Si Francisco fue el primer papa jesuita, León XIV es el primer papa perteneciente a los agustinos, una orden fundada en la Edad Media según la espiritualidad de Agustín de Hipona, el célebre obispo que vivió entre los siglos IV y V. Pocas vidas de la Antigüedad nos son tan conocidas como la suya, gracias a sus Confesiones y otros documentos, como su profusa correspondencia. De esta última, un diez por ciento se ha publicado recientemente bajo el título de Cartas filosóficas (Trotta, 2026). No son, contra lo que pueda parecer a primera vista, textos simplemente privados. El de la carta era un género literario que hunde sus raíces muchos siglos antes, tal como evidencia el ejemplo de Platón.
En nuestro caso, el obispo de Hipona se dirige a una serie de corresponsales con la intención de iluminarlos con sus conocimientos y su inteligencia. No entiende que el pensamiento sea una simple especulación abstracta sino un instrumento para lograr una buena vida. Considera que, para lograr este objetivo, de lo que se trata es de disfrutar de la presencia de Dios. Ilustra esta convicción con una cita de los Salmos: “feliz es el hombre cuya esperanza es el nombre del Señor”.
¿Cómo alcanzar el contacto con una divinidad que no es un ser como los demás puesto que está más allá de todo lo creado? Agustín hace una defensa enérgica de la razón y afirma que esta es la facultad por lo que Dios “nos ha creado superiores a todos los demás animales”. La fe puede tener preferencia para aceptar misterios que todavía no somos capaces de asimilar, aunque esto no significa que no vayamos a ser capaces de entenderlos jamás. Dentro del Universo, nada hay que Dios haya creado de manera absurda.
Es desde esta confianza en la razón que el obispo de Hipona plantea misterios tan arduos como el de la Trinidad, un único Dios y tres personas distintas. A diferencia de los dioses del paganismo, el de los cristianos es de una naturaleza inconcebible: “no existe en ningún lugar y está presente en todas partes”. Con esta afirmación nos movemos en un terreno en el que la reflexión filosófica roza con el misticismo.
Un pensador de primera magnitud
De acuerdo con su intención de impartir enseñanzas aprovechables para la vida, Agustín reflexiona también acerca de la virtud. Hace aquí una distinción especialmente atractiva: los vicios pueden ser radicalmente contrarios a las virtudes o parecerse a ellas de una manera engañosa. Ese sería el caso de la astucia, entendida en su sentido malicioso, respecto de la prudencia. Sucede lo mismo con el deseo de venganza: aunque a primera vista se parece a la justicia, en realidad es algo perverso. La dureza tampoco sería lo mismo que la fortaleza, igual que la pertinacia sería una versión degenerada de la constancia.
Nos hallamos ante un pensador de primera magnitud. Si lo que buscamos es saber del hombre que había detrás de sus reflexiones, nada mejor que la reedición de Agustín de Hipona. Una biografía (Taurus, 2025), de Peter Brown, uno de los titanes de la historia antigua a nivel mundial. Se trata de una obra original de 1967, ampliada con epílogo en 1999. Brown nos muestra la vida amorosa del joven Agustín, que tuvo una concubina a la que abandonó porque pensaba casarse con una heredera. Desde el punto de vista religioso, profesó durante varios años una clara simpatía por la herejía maniqueísta. Como pensador, manifiesta una influencia del platonismo.
Poco después de convertirse en el obispo de Hipona escribió sus célebres Confesiones, un libro autobiográfico que refleja una necesidad emocional en el momento de entrar en la madurez. Su estilo de ejercer el ministerio episcopal presenta, visto desde la actualidad, luces y sombras. En unos momentos nos parece demasiado severo e intransigente. En otros, un adelantado a su tiempo, como cuando afirma que las mujeres también tenían derecho a esperar fidelidad de sus maridos. Su principal preocupación parece haber sido el mantenimiento de la unidad eclesial. Por eso mismo, se negó a criticar a los ricos salvo en contadas excepciones. Lo importante, a su juicio, eran las actitudes. Si tenías mucho dinero pero ninguna avaricia, ningún problema.
En mitad de un mundo desquiciado
Nos encontramos ante un escritor en extremo prolífico. Solo entre 395 y 410 dio a la luz treinta y tres libros y, además, numerosas cartas que no se distinguían por su brevedad. Resultaba lógico suponer que, en principio, nunca iba a descubrirse textos inéditos, pero eso fue lo que sucedió en 1975 y en 1990. La tecnología informática resultó crucial a la hora de identificarlos y autenticarlos. Brown señala que, gracias a las nuevas cartas y sermones, emergió un personaje menos autoritario.
Si el obispo de Hipona vivió en tiempos turbulentos, con saqueo de Roma incluido, León XIV se halla también en medio de un mundo desquiciado. Ambos comparten, además, la inquietud por la unidad de la Iglesia. El actual pontífice, al ser escogido, tomó como divisa In Illo unum (En Cristo somos uno). Este lema nos hace pensar, inevitablemente, en la regla de los agustinos, que establece que los miembros de la comunidad han de poseer “una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios”. No parece casualidad, por tanto, que León XIV, como indica el corresponsal Vicens Lozano, tenga entre sus principales objetivos “el difícil reto de unir a una Iglesia dividida desde hacía décadas”.
