Opinión

Ya era hora, los reyes irán a Ceuta y Melilla

Hay visitas institucionales que tienen una agenda, otras que son necesarias y urgentes, pues hay visitas que, además de agenda, tienen un significado político, diplomático y simbólico, y ésta es la que van a protagonizar los reyes

  • Los reyes, en el pasado Gran premio de España de Fórmula 1 en Madrid. -

Hay visitas institucionales que tienen una agenda, otras que son necesarias y urgentes, pues hay visitas que, además de agenda, tienen un significado político, diplomático y simbólico y ésta es la que van a protagonizar los reyes, y personalmente pienso que se debería haber hecho antes.

Nuestros reyes viajarán a las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, en la que será la primera visita oficial de nuestro actual monarca Felipe VI desde su proclamación en 2014. La última visita a estás dos ciudades de nuestro país se produjo en 2007, cuando Juan Carlos I y la reina Sofía viajaron a ambas ciudades.

Aquella visita provocó una importante reacción diplomática de Marruecos. Casi veinte años después, el contexto es diferente y necesario, aunque el problema de fondo continúa siendo el mismo. En esta visita nuestro rey no necesitará un discurso sobre soberanía para hablar de soberanía.

La cuestión fundamental es sencilla, que Ceuta y Melilla forman parte de España y de la Unión Europea, y esa es la posición oficial del Estado español y que nuestros reyes con su visita refrendarán.

El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, lo expresó recientemente de manera inequívoca al afirmar que ambas ciudades forman parte de la integridad territorial y de la soberanía española y que no existe ni habrá una negociación con Marruecos sobre esa cuestión. Al mismo tiempo, el Gobierno sostiene que el diálogo con Rabat es indispensable, y ahí está precisamente la complejidad.

Necesitamos mantener una relación estable con Marruecos, pero sin olvidar que la defensa de nuestras fronteras es inquebrantable. Marruecos es un vecino estratégico, socio comercial, país clave para la cooperación migratoria y actor fundamental en el equilibrio del Mediterráneo occidental, aunque mantener una buena relación con Marruecos no puede confundirse con dejar en una zona gris la posición española respecto a Ceuta y Melilla. Una cosa es la diplomacia y otra bien distinta, la soberanía y ambas pueden y deben convivir.

La visita de nuestra Corona como elemento de continuidad del Estado es una de las particularidades de esta visita. El Gobierno puede negociar, dialogar y gestionar la relación bilateral. El Parlamento puede debatir. Los ministros pueden realizar declaraciones. Pero el rey, como jefe del Estado, representa institucionalmente la continuidad de España. Por eso una visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla tiene un valor simbólico diferente al de una visita ministerial. No significa necesariamente que España quiera provocar a Marruecos, ni debe verse desde la otra orilla de esa forma, de hecho, la visita ha sido consensuada entre el Gobierno y la Casa Real, y el Ejecutivo ha venido defendiendo públicamente, aunque con contradicciones, la necesidad de mostrar su respaldo a ambas ciudades. Pedro Sánchez ya había señalado que Ceuta necesitaba "el arrope y el cariño de todas las instituciones" y que la visita del jefe del Estado a las dos ciudades era necesaria.

Pero precisamente porque la Corona no es un actor político partidista, su presencia transmite un mensaje particularmente poderoso: Ceuta y Melilla forman parte del Estado español y el jefe del Estado también está allí apoyando a los ciudadanos y ciudadanas españolas que viven allí. No hace falta convertirlo en una provocación para entender su significado.

La reacción de Rabat será probablemente uno de los elementos más observados de la visita por la comunidad internacional pues mantiene históricamente reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla basados en argumentos históricos que se caen por su peso. De hecho, en agosto de este mismo año el ministro marroquí de Justicia volvió a referirse a ambas ciudades como un "derecho histórico y geográfico" de Marruecos, mientras desde nuestro país se respondió rechazando tajantemente esas pretensiones.

La cuestión es que España y Marruecos necesitan seguir trabajando juntos en migración, lucha contra el narcotráfico, terrorismo, comercio, seguridad fronteriza, pesca, cooperación policial y estabilidad mediterránea son ámbitos en los que ambos países tienen intereses compartidos.

Por eso Madrid necesita una doble estrategia que puede parecer contradictoria, pero que en realidad es perfectamente compatible: la cooperación con Marruecos es necesaria pero con firmeza respecto a la soberanía española. El error sería pensar que para tener buenas relaciones con Rabat, España debe reducir su presencia institucional en Ceuta y Melilla, el error contrario sería convertir cada gesto diplomático en una batalla con Marruecos. La política exterior exige precisamente saber distinguir entre firmeza y provocación.

