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Opinión

Irreligión y racionalismo frente a papanatismo

Por ser cizañero, puestos a proponer creencias lo mismo habría que renovar un neopaganismo o rescatar la mitología clásica grecolatina

  • Una corona de flores del Papa en el puerto de Arguineguín.

Papanatismo se define como “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica” (RAE). Como agnóstico, apóstata y antirreligioso, me encuentro en ese teórico 40% de la población española “no religiosa” que se reparte entre ateos, agnósticos y no creyentes, un fenómeno que podría anclarse en hechos históricos y políticos que irían desde el anticlericalismo, el republicanismo o el propio anarquismo. En mi caso la conclusión es puramente racional y decantadora de una fe inicial que afortunadamente pude extirpar, siguiendo las trazas ilustradas de Voltaire o Diderot y hasta el nihilismo existencialista del amigo Nietzsche. No fue un proceso fácil porque el sustrato social y la doctrinante formación religiosa son elementos complicados de sortear en la deseada y necesaria desconexión o evolución vital.

La constitución actual que ni pude votar ni votaría, declara en su artículo 16 la "aconfesionalidad del Estado", recalcando que "ninguna confesión tendrá carácter estatal". Debo estar en una realidad paralela estos días porque la impresión general es la de una epifanía colectiva que roza la mojigatería transversal de estamentos. Los publirreportajes laudatorios (que no informativos), de cadenas públicas y privadas de toda tendencia ideológica han saturado hasta la extenuación un personaje que independientemente que represente a una determinada doctrina (considerarlo jefe de estado no deja de ser falaz), no debiera tener el desorbitado dispendio y nivel de atención recibido. Honores militares o privilegiado discurso en el parlamento con interminable aplauso no parece remitir al carácter secular de nuestras instituciones y sí a una falsa aconfesionalidad que sin duda aumenta la visibilidad y propaganda de una religiosidad concreta…ya me gustaría tener un representante irreligioso con un púlpito y cobertura mediática similar. Recordemos que el ideario de un estado laico establecería una separación estricta de las estructuras políticas del hecho religioso, mientras que el carácter aconfesional implica que no existe una religión oficial, aunque el gobierno pueda cooperar y financiar instituciones religiosas: ni lo uno ni lo otro se produce realmente.

Indaguen en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes sobre el conjunto de religiones admitidas en nuestro país y los trámites para inscribir alguna novedosa. Pregúntense sobre la sutil diferencia entre secta y religión y si muchas de esas entidades religiosas permitirían en sus marcos geográficos-culturales referenciales que existiera por ejemplo una asociación agnóstica o atea. La denostada civilización europea-occidental -mal que le pese a retrógrados o multiculturalistas trasnochados- ha sido la cuna de la libertad de pensamiento y de los valores universales y democráticos (o por lo menos se ha intentado), pero eso lleva un peaje que se traduce en una permisividad envenenada que, dependiendo del crecimiento demográfico particular generará un vuelco conceptual en un plazo relativamente corto.

Según el CIS un 52 % de la población española se dice católico, entrando todas las variantes con un laxo filtro, porque parece que de aquellos solo un 16% sería cumplidor escrupuloso de las obligaciones como creyentes. Del resto, cada uno hace de su capa un sayo y da igual no creer en los dogmas pertinentes, utilizar métodos anticonceptivos, ser homosexual o tener una visión de absoluta iconodulía, porque el manto de la Santa Sede acoge a todos…entre otras cosas porque conviene hacer bulto e interesa mantener los privilegios suscritos en 1979 y los convenios pactados en diferentes ámbitos con la Conferencia Episcopal Española. Como este chollo depende y evidencia la presión que se pueda hacer, otras confesiones también han conseguido meter cazo en el puchero, resultando como más notorias la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, la Federación de Comunidades Judías de España o la Comisión Islámica de España. Como educador siempre me acuerdo de una viñeta del El Roto donde dos niños en un pupitre comentaban: “si en los colegios laicos dan clase de religión, ¿por qué en los religiosos no dan clases de laicismo? ¡eso digo yo!”

