Hace unos meses, las palabras de la periodista Andrea Ropero me hicieron reflexionar. En el contexto de una especie de homenaje a su figura profesional, le preguntaron a quién sentía que debía dar las gracias por los logros conseguidos a lo largo de su vida. La respuesta fue tan digna como honesta: a la educación pública. Confesaba ser un verdadero producto de la educación pública, sin la cual jamás habría podido formarse. Quienes somos parte de esas generaciones pioneras en la familia en poseer estudios universitarios, conocemos bien lo cierto de sus palabras. A quienes no se nos podían costear colegios privados, tampoco se nos puede exigir que entendamos hoy lo que está pasando.
Valoramos tanto lo que nos dieron y la oportunidad que tuvimos que no comprendemos el absentismo en las aulas ni el desdén reinante. Quizás sea porque nos hicieron creer que éramos clase media, cuando siempre fuimos clase obrera. La clase media puede hasta minusvalorar lo público, porque puede pagar. La clase obrera no, porque se lo debe todo.
Del mismo modo que la censura más efectiva es la autocensura, no hay mayor freno al conocimiento que el autoimpuesto. No hay mayor perjuicio para la enseñanza que la falta de valoración. Cuando las aulas se vacían es señal de que algo no anda bien. Cuando están llenas pero el respeto brilla por su ausencia, es que algo va peor. Cuando el estudiante deja de atender o directamente no se presenta es porque no siente que haya un aporte en esa transmisión o porque no está dispuesto a preguntarse si puede haberlo.
Es por eso que nos han robado las aulas, como nos habían robado las calles. ¿Quién? El hastío, las pantallas, la comodidad, las redes sociales, el conformismo, la incultura, la permisividad… Todo confabula en nuestra contra. Ahora que las aulas son nuestras, de la clase obrera, ahora que es terreno conquistado, se da por amortizado. Y eso es muy peligroso. Las abandonan o las mancillan con falta de interés porque ya no las sienten como el privilegio que son. Y eso es mucho más peligroso aún.
Como las aulas, nos robaron las calles. Por eso, a pesar de la emergencia indecente en la que estamos sumidos los inquilinos, no salíamos a la calle en masa ni paralizábamos el país. Ha tenido que llegar una señora de casi noventa años, desde su sillita de ruedas y su cama de hospital, para recordarnos todo lo que estábamos dejando de hacer. Tras ella, hemos empezado a retomar las calles, que eran nuestras, para exigir algo tan básico como respeto, dignidad y futuro.
Hace unos días, las palabras de la periodista Andrea Ropero me hicieron reflexionar. Estaba dentro de la casa de Mari Carmen cuando la policía echó abajo su puerta para ejecutar la orden de desahucio. Lo relató, con los ojos aún húmedos, como la experiencia profesional más dura de su vida. Y yo no puedo parar de pensar en la relación que lo envuelve todo. Una sociedad que abandona sus aulas por voluntad propia, o que impide la docencia con faltas de respeto constantes, es una sociedad que carece de coraje para defenderse a sí misma. Son aquellos que votarán a quienes no los protegen, porque no se han enterado de que son clase obrera, ni de que lo único que los hará libres son estas paredes que ya no veneran. Aquellos que nunca ocuparán las calles, porque han decidido no respetar las aulas. Mientras tanto, otros acampan y luchan por ellos. Luchan por todos.
Hace unos meses, las palabras de la periodista Andrea Ropero me hicieron reflexionar. En el contexto de una especie de homenaje a su figura profesional, le preguntaron a quién sentía que debía dar las gracias por los logros conseguidos a lo largo de su vida. La respuesta fue tan digna como honesta: a la educación pública. Confesaba ser un verdadero producto de la educación pública, sin la cual jamás habría podido formarse. Quienes somos parte de esas generaciones pioneras en la familia en poseer estudios universitarios, conocemos bien lo cierto de sus palabras. A quienes no se nos podían costear colegios privados, tampoco se nos puede exigir que entendamos hoy lo que está pasando.
Valoramos tanto lo que nos dieron y la oportunidad que tuvimos que no comprendemos el absentismo en las aulas ni el desdén reinante. Quizás sea porque nos hicieron creer que éramos clase media, cuando siempre fuimos clase obrera. La clase media puede hasta minusvalorar lo público, porque puede pagar. La clase obrera no, porque se lo debe todo.
Del mismo modo que la censura más efectiva es la autocensura, no hay mayor freno al conocimiento que el autoimpuesto. No hay mayor perjuicio para la enseñanza que la falta de valoración. Cuando las aulas se vacían es señal de que algo no anda bien. Cuando están llenas pero el respeto brilla por su ausencia, es que algo va peor. Cuando el estudiante deja de atender o directamente no se presenta es porque no siente que haya un aporte en esa transmisión o porque no está dispuesto a preguntarse si puede haberlo.
Es por eso que nos han robado las aulas, como nos habían robado las calles. ¿Quién? El hastío, las pantallas, la comodidad, las redes sociales, el conformismo, la incultura, la permisividad… Todo confabula en nuestra contra. Ahora que las aulas son nuestras, de la clase obrera, ahora que es terreno conquistado, se da por amortizado. Y eso es muy peligroso. Las abandonan o las mancillan con falta de interés porque ya no las sienten como el privilegio que son. Y eso es mucho más peligroso aún.
Como las aulas, nos robaron las calles. Por eso, a pesar de la emergencia indecente en la que estamos sumidos los inquilinos, no salíamos a la calle en masa ni paralizábamos el país. Ha tenido que llegar una señora de casi noventa años, desde su sillita de ruedas y su cama de hospital, para recordarnos todo lo que estábamos dejando de hacer. Tras ella, hemos empezado a retomar las calles, que eran nuestras, para exigir algo tan básico como respeto, dignidad y futuro.
Hace unos días, las palabras de la periodista Andrea Ropero me hicieron reflexionar. Estaba dentro de la casa de Mari Carmen cuando la policía echó abajo su puerta para ejecutar la orden de desahucio. Lo relató, con los ojos aún húmedos, como la experiencia profesional más dura de su vida. Y yo no puedo parar de pensar en la relación que lo envuelve todo. Una sociedad que abandona sus aulas por voluntad propia, o que impide la docencia con faltas de respeto constantes, es una sociedad que carece de coraje para defenderse a sí misma. Son aquellos que votarán a quienes no los protegen, porque no se han enterado de que son clase obrera, ni de que lo único que los hará libres son estas paredes que ya no veneran. Aquellos que nunca ocuparán las calles, porque han decidido no respetar las aulas. Mientras tanto, otros acampan y luchan por ellos. Luchan por todos.
Comentarios