El follón de Ceuta me obligó a cambiar de tema el domingo pasado cuando ya tenía escrito lo que leerán ahora, si lo desean. La actualidad manda siempre. Sigue el caos en Ceuta, pero no olvidemos que España aún arde, física y espiritualmente. Todos creemos saber cómo se arregla esta situación, de una forma u otra. Habrá que arreglarla porque el caso es que no he vivido nunca tan avergonzado con la tierra que me vio nacer. Cubro la vergüenza con resignación y sonrisas. Ahora, volvamos al texto sacrificado hace una semana.
El maniqueísmo de nuevo
Dos terrorismos especialmente dañinos tenemos en España. Uno pasó, el de ETA, aunque sus protagonistas reciben un trato inmerecido y sus descendientes y sus ideas siguen vivas y hasta gobiernan. El otro se llama incendios con la mano humana detrás, sea porque se provocan directamente y a mala leche con fines perversos, sea porque las legislaciones que persiguen proteger el medio ambiente lo que han hecho es destruirlo, sea por el cambio climático. Éste último es la bandera a la que las izquierdas se aferran y las derechas rechazan o se ponen de perfil.
La causa no es difícil de entender: las izquierdas, al no tener alternativas para el capitalismo y al haber caído ella misma en sus redes culturales -por ejemplo, defender lo público, pero acudir a lo privado en la enseñanza y la sanidad- se ha agarrado a feminismos, xenofobias, racismos, odios, cambio climático. Las derechas no pueden admitir tan alegremente el cambio climático porque eso supondría reconocer que las actividades propias del mercado han envenenado el planeta y aunque todos hayamos colaborado en eso -basta pensar en los automóviles o en los viajes en avión- la evolución humana la encabezan los emprendedores mercantiles con sus descubrimientos, experimentos y abusos contra el entorno natural de la especie y de otras muchas especies.
De esta manera, se ha formado ese maniqueísmo ricos-derecha-contaminación-cambio climático contra solidaridad-desvelo por el necesitado-cuidado del medio ambiente. Ése es el juego en un enfoque totalmente simple y carente de rigor académico, pero, como así funciona el ser humano en general, eso es lo que tenemos. La huella de destructor innato con que cargan las derechas es imborrable y la fama de hermanas de la caridad que actúan por el bien común de que gozan las izquierdas se ha quedado -por ahora- con la parte positiva de la Historia, es así como se explica que personas que ya no se comportan como progresistas puedan seguir llamándose como tales y es así como millones de seres humanos siguen votándolos, descontando a aquellos que los votan porque no tienen oficio ni beneficio en la sociedad y mantienen un puesto de trabajo -o de no trabajo- gracias a la sumisión.
Cuando existía la Unión Soviética nos bombardeaban con aquella dictadura totalitaria que estaba en manos de una nomenclatura. Algo similar tenemos ahora. No, el pueblo no ha elegido eso, se ha formado ella sola ya que el problema principal de las democracias es que los puestos de mando coyunturales -que son los de gestión política- han acabado en manos de personas incompetentes y mediocres que sirven a “caudillos” concretos. Nadie con auténtica personalidad se somete a otros a quienes les entregan la poca dignidad que guardaban. Y los “caudillos” no suelen elegir a los que les proyecten demasiada sombra.
A izquierda y derecha se han formado nomenclaturas que han llegado a la corrupción descarada. Hemos tenido el caso Kitchen -que lleva coleando desde que Rajoy estaba en el poder- y siguen los muchos abiertos contra los gobernantes actuales que se han apropiado de un piropo llamado progresistas. Todo ello, al tiempo que derechos elementales de los seres humanos -como un techo y un trabajo dignos- siguen ausentes en las democracias. No es raro entonces que, según la Fundación SM, el 68 por ciento de los jóvenes desconfíe de la democracia, lo cual no quiere decir que la rechacen, pero, si seguimos así, es un comienzo de rechazo. Hay otros sondeos que rebajan el porcentaje, sin embargo, el hecho está ahí.