Acabo de mencionar a evangélicos y resulta interesante la casi coincidencia temporal del trumpista Franklin Graham y su “Festival de la Esperanza”, bendiciendo a una comunidad que en España tiene un fuerte arraigo en la población de origen latinoamericano, que va en aumento vertiginoso y que ha sido determinante en cambios políticos ultras para personajes tan lamentables como Jair Bolsonaro. Pero no pasa nada…que las izquierdas sigan pensando que los cambios migratorios supondrán un giro por el bien común. Sigamos con otro ejemplo de aritmética fácil: con una idiosincrasia que otorga a la mujer un papel tradicional como esposa y madre prolífica, la población musulmana en España ha alcanzado 2.5 millones de habitantes (es decir un 5% de los habitantes), pero tienen tasas de crecimiento demográfico que superan con creces a una población digamos autóctona, que envejece y fallecerá a marchas forzadas en las próximas décadas. Como ha ocurrido en países con políticas aperturistas y de acogimiento migratorio inicial (Suecia, Holanda o Alemania), el choque y desencuentro en valores comunes va en aumento, frente a un progresismo desorientado que debería tomar nota y ejercicio de conciencia sobre el destino que llevamos.

Sin remilgos ni prejuicios gratuitos, denotativamente estas circunstancias implican una tendencia clara en la sustitución poblacional y por tanto en el tipo de pensamiento e ideología pluralista. Para las pieles sensibles que pudieran ver un análisis sectario, en realidad todas las grandes religiones han estado y suelen estar asociadas al poder y a la homogeneidad como concepto de imposición dogmática. Un agnóstico como el que escribe trataría de convencer por la razón al ciudadano cercano de lo que es obvio: la demostrabilidad empírica de cualquier fe es inviable y la razón y los valores universales deberían ser el único criterio de encaje común, lo que sintiéndolo mucho dictamina que es una contradicción nuclear pensar que las religiones y las culturas son compatibles por defecto. Un sistema educativo y social abierto es a priori conmovedor, pero esconde una bomba de relojería que a medio plazo dinamitará esa disposición falsamente tolerante. Ni siquiera hay que citar aberraciones como el ISIS o los talibanes para entender este sinsentido: cuando Trump es bendecido por un grupo de pastores evangélicos en el despacho oval, los líderes de Israel reivindican el carácter mesiánico del pueblo elegido para ejecutar limpiezas étnicas o Putin pide la bendición del patriarca de Moscú y de todas las Rusias para su “operación militar especial”, tenemos la ejemplificación perfecta de la irracionalidad humana en su máximo esplendor histórico.

Por ser cizañero, puestos a proponer creencias lo mismo habría que renovar un neopaganismo o rescatar la mitología clásica grecolatina. Con permiso de las Arpías de las Islas Estrófades y la Sibila de Cumas y sin dialéctica retorcida, conviene recordar que nuestra civilización europea (antes que el cristianismo), tiene una cimentación clásica reconvertida sucesivamente. Cayo Julio César, pero sobre todo Augusto (que encarga a Virgilio La Eneida) necesitaban una base divina para consolidar Roma como imperio. La conexión perfecta se encuentra en personajes como Hércules-Heracles y en poetas como Ovidio, Horacio y claramente Homero: la Guerra de Troya-Ιlión el héroe Odiseo-Ulises con su vuelta a Ítaca, y especialmente Eneas (cuya madre es Afrodita-Venus), en un periplo con su hijo Ascanio y su padre Anquises portan los Lares, los Penate y el Paladio hasta el mismo Lacio, cerrando el círculo de una estirpe que desembocará en Rómulo y Remo. Quizás deberíamos venerar el Lavinium y sus treces altares junto al Heroon de Eneas, tener esculturas públicas de la loba Luperca, peregrinar al Pomerium Romuli en el Palatinus Mons o santificar los restos del templo Júpiter Óptimo Máximo Capitolino. Corolario: no parece casualidad que no muy lejos de estos lugares el enterramiento de un tal Pedro terminara por capitalizar un poderoso imperio con una religión emergente que pasaría a oficial, refundiendo tríadas paganas o mitos de niños salvados (Moisés o los propios Rómulo y Remo a semejanza de un tal Jesús de Nazaret librado de la Matanza de los Inocentes).

