Hay galardones que reconocen una carrera; otros, además, reconocen a quienes contribuyen por hacer del mundo un lugar mejor. El Nobel de la Paz 2026, concedido a la jurista sudafricana Navanethem "Navi" Pillay, pertenece a los segundos. Llega justo en vísperas del Día Internacional de la Niña, y no es casualidad que ambas fechas se encuentren: pocas personas han hecho tanto por que las niñas y las mujeres, en los conflictos armados, dejen de ser un mero daño colateral.
De hija de un conductor de autobús a las máximas instituciones jurídicas
Pillay nació en 1941 en el seno de una familia tamil de origen indio, en Sudáfrica. Su padre conducía autobuses. Creció bajo el brutal régimen del apartheid y conoció la discriminación racial y sexual en carne propia. De esa experiencia sacó una conclusión práctica: el Derecho podía ser la herramienta más eficaz para conseguir justicia.
Estudió la carrera y se convirtió en la primera mujer de origen no europeo en abrir un despacho de abogados en la provincia de Natal. Allí defendió a activistas perseguidos por el régimen, entre ellos, a Nelson Mandela. Su trayectoria posterior, que la llevó a las más altas instancias internacionales, no respondió a ningún privilegio de cuna. Respondió a unos principios que no negoció y por los que ha luchado siempre.
El caso Akayesu: cuando la violación pasó a ser genocidio
Su aportación más decisiva llegó en los años noventa, como jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), donde fue la única mujer en los primeros años y más tarde presidenta. Hasta entonces, las violaciones y los abusos sexuales en las guerras se trataban como excesos individuales o como un efecto colateral inevitable. No se perseguían como parte del genocidio, ni como crímenes cometidos por razón de sexo.
En 1998, en el juicio contra Jean-Paul Akayesu, el tribunal cambió esa lógica. Estableció que la violencia sexual sistemática contra las mujeres tutsis formaba parte de una intención concreta: destruir, total o parcialmente, a ese grupo étnico y atacar a las mujeres por ser las dadoras de vida. Por primera vez, una corte internacional declaró que la violación puede constituir un acto de genocidio cuando se comete con ese propósito. También la reconoció de forma autónoma como crimen de lesa humanidad.
La sentencia redefinió el Derecho Penal Internacional y sirvió de base para los estatutos de la Corte Penal Internacional, donde la propia Pillay también ejerció como jueza. Su idea central cabe en una línea: la violencia sexual no es un daño colateral de la guerra, es un crimen de guerra en sí mismo.
Una mujer que ha desafiado a los poderosos
Pillay supo del Nobel mientras participaba en una conferencia sobre derechos humanos en Núremberg, la ciudad donde se juzgó a los nazis, y donde el mundo entendió que la impunidad no podía ser la respuesta ante los crímenes más atroces. Desde allí lanzó una advertencia que conviene escuchar: "Corremos el riesgo de regresar a un mundo en el que el poder, y no la ley, determina qué sufrimiento importa".
Pillay no habla en abstracto. Vivimos un momento en que algunos gobernantes cuestionan el Derecho Internacional cuando les estorba para sus fines ilegales, y en que los derechos humanos se relativizan según quién sea la víctima. Pillay ha dedicado más de medio siglo a defender lo contrario: que esos derechos no dependen del sexo, la nacionalidad, la etnia, el origen, la religión, el color, el estatus, la ideología, ni la conveniencia política del momento: importan porque sus titulares son seres humanos.
Del tribunal a la ONU: la perspectiva de género como obligación
Durante seis años fue Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Desde ese cargo impulsó que la perspectiva de género dejara de ser una recomendación y pasara a ser vinculante en las directrices internas de la organización. Defendió que las misiones de paz no ignoraran las dinámicas jerárquicas que han situado a las mujeres en situación de subordinación y promovió protocolos para exigir responsabilidades por los crímenes cometidos contra las mujeres y niñas.
Usó también su plataforma para respaldar resoluciones que combaten el mal llamado matrimonio infantil, el matrimonio forzado y la mutilación genital femenina, que los sitúan donde corresponde: no como "tradiciones culturales", sino como violaciones graves del Derecho Internacional. Impulsó además campañas en defensa de los derechos reproductivos y de las defensoras de derechos humanos, que afrontan riesgos específicos de violencia por razón de sexo.
