Opinión

¿El modelo productivo nos está matando?: el "capitalismo con prisas"

El testimonio de Javier Barrio pone palabras a un agotamiento que hemos normalizado: trabajar más, descansar menos y llamar compromiso a la renuncia a nuestra propia vida

  • Una grúa levanta el Iryo siniestrado en Urda, este miércoles. -

La tragedia ferroviaria de Urda (Toledo), que ha dejado al menos 69 fallecidos y decenas de heridos, ha provocado una profunda conmoción social. Más allá de las causas del siniestro (si influyeron factores relacionados con los sistemas de señalización, los protocolos operativos, el estado de la infraestructura, los fallos en la coordinación entre operadores y, entre otros, los posibles defectos en el mantenimiento de las vías, privatizado a través de contratos adjudicados a empresas privadas), que deberán ser esclarecidas por las investigaciones técnicas y judiciales en curso, ha sido el testimonio del periodista Javier Barrio, el que ha abierto un debate mucho más amplio: el del actual modelo económico y laboral cada vez más exigente, acelerado y agotador. 

El duelo que destapó una conversación pendiente

Visiblemente afectado por la pérdida de su esposa, Carmen de Santa Ana, alta directiva de Viajes El Corte Inglés, Barrio lanzó una reflexión que se viralizó rápidamente en medios y redes sociales. No habló sólo del accidente ni de su duelo; sino del “capitalismo con prisas”, ese sistema cada vez más acelerado y despiadado y voraz, orientado a obtener resultados inmediatos y a reducir costes laborales al máximo. 

Aunque mencionó la empresa de la que era directiva su esposa, insistió en que no se trata de un problema aislado, sino de una realidad que atraviesa buena parte del tejido productivo español y global. Su intervención conectó con una experiencia compartida por miles de personas trabajadoras: jornadas extensas, marcadas por la urgencia permanente, plantillas ajustadas al límite, presión para cumplir objetivos cada vez más exigentes y una sensación creciente de agotamiento físico y mental derivados, entre otros, por el hecho de que “el trabajo que hacían tres ahora lo hace uno”.

Cuando el agotamiento se convierte en la regla

La principal cuestión que subyace a las declaraciones de Barrio es si las condiciones laborales actuales están generando un deterioro estructural de la salud de las personas trabajadoras. Los riesgos psicosociales se han convertido en una de las grandes preocupaciones de la salud laboral en España: estrés crónico, ansiedad, fatiga emocional, depresión y otras patologías asociadas al trabajo, o desgaste profesional son fenómenos cada vez más presentes en numerosos sectores productivos. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el síndrome de burnout o desgaste profesional como un fenómeno asociado al estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente, caracterizado por agotamiento extremo, distanciamiento emocional respecto al trabajo y una disminución significativa de la eficacia profesional. Lo que durante años se consideró un problema individual comienza a entenderse cada vez más como una cuestión colectiva, consecuencia de determinadas formas de organización del trabajo.

Los datos confirman que el malestar laboral ya no es una percepción subjetiva

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) considera los riesgos psicosociales una de las principales amenazas para la salud en el ámbito laboral y la Estrategia Española de Seguridad y Salud en el Trabajo 2023-2027 los sitúa entre las prioridades de actuación de las administraciones públicas y agentes sociales. Según diversos informes sindicales y de salud laboral, en España se registran cada año cientos de miles de procesos de incapacidad temporal relacionados con trastornos mentales y del comportamiento, una cifra que se ha disparado en las últimas dos décadas.

Además, las bajas derivadas de problemas de salud mental presentan una duración significativamente superior a la media de otros procesos de incapacidad temporal, lo que refleja la gravedad y complejidad de este tipo de patologías. Detrás de estas cifras aparecen factores recurrentes: presión por objetivos, horarios impredecibles, falta de autonomía, inseguridad laboral, conectividad permanente, mobbing, dificultades para conciliar la vida profesional y familiar y exceso de carga de trabajo. Los expertos advierten que la exposición prolongada a estos factores puede derivar en ansiedad, depresión, trastornos del sueño, enfermedades cardiovasculares, agotamiento profesional severo y diversas patologías. 

Especialmente preocupante es el impacto sobre las mujeres. Diversos estudios señalan que las trabajadoras soportan una mayor exposición a ciertos riesgos psicosociales debido a la persistencia de la brecha de cuidados, la segregación ocupacional y la denominada "doble presencia": la obligación de atender simultáneamente las responsabilidades laborales y familiares y afrontar la carga mental.

La falsa normalidad de trabajar agotados

Durante décadas, el cansancio extremo ha sido normalizado como una prueba de compromiso profesional. Permanecer conectado fuera del horario laboral, asumir tareas adicionales sin compensación o renunciar al descanso han pasado a formar parte de la cultura laboral de numerosos sectores. Recordemos cuando el líder del PP dijo que “las vacaciones están sobrevaloradas”.