Terminamos con una rápida crónica y análisis de la visita de León XIV, empezando por el ostentoso crisol con nuestra monarquía que una vez más sale publicitariamente reforzada. Veteranos comentaristas describen la indumentaria real con trascendencia servil…que si traje sobrio y corbata del rey, que si blanco pureza para la reina, que colores pastel para las infantas como a su edad corresponde, etc. La ranciedad boba traspasa lo estético para centrarnos en un discurso que al menos es coherente con el portador, pero que milagrosamente (no podía ser de otra forma), hace que todas las fuerzas políticas de este país se den por satisfechas y encajadas. Aparte de la aburridísima obviedad de la necesidad del diálogo y el acercamiento, extrañamente todos se felicitan y no parecen recordar sus perfiles propios cuando el pontífice habla de migrantes, aborto, eutanasia, educación a decisión de los padres, unidad o no polarización. Maravilla divina que derechas, izquierdas e independentistas se congratulen en su desmemoria temporal. La semanita de viaje apostólico ha dado de sí para bendecir centenares de bebés acercados a la comitiva, para proponer la beatificación de Gaudí y hasta para entrevistarse con Bud Bunny (creemos que no ha sido en “la casita”). Del colectivo LGBT+, de las victimas de abuso sexual por miembros de la Iglesia Católica o de memoria histórica no ha sido posible encontrar mucho hueco en la agenda papal.

Me van a perdonar, pero prefiero apostar por Carl Sagan, Stephen Hawking o José Saramago que por hechizos, milagros y fe ciega. Lo mismo los racionalistas acabamos condenados en el fuego eterno y tenían razón las distintas versiones religiosas, o tal vez la mayoría de los seres humanos no tienen capacidad o ganas para vivir solo con la razón, pero los irreligiosos tenemos el derecho y el deber a esgrimir la verdad empírica y argumentada como si estuviéramos en La balsa de la Medusa de Théodore Géricault. Asumo ser un ser maléfico por creer en la ciencia, el escepticismo crítico y la prueba tangible para establecer las reglas de una ética común y universal.

Papanatismo se define como “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica” (RAE). Como agnóstico, apóstata y antirreligioso, me encuentro en ese teórico 40% de la población española “no religiosa” que se reparte entre ateos, agnósticos y no creyentes, un fenómeno que podría anclarse en hechos históricos y políticos que irían desde el anticlericalismo, el republicanismo o el propio anarquismo. En mi caso la conclusión es puramente racional y decantadora de una fe inicial que afortunadamente pude extirpar, siguiendo las trazas ilustradas de Voltaire o Diderot y hasta el nihilismo existencialista del amigo Nietzsche. No fue un proceso fácil porque el sustrato social y la doctrinante formación religiosa son elementos complicados de sortear en la deseada y necesaria desconexión o evolución vital.

La constitución actual que ni pude votar ni votaría, declara en su artículo 16 la "aconfesionalidad del Estado", recalcando que "ninguna confesión tendrá carácter estatal". Debo estar en una realidad paralela estos días porque la impresión general es la de una epifanía colectiva que roza la mojigatería transversal de estamentos. Los publirreportajes laudatorios (que no informativos), de cadenas públicas y privadas de toda tendencia ideológica han saturado hasta la extenuación un personaje que independientemente que represente a una determinada doctrina (considerarlo jefe de estado no deja de ser falaz), no debiera tener el desorbitado dispendio y nivel de atención recibido. Honores militares o privilegiado discurso en el parlamento con interminable aplauso no parece remitir al carácter secular de nuestras instituciones y sí a una falsa aconfesionalidad que sin duda aumenta la visibilidad y propaganda de una religiosidad concreta…ya me gustaría tener un representante irreligioso con un púlpito y cobertura mediática similar. Recordemos que el ideario de un estado laico establecería una separación estricta de las estructuras políticas del hecho religioso, mientras que el carácter aconfesional implica que no existe una religión oficial, aunque el gobierno pueda cooperar y financiar instituciones religiosas: ni lo uno ni lo otro se produce realmente.