ETA destruía vidas humanas y sus acciones criminales afectaban primero a las víctimas mortales y después a los familiares y allegados hasta que, a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco, casi todo el país se sintió indignado. Ya lo saben ustedes porque nos lo han repetido mucho: ETA mató a casi 860 personas en toda su historia. Sus familiares y sus seres más cercanos sufrieron las consecuencias de una actividad que buscaba una independencia estilo Argelia en relación con Francia, según una estrategia parecida a la que nos retrata la película La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontecorvo.
El terrorismo que abrasa
La mediocridad, la ignorancia, los prejuicios y la incompetencia han originado el terrorismo ambiental. Queriendo contrarrestar el cambio climático -sin duda con buena voluntad- gestores sin experiencia suficiente y a las órdenes de pensamientos débiles posmodernos han permitido que el monte y zonas naturales indispensables para los humanos se llenen de maleza y al final se junte el hambre con las ganas de comer. Los listos y modernos cuidadores de los espacios forestales les han dicho a quienes viven o vivían en ellos desde siempre quitaos de en medio ignorantes catetos que hemos llegado nosotros los enterados que somos los que sabemos de esto.
Yo disfruté del amor mutuo y la compañía de un tío, mi tío Vicente, que nació, creció y vivió en un medio rural delicioso en el que también vino al mundo mi padre. Fue en Beniarrés, situado al norte de la provincia de Alicante. Mi padre emigró a Sevilla y, aunque desde pequeño ayudaba a mi abuelo en las faenas del campo, no tuvo tanta experiencia como mi tío Vicente.
Beniarrés no llega ya ni a los 1.200 habitantes, ha perdido 1.000 habitantes desde 1950. Hace ya bastantes años, un invierno, sentado junto a él en su casa de Beniarrés, a la lumbre de la chimenea, me explicaba cómo la gente se iba yendo en busca de las ciudades, cómo el campo se llenaba de maleza y lo que había que hacer para evitar incendios. Por desgracia, mi tío ya no está -sigo sin creérmelo- pero es y será mi fuente de información preferida porque lo que me dijo se ha cumplido a rajatabla sin que los supuestos especialistas en la materia lo hayan evitado y menos los políticos con su verborrea ecologista.
Dos tipos de asesinatos
Tal y como yo lo veo, ETA mataba seres humanos por motivos políticos, pero el fuego mata, por desidia, mala sangre y falta de conocimientos, no sólo a seres humanos sino al medio ambiente que es vital a los seres humanos. Las cifras derivadas de los incendios actuales y pasados nos las están diciendo cada día. Son una barbaridad, algo impropio de un siglo XXI tan tecnológicamente avanzado. Y ahora a esperar unas decenas de años hasta que vuelvan a crecer los árboles si es que vuelven a hacerlo. A este paso, lo único que va a quedar por quemar en España son las almas en el infierno de los pirómanos de todo tipo. En el infierno, cuando deberíamos quemarlos primero en el planeta que tanto contribuyen a destruir.
Por cierto, ¿Cuántos pirómanos o presuntos culpables de incendios hay en la cárcel? ¿Cuántos han sido detenidos y juzgados? Una vecina de Fermoselle -localidad de Zamora que estaba ardiendo no hace nada- decía en televisión que en 2017 intentaron quemar el pueblo. No sé si habrá detenidos. Por supuesto, la noticia de un ser humano acribillado a balazos por ETA nos impresiona hasta extremos difíciles de explicar. Pero parece que no nos afecta tanto la de decenas de miles de hectáreas ardiendo y sus víctimas de todo tipo.
Oigan, asesinar a seres humanos es un delito gravísimo porque supone atentar contra nuestros semejantes y, como dijo Clint Eastwood en la película Sin perdón (1992), cuando matas a alguien le arrebatas todo lo que tiene y todo lo que podría tener. Ahora bien, asesinar al medio ambiente que necesitamos para trabajar, sobrevivir, respirar o simplemente relajarse es un sacrilegio terrorista y da la impresión de que no pasa nada en comparación con el daño que se causa a millones de seres vivos de todas clases en el instante de producirse la catástrofe y luego a medio y largo plazo.
