Hay cuestiones que en política internacional nunca desaparecen. Pueden quedar aparcadas durante años, ocultas bajo una aparente normalidad diplomática, pero permanecen ahí, esperando el momento adecuado para volver a la superficie.
Ceuta y Melilla son, probablemente, el mejor ejemplo pues cada vez que Rabat percibe una debilidad política en nuestro país como es la actual del Gobierno de Sánchez, la cuestión vuelve a aparecer; no necesariamente mediante una amenaza militar directa. En ocasiones como la actual lo hace a través de la presión de la frontera con la inmigración y utilizando ésta simplemente mediante declaraciones que vuelven a colocar sobre la mesa una reivindicación territorial que Marruecos nunca ha abandonado y sacando a la luz cada vez que ve debilidad gubernamental, y eso es exactamente lo que está sucediendo ahora.
El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha vuelto a reivindicar para Marruecos un supuesto "derecho histórico y geográfico" sobre Ceuta y Melilla y ha reclamado una solución para que ambas ciudades regresen a Marruecos. Lo ha hecho después de una crisis migratoria sin precedentes en Ceuta y en un momento especialmente delicado en las relaciones entre ambos países. Nuestro Gobierno ha respondido afirmando que Ceuta y Melilla forman parte de su integridad territorial y que esa cuestión no está abierta a discusión, eso dicho tenuemente y con la cabeza algo gacha, no se vaya a enfadar nuestros vecinos.
Es verdad que la respuesta es correcta, pero podíamos preguntarnos es si basta con ella, pues la historia vuelve a llamar a nuestra puerta una vez más.
El recuerdo de la Marcha Verde
Recordemos que en el 75 Marruecos supo aprovechar una circunstancia extraordinariamente delicada en nuestro país como fue la agonía del régimen franquista y la incertidumbre sobre el futuro político español, entonces la Marcha Verde sobre el Sáhara Occidental no fue simplemente una movilización popular, en geopolítica podemos afirmar que fue una formidable operación de presión política y diplomática que consiguió modificar los acontecimientos sobre el terreno.
Y Marruecos aprendió entonces una lección importante en política internacional, las oportunidades aparecen cuando el adversario atraviesa momentos de debilidad.
No fue un hecho aislado pues años después, Hasán II habría trasladado a la máxima representación española sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla. El propio Juan Carlos I ha recordado que el monarca marroquí mantenía abierta esta cuestión con la conocida idea de que tendría que resolverla "la próxima generación" y, esa generación es precisamente la actual.
La respuesta de Adolfo Suárez
Existe un episodio especialmente significativo atribuido a Adolfo Suárez que recorre éstos días las redes sociales, una conversación con Hasán II en 1978, el monarca marroquí habría advertido al presidente español sobre la vulnerabilidad de Ceuta y Melilla ante una eventual acción sorpresa.
La respuesta atribuida a Suárez fue contundente: si Marruecos atacaba las ciudades españolas, España respondería contra territorio marroquí. Más allá de que la literalidad de aquella conversación no pueda considerarse una transcripción diplomática oficial, el episodio contiene una enseñanza política extraordinariamente actual.
Suárez entendió algo fundamental como es que la disuasión funciona cuando el adversario sabe que existe una respuesta. Ojo, no se trata de querer una guerra, se trata precisamente de evitarla.
Nuestro Estado tiene que dejar claro que defenderá su territorio, ésto contribuiria a que nadie tenga incentivos para poner a prueba esa determinación. Y aquí conviene hacer una precisión importante en el debate actual pues no necesitamos bombardear Rabat ni Casablanca. La España democrática actual del siglo XXI no debe responder a las tensiones territoriales con amenazas bélicas, de hecho esto solo alimentaria más tensión innecesaria, pero tampoco debemos responder con miedo o pidiendo perdón o permiso.
El problema contemporáneo es que las guerras ya no empiezan necesariamente con tanques cruzando una frontera. Ahora la presión puede ser mucho más sofisticada, nuestras fronteras se han convertido en instrumento de presión.
Un mando único para abordar la crisis
Una sociedad sometida durante días a una situación de incertidumbre como la vida actualmente en Ceuta puede empezar a preguntarse si realmente está protegida por su propio Estado, eso es lo verdaderamente peligroso.