Ya tenemos el precedente de la visita de 2007, y este constituye un antecedente inevitable, cuando Juan Carlos I viajó entonces a estas dos ciudades, Marruecos reaccionó con dureza y llamó a consultas a su embajador en Madrid. Aquella crisis demostró hasta qué punto la cuestión de las ciudades autónomas continúa siendo especialmente sensible para Rabat. Aunque sería poco razonable interpretar automáticamente la visita de nuestro rey como el inicio de una nueva crisis diplomática, es previsible que suceda una reacción política o mediática de Marruecos y observar cómo decide gestionar Rabat el equilibrio entre su reivindicación territorial y la necesidad de preservar la relación con España.

Ceuta y Melilla ya no son solamente una cuestión bilateral pues hay otro elemento que quizá sea todavía más importante: Europa. Estás dos ciudades no son únicamente territorio español, también constituyen una frontera exterior de la Unión Europea. El propio Felipe VI lo recordó recientemente después de la crisis migratoria del pasado mes de julio, cuando calificó de "inaceptable" la entrada masiva de decenas de miles de personas y reclamó una mayor responsabilidad europea en la protección de las fronteras exteriores. Ese matiz cambia completamente la dimensión internacional de la visita, estará visitando una frontera exterior de la Unión Europea.

España tiene, por tanto, un interés evidente en que la comunidad internacional entienda que la seguridad, la estabilidad y la integridad territorial de ambas ciudades no constituyen exclusivamente un asunto interno español, detrás de todo ello, hay un Estado miembro de la Unión Europea mostrando públicamente la presencia de su jefe de Estado en dos de sus territorios españoles y comunitario y para nuestro país, esa imagen refuerza la normalidad institucional. Para Marruecos, inevitablemente, será interpretada desde la perspectiva de su reivindicación territorial, y para Europa, puede funcionar como un recordatorio de que la frontera sur de la Unión no termina en la Península.

La visita es, sobre todo, una afirmación institucional de normalidad española en dos territorios cuya situación geográfica convierte cualquier gesto en un mensaje internacional.

Ceuta y Melilla son ciudades españolas, europeas, mediterráneas y norteafricanas al mismo tiempo. Esa singularidad exige política de Estado, no política de trincheras, nuestra corona vuelve a cruzar el Estrecho y quizás ese sea el verdadero significado de la visita, la Corona vuelve a Ceuta y Melilla.

Después de 20 años de aquella visita de nuestro rey emérito Juan Carlos I a estás dos ciudades españolas, tres cosas siguen igual actualmente: Marruecos sigue con sus reivindicaciones, Ceuta y Melilla siguen siendo españolas y Juan Jesús Vivas continúa como presidente de Ceuta.

Hay visitas institucionales que tienen una agenda, otras que son necesarias y urgentes, pues hay visitas que, además de agenda, tienen un significado político, diplomático y simbólico y ésta es la que van a protagonizar los reyes, y personalmente pienso que se debería haber hecho antes.

Nuestros reyes viajarán a las dos ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, en la que será la primera visita oficial de nuestro actual monarca Felipe VI desde su proclamación en 2014. La última visita a estás dos ciudades de nuestro país se produjo en 2007, cuando Juan Carlos I y la reina Sofía viajaron a ambas ciudades.

Aquella visita provocó una importante reacción diplomática de Marruecos. Casi veinte años después, el contexto es diferente y necesario, aunque el problema de fondo continúa siendo el mismo. En esta visita nuestro rey no necesitará un discurso sobre soberanía para hablar de soberanía.

La cuestión fundamental es sencilla, que Ceuta y Melilla forman parte de España y de la Unión Europea, y esa es la posición oficial del Estado español y que nuestros reyes con su visita refrendarán.

El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, lo expresó recientemente de manera inequívoca al afirmar que ambas ciudades forman parte de la integridad territorial y de la soberanía española y que no existe ni habrá una negociación con Marruecos sobre esa cuestión. Al mismo tiempo, el Gobierno sostiene que el diálogo con Rabat es indispensable, y ahí está precisamente la complejidad.

Necesitamos mantener una relación estable con Marruecos, pero sin olvidar que la defensa de nuestras fronteras es inquebrantable. Marruecos es un vecino estratégico, socio comercial, país clave para la cooperación migratoria y actor fundamental en el equilibrio del Mediterráneo occidental, aunque mantener una buena relación con Marruecos no puede confundirse con dejar en una zona gris la posición española respecto a Ceuta y Melilla. Una cosa es la diplomacia y otra bien distinta, la soberanía y ambas pueden y deben convivir.

