos a cada actividad. Hay quienes
simplemente apoyan nuestra labor y hay un grupo que aparece casi siempre, sea quien sea el invitado. Aquella tarde fueron suficientes para llenar la sala y ofrecer al autor el recibimiento que merecía.

Pero este año he visto otras situaciones que me han hecho reflexionar mucho sobre cómo se organizan determinados encuentros literarios. He asistido a presentaciones aparentemente llenas porque se celebraban en mitad de la plaza de un pueblo. Había gente sentada, personas que se detenían mientras paseaban y curiosos que escuchaban durante un rato. La fotografía era estupenda. Después llegaba el turno de firmas y el autor se sentaba en una caseta durante una hora sin que prácticamente nadie se acercara. Y es entonces cuando uno comprende que llenar sillas no significa necesariamente tener lectores.

También he visto programas modificados sobre la marcha, autores que desaparecían del cartel o cambiaban de día y hora cuando la publicidad llevaba semanas circulando. Se anuncia después en redes sociales y parece que con eso basta, pero no siempre es así. Si alguien vive en otra localidad y ha organizado su desplazamiento para conocer a su escritor favorito, o ha cuadrado sus turnos de trabajo para poder acudir el sábado porque así figuraba en el programa, comunicar el jueves por Instagram que finalmente firmará el domingo no soluciona demasiado. Organizar una feria del libro exige algo más que conseguir una lista espectacular de nombres.

En algunas poblaciones he tenido la sensación de que el cartel estaba pensado para demostrar la capacidad del organizador para traer grandes figuras, como si acumular autores conocidos justificara por sí mismo una licitación o garantizara el éxito del evento. Pero después llega la realidad. Quizá esa localidad no tiene suficientes lectores interesados en esos escritores. Quizá no se ha trabajado previamente para atraerlos. Quizá el público acude a la feria porque está en la plaza, porque hay actividades, porque paseaba por allí o porque simplemente quiere pasar la tarde. Y nada de eso tiene nada de malo. El problema es sentar después a un escritor ante una pila de sus propios libros y esperar que ocurra el milagro.

Imagino que cualquiera que haya publicado alguna vez entenderá la sensación. Estar sentado detrás de una mesa viendo pasar personas que no saben quién eres, o que sí lo saben pero no tienen ningún interés en acercarse, debe de producir una mezcla bastante desagradable de impotencia, apuro y hasta vergüenza. Y cuanto más conocido sea el autor, más evidente puede resultar el fracaso de la organización.

También he visto presentaciones casi vacías en las que los asistentes eran fundamentalmente familiares del escritor y de quien lo presentaba. En la fotografía posterior todo puede disimularse buscando el encuadre adecuado, pero
quienes estábamos allí sabemos lo que había. Por eso creo que organizar cultura requiere también cierta honestidad. No necesitamos tener al escritor más famoso que permita el presupuesto, sino al autor para el que podamos encontrar lectores. Jerez lleva varios años apostando por grandes nombres y autores superventas, pero lo hace en una ciudad donde existe un público lector capaz de responder a esa apuesta. Recordemos a Megan Maxwell, cuya presentación comenzó a las siete de la tarde en los Claustros de Santo Domingo y terminó con la autora firmando libros hasta la una de la madrugada. Traer grandes figuras no es el problema cuando hay lectores esperando para recibirlas. Hay que conocer el lugar, trabajar previamente con librerías, clubes de lectura, bibliotecas y asociaciones, promocionar cada visita y, sobre todo, respetar al invitado lo suficiente como para preguntarnos qué va a
ocurrir cuando llegue.

Porque conseguir que un autor acepte una invitación puede ser relativamente sencillo. Lo difícil empieza después. Hay que conseguir que alguien quiera escucharlo, que alguien haya leído sus libros, que alguien tenga curiosidad por descubrirlos y, cuando termine la charla, que haya personas esperando con un ejemplar entre las manos.

Las grandes figuras quedan estupendas en un cartel. Pero los escritores no son nombres que se contratan para decorar programas culturales. Son personas a las que hemos pedido que vengan. Y, si somos nosotros quienes los invitamos, también somos responsables de que al llegar encuentren a alguien esperándolos.

Hace unos meses escribí en este mismo medio sobre el vértigo de una sala vacía. Íbamos a recibir a María José Solano y, para complicar un poco más las cosas, aquel día Jerez estaba entregado a las zambombas. Una organiza una presentación, invita a una autora a desplazarse hasta su ciudad, prepara el acto, lo anuncia y, cuando se acerca la hora, empieza a preguntarse si habrá alguien sentado al otro lado. Afortunadamente lo hubo.