El terrorismo ambiental incendiario produce un efecto dominó al que parece que no le damos toda la importancia que tiene. Si en un lugar concreto de un paraje natural hay un panal de abejas, pongamos por caso, la muerte de estos animales conlleva la no polinización de los cultivos, la reducción drástica de frutas, verduras, semillas, frutos secos. Inflación, disminución del consumo y por tanto aumento del paro y del poder adquisitivo. Una disminución de la biodiversidad ya que las abejas son el alimento de otros seres. Y una crisis en la industria de la miel acompañada igualmente de más paro, entre otros efectos perversos.
Añadan los ejemplos que deseen, con seguridad mis lectores sabrán más que yo. Aumento de los niveles de CO2, pérdida de propiedades, afecciones de pulmón y corazón, alteraciones del sistema inmunitario a causa de las partículas que viajan por el aire y se alojan en el cuerpo mediante la respiración…
He aquí el resultado de ese cambio de parecer que ha sufrido el humano quien primero consideraba como Madre a la Naturaleza para paulatinamente pasar a creerse su dueño.
Arde España por todas partes, en la política, en la sociedad, en sus relaciones internacionales. Aprovechen las vacaciones -los que puedan que son la mayoría- para seguir pensando en una posible solución. Porque el fuego está ahí mientras nosotros chapoteamos por aquí y por allá, empezando por su majestad el rey y por el presidente del gobierno, mientras el tal Alvise sigue con su show populista para robar votos que pueden ser decisivos. El postureo no tiene fin. A lo mejor es que, a la luz de tanta felicidad vacacional, no es tan grave el asunto y veo visiones. En ese caso, pido perdón por sembrar alarma comunitaria.
El follón de Ceuta me obligó a cambiar de tema el domingo pasado cuando ya tenía escrito lo que leerán ahora, si lo desean. La actualidad manda siempre. Sigue el caos en Ceuta, pero no olvidemos que España aún arde, física y espiritualmente. Todos creemos saber cómo se arregla esta situación, de una forma u otra. Habrá que arreglarla porque el caso es que no he vivido nunca tan avergonzado con la tierra que me vio nacer. Cubro la vergüenza con resignación y sonrisas. Ahora, volvamos al texto sacrificado hace una semana.
El maniqueísmo de nuevo
Dos terrorismos especialmente dañinos tenemos en España. Uno pasó, el de ETA, aunque sus protagonistas reciben un trato inmerecido y sus descendientes y sus ideas siguen vivas y hasta gobiernan. El otro se llama incendios con la mano humana detrás, sea porque se provocan directamente y a mala leche con fines perversos, sea porque las legislaciones que persiguen proteger el medio ambiente lo que han hecho es destruirlo, sea por el cambio climático. Éste último es la bandera a la que las izquierdas se aferran y las derechas rechazan o se ponen de perfil.
La causa no es difícil de entender: las izquierdas, al no tener alternativas para el capitalismo y al haber caído ella misma en sus redes culturales -por ejemplo, defender lo público, pero acudir a lo privado en la enseñanza y la sanidad- se ha agarrado a feminismos, xenofobias, racismos, odios, cambio climático. Las derechas no pueden admitir tan alegremente el cambio climático porque eso supondría reconocer que las actividades propias del mercado han envenenado el planeta y aunque todos hayamos colaborado en eso -basta pensar en los automóviles o en los viajes en avión- la evolución humana la encabezan los emprendedores mercantiles con sus descubrimientos, experimentos y abusos contra el entorno natural de la especie y de otras muchas especies.
