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Opinión

Unidos podemos

El deporte rey ha demostrado que la unidad no era una utopía inalcanzable, solo que la estábamos buscando en el lugar equivocado

  • Afición española.

En estos días de calor sofocante resulta fascinante asomarse a la ventana de realidad. Desde hace algo más de un mes, como viene ocurriendo en este tipo de citas, los balcones lucen las mejores galas, dando muestras de que somos (aunque sea de manera provisional), un país cohesionado. El culpable de este milagro transitorio la tienen once tipos vestidos de rojo (para la ocasión) pateando un trozo de cuero inflado.

Es precisamente en este escenario de euforia colectiva donde salta la ironía viendo como el propietario del cuarto se abraza desaforado con el vecino del quinto —haciendo desaparecerdesaparecer las disputas diarias por el volumen del televisor—.

Justo en ese momento dan ganas de mirar hacia la bancada del Congreso para encontrar la comparativa más flagrante: miren por dónde, señoras y señores diputados, como con el fútbol, resulta que sí podemos. Y no ha sido gracias a sus siglas, ni a sus ministerios de nombres kilométricos donde exhiben su más absoluta incompetencia, sino gracias a un balón.

Qué bofetada de realidad para la soberbia institucional. El deporte rey ha demostrado que la unidad no era una utopía inalcanzable, solo que la estábamos buscando en el lugar equivocado.

Por supuesto, no pequemos de ingenuos. Una columna de opinión exige la honestidad de no dejarse llevar por el opio del pueblo. Seamos claros: el fútbol no arregla absolutamente nada. Mañana se terminará el torneo, se apagarán las luces del estadio, las banderas volverán al armario y los problemas estructurales de este país seguirán exactamente en el mismo sitio donde los dejamos antes del pitido inicial. El fútbol no va a pagar la hipoteca de nadie, ni va a reducir las listas de espera de los hospitales, ni va a solucionar el desempleo juvenil. Es un espejismo hermoso, una anestesia colectiva que dura noventa minutos más el tiempo de descuento.

Y aquí radica el agravante que convierte la comedia en tragedia. El fútbol, al fin y al cabo, es un negocio privado. Si un club quiebra o si pagamos una entrada cara, lo hacemos voluntariamente desde nuestro bolsillo de ocio. Sin embargo, la disfunción política nos cuesta el dinero a todos, nos guste o no. Cada mes vemos cómo se nos detrae una parte sustancial de nuestro esfuerzo para sostener una estructura llena de asesores, coches oficiales y sueldos vitalicios. Nos toca el bolsillo de manera implacable para financiar el sueldo de unos representantes cuya principal labor diaria parece ser encender la mecha de la discordia.

Cada cual que saque sus propias conclusiones.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

En estos días de calor sofocante resulta fascinante asomarse a la ventana de realidad. Desde hace algo más de un mes, como viene ocurriendo en este tipo de citas, los balcones lucen las mejores galas, dando muestras de que somos (aunque sea de manera provisional), un país cohesionado. El culpable de este milagro transitorio la tienen once tipos vestidos de rojo (para la ocasión) pateando un trozo de cuero inflado.

Es precisamente en este escenario de euforia colectiva donde salta la ironía viendo como el propietario del cuarto se abraza desaforado con el vecino del quinto —haciendo desaparecerdesaparecer las disputas diarias por el volumen del televisor—.

Justo en ese momento dan ganas de mirar hacia la bancada del Congreso para encontrar la comparativa más flagrante: miren por dónde, señoras y señores diputados, como con el fútbol, resulta que sí podemos. Y no ha sido gracias a sus siglas, ni a sus ministerios de nombres kilométricos donde exhiben su más absoluta incompetencia, sino gracias a un balón.

Qué bofetada de realidad para la soberbia institucional. El deporte rey ha demostrado que la unidad no era una utopía inalcanzable, solo que la estábamos buscando en el lugar equivocado.

Por supuesto, no pequemos de ingenuos. Una columna de opinión exige la honestidad de no dejarse llevar por el opio del pueblo. Seamos claros: el fútbol no arregla absolutamente nada. Mañana se terminará el torneo, se apagarán las luces del estadio, las banderas volverán al armario y los problemas estructurales de este país seguirán exactamente en el mismo sitio donde los dejamos antes del pitido inicial. El fútbol no va a pagar la hipoteca de nadie, ni va a reducir las listas de espera de los hospitales, ni va a solucionar el desempleo juvenil. Es un espejismo hermoso, una anestesia colectiva que dura noventa minutos más el tiempo de descuento.

Y aquí radica el agravante que convierte la comedia en tragedia. El fútbol, al fin y al cabo, es un negocio privado. Si un club quiebra o si pagamos una entrada cara, lo hacemos voluntariamente desde nuestro bolsillo de ocio. Sin embargo, la disfunción política nos cuesta el dinero a todos, nos guste o no. Cada mes vemos cómo se nos detrae una parte sustancial de nuestro esfuerzo para sostener una estructura llena de asesores, coches oficiales y sueldos vitalicios. Nos toca el bolsillo de manera implacable para financiar el sueldo de unos representantes cuya principal labor diaria parece ser encender la mecha de la discordia.

Cada cual que saque sus propias conclusiones.

Gracias por la lectura y feliz lunes.

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