Indaguen en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes sobre el conjunto de religiones admitidas en nuestro país y los trámites para inscribir alguna novedosa. Pregúntense sobre la sutil diferencia entre secta y religión y si muchas de esas entidades religiosas permitirían en sus marcos geográficos-culturales referenciales que existiera por ejemplo una asociación agnóstica o atea. La denostada civilización europea-occidental -mal que le pese a retrógrados o multiculturalistas trasnochados- ha sido la cuna de la libertad de pensamiento y de los valores universales y democráticos (o por lo menos se ha intentado), pero eso lleva un peaje que se traduce en una permisividad envenenada que, dependiendo del crecimiento demográfico particular generará un vuelco conceptual en un plazo relativamente corto.

Según el CIS un 52 % de la población española se dice católico, entrando todas las variantes con un laxo filtro, porque parece que de aquellos solo un 16% sería cumplidor escrupuloso de las obligaciones como creyentes. Del resto, cada uno hace de su capa un sayo y da igual no creer en los dogmas pertinentes, utilizar métodos anticonceptivos, ser homosexual o tener una visión de absoluta iconodulía, porque el manto de la Santa Sede acoge a todos…entre otras cosas porque conviene hacer bulto e interesa mantener los privilegios suscritos en 1979 y los convenios pactados en diferentes ámbitos con la Conferencia Episcopal Española. Como este chollo depende y evidencia la presión que se pueda hacer, otras confesiones también han conseguido meter cazo en el puchero, resultando como más notorias la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, la Federación de Comunidades Judías de España o la Comisión Islámica de España. Como educador siempre me acuerdo de una viñeta del El Roto donde dos niños en un pupitre comentaban: “si en los colegios laicos dan clase de religión, ¿por qué en los religiosos no dan clases de laicismo? ¡eso digo yo!”

Acabo de mencionar a evangélicos y resulta interesante la casi coincidencia temporal del trumpista Franklin Graham y su “Festival de la Esperanza”, bendiciendo a una comunidad que en España tiene un fuerte arraigo en la población de origen latinoamericano, que va en aumento vertiginoso y que ha sido determinante en cambios políticos ultras para personajes tan lamentables como Jair Bolsonaro. Pero no pasa nada…que las izquierdas sigan pensando que los cambios migratorios supondrán un giro por el bien común. Sigamos con otro ejemplo de aritmética fácil: con una idiosincrasia que otorga a la mujer un papel tradicional como esposa y madre prolífica, la población musulmana en España ha alcanzado 2.5 millones de habitantes (es decir un 5% de los habitantes), pero tienen tasas de crecimiento demográfico que superan con creces a una población digamos autóctona, que envejece y fallecerá a marchas forzadas en las próximas décadas. Como ha ocurrido en países con políticas aperturistas y de acogimiento migratorio inicial (Suecia, Holanda o Alemania), el choque y desencuentro en valores comunes va en aumento, frente a un progresismo desorientado que debería tomar nota y ejercicio de conciencia sobre el destino que llevamos.

Sin remilgos ni prejuicios gratuitos, denotativamente estas circunstancias implican una tendencia clara en la sustitución poblacional y por tanto en el tipo de pensamiento e ideología pluralista. Para las pieles sensibles que pudieran ver un análisis sectario, en realidad todas las grandes religiones han estado y suelen estar asociadas al poder y a la homogeneidad como concepto de imposición dogmática. Un agnóstico como el que escribe trataría de convencer por la razón al ciudadano cercano de lo que es obvio: la demostrabilidad empírica de cualquier fe es inviable y la razón y los valores universales deberían ser el único criterio de encaje común, lo que sintiéndolo mucho dictamina que es una contradicción nuclear pensar que las religiones y las culturas son compatibles por defecto. Un sistema educativo y social abierto es a priori conmovedor, pero esconde una bomba de relojería que a medio plazo dinamitará esa disposición falsamente tolerante. Ni siquiera hay que citar aberraciones como el ISIS o los talibanes para entender este sinsentido: cuando Trump es bendecido por un grupo de pastores evangélicos en el despacho oval, los líderes de Israel reivindican el carácter mesiánico del pueblo elegido para ejecutar limpiezas étnicas o Putin pide la bendición del patriarca de Moscú y de todas las Rusias para su “operación militar especial”, tenemos la ejemplificación perfecta de la irracionalidad humana en su máximo esplendor histórico.