De esta manera, se ha formado ese maniqueísmo ricos-derecha-contaminación-cambio climático contra solidaridad-desvelo por el necesitado-cuidado del medio ambiente. Ése es el juego en un enfoque totalmente simple y carente de rigor académico, pero, como así funciona el ser humano en general, eso es lo que tenemos. La huella de destructor innato con que cargan las derechas es imborrable y la fama de hermanas de la caridad que actúan por el bien común de que gozan las izquierdas se ha quedado -por ahora- con la parte positiva de la Historia, es así como se explica que personas que ya no se comportan como progresistas puedan seguir llamándose como tales y es así como millones de seres humanos siguen votándolos, descontando a aquellos que los votan porque no tienen oficio ni beneficio en la sociedad y mantienen un puesto de trabajo -o de no trabajo- gracias a la sumisión.
Cuando existía la Unión Soviética nos bombardeaban con aquella dictadura totalitaria que estaba en manos de una nomenclatura. Algo similar tenemos ahora. No, el pueblo no ha elegido eso, se ha formado ella sola ya que el problema principal de las democracias es que los puestos de mando coyunturales -que son los de gestión política- han acabado en manos de personas incompetentes y mediocres que sirven a “caudillos” concretos. Nadie con auténtica personalidad se somete a otros a quienes les entregan la poca dignidad que guardaban. Y los “caudillos” no suelen elegir a los que les proyecten demasiada sombra.
A izquierda y derecha se han formado nomenclaturas que han llegado a la corrupción descarada. Hemos tenido el caso Kitchen -que lleva coleando desde que Rajoy estaba en el poder- y siguen los muchos abiertos contra los gobernantes actuales que se han apropiado de un piropo llamado progresistas. Todo ello, al tiempo que derechos elementales de los seres humanos -como un techo y un trabajo dignos- siguen ausentes en las democracias. No es raro entonces que, según la Fundación SM, el 68 por ciento de los jóvenes desconfíe de la democracia, lo cual no quiere decir que la rechacen, pero, si seguimos así, es un comienzo de rechazo. Hay otros sondeos que rebajan el porcentaje, sin embargo, el hecho está ahí.
ETA destruía vidas humanas y sus acciones criminales afectaban primero a las víctimas mortales y después a los familiares y allegados hasta que, a partir del asesinato de Miguel Ángel Blanco, casi todo el país se sintió indignado. Ya lo saben ustedes porque nos lo han repetido mucho: ETA mató a casi 860 personas en toda su historia. Sus familiares y sus seres más cercanos sufrieron las consecuencias de una actividad que buscaba una independencia estilo Argelia en relación con Francia, según una estrategia parecida a la que nos retrata la película La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontecorvo.
El terrorismo que abrasa
La mediocridad, la ignorancia, los prejuicios y la incompetencia han originado el terrorismo ambiental. Queriendo contrarrestar el cambio climático -sin duda con buena voluntad- gestores sin experiencia suficiente y a las órdenes de pensamientos débiles posmodernos han permitido que el monte y zonas naturales indispensables para los humanos se llenen de maleza y al final se junte el hambre con las ganas de comer. Los listos y modernos cuidadores de los espacios forestales les han dicho a quienes viven o vivían en ellos desde siempre quitaos de en medio ignorantes catetos que hemos llegado nosotros los enterados que somos los que sabemos de esto.
Yo disfruté del amor mutuo y la compañía de un tío, mi tío Vicente, que nació, creció y vivió en un medio rural delicioso en el que también vino al mundo mi padre. Fue en Beniarrés, situado al norte de la provincia de Alicante. Mi padre emigró a Sevilla y, aunque desde pequeño ayudaba a mi abuelo en las faenas del campo, no tuvo tanta experiencia como mi tío Vicente.
