El 18 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Menopausia, una fecha impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Internacional de la Menopausia (SIM) para visibilizar una etapa natural en la vida de las mujeres, romper tabús, fomentar la educación en salud y reivindicar más investigación y derechos para las mujeres que la están experimentando.
Se calcula que en 2030 habrá en el mundo unos 1.200 millones de mujeres posmenopáusicas. Y, sin embargo, esta transición biológica universal ha sido durante décadas una de las grandes olvidadas de la investigación, de la consulta médica y de las políticas públicas. Esa desatención no es casual ni inocente: es una forma más de discriminación estructural por razón de sexo y edad más bien desprotegida por la ley.
Una transición universal que apenas se investiga
Los datos muestran hasta qué punto la menopausia ha quedado fuera del foco científico. Según una perspectiva publicada en Nature Aging en 2023, menos del 1 % de los estudios preclínicos sobre envejecimiento tiene en cuenta la menopausia, pese a que afecta a la mitad de la población y que es sabido que la pérdida de estrógenos influye en más de tres cuartas partes de las enfermedades asociadas a la edad: las cardiovasculares, la osteoporosis, la diabetes o el deterioro cognitivo.
El problema se repite en la práctica clínica. Un análisis de historias clínicas electrónicas de cerca de 400.000 mujeres, realizado con datos del programa All of Us de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, encontró que la menopausia figuraba registrada solo en una pequeña parte de los casos (entre el 7 % y el 14 %), muy por debajo de lo que las propias mujeres refieren. El resultado es un enorme vacío de conocimiento sobre la perimenopausia (la fase con más síntomas), sobre las diferencias según etnia o región, sobre los efectos a largo plazo en cerebro, corazón y huesos y sobre tratamientos personalizados. Casi toda la evidencia disponible procede de Norteamérica, Europa occidental y Australia. Nature ha llegado a calificar esta situación de escandalosa. Recordemos que recientemente aquí en España la Agencia Española de Nutrición elaboró una guía de nutrición destinada a mujeres en menopausia con base en datos de hombres, porque no contaban con datos de mujeres.
Síntomas que se minimizan en la atención sanitaria
Sofocos, insomnio, fatiga, niebla mental, cambios de humor, dolores articulares, sequedad vaginal son algunos de los numerosos síntomas que pueden deteriorar de forma seria la calidad de vida. Pero con frecuencia se atribuyen al estrés, la ansiedad y se tratan por separado en distintas especialidades sin conectar su origen hormonal o se despachan como parte inevitable de hacerse mayor.
A ello se suma una formación insuficiente: se estima que menos del 2 % de los profesionales sanitarios de muchos países recibe una preparación específica adecuada sobre menopausia. Muchas mujeres llegan a esta etapa sin información previa y sin conocer las opciones de tratamiento, a pesar de que la caída hormonal se relaciona con un mayor riesgo de enfermedades. Por encima de todo ello persiste un tabú cultural. La menopausia sigue asociándose al final de la fertilidad, a la vejez o a la pérdida, y no a lo que es: una etapa natural de la vida. Hasta el propio adjetivo “menopáusica” se emplea a veces como insulto. Y, es tal el nivel de desatención que, desde marzo de 2026, en España y otros países europeos hay una crisis de suministro de terapia hormonal sustitutiva que se espera que se extienda a finales de año o principios de 2027. ¿Os imaginarías lo que sucedería si hubiera desabastecimiento de viagra?
El "techo de la menopausia": discriminación en el trabajo
La menopausia suele llegar entre los 45 y los 55 años, cuando muchas profesionales acumulan más experiencia y responsabilidad. Esa coincidencia explica lo que algunos estudios describen como un auténtico techo de cristal añadido. Las investigaciones apuntan a que los síntomas reducen la probabilidad de estar empleada y aumentan el trabajo a tiempo parcial. En Europa, la Confederación Europea de Sindicatos (CES) reclama una norma comunitaria específica que incluya evaluaciones de riesgos laborales, flexibilidad horaria, formación para mandos y adaptaciones del entorno de trabajo, como la temperatura o la ventilación. Muchas trabajadoras callan por temor a una doble discriminación: la de sexo y la de edad.
Desde el punto de vista jurídico, el silencio institucional tiene consecuencias. El derecho a la igualdad y a la no discriminación, el derecho a la protección de la salud y el deber empresarial de proteger la seguridad y la salud de toda la plantilla no admiten excepciones para las mujeres en esta etapa. Ignorar sus necesidades específicas no es neutralidad: es desigualdad.