Por ser cizañero, puestos a proponer creencias lo mismo habría que renovar un neopaganismo o rescatar la mitología clásica grecolatina. Con permiso de las Arpías de las Islas Estrófades y la Sibila de Cumas y sin dialéctica retorcida, conviene recordar que nuestra civilización europea (antes que el cristianismo), tiene una cimentación clásica reconvertida sucesivamente. Cayo Julio César, pero sobre todo Augusto (que encarga a Virgilio La Eneida) necesitaban una base divina para consolidar Roma como imperio. La conexión perfecta se encuentra en personajes como Hércules-Heracles y en poetas como Ovidio, Horacio y claramente Homero: la Guerra de Troya-Ιlión el héroe Odiseo-Ulises con su vuelta a Ítaca, y especialmente Eneas (cuya madre es Afrodita-Venus), en un periplo con su hijo Ascanio y su padre Anquises portan los Lares, los Penate y el Paladio hasta el mismo Lacio, cerrando el círculo de una estirpe que desembocará en Rómulo y Remo. Quizás deberíamos venerar el Lavinium y sus treces altares junto al Heroon de Eneas, tener esculturas públicas de la loba Luperca, peregrinar al Pomerium Romuli en el Palatinus Mons o santificar los restos del templo Júpiter Óptimo Máximo Capitolino. Corolario: no parece casualidad que no muy lejos de estos lugares el enterramiento de un tal Pedro terminara por capitalizar un poderoso imperio con una religión emergente que pasaría a oficial, refundiendo tríadas paganas o mitos de niños salvados (Moisés o los propios Rómulo y Remo a semejanza de un tal Jesús de Nazaret librado de la Matanza de los Inocentes).

Terminamos con una rápida crónica y análisis de la visita de León XIV, empezando por el ostentoso crisol con nuestra monarquía que una vez más sale publicitariamente reforzada. Veteranos comentaristas describen la indumentaria real con trascendencia servil…que si traje sobrio y corbata del rey, que si blanco pureza para la reina, que colores pastel para las infantas como a su edad corresponde, etc. La ranciedad boba traspasa lo estético para centrarnos en un discurso que al menos es coherente con el portador, pero que milagrosamente (no podía ser de otra forma), hace que todas las fuerzas políticas de este país se den por satisfechas y encajadas. Aparte de la aburridísima obviedad de la necesidad del diálogo y el acercamiento, extrañamente todos se felicitan y no parecen recordar sus perfiles propios cuando el pontífice habla de migrantes, aborto, eutanasia, educación a decisión de los padres, unidad o no polarización. Maravilla divina que derechas, izquierdas e independentistas se congratulen en su desmemoria temporal. La semanita de viaje apostólico ha dado de sí para bendecir centenares de bebés acercados a la comitiva, para proponer la beatificación de Gaudí y hasta para entrevistarse con Bud Bunny (creemos que no ha sido en “la casita”). Del colectivo LGBT+, de las victimas de abuso sexual por miembros de la Iglesia Católica o de memoria histórica no ha sido posible encontrar mucho hueco en la agenda papal.

Me van a perdonar, pero prefiero apostar por Carl Sagan, Stephen Hawking o José Saramago que por hechizos, milagros y fe ciega. Lo mismo los racionalistas acabamos condenados en el fuego eterno y tenían razón las distintas versiones religiosas, o tal vez la mayoría de los seres humanos no tienen capacidad o ganas para vivir solo con la razón, pero los irreligiosos tenemos el derecho y el deber a esgrimir la verdad empírica y argumentada como si estuviéramos en La balsa de la Medusa de Théodore Géricault. Asumo ser un ser maléfico por creer en la ciencia, el escepticismo crítico y la prueba tangible para establecer las reglas de una ética común y universal.

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