Desde entonces hemos organizado bastantes actividades y hemos participado en varias ferias del libro, organizadas por ayuntamientos o empresas privadas. La experiencia me ha hecho descubrir que más allá del vértigo de una sala vacía, no hay nada peor en este tipo de actividades que ver a un escritor sentado durante una hora ante una mesa de firmas mientras todo el mundo pasa por delante y nadie se acerca. Y es que traer a un autor implica una responsabilidad.

Hace poco recibimos a Juan Ramón Biedma y el público estuvo compuesto prácticamente por miembros de nuestra propia sociedad. Somos ya 114 socios, aunque, evidentemente, no vienen todos a cada actividad. Hay quienes
simplemente apoyan nuestra labor y hay un grupo que aparece casi siempre, sea quien sea el invitado. Aquella tarde fueron suficientes para llenar la sala y ofrecer al autor el recibimiento que merecía.

Pero este año he visto otras situaciones que me han hecho reflexionar mucho sobre cómo se organizan determinados encuentros literarios. He asistido a presentaciones aparentemente llenas porque se celebraban en mitad de la plaza de un pueblo. Había gente sentada, personas que se detenían mientras paseaban y curiosos que escuchaban durante un rato. La fotografía era estupenda. Después llegaba el turno de firmas y el autor se sentaba en una caseta durante una hora sin que prácticamente nadie se acercara. Y es entonces cuando uno comprende que llenar sillas no significa necesariamente tener lectores.

También he visto programas modificados sobre la marcha, autores que desaparecían del cartel o cambiaban de día y hora cuando la publicidad llevaba semanas circulando. Se anuncia después en redes sociales y parece que con eso basta, pero no siempre es así. Si alguien vive en otra localidad y ha organizado su desplazamiento para conocer a su escritor favorito, o ha cuadrado sus turnos de trabajo para poder acudir el sábado porque así figuraba en el programa, comunicar el jueves por Instagram que finalmente firmará el domingo no soluciona demasiado. Organizar una feria del libro exige algo más que conseguir una lista espectacular de nombres.

En algunas poblaciones he tenido la sensación de que el cartel estaba pensado para demostrar la capacidad del organizador para traer grandes figuras, como si acumular autores conocidos justificara por sí mismo una licitación o garantizara el éxito del evento. Pero después llega la realidad. Quizá esa localidad no tiene suficientes lectores interesados en esos escritores. Quizá no se ha trabajado previamente para atraerlos. Quizá el público acude a la feria porque está en la plaza, porque hay actividades, porque paseaba por allí o porque simplemente quiere pasar la tarde. Y nada de eso tiene nada de malo. El problema es sentar después a un escritor ante una pila de sus propios libros y esperar que ocurra el milagro.

Imagino que cualquiera que haya publicado alguna vez entenderá la sensación. Estar sentado detrás de una mesa viendo pasar personas que no saben quién eres, o que sí lo saben pero no tienen ningún interés en acercarse, debe de producir una mezcla bastante desagradable de impotencia, apuro y hasta vergüenza. Y cuanto más conocido sea el autor, más evidente puede resultar el fracaso de la organización.

También he visto presentaciones casi vacías en las que los asistentes eran fundamentalmente familiares del escritor y de quien lo presentaba. En la fotografía posterior todo puede disimularse buscando el encuadre adecuado, pero
quienes estábamos allí sabemos lo que había. Por eso creo que organizar cultura requiere también cierta honestidad. No necesitamos tener al escritor más famoso que permita el presupuesto, sino al autor para el que podamos encontrar lectores. Jerez lleva varios años apostando por grandes nombres y autores superventas, pero lo hace en una ciudad donde existe un público lector capaz de responder a esa apuesta. Recordemos a Megan Maxwell, cuya presentación comenzó a las siete de la tarde en los Claustros de Santo Domingo y terminó con la autora firmando libros hasta la una de la madrugada. Traer grandes figuras no es el problema cuando hay lectores esperando para recibirlas. Hay que conocer el lugar, trabajar previamente con librerías, clubes de lectura, bibliotecas y asociaciones, promocionar cada visita y, sobre todo, respetar al invitado lo suficiente como para preguntarnos qué va a
ocurrir cuando llegue.

Porque conseguir que un autor acepte una invitación puede ser relativamente sencillo. Lo difícil empieza después. Hay que conseguir que alguien quiera escucharlo, que alguien haya leído sus libros, que alguien tenga curiosidad por descubrirlos y, cuando termine la charla, que haya personas esperando con un ejemplar entre las manos.

Las grandes figuras quedan estupendas en un cartel. Pero los escritores no son nombres que se contratan para decorar programas culturales. Son personas a las que hemos pedido que vengan. Y, si somos nosotros quienes los invitamos, también somos responsables de que al llegar encuentren a alguien esperándolos.

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