El niño no se debe tirar junto al agua sucia. Lógica elemental. Pero algo así es lo que hemos hecho con emociones como la vergüenza. Como en otros tiempos nos hacían avergonzar por razones triviales, hoy nos consideramos con derecho a no avergonzarnos de nada.
El resultado no es solo el exhibicionismo desbocado del yo en las redes sociales. Lo peor es que la gente presume ahora de cosas malas que, en otros tiempos, se habría guardado de expresar en público. Pienso, por ejemplo, en Javier Milei cuando clama contra la justicia social. Parece la bruja Avería cuando soltaba su famosa frase de “viva el mal, viva el capital”. Es el signo de los tiempos. Ahora puedes soltar cualquier barbaridad, como insultar a los inmigrantes o a cualquier otra minoría discriminada, sin sentir sobre tu conciencia el peso del ridículo.
Como no hay de qué avergonzarse, los políticos no parecen tener límite. Ahí está Donald Trump con todas sus payasadas, por decirlo muy suavemente. Como sus admiradores se lo toleran todo, él se siente impune para continuar con sus desafueros. La vergüenza ajena, en este caso, sería un poderoso correctivo que nos ayudaría a purificar nuestras democracias en crisis.
Mientras tanto, en el bando opuesto, tenemos un exagerado sentido de la corrección política que conduce a muchos excesos. Contra lo que podamos suponer, este tipo de puritanismo progresista es realmente peligroso. Hace que la izquierda parezca absurda y, de esta forma, hace el juego a los bárbaros que quieren destruir nuestro sistema.
Lo tienen más fácil para presentarse como los portaestandartes del sentido común del hombre de la calle frente a los desvaríos de una gente más preocupada por el lenguaje que por las condiciones de trabajo. Una izquierda con más sentido del pudor y, por tanto, de la vergüenza, evitaría convertir tonterías pedantes en motivo de santa cruzada.
No podemos vivir continuamente avergonzados, tampoco podemos vivir sin vergüenza. Aquí también es la dosis lo que separa la cura del veneno. Por desgracia, nos movemos a golpe de péndulo. Es bueno que tengamos en estima a nuestro propio país, pero no lo es tanto que no aceptemos ningún tipo de crítica o que defendamos, en nombre de la patria, ideas nocivas. Estoy convencido de que una España o una Cataluña en las que gobernara la ultraderecha serían una España o una Cataluña de la que deberíamos avergonzarnos. Por el bien de ambas.
El niño no se debe tirar junto al agua sucia. Lógica elemental. Pero algo así es lo que hemos hecho con emociones como la vergüenza. Como en otros tiempos nos hacían avergonzar por razones triviales, hoy nos consideramos con derecho a no avergonzarnos de nada.
El resultado no es solo el exhibicionismo desbocado del yo en las redes sociales. Lo peor es que la gente presume ahora de cosas malas que, en otros tiempos, se habría guardado de expresar en público. Pienso, por ejemplo, en Javier Milei cuando clama contra la justicia social. Parece la bruja Avería cuando soltaba su famosa frase de “viva el mal, viva el capital”. Es el signo de los tiempos. Ahora puedes soltar cualquier barbaridad, como insultar a los inmigrantes o a cualquier otra minoría discriminada, sin sentir sobre tu conciencia el peso del ridículo.
Como no hay de qué avergonzarse, los políticos no parecen tener límite. Ahí está Donald Trump con todas sus payasadas, por decirlo muy suavemente. Como sus admiradores se lo toleran todo, él se siente impune para continuar con sus desafueros. La vergüenza ajena, en este caso, sería un poderoso correctivo que nos ayudaría a purificar nuestras democracias en crisis.
Mientras tanto, en el bando opuesto, tenemos un exagerado sentido de la corrección política que conduce a muchos excesos. Contra lo que podamos suponer, este tipo de puritanismo progresista es realmente peligroso. Hace que la izquierda parezca absurda y, de esta forma, hace el juego a los bárbaros que quieren destruir nuestro sistema.
Lo tienen más fácil para presentarse como los portaestandartes del sentido común del hombre de la calle frente a los desvaríos de una gente más preocupada por el lenguaje que por las condiciones de trabajo. Una izquierda con más sentido del pudor y, por tanto, de la vergüenza, evitaría convertir tonterías pedantes en motivo de santa cruzada.
No podemos vivir continuamente avergonzados, tampoco podemos vivir sin vergüenza. Aquí también es la dosis lo que separa la cura del veneno. Por desgracia, nos movemos a golpe de péndulo. Es bueno que tengamos en estima a nuestro propio país, pero no lo es tanto que no aceptemos ningún tipo de crítica o que defendamos, en nombre de la patria, ideas nocivas. Estoy convencido de que una España o una Cataluña en las que gobernara la ultraderecha serían una España o una Cataluña de la que deberíamos avergonzarnos. Por el bien de ambas.
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