Su aportación en el genocidio de Gaza y la violencia contra las mujeres judías
Entre 2021 y 2025 presidió la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel. Sus informes, incluidos los presentados en 2024 y 2025, denunciaron el uso de la violencia sexual como estrategia de guerra y opresión. Además de los elementos configuradores del genocidio, se documentó los abusos contra mujeres, niñas y niños civiles y detenidas por parte de las fuerzas de seguridad israelíes, entre ellos registros desnudos forzados, tratos degradantes y un grave impacto en la salud materno-infantil en Gaza. La Comisión abrió también líneas de investigación sobre la violencia sexual y demás atrocidades contra las mujeres judías cometidas por el grupo terrorista Hamás el 7 de octubre.
Activismo y justicia, también hoy
Pillay cofundó Equality Now, organización internacional que presiona a los gobiernos para que reformen sus leyes en favor de los derechos civiles, políticos, sociales, sexuales y económicos de mujeres y niñas. Hoy, como jueza ad hoc de la Corte Internacional de Justicia, participa en el caso sobre el presunto genocidio de Myanmar contra la minoría rohinyá, donde la violencia contra mujeres y niñas volvió a usarse como arma de “limpieza étnica”, aplicando los criterios que ella ayudó a fijar décadas atrás.
¿Por qué este Nobel es tan importante para niñas y mujeres?
El Día Internacional de la Niña recuerda que millones de niñas siguen expuestas al matrimonio forzado, a la mutilación sexual, a la violencia sexual, a la explotación sexual y la violencia en todas sus formas, tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. La trayectoria de Pillay demuestra que esas realidades se pueden nombrar, juzgar y castigar y, sobre todo, prevenir; y también que cada avance jurídico empezó con alguien dispuesta a desafiar el sistema, a denunciar y a luchar por el cambio, comprometiendo incluso su propia libertad, integridad física y moral, trabajo y hasta la vida.
Esa es la verdadera lección de su vida: la justicia no avanza sola. Avanza gracias a personas que se enfrentan a los abusos de poder incluso cuando resulta incómodo, impopular, peligroso o letal. Por eso Navi Pillay es mucho más que una gran jurista: es una heroína, y su Nobel, un recordatorio de que ningún Estado ni gobernante está por encima de los derechos humanos ni de la legalidad internacional ni nacional.
Hay galardones que reconocen una carrera; otros, además, reconocen a quienes contribuyen por hacer del mundo un lugar mejor. El Nobel de la Paz 2026, concedido a la jurista sudafricana Navanethem "Navi" Pillay, pertenece a los segundos. Llega justo en vísperas del Día Internacional de la Niña, y no es casualidad que ambas fechas se encuentren: pocas personas han hecho tanto por que las niñas y las mujeres, en los conflictos armados, dejen de ser un mero daño colateral.
De hija de un conductor de autobús a las máximas instituciones jurídicas
Pillay nació en 1941 en el seno de una familia tamil de origen indio, en Sudáfrica. Su padre conducía autobuses. Creció bajo el brutal régimen del apartheid y conoció la discriminación racial y sexual en carne propia. De esa experiencia sacó una conclusión práctica: el Derecho podía ser la herramienta más eficaz para conseguir justicia.
Estudió la carrera y se convirtió en la primera mujer de origen no europeo en abrir un despacho de abogados en la provincia de Natal. Allí defendió a activistas perseguidos por el régimen, entre ellos, a Nelson Mandela. Su trayectoria posterior, que la llevó a las más altas instancias internacionales, no respondió a ningún privilegio de cuna. Respondió a unos principios que no negoció y por los que ha luchado siempre.
El caso Akayesu: cuando la violación pasó a ser genocidio
Su aportación más decisiva llegó en los años noventa, como jueza del Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), donde fue la única mujer en los primeros años y más tarde presidenta. Hasta entonces, las violaciones y los abusos sexuales en las guerras se trataban como excesos individuales o como un efecto colateral inevitable. No se perseguían como parte del genocidio, ni como crímenes cometidos por razón de sexo.
En 1998, en el juicio contra Jean-Paul Akayesu, el tribunal cambió esa lógica. Estableció que la violencia sexual sistemática contra las mujeres tutsis formaba parte de una intención concreta: destruir, total o parcialmente, a ese grupo étnico y atacar a las mujeres por ser las dadoras de vida. Por primera vez, una corte internacional declaró que la violación puede constituir un acto de genocidio cuando se comete con ese propósito. También la reconoció de forma autónoma como crimen de lesa humanidad.