Beniarrés no llega ya ni a los 1.200 habitantes, ha perdido 1.000 habitantes desde 1950. Hace ya bastantes años, un invierno, sentado junto a él en su casa de Beniarrés, a la lumbre de la chimenea, me explicaba cómo la gente se iba yendo en busca de las ciudades, cómo el campo se llenaba de maleza y lo que había que hacer para evitar incendios. Por desgracia, mi tío ya no está -sigo sin creérmelo- pero es y será mi fuente de información preferida porque lo que me dijo se ha cumplido a rajatabla sin que los supuestos especialistas en la materia lo hayan evitado y menos los políticos con su verborrea ecologista.
Dos tipos de asesinatos
Tal y como yo lo veo, ETA mataba seres humanos por motivos políticos, pero el fuego mata, por desidia, mala sangre y falta de conocimientos, no sólo a seres humanos sino al medio ambiente que es vital a los seres humanos. Las cifras derivadas de los incendios actuales y pasados nos las están diciendo cada día. Son una barbaridad, algo impropio de un siglo XXI tan tecnológicamente avanzado. Y ahora a esperar unas decenas de años hasta que vuelvan a crecer los árboles si es que vuelven a hacerlo. A este paso, lo único que va a quedar por quemar en España son las almas en el infierno de los pirómanos de todo tipo. En el infierno, cuando deberíamos quemarlos primero en el planeta que tanto contribuyen a destruir.
Por cierto, ¿Cuántos pirómanos o presuntos culpables de incendios hay en la cárcel? ¿Cuántos han sido detenidos y juzgados? Una vecina de Fermoselle -localidad de Zamora que estaba ardiendo no hace nada- decía en televisión que en 2017 intentaron quemar el pueblo. No sé si habrá detenidos. Por supuesto, la noticia de un ser humano acribillado a balazos por ETA nos impresiona hasta extremos difíciles de explicar. Pero parece que no nos afecta tanto la de decenas de miles de hectáreas ardiendo y sus víctimas de todo tipo.
Oigan, asesinar a seres humanos es un delito gravísimo porque supone atentar contra nuestros semejantes y, como dijo Clint Eastwood en la película Sin perdón (1992), cuando matas a alguien le arrebatas todo lo que tiene y todo lo que podría tener. Ahora bien, asesinar al medio ambiente que necesitamos para trabajar, sobrevivir, respirar o simplemente relajarse es un sacrilegio terrorista y da la impresión de que no pasa nada en comparación con el daño que se causa a millones de seres vivos de todas clases en el instante de producirse la catástrofe y luego a medio y largo plazo.
El terrorismo ambiental incendiario produce un efecto dominó al que parece que no le damos toda la importancia que tiene. Si en un lugar concreto de un paraje natural hay un panal de abejas, pongamos por caso, la muerte de estos animales conlleva la no polinización de los cultivos, la reducción drástica de frutas, verduras, semillas, frutos secos. Inflación, disminución del consumo y por tanto aumento del paro y del poder adquisitivo. Una disminución de la biodiversidad ya que las abejas son el alimento de otros seres. Y una crisis en la industria de la miel acompañada igualmente de más paro, entre otros efectos perversos.
Añadan los ejemplos que deseen, con seguridad mis lectores sabrán más que yo. Aumento de los niveles de CO2, pérdida de propiedades, afecciones de pulmón y corazón, alteraciones del sistema inmunitario a causa de las partículas que viajan por el aire y se alojan en el cuerpo mediante la respiración…
He aquí el resultado de ese cambio de parecer que ha sufrido el humano quien primero consideraba como Madre a la Naturaleza para paulatinamente pasar a creerse su dueño.
Arde España por todas partes, en la política, en la sociedad, en sus relaciones internacionales. Aprovechen las vacaciones -los que puedan que son la mayoría- para seguir pensando en una posible solución. Porque el fuego está ahí mientras nosotros chapoteamos por aquí y por allá, empezando por su majestad el rey y por el presidente del gobierno, mientras el tal Alvise sigue con su show populista para robar votos que pueden ser decisivos. El postureo no tiene fin. A lo mejor es que, a la luz de tanta felicidad vacacional, no es tan grave el asunto y veo visiones. En ese caso, pido perdón por sembrar alarma comunitaria.
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