La visita de nuestra Corona como elemento de continuidad del Estado es una de las particularidades de esta visita. El Gobierno puede negociar, dialogar y gestionar la relación bilateral. El Parlamento puede debatir. Los ministros pueden realizar declaraciones. Pero el rey, como jefe del Estado, representa institucionalmente la continuidad de España. Por eso una visita de Felipe VI a Ceuta y Melilla tiene un valor simbólico diferente al de una visita ministerial. No significa necesariamente que España quiera provocar a Marruecos, ni debe verse desde la otra orilla de esa forma, de hecho, la visita ha sido consensuada entre el Gobierno y la Casa Real, y el Ejecutivo ha venido defendiendo públicamente, aunque con contradicciones, la necesidad de mostrar su respaldo a ambas ciudades. Pedro Sánchez ya había señalado que Ceuta necesitaba "el arrope y el cariño de todas las instituciones" y que la visita del jefe del Estado a las dos ciudades era necesaria.

Pero precisamente porque la Corona no es un actor político partidista, su presencia transmite un mensaje particularmente poderoso: Ceuta y Melilla forman parte del Estado español y el jefe del Estado también está allí apoyando a los ciudadanos y ciudadanas españolas que viven allí. No hace falta convertirlo en una provocación para entender su significado.

La reacción de Rabat será probablemente uno de los elementos más observados de la visita por la comunidad internacional pues mantiene históricamente reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla basados en argumentos históricos que se caen por su peso. De hecho, en agosto de este mismo año el ministro marroquí de Justicia volvió a referirse a ambas ciudades como un "derecho histórico y geográfico" de Marruecos, mientras desde nuestro país se respondió rechazando tajantemente esas pretensiones.

La cuestión es que España y Marruecos necesitan seguir trabajando juntos en migración, lucha contra el narcotráfico, terrorismo, comercio, seguridad fronteriza, pesca, cooperación policial y estabilidad mediterránea son ámbitos en los que ambos países tienen intereses compartidos.

Por eso Madrid necesita una doble estrategia que puede parecer contradictoria, pero que en realidad es perfectamente compatible: la cooperación con Marruecos es necesaria pero con firmeza respecto a la soberanía española. El error sería pensar que para tener buenas relaciones con Rabat, España debe reducir su presencia institucional en Ceuta y Melilla, el error contrario sería convertir cada gesto diplomático en una batalla con Marruecos. La política exterior exige precisamente saber distinguir entre firmeza y provocación.

Ya tenemos el precedente de la visita de 2007, y este constituye un antecedente inevitable, cuando Juan Carlos I viajó entonces a estas dos ciudades, Marruecos reaccionó con dureza y llamó a consultas a su embajador en Madrid. Aquella crisis demostró hasta qué punto la cuestión de las ciudades autónomas continúa siendo especialmente sensible para Rabat. Aunque sería poco razonable interpretar automáticamente la visita de nuestro rey como el inicio de una nueva crisis diplomática, es previsible que suceda una reacción política o mediática de Marruecos y observar cómo decide gestionar Rabat el equilibrio entre su reivindicación territorial y la necesidad de preservar la relación con España.

Ceuta y Melilla ya no son solamente una cuestión bilateral pues hay otro elemento que quizá sea todavía más importante: Europa. Estás dos ciudades no son únicamente territorio español, también constituyen una frontera exterior de la Unión Europea. El propio Felipe VI lo recordó recientemente después de la crisis migratoria del pasado mes de julio, cuando calificó de "inaceptable" la entrada masiva de decenas de miles de personas y reclamó una mayor responsabilidad europea en la protección de las fronteras exteriores. Ese matiz cambia completamente la dimensión internacional de la visita, estará visitando una frontera exterior de la Unión Europea.

España tiene, por tanto, un interés evidente en que la comunidad internacional entienda que la seguridad, la estabilidad y la integridad territorial de ambas ciudades no constituyen exclusivamente un asunto interno español, detrás de todo ello, hay un Estado miembro de la Unión Europea mostrando públicamente la presencia de su jefe de Estado en dos de sus territorios españoles y comunitario y para nuestro país, esa imagen refuerza la normalidad institucional. Para Marruecos, inevitablemente, será interpretada desde la perspectiva de su reivindicación territorial, y para Europa, puede funcionar como un recordatorio de que la frontera sur de la Unión no termina en la Península.

La visita es, sobre todo, una afirmación institucional de normalidad española en dos territorios cuya situación geográfica convierte cualquier gesto en un mensaje internacional.

Ceuta y Melilla son ciudades españolas, europeas, mediterráneas y norteafricanas al mismo tiempo. Esa singularidad exige política de Estado, no política de trincheras, nuestra corona vuelve a cruzar el Estrecho y quizás ese sea el verdadero significado de la visita, la Corona vuelve a Ceuta y Melilla.

Después de 20 años de aquella visita de nuestro rey emérito Juan Carlos I a estás dos ciudades españolas, tres cosas siguen igual actualmente: Marruecos sigue con sus reivindicaciones, Ceuta y Melilla siguen siendo españolas y Juan Jesús Vivas continúa como presidente de Ceuta.

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