Si Francisco fue el primer papa jesuita, León XIV es el primer papa perteneciente a los agustinos, una orden fundada en la Edad Media según la espiritualidad de Agustín de Hipona, el célebre obispo que vivió entre los siglos IV y V. Pocas vidas de la Antigüedad nos son tan conocidas como la suya, gracias a sus Confesiones y otros documentos, como su profusa correspondencia. De esta última, un diez por ciento se ha publicado recientemente bajo el título de Cartas filosóficas (Trotta, 2026). No son, contra lo que pueda parecer a primera vista, textos simplemente privados. El de la carta era un género literario que hunde sus raíces muchos siglos antes, tal como evidencia el ejemplo de Platón.
En nuestro caso, el obispo de Hipona se dirige a una serie de corresponsales con la intención de iluminarlos con sus conocimientos y su inteligencia. No entiende que el pensamiento sea una simple especulación abstracta sino un instrumento para lograr una buena vida. Considera que, para lograr este objetivo, de lo que se trata es de disfrutar de la presencia de Dios. Ilustra esta convicción con una cita de los Salmos: “feliz es el hombre cuya esperanza es el nombre del Señor”.
¿Cómo alcanzar el contacto con una divinidad que no es un ser como los demás puesto que está más allá de todo lo creado? Agustín hace una defensa enérgica de la razón y afirma que esta es la facultad por lo que Dios “nos ha creado superiores a todos los demás animales”. La fe puede tener preferencia para aceptar misterios que todavía no somos capaces de asimilar, aunque esto no significa que no vayamos a ser capaces de entenderlos jamás. Dentro del Universo, nada hay que Dios haya creado de manera absurda.
Es desde esta confianza en la razón que el obispo de Hipona plantea misterios tan arduos como el de la Trinidad, un único Dios y tres personas distintas. A diferencia de los dioses del paganismo, el de los cristianos es de una naturaleza inconcebible: “no existe en ningún lugar y está presente en todas partes”. Con esta afirmación nos movemos en un terreno en el que la reflexión filosófica roza con el misticismo.
Un pensador de primera magnitud
De acuerdo con su intención de impartir enseñanzas aprovechables para la vida, Agustín reflexiona también acerca de la virtud. Hace aquí una distinción especialmente atractiva: los vicios pueden ser radicalmente contrarios a las virtudes o parecerse a ellas de una manera engañosa. Ese sería el caso de la astucia, entendida en su sentido malicioso, respecto de la prudencia. Sucede lo mismo con el deseo de venganza: aunque a primera vista se parece a la justicia, en realidad es algo perverso. La dureza tampoco sería lo mismo que la fortaleza, igual que la pertinacia sería una versión degenerada de la constancia.
Nos hallamos ante un pensador de primera magnitud. Si lo que buscamos es saber del hombre que había detrás de sus reflexiones, nada mejor que la reedición de Agustín de Hipona. Una biografía (Taurus, 2025), de Peter Brown, uno de los titanes de la historia antigua a nivel mundial. Se trata de una obra original de 1967, ampliada con epílogo en 1999. Brown nos muestra la vida amorosa del joven Agustín, que tuvo una concubina a la que abandonó porque pensaba casarse con una heredera. Desde el punto de vista religioso, profesó durante varios años una clara simpatía por la herejía maniqueísta. Como pensador, manifiesta una influencia del platonismo.
Poco después de convertirse en el obispo de Hipona escribió sus célebres Confesiones, un libro autobiográfico que refleja una necesidad emocional en el momento de entrar en la madurez. Su estilo de ejercer el ministerio episcopal presenta, visto desde la actualidad, luces y sombras. En unos momentos nos parece demasiado severo e intransigente. En otros, un adelantado a su tiempo, como cuando afirma que las mujeres también tenían derecho a esperar fidelidad de sus maridos. Su principal preocupación parece haber sido el mantenimiento de la unidad eclesial. Por eso mismo, se negó a criticar a los ricos salvo en contadas excepciones. Lo importante, a su juicio, eran las actitudes. Si tenías mucho dinero pero ninguna avaricia, ningún problema.
En mitad de un mundo desquiciado
Nos encontramos ante un escritor en extremo prolífico. Solo entre 395 y 410 dio a la luz treinta y tres libros y, además, numerosas cartas que no se distinguían por su brevedad. Resultaba lógico suponer que, en principio, nunca iba a descubrirse textos inéditos, pero eso fue lo que sucedió en 1975 y en 1990. La tecnología informática resultó crucial a la hora de identificarlos y autenticarlos. Brown señala que, gracias a las nuevas cartas y sermones, emergió un personaje menos autoritario.
Si el obispo de Hipona vivió en tiempos turbulentos, con saqueo de Roma incluido, León XIV se halla también en medio de un mundo desquiciado. Ambos comparten, además, la inquietud por la unidad de la Iglesia. El actual pontífice, al ser escogido, tomó como divisa In Illo unum (En Cristo somos uno). Este lema nos hace pensar, inevitablemente, en la regla de los agustinos, que establece que los miembros de la comunidad han de poseer “una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios”. No parece casualidad, por tanto, que León XIV, como indica el corresponsal Vicens Lozano, tenga entre sus principales objetivos “el difícil reto de unir a una Iglesia dividida desde hacía décadas”.
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