La sentencia redefinió el Derecho Penal Internacional y sirvió de base para los estatutos de la Corte Penal Internacional, donde la propia Pillay también ejerció como jueza. Su idea central cabe en una línea: la violencia sexual no es un daño colateral de la guerra, es un crimen de guerra en sí mismo.
Una mujer que ha desafiado a los poderosos
Pillay supo del Nobel mientras participaba en una conferencia sobre derechos humanos en Núremberg, la ciudad donde se juzgó a los nazis, y donde el mundo entendió que la impunidad no podía ser la respuesta ante los crímenes más atroces. Desde allí lanzó una advertencia que conviene escuchar: "Corremos el riesgo de regresar a un mundo en el que el poder, y no la ley, determina qué sufrimiento importa".
Pillay no habla en abstracto. Vivimos un momento en que algunos gobernantes cuestionan el Derecho Internacional cuando les estorba para sus fines ilegales, y en que los derechos humanos se relativizan según quién sea la víctima. Pillay ha dedicado más de medio siglo a defender lo contrario: que esos derechos no dependen del sexo, la nacionalidad, la etnia, el origen, la religión, el color, el estatus, la ideología, ni la conveniencia política del momento: importan porque sus titulares son seres humanos.
Del tribunal a la ONU: la perspectiva de género como obligación
Durante seis años fue Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Desde ese cargo impulsó que la perspectiva de género dejara de ser una recomendación y pasara a ser vinculante en las directrices internas de la organización. Defendió que las misiones de paz no ignoraran las dinámicas jerárquicas que han situado a las mujeres en situación de subordinación y promovió protocolos para exigir responsabilidades por los crímenes cometidos contra las mujeres y niñas.
Usó también su plataforma para respaldar resoluciones que combaten el mal llamado matrimonio infantil, el matrimonio forzado y la mutilación genital femenina, que los sitúan donde corresponde: no como "tradiciones culturales", sino como violaciones graves del Derecho Internacional. Impulsó además campañas en defensa de los derechos reproductivos y de las defensoras de derechos humanos, que afrontan riesgos específicos de violencia por razón de sexo.
Su aportación en el genocidio de Gaza y la violencia contra las mujeres judías
Entre 2021 y 2025 presidió la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel. Sus informes, incluidos los presentados en 2024 y 2025, denunciaron el uso de la violencia sexual como estrategia de guerra y opresión. Además de los elementos configuradores del genocidio, se documentó los abusos contra mujeres, niñas y niños civiles y detenidas por parte de las fuerzas de seguridad israelíes, entre ellos registros desnudos forzados, tratos degradantes y un grave impacto en la salud materno-infantil en Gaza. La Comisión abrió también líneas de investigación sobre la violencia sexual y demás atrocidades contra las mujeres judías cometidas por el grupo terrorista Hamás el 7 de octubre.
Activismo y justicia, también hoy
Pillay cofundó Equality Now, organización internacional que presiona a los gobiernos para que reformen sus leyes en favor de los derechos civiles, políticos, sociales, sexuales y económicos de mujeres y niñas. Hoy, como jueza ad hoc de la Corte Internacional de Justicia, participa en el caso sobre el presunto genocidio de Myanmar contra la minoría rohinyá, donde la violencia contra mujeres y niñas volvió a usarse como arma de “limpieza étnica”, aplicando los criterios que ella ayudó a fijar décadas atrás.
¿Por qué este Nobel es tan importante para niñas y mujeres?
El Día Internacional de la Niña recuerda que millones de niñas siguen expuestas al matrimonio forzado, a la mutilación sexual, a la violencia sexual, a la explotación sexual y la violencia en todas sus formas, tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz. La trayectoria de Pillay demuestra que esas realidades se pueden nombrar, juzgar y castigar y, sobre todo, prevenir; y también que cada avance jurídico empezó con alguien dispuesta a desafiar el sistema, a denunciar y a luchar por el cambio, comprometiendo incluso su propia libertad, integridad física y moral, trabajo y hasta la vida.
Esa es la verdadera lección de su vida: la justicia no avanza sola. Avanza gracias a personas que se enfrentan a los abusos de poder incluso cuando resulta incómodo, impopular, peligroso o letal. Por eso Navi Pillay es mucho más que una gran jurista: es una heroína, y su Nobel, un recordatorio de que ningún Estado ni gobernante está por encima de los derechos humanos ni de la legalidad internacional ni nacional.
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