Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

En qué momento

Entre sermones, activismo y pantallas, aún sobrevive la bendita locura de Antonio Reguera

  • El músico y humorista Antonio Reguera, durante una entrevista en Cádiz. -

Nos despertamos una mañana cualquiera, abrimos los ojos, estiramos el brazo hacia la mesilla de noche y desbloqueamos la pantalla. En cuestión de segundos, un torrente de bilis, indignación empaquetada y eslóganes masticados nos golpea de lleno en el rostro. Es la rutina diaria de la era moderna, un ritual abominable en el que hemos sustituido el café matutino por una dosis de insidias y mal rollo. Y es ahí, en mitad de ese parpadeo anestesiado antes de salir de la cama, cuando a uno le da por pararse a pensar y preguntarse con amargura: ¿en qué momento nos ocurrió esto?

¿En qué momento los unos y los otros encontraron en las redes sociales la trinchera perfecta sobre la que librar batallas que conducen a ninguna parte y que, sin duda alguna, nos hacen peores? Recuerdo con amarga nostalgia aquella estirpe de civilización pobre, que aseguraba incrédula que tras la crisis del Covid-19 íbamos a salir mejores. Nos asomábamos a los balcones a aplaudir, cantábamos juntos en la distancia y nos consolábamos pensando que el aislamiento nos devolvería la empatía perdida.

Qué ingenuidad la nuestra. Nada más lejos, somos más despiadados, más vengativos y más violentos.

A pesar de que la pandemia pasó, la infección moral se quedó enquistada en el torrente sanguíneo de la sociedad.

En este panorama desolador, donde la crispación es la moneda de cambio y la indignación un estilo de vida, uno busca desesperadamente un refugio, un oasis de desconexión. Tradicionalmente, ese santuario siempre había sido la comedia. El arte supremo de relativizar la miseria humana a través de la carcajada.

Por eso la pregunta duele aún más: ¿en qué momento los humoristas dejaron de serlo?

La traición ha sido y es inconmensurable. Cuando más falta nos hacen, nos abandonan.

Ahora, los hay como Manu Sánchez, que han decidido pasar al activismo. Entrando, día sí y día también en esa guerra de guerrillas de las puñeteras redes sociales.

Aquel talento volcado en hacer reír, esa agilidad mental para el chiste refinado o el apunte ingenioso, parece haber sido empeñado por una especie de militancia de trinchera. 

Y es que, si hoy en día los que estaban para hacernos reír han sido sustituidos por justicieros de teclado táctil y pantalla de cristal líquido, mal vamos.

Menos mal que todavía nos queda el grande entre los grandes: El único e inigualable Antonio Reguera.

Porque en su humor de alta dimensión solo importa hacer reír a todos, a todas y a todes. Reguera pertenece a esa estirpe bendita de cómicos que entienden la risa como un acto de libertad absoluta, ajeno a las trincheras, a los dogmas y a los carnés de identidad. Antonio no se sube a un escenario a dar mítines, ni a impartir doctrina. No le interesa la guerra de guerrillas en 7 pulgadas de pantalla.

Por eso, si la cosa se pone color de hormiga, que la historia nos pille riendo, sin trincheras ni sermones, y que el único dogma sea la bendita locura de don Antonio Reguera y Agustina a los teclados.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

Nos despertamos una mañana cualquiera, abrimos los ojos, estiramos el brazo hacia la mesilla de noche y desbloqueamos la pantalla. En cuestión de segundos, un torrente de bilis, indignación empaquetada y eslóganes masticados nos golpea de lleno en el rostro. Es la rutina diaria de la era moderna, un ritual abominable en el que hemos sustituido el café matutino por una dosis de insidias y mal rollo. Y es ahí, en mitad de ese parpadeo anestesiado antes de salir de la cama, cuando a uno le da por pararse a pensar y preguntarse con amargura: ¿en qué momento nos ocurrió esto?

¿En qué momento los unos y los otros encontraron en las redes sociales la trinchera perfecta sobre la que librar batallas que conducen a ninguna parte y que, sin duda alguna, nos hacen peores? Recuerdo con amarga nostalgia aquella estirpe de civilización pobre, que aseguraba incrédula que tras la crisis del Covid-19 íbamos a salir mejores. Nos asomábamos a los balcones a aplaudir, cantábamos juntos en la distancia y nos consolábamos pensando que el aislamiento nos devolvería la empatía perdida.

Qué ingenuidad la nuestra. Nada más lejos, somos más despiadados, más vengativos y más violentos.

A pesar de que la pandemia pasó, la infección moral se quedó enquistada en el torrente sanguíneo de la sociedad.

En este panorama desolador, donde la crispación es la moneda de cambio y la indignación un estilo de vida, uno busca desesperadamente un refugio, un oasis de desconexión. Tradicionalmente, ese santuario siempre había sido la comedia. El arte supremo de relativizar la miseria humana a través de la carcajada.

Por eso la pregunta duele aún más: ¿en qué momento los humoristas dejaron de serlo?

La traición ha sido y es inconmensurable. Cuando más falta nos hacen, nos abandonan.

Ahora, los hay como Manu Sánchez, que han decidido pasar al activismo. Entrando, día sí y día también en esa guerra de guerrillas de las puñeteras redes sociales.

Aquel talento volcado en hacer reír, esa agilidad mental para el chiste refinado o el apunte ingenioso, parece haber sido empeñado por una especie de militancia de trinchera. 

Y es que, si hoy en día los que estaban para hacernos reír han sido sustituidos por justicieros de teclado táctil y pantalla de cristal líquido, mal vamos.

Menos mal que todavía nos queda el grande entre los grandes: El único e inigualable Antonio Reguera.

Porque en su humor de alta dimensión solo importa hacer reír a todos, a todas y a todes. Reguera pertenece a esa estirpe bendita de cómicos que entienden la risa como un acto de libertad absoluta, ajeno a las trincheras, a los dogmas y a los carnés de identidad. Antonio no se sube a un escenario a dar mítines, ni a impartir doctrina. No le interesa la guerra de guerrillas en 7 pulgadas de pantalla.

Por eso, si la cosa se pone color de hormiga, que la historia nos pille riendo, sin trincheras ni sermones, y que el único dogma sea la bendita locura de don Antonio Reguera y Agustina a los teclados.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

Comentarios