La reciente crisis de Ceuta ha demostrado la enorme vulnerabilidad de una ciudad que, en apenas unas horas, puede verse sometida a una presión extraordinaria de miles de inmigrantes. El Gobierno ha anunciado ahora un mando único para afrontar la crisis y prevé declarar la situación de Ceuta como de interés para la seguridad nacional, ante ésto la pregunta que debemos hacernos es por qué hemos tenido que llegar hasta aquí?
Hay una cuestión que considero especialmente importante y que debería formar parte de cualquier estrategia de Estado sobre Ceuta y Melilla, nuestro rey debe ir a Ceuta y a Melilla. No dentro de seis meses. No cuando Marruecos considere que la visita resulta diplomáticamente conveniente. ¡Ahora!
Felipe VI se ha comprometido ya a visitar Ceuta, aunque todavía no existe una fecha concreta. Sería una visita histórica pues desde 2007 ningún monarca ha realizado una visita a las dos ciudades para no "enfadar Marruecos".
Felipe VI debe visitar Ceuta y Melilla
Felipe VI no ha efectuado una visita oficial a ninguna de ellas desde su proclamación en 2014 y es precisamente por eso ha llegado el momento. Y yo añadiría algo más: no debería ser solamente Ceuta. Deberían ser Ceuta y Melilla. Juntas. Porque el mensaje debe ser inequívoco.
La presencia del rey no sería una provocación a Marruecos, es un ejercicio de normalidad constitucional. Nuestro rey no tendría que pronunciar una sola palabra contra Mohamed VI. No tendría que hacer ninguna referencia beligerante a las reivindicaciones marroquíes. Bastaría con estar. Caminar por las calles. Saludar a sus ciudadanos. Visitar sus instituciones. Reconocer públicamente a quienes trabajan y viven allí.
Y transmitir algo tan sencillo como poderoso: Ceuta y Melilla son España y el jefe del Estado español está con ellas. ¿Y si Marruecos se enfada? ¿Y si Rabat protesta? ¿Y si Marruecos considera provocadora la visita? ¿Y si existen consecuencias diplomáticas? Estas son probablemente las preguntas que algunos se estarán haciendo llegado a estas alturas del artículo.
Nuestro Estado no puede dejar de realizar determinados actos dentro de muestro propio territorio por miedo a la reacción de otro Estado, entonces el problema deja de estar en Rabat. Está en Madrid. Un país amigo puede discrepar. Un país vecino puede protestar. Un país aliado puede expresar su malestar. Pero ninguno debería tener capacidad para determinar dónde puede desplazarse el jefe del Estado español dentro de España.
La diplomacia consiste en gestionar las consecuencias de nuestras decisiones, no en permitir que otro Estado decida cuáles podemos tomar. No necesitamos una guerra; necesitamos Estado.
España debe cooperar con Marruecos desde la fortaleza
Defender Ceuta y Melilla no significa buscar un enfrentamiento con Marruecos, nuestro país necesita a Marruecos y Marruecos necesita nuestro país. La cooperación económica, la lucha contra el terrorismo, el control de los flujos migratorios y la estabilidad del Estrecho hacen imprescindible mantener una relación fluida.
Pero una buena relación de vecindad no puede construirse sobre la incertidumbre respecto a la soberanía, el chantaje o la presión. España debe cooperar con Marruecos desde la fortaleza, no desde la dependencia.
Y Europa debe comprender que Ceuta y Melilla no son un problema exclusivamente nuestro, son frontera exterior de la Unión Europea, entender que cuando se presiona Ceuta se está presionando también una frontera europea.
Cuando se cuestiona Melilla se está cuestionando una frontera de la Unión. Por eso Bruselas no puede limitarse a observar y callar. Por eso la verdadera lección de Suárez hoy no pasa de ser un acto simbólico, hoy no es necesario decirle a Rabat que podemos bombardear Casablanca en 48 horas. Pero sí deberíamos recuperar el espíritu político que había detrás de aquella respuesta atribuida a Suárez.
La fuerza de una fotografía
España no debe achantarse, pues la fortaleza de un Estado democrático no se mide por su capacidad para amenazar con una guerra, sino por su capacidad para evitar que nadie crea que puede obtener ventajas mediante la presión. Eso requiere Fuerzas Armadas preparadas. Requiere inteligencia. Requiere diplomacia. Requiere una política migratoria eficaz. Requiere respaldo europeo. Requiere inversión en Ceuta y Melilla. Y requiere, sobre todo, una política de Estado que esté por encima de los intereses de liderazgos.