Una novedad: baja específica por trastorno menopáusico
Por ello, resulta necesaria la medida adoptada recientemente por el Consejo de Ministros en el Real Decreto-ley que incorpora al sistema de la Seguridad Social una nueva situación especial de incapacidad temporal (IT) por trastorno menopáusico. Esta baja cubriría los casos de patología limitante y sintomatología incapacitante asociada directamente a la menopausia, siempre que el Servicio Público de Salud la haya codificado debidamente.
La prestación replica el modelo de las IT especiales creadas en 2023, que ya amparan la menstruación incapacitante secundaria, la interrupción del embarazo y la semana 39 de gestación. No exige periodo de carencia: no hace falta haber cotizado un tiempo mínimo previo; el salario del primer día de baja corre a cargo de la empresa; desde el segundo día, el pago lo asume directamente la Seguridad Social; la cuantía es del 60 % de la base reguladora entre los días 2 y 20 de baja, y del 75 % a partir del día 21.
La medida reconoce por primera vez de forma expresa que los síntomas pueden impedir trabajar y evita que las mujeres tengan que encajarlos en otras bajas. Su alcance real dependerá, sin embargo, de que los servicios de salud identifiquen y codifiquen la menopausia, justo lo que hoy hacen de forma muy deficiente según los datos de las historias clínicas. Evidentemente, como todo Real Decreto-ley, debe además ser convalidado por el Congreso.
La menopausia es, en esencia, una cuestión de derechos. El derecho a la salud, reconocido en la Constitución española y en tratados internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), exige investigación, formación sanitaria, acceso a tratamientos y entornos laborales adaptados. Cuando nada de eso existe, la desigualdad se perpetúa.
Si bien, actualmente, hay mayor visibilidad mediática, nuevas iniciativas de financiación, cierta presión sindical y crecientes reivindicaciones por parte de las mujeres, el ritmo sigue siendo insuficiente. Nombrar la menopausia sin vergüenza, estudiarla con rigor, atenderla con medios y protegerla en el trabajo con garantías no es un favor a las mujeres: es una obligación de los poderes públicos y de las empresas.
El 18 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Menopausia, una fecha impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Sociedad Internacional de la Menopausia (SIM) para visibilizar una etapa natural en la vida de las mujeres, romper tabús, fomentar la educación en salud y reivindicar más investigación y derechos para las mujeres que la están experimentando.
Se calcula que en 2030 habrá en el mundo unos 1.200 millones de mujeres posmenopáusicas. Y, sin embargo, esta transición biológica universal ha sido durante décadas una de las grandes olvidadas de la investigación, de la consulta médica y de las políticas públicas. Esa desatención no es casual ni inocente: es una forma más de discriminación estructural por razón de sexo y edad más bien desprotegida por la ley.
Una transición universal que apenas se investiga
Los datos muestran hasta qué punto la menopausia ha quedado fuera del foco científico. Según una perspectiva publicada en Nature Aging en 2023, menos del 1 % de los estudios preclínicos sobre envejecimiento tiene en cuenta la menopausia, pese a que afecta a la mitad de la población y que es sabido que la pérdida de estrógenos influye en más de tres cuartas partes de las enfermedades asociadas a la edad: las cardiovasculares, la osteoporosis, la diabetes o el deterioro cognitivo.
El problema se repite en la práctica clínica. Un análisis de historias clínicas electrónicas de cerca de 400.000 mujeres, realizado con datos del programa All of Us de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, encontró que la menopausia figuraba registrada solo en una pequeña parte de los casos (entre el 7 % y el 14 %), muy por debajo de lo que las propias mujeres refieren. El resultado es un enorme vacío de conocimiento sobre la perimenopausia (la fase con más síntomas), sobre las diferencias según etnia o región, sobre los efectos a largo plazo en cerebro, corazón y huesos y sobre tratamientos personalizados. Casi toda la evidencia disponible procede de Norteamérica, Europa occidental y Australia. Nature ha llegado a calificar esta situación de escandalosa. Recordemos que recientemente aquí en España la Agencia Española de Nutrición elaboró una guía de nutrición destinada a mujeres en menopausia con base en datos de hombres, porque no contaban con datos de mujeres.
