Opinión

El incunable de las Galias

Durante siglos ese libro ha permanecido aquí mientras los otros tres ejemplares conocidos acababan formando parte de algunas de las grandes bibliotecas del mundo

  • Estudiantes, en la biblioteca central de Jerez, en una imagen de archivo. -

Cuando nos hablan de descubrimientos históricos suelen ir irremediablemente ligados a la excavación arqueológica, pero el que os traigo hoy llevaba siglos perfectamente colocado en una estantería, esperando simplemente a que alguien supiera qué estaba mirando. Acaba de ocurrir en Jerez con un ejemplar de La guerra de las Galias de Julio César del que, hasta ahora, solo se conocían otros tres en todo el mundo.

No me ha pasado a mí, desde luego, sino al filólogo jerezano Fran Morales, que este verano acudió junto a Paco Antonio García Romero a consultar el fondo antiguo de la Catedral de Jerez. La visita tenía un objetivo bastante concreto. Fran participa en un proyecto de investigación de la UNED dedicado a localizar y estudiar ediciones de clásicos latinos impresas durante los siglos XV y XVI y quería comprobar si entre los numerosos libros antiguos conservados allí podía encontrarse alguna edición de este periodo.

No era la primera vez que lo intentaban. Tres o cuatro años atrás ya se habían interesado por esos fondos e incluso una de las trabajadoras recordaba haber visto una edición antigua de Julio César. En aquel momento, sin embargo, se estaban realizando trabajos de reforma, restauración y catalogación y resultaba imposible consultar una colección que todavía estaba siendo organizada. Hubo que esperar.

Este verano pudieron regresar y comenzaron a revisar los incunables y las ediciones antiguas conservadas allí. Aquella vaga memoria sobre un Julio César resultó ser bastante más interesante de lo esperado. Entre los libros apareció una edición en latín de La guerra de las Galias, impresa en Burgos en el siglo XV. Hasta ese momento se conocían únicamente tres ejemplares en el mundo: dos conservados en Madrid, uno en la Universidad Complutense y otro en la Biblioteca Nacional, y un tercero en Londres, en la British Library. Esto convierte al de Jerez en el cuarto.

No deja de resultarme fascinante pensar en ello. Durante siglos ese libro ha permanecido aquí mientras los otros tres ejemplares conocidos acababan formando parte de algunas de las grandes bibliotecas del mundo. Y el cuarto estaba en Jerez, cuidadosamente conservado entre muchos otros volúmenes antiguos, sin que hasta ahora se hubiera identificado la excepcional rareza bibliográfica que albergaban sus páginas.

Pero la búsqueda todavía reservaba otra sorpresa. Mientras revisaban los fondos apareció una segunda edición de Julio César, esta vez traducida al español e impresa en Toledo. No es tan rara como la anterior, aunque tampoco puede decirse que abunde precisamente: según los datos con los que trabaja Fran, se conocen diecinueve ejemplares en el mundo. El de Jerez sería el número veinte.

Y todavía queda una tercera pieza que quizá termine proporcionando otra historia. Entre los fondos encontraron también un manuscrito escrito en griego que parece contener una especie de léxico o diccionario. Por sus características aparenta ser medieval y bastante antiguo, pero aquí conviene detenerse, porque ninguno de quienes participaron en la consulta es especialista en paleografía griega y todavía no se ha establecido su datación. Una especialista del CSIC tiene previsto desplazarse a Jerez para estudiarlo. Habrá que esperar, por tanto, para saber exactamente qué es y qué antigüedad tiene.

Fran también tendrá trabajo por delante con los dos ejemplares de Julio César. En libros de esta antigüedad hay cosas que una fotografía no puede contar. Las marcas de agua del papel, por ejemplo, necesitan examinarse sobre el propio ejemplar. Después llegará el trabajo de investigación, la publicación especializada y la incorporación de los datos obtenidos a los catálogos correspondientes.

Quizá lo más sorprendente de todo sea que nada de esto ha aparecido en un sótano olvidado ni entre montones de documentos abandonados. Fran insiste precisamente en lo contrario: la Catedral conserva una enorme cantidad de libros antiguos y los fondos están muy bien custodiados y organizados. El descubrimiento consiste en haber sabido reconocer la importancia de algunos de los que allí se conservan.

Tenemos cierta tendencia a imaginar los grandes hallazgos históricos muy lejos de casa. Los situamos en bibliotecas inmensas, archivos extranjeros o colecciones inaccesibles y olvidamos que una ciudad con siglos de historia acumula también siglos de papel. A veces sabemos perfectamente que esos libros existen, pero todavía no conocemos todas las historias que guardan. Esta vez alguien abrió uno y resultó ser una rareza en todo el mundo.