La consecuencia es paradójica. A pesar de los avances tecnológicos y de los incrementos de productividad registrados durante las últimas décadas, millones de personas afirman sentirse más cansadas, más presionadas por las exigencias laborales. En España, el 78% de las madres de afirma estar mentalmente sobrecargadas, agotadas, según el informe El estado de la maternidad en Europa 2024, elaborado por la organización Make Mothers Matter. Y, evidentemente, mujeres y hombres trabajadores cada vez se sienten más inseguros por el impacto de la IA en el trabajo. 

Precarización, externalización y debilitamiento de derechos

El malestar laboral contemporáneo no responde únicamente a una cuestión de intensidad. También está relacionado con transformaciones estructurales del mercado laboral y la imparable incursión de la IA. La expansión de la subcontratación, incluso en las instituciones como Adif; la externalización de servicios, la temporalidad, la pérdida de capacidad negociadora de los sindicatos y la presión por reducir costes y aumentar la rentabilidad han modificado profundamente las relaciones laborales y el estilo de vida: cada vez es más evidente que vivimos para trabajar y pagar deudas e impuestos.      

Los defensores de las políticas capitalistas neoliberales argumentan que estas mejoran la competitividad y permiten la adaptación a un mercado globalizado inherentemente despiadado. Por el contrario, quienes las criticamos sostenemos que las dinámicas del tecnocapitalismo neoliberal actual han debilitado derechos laborales conquistados durante décadas, desmovilizando al movimiento obrero e incrementando la vulnerabilidad de amplias capas de la población trabajadora; una mayoría que, pese a tener un empleo, no llega a fin de mes ni puede acceder a una vivienda digna.

En últimas, tal y como había previsto con agudeza Margaret Thatcher –cuyo mayor triunfo declaraba haber sido transformar ideológicamente a sus opositores–, las diferencias programáticas entre los partidos conservadores y los autoidentificados progresistas se han ido diluyendo, a tal punto que ambos bloques han terminado adoptando la lógica de mercado neoliberal, diseminada por toda la sociedad, asfixiándonos con presiones fiscales, económicas, laborales, tecnológicas, sociales, ambientales y geopolíticas. Como dijo Javier Barrio, tenemos que rebelarnos, para que entre todos exijamos un modelo productivo y social que no nos deshumanice ni nos fuerce a autoexplotarnos para mantener girando la rueda del mercado.

La tragedia ferroviaria de Urda (Toledo), que ha dejado al menos 69 fallecidos y decenas de heridos, ha provocado una profunda conmoción social. Más allá de las causas del siniestro (si influyeron factores relacionados con los sistemas de señalización, los protocolos operativos, el estado de la infraestructura, los fallos en la coordinación entre operadores y, entre otros, los posibles defectos en el mantenimiento de las vías, privatizado a través de contratos adjudicados a empresas privadas), que deberán ser esclarecidas por las investigaciones técnicas y judiciales en curso, ha sido el testimonio del periodista Javier Barrio, el que ha abierto un debate mucho más amplio: el del actual modelo económico y laboral cada vez más exigente, acelerado y agotador. 

El duelo que destapó una conversación pendiente

Visiblemente afectado por la pérdida de su esposa, Carmen de Santa Ana, alta directiva de Viajes El Corte Inglés, Barrio lanzó una reflexión que se viralizó rápidamente en medios y redes sociales. No habló sólo del accidente ni de su duelo; sino del “capitalismo con prisas”, ese sistema cada vez más acelerado y despiadado y voraz, orientado a obtener resultados inmediatos y a reducir costes laborales al máximo. 

Aunque mencionó la empresa de la que era directiva su esposa, insistió en que no se trata de un problema aislado, sino de una realidad que atraviesa buena parte del tejido productivo español y global. Su intervención conectó con una experiencia compartida por miles de personas trabajadoras: jornadas extensas, marcadas por la urgencia permanente, plantillas ajustadas al límite, presión para cumplir objetivos cada vez más exigentes y una sensación creciente de agotamiento físico y mental derivados, entre otros, por el hecho de que “el trabajo que hacían tres ahora lo hace uno”.

Cuando el agotamiento se convierte en la regla

La principal cuestión que subyace a las declaraciones de Barrio es si las condiciones laborales actuales están generando un deterioro estructural de la salud de las personas trabajadoras. Los riesgos psicosociales se han convertido en una de las grandes preocupaciones de la salud laboral en España: estrés crónico, ansiedad, fatiga emocional, depresión y otras patologías asociadas al trabajo, o desgaste profesional son fenómenos cada vez más presentes en numerosos sectores productivos. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el síndrome de burnout o desgaste profesional como un fenómeno asociado al estrés laboral crónico que no ha sido gestionado adecuadamente, caracterizado por agotamiento extremo, distanciamiento emocional respecto al trabajo y una disminución significativa de la eficacia profesional. Lo que durante años se consideró un problema individual comienza a entenderse cada vez más como una cuestión colectiva, consecuencia de determinadas formas de organización del trabajo.