Síntomas que se minimizan en la atención sanitaria
Sofocos, insomnio, fatiga, niebla mental, cambios de humor, dolores articulares, sequedad vaginal son algunos de los numerosos síntomas que pueden deteriorar de forma seria la calidad de vida. Pero con frecuencia se atribuyen al estrés, la ansiedad y se tratan por separado en distintas especialidades sin conectar su origen hormonal o se despachan como parte inevitable de hacerse mayor.
A ello se suma una formación insuficiente: se estima que menos del 2 % de los profesionales sanitarios de muchos países recibe una preparación específica adecuada sobre menopausia. Muchas mujeres llegan a esta etapa sin información previa y sin conocer las opciones de tratamiento, a pesar de que la caída hormonal se relaciona con un mayor riesgo de enfermedades. Por encima de todo ello persiste un tabú cultural. La menopausia sigue asociándose al final de la fertilidad, a la vejez o a la pérdida, y no a lo que es: una etapa natural de la vida. Hasta el propio adjetivo “menopáusica” se emplea a veces como insulto. Y, es tal el nivel de desatención que, desde marzo de 2026, en España y otros países europeos hay una crisis de suministro de terapia hormonal sustitutiva que se espera que se extienda a finales de año o principios de 2027. ¿Os imaginarías lo que sucedería si hubiera desabastecimiento de viagra?
El "techo de la menopausia": discriminación en el trabajo
La menopausia suele llegar entre los 45 y los 55 años, cuando muchas profesionales acumulan más experiencia y responsabilidad. Esa coincidencia explica lo que algunos estudios describen como un auténtico techo de cristal añadido. Las investigaciones apuntan a que los síntomas reducen la probabilidad de estar empleada y aumentan el trabajo a tiempo parcial. En Europa, la Confederación Europea de Sindicatos (CES) reclama una norma comunitaria específica que incluya evaluaciones de riesgos laborales, flexibilidad horaria, formación para mandos y adaptaciones del entorno de trabajo, como la temperatura o la ventilación. Muchas trabajadoras callan por temor a una doble discriminación: la de sexo y la de edad.
Desde el punto de vista jurídico, el silencio institucional tiene consecuencias. El derecho a la igualdad y a la no discriminación, el derecho a la protección de la salud y el deber empresarial de proteger la seguridad y la salud de toda la plantilla no admiten excepciones para las mujeres en esta etapa. Ignorar sus necesidades específicas no es neutralidad: es desigualdad.
Una novedad: baja específica por trastorno menopáusico
Por ello, resulta necesaria la medida adoptada recientemente por el Consejo de Ministros en el Real Decreto-ley que incorpora al sistema de la Seguridad Social una nueva situación especial de incapacidad temporal (IT) por trastorno menopáusico. Esta baja cubriría los casos de patología limitante y sintomatología incapacitante asociada directamente a la menopausia, siempre que el Servicio Público de Salud la haya codificado debidamente.
La prestación replica el modelo de las IT especiales creadas en 2023, que ya amparan la menstruación incapacitante secundaria, la interrupción del embarazo y la semana 39 de gestación. No exige periodo de carencia: no hace falta haber cotizado un tiempo mínimo previo; el salario del primer día de baja corre a cargo de la empresa; desde el segundo día, el pago lo asume directamente la Seguridad Social; la cuantía es del 60 % de la base reguladora entre los días 2 y 20 de baja, y del 75 % a partir del día 21.
La medida reconoce por primera vez de forma expresa que los síntomas pueden impedir trabajar y evita que las mujeres tengan que encajarlos en otras bajas. Su alcance real dependerá, sin embargo, de que los servicios de salud identifiquen y codifiquen la menopausia, justo lo que hoy hacen de forma muy deficiente según los datos de las historias clínicas. Evidentemente, como todo Real Decreto-ley, debe además ser convalidado por el Congreso.
La menopausia es, en esencia, una cuestión de derechos. El derecho a la salud, reconocido en la Constitución española y en tratados internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), exige investigación, formación sanitaria, acceso a tratamientos y entornos laborales adaptados. Cuando nada de eso existe, la desigualdad se perpetúa.
Si bien, actualmente, hay mayor visibilidad mediática, nuevas iniciativas de financiación, cierta presión sindical y crecientes reivindicaciones por parte de las mujeres, el ritmo sigue siendo insuficiente. Nombrar la menopausia sin vergüenza, estudiarla con rigor, atenderla con medios y protegerla en el trabajo con garantías no es un favor a las mujeres: es una obligación de los poderes públicos y de las empresas.
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