Cuando nos hablan de descubrimientos históricos suelen ir irremediablemente ligados a la excavación arqueológica, pero el que os traigo hoy llevaba siglos perfectamente colocado en una estantería, esperando simplemente a que alguien supiera qué estaba mirando. Acaba de ocurrir en Jerez con un ejemplar de La guerra de las Galias de Julio César del que, hasta ahora, solo se conocían otros tres en todo el mundo.

No me ha pasado a mí, desde luego, sino al filólogo jerezano Fran Morales, que este verano acudió junto a Paco Antonio García Romero a consultar el fondo antiguo de la Catedral de Jerez. La visita tenía un objetivo bastante concreto. Fran participa en un proyecto de investigación de la UNED dedicado a localizar y estudiar ediciones de clásicos latinos impresas durante los siglos XV y XVI y quería comprobar si entre los numerosos libros antiguos conservados allí podía encontrarse alguna edición de este periodo.

No era la primera vez que lo intentaban. Tres o cuatro años atrás ya se habían interesado por esos fondos e incluso una de las trabajadoras recordaba haber visto una edición antigua de Julio César. En aquel momento, sin embargo, se estaban realizando trabajos de reforma, restauración y catalogación y resultaba imposible consultar una colección que todavía estaba siendo organizada. Hubo que esperar.

Este verano pudieron regresar y comenzaron a revisar los incunables y las ediciones antiguas conservadas allí. Aquella vaga memoria sobre un Julio César resultó ser bastante más interesante de lo esperado. Entre los libros apareció una edición en latín de La guerra de las Galias, impresa en Burgos en el siglo XV. Hasta ese momento se conocían únicamente tres ejemplares en el mundo: dos conservados en Madrid, uno en la Universidad Complutense y otro en la Biblioteca Nacional, y un tercero en Londres, en la British Library. Esto convierte al de Jerez en el cuarto.

No deja de resultarme fascinante pensar en ello. Durante siglos ese libro ha permanecido aquí mientras los otros tres ejemplares conocidos acababan formando parte de algunas de las grandes bibliotecas del mundo. Y el cuarto estaba en Jerez, cuidadosamente conservado entre muchos otros volúmenes antiguos, sin que hasta ahora se hubiera identificado la excepcional rareza bibliográfica que albergaban sus páginas.

Pero la búsqueda todavía reservaba otra sorpresa. Mientras revisaban los fondos apareció una segunda edición de Julio César, esta vez traducida al español e impresa en Toledo. No es tan rara como la anterior, aunque tampoco puede decirse que abunde precisamente: según los datos con los que trabaja Fran, se conocen diecinueve ejemplares en el mundo. El de Jerez sería el número veinte.

Y todavía queda una tercera pieza que quizá termine proporcionando otra historia. Entre los fondos encontraron también un manuscrito escrito en griego que parece contener una especie de léxico o diccionario. Por sus características aparenta ser medieval y bastante antiguo, pero aquí conviene detenerse, porque ninguno de quienes participaron en la consulta es especialista en paleografía griega y todavía no se ha establecido su datación. Una especialista del CSIC tiene previsto desplazarse a Jerez para estudiarlo. Habrá que esperar, por tanto, para saber exactamente qué es y qué antigüedad tiene.

Fran también tendrá trabajo por delante con los dos ejemplares de Julio César. En libros de esta antigüedad hay cosas que una fotografía no puede contar. Las marcas de agua del papel, por ejemplo, necesitan examinarse sobre el propio ejemplar. Después llegará el trabajo de investigación, la publicación especializada y la incorporación de los datos obtenidos a los catálogos correspondientes.

Quizá lo más sorprendente de todo sea que nada de esto ha aparecido en un sótano olvidado ni entre montones de documentos abandonados. Fran insiste precisamente en lo contrario: la Catedral conserva una enorme cantidad de libros antiguos y los fondos están muy bien custodiados y organizados. El descubrimiento consiste en haber sabido reconocer la importancia de algunos de los que allí se conservan.

Tenemos cierta tendencia a imaginar los grandes hallazgos históricos muy lejos de casa. Los situamos en bibliotecas inmensas, archivos extranjeros o colecciones inaccesibles y olvidamos que una ciudad con siglos de historia acumula también siglos de papel. A veces sabemos perfectamente que esos libros existen, pero todavía no conocemos todas las historias que guardan. Esta vez alguien abrió uno y resultó ser una rareza en todo el mundo.

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