Los datos confirman que el malestar laboral ya no es una percepción subjetiva

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo (INSST) considera los riesgos psicosociales una de las principales amenazas para la salud en el ámbito laboral y la Estrategia Española de Seguridad y Salud en el Trabajo 2023-2027 los sitúa entre las prioridades de actuación de las administraciones públicas y agentes sociales. Según diversos informes sindicales y de salud laboral, en España se registran cada año cientos de miles de procesos de incapacidad temporal relacionados con trastornos mentales y del comportamiento, una cifra que se ha disparado en las últimas dos décadas.

Además, las bajas derivadas de problemas de salud mental presentan una duración significativamente superior a la media de otros procesos de incapacidad temporal, lo que refleja la gravedad y complejidad de este tipo de patologías. Detrás de estas cifras aparecen factores recurrentes: presión por objetivos, horarios impredecibles, falta de autonomía, inseguridad laboral, conectividad permanente, mobbing, dificultades para conciliar la vida profesional y familiar y exceso de carga de trabajo. Los expertos advierten que la exposición prolongada a estos factores puede derivar en ansiedad, depresión, trastornos del sueño, enfermedades cardiovasculares, agotamiento profesional severo y diversas patologías. 

Especialmente preocupante es el impacto sobre las mujeres. Diversos estudios señalan que las trabajadoras soportan una mayor exposición a ciertos riesgos psicosociales debido a la persistencia de la brecha de cuidados, la segregación ocupacional y la denominada "doble presencia": la obligación de atender simultáneamente las responsabilidades laborales y familiares y afrontar la carga mental.

La falsa normalidad de trabajar agotados

Durante décadas, el cansancio extremo ha sido normalizado como una prueba de compromiso profesional. Permanecer conectado fuera del horario laboral, asumir tareas adicionales sin compensación o renunciar al descanso han pasado a formar parte de la cultura laboral de numerosos sectores. Recordemos cuando el líder del PP dijo que “las vacaciones están sobrevaloradas”.

La consecuencia es paradójica. A pesar de los avances tecnológicos y de los incrementos de productividad registrados durante las últimas décadas, millones de personas afirman sentirse más cansadas, más presionadas por las exigencias laborales. En España, el 78% de las madres de afirma estar mentalmente sobrecargadas, agotadas, según el informe El estado de la maternidad en Europa 2024, elaborado por la organización Make Mothers Matter. Y, evidentemente, mujeres y hombres trabajadores cada vez se sienten más inseguros por el impacto de la IA en el trabajo. 

Precarización, externalización y debilitamiento de derechos

El malestar laboral contemporáneo no responde únicamente a una cuestión de intensidad. También está relacionado con transformaciones estructurales del mercado laboral y la imparable incursión de la IA. La expansión de la subcontratación, incluso en las instituciones como Adif; la externalización de servicios, la temporalidad, la pérdida de capacidad negociadora de los sindicatos y la presión por reducir costes y aumentar la rentabilidad han modificado profundamente las relaciones laborales y el estilo de vida: cada vez es más evidente que vivimos para trabajar y pagar deudas e impuestos.      

Los defensores de las políticas capitalistas neoliberales argumentan que estas mejoran la competitividad y permiten la adaptación a un mercado globalizado inherentemente despiadado. Por el contrario, quienes las criticamos sostenemos que las dinámicas del tecnocapitalismo neoliberal actual han debilitado derechos laborales conquistados durante décadas, desmovilizando al movimiento obrero e incrementando la vulnerabilidad de amplias capas de la población trabajadora; una mayoría que, pese a tener un empleo, no llega a fin de mes ni puede acceder a una vivienda digna.

En últimas, tal y como había previsto con agudeza Margaret Thatcher –cuyo mayor triunfo declaraba haber sido transformar ideológicamente a sus opositores–, las diferencias programáticas entre los partidos conservadores y los autoidentificados progresistas se han ido diluyendo, a tal punto que ambos bloques han terminado adoptando la lógica de mercado neoliberal, diseminada por toda la sociedad, asfixiándonos con presiones fiscales, económicas, laborales, tecnológicas, sociales, ambientales y geopolíticas. Como dijo Javier Barrio, tenemos que rebelarnos, para que entre todos exijamos un modelo productivo y social que no nos deshumanice ni nos fuerce a autoexplotarnos para mantener girando la rueda del mercado.

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