Pero también requiere de símbolos, y en este momento el símbolo es evidente, nuestros reyes. Felipe VI y la reina Letizia deben visitar Ceuta y Melilla. No para provocar a Marruecos. No para desafiar a Mohamed VI. No para hacer política partidista. Sino para decirles a los ciudadanos de ambas ciudades que España está allí.
Porque hay ocasiones en las que una fotografía puede tener más fuerza que cien comunicados diplomáticos. La imagen de los Reyes caminando por Ceuta y Melilla, rodeados de sus ciudadanos, sería una imagen de normalidad. Pero también sería una imagen de firmeza. Y quizá ese sea el mensaje que hoy más necesita escuchar Rabat: España quiere ser un buen vecino. Quiere cooperar. Quiere mantener la amistad. Quiere estabilidad en el Estrecho. Pero hay algo que no está sobre la mesa de negociación como es la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.
Y para defenderla no necesitamos disparar un solo tiro, necesitamos algo mucho más difícil de conseguir en éstos momentos: unidad, firmeza y tener la suficiente fortaleza para no tener que hacerlo nunca.
Hay cuestiones que en política internacional nunca desaparecen. Pueden quedar aparcadas durante años, ocultas bajo una aparente normalidad diplomática, pero permanecen ahí, esperando el momento adecuado para volver a la superficie.
Ceuta y Melilla son, probablemente, el mejor ejemplo pues cada vez que Rabat percibe una debilidad política en nuestro país como es la actual del Gobierno de Sánchez, la cuestión vuelve a aparecer; no necesariamente mediante una amenaza militar directa. En ocasiones como la actual lo hace a través de la presión de la frontera con la inmigración y utilizando ésta simplemente mediante declaraciones que vuelven a colocar sobre la mesa una reivindicación territorial que Marruecos nunca ha abandonado y sacando a la luz cada vez que ve debilidad gubernamental, y eso es exactamente lo que está sucediendo ahora.
El ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, ha vuelto a reivindicar para Marruecos un supuesto "derecho histórico y geográfico" sobre Ceuta y Melilla y ha reclamado una solución para que ambas ciudades regresen a Marruecos. Lo ha hecho después de una crisis migratoria sin precedentes en Ceuta y en un momento especialmente delicado en las relaciones entre ambos países. Nuestro Gobierno ha respondido afirmando que Ceuta y Melilla forman parte de su integridad territorial y que esa cuestión no está abierta a discusión, eso dicho tenuemente y con la cabeza algo gacha, no se vaya a enfadar nuestros vecinos.
Es verdad que la respuesta es correcta, pero podíamos preguntarnos es si basta con ella, pues la historia vuelve a llamar a nuestra puerta una vez más.
El recuerdo de la Marcha Verde
Recordemos que en el 75 Marruecos supo aprovechar una circunstancia extraordinariamente delicada en nuestro país como fue la agonía del régimen franquista y la incertidumbre sobre el futuro político español, entonces la Marcha Verde sobre el Sáhara Occidental no fue simplemente una movilización popular, en geopolítica podemos afirmar que fue una formidable operación de presión política y diplomática que consiguió modificar los acontecimientos sobre el terreno.
Y Marruecos aprendió entonces una lección importante en política internacional, las oportunidades aparecen cuando el adversario atraviesa momentos de debilidad.
No fue un hecho aislado pues años después, Hasán II habría trasladado a la máxima representación española sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla. El propio Juan Carlos I ha recordado que el monarca marroquí mantenía abierta esta cuestión con la conocida idea de que tendría que resolverla "la próxima generación" y, esa generación es precisamente la actual.
La respuesta de Adolfo Suárez
Existe un episodio especialmente significativo atribuido a Adolfo Suárez que recorre éstos días las redes sociales, una conversación con Hasán II en 1978, el monarca marroquí habría advertido al presidente español sobre la vulnerabilidad de Ceuta y Melilla ante una eventual acción sorpresa.
La respuesta atribuida a Suárez fue contundente: si Marruecos atacaba las ciudades españolas, España respondería contra territorio marroquí. Más allá de que la literalidad de aquella conversación no pueda considerarse una transcripción diplomática oficial, el episodio contiene una enseñanza política extraordinariamente actual.
Suárez entendió algo fundamental como es que la disuasión funciona cuando el adversario sabe que existe una respuesta. Ojo, no se trata de querer una guerra, se trata precisamente de evitarla.
Nuestro Estado tiene que dejar claro que defenderá su territorio, ésto contribuiria a que nadie tenga incentivos para poner a prueba esa determinación. Y aquí conviene hacer una precisión importante en el debate actual pues no necesitamos bombardear Rabat ni Casablanca. La España democrática actual del siglo XXI no debe responder a las tensiones territoriales con amenazas bélicas, de hecho esto solo alimentaria más tensión innecesaria, pero tampoco debemos responder con miedo o pidiendo perdón o permiso.
El problema contemporáneo es que las guerras ya no empiezan necesariamente con tanques cruzando una frontera. Ahora la presión puede ser mucho más sofisticada, nuestras fronteras se han convertido en instrumento de presión.
Un mando único para abordar la crisis
Una sociedad sometida durante días a una situación de incertidumbre como la vida actualmente en Ceuta puede empezar a preguntarse si realmente está protegida por su propio Estado, eso es lo verdaderamente peligroso.
La reciente crisis de Ceuta ha demostrado la enorme vulnerabilidad de una ciudad que, en apenas unas horas, puede verse sometida a una presión extraordinaria de miles de inmigrantes. El Gobierno ha anunciado ahora un mando único para afrontar la crisis y prevé declarar la situación de Ceuta como de interés para la seguridad nacional, ante ésto la pregunta que debemos hacernos es por qué hemos tenido que llegar hasta aquí?
Hay una cuestión que considero especialmente importante y que debería formar parte de cualquier estrategia de Estado sobre Ceuta y Melilla, nuestro rey debe ir a Ceuta y a Melilla. No dentro de seis meses. No cuando Marruecos considere que la visita resulta diplomáticamente conveniente. ¡Ahora!
Felipe VI se ha comprometido ya a visitar Ceuta, aunque todavía no existe una fecha concreta. Sería una visita histórica pues desde 2007 ningún monarca ha realizado una visita a las dos ciudades para no "enfadar Marruecos".
Felipe VI debe visitar Ceuta y Melilla
Felipe VI no ha efectuado una visita oficial a ninguna de ellas desde su proclamación en 2014 y es precisamente por eso ha llegado el momento. Y yo añadiría algo más: no debería ser solamente Ceuta. Deberían ser Ceuta y Melilla. Juntas. Porque el mensaje debe ser inequívoco.
La presencia del rey no sería una provocación a Marruecos, es un ejercicio de normalidad constitucional. Nuestro rey no tendría que pronunciar una sola palabra contra Mohamed VI. No tendría que hacer ninguna referencia beligerante a las reivindicaciones marroquíes. Bastaría con estar. Caminar por las calles. Saludar a sus ciudadanos. Visitar sus instituciones. Reconocer públicamente a quienes trabajan y viven allí.
Y transmitir algo tan sencillo como poderoso: Ceuta y Melilla son España y el jefe del Estado español está con ellas. ¿Y si Marruecos se enfada? ¿Y si Rabat protesta? ¿Y si Marruecos considera provocadora la visita? ¿Y si existen consecuencias diplomáticas? Estas son probablemente las preguntas que algunos se estarán haciendo llegado a estas alturas del artículo.
Nuestro Estado no puede dejar de realizar determinados actos dentro de muestro propio territorio por miedo a la reacción de otro Estado, entonces el problema deja de estar en Rabat. Está en Madrid. Un país amigo puede discrepar. Un país vecino puede protestar. Un país aliado puede expresar su malestar. Pero ninguno debería tener capacidad para determinar dónde puede desplazarse el jefe del Estado español dentro de España.
La diplomacia consiste en gestionar las consecuencias de nuestras decisiones, no en permitir que otro Estado decida cuáles podemos tomar. No necesitamos una guerra; necesitamos Estado.
España debe cooperar con Marruecos desde la fortaleza
Defender Ceuta y Melilla no significa buscar un enfrentamiento con Marruecos, nuestro país necesita a Marruecos y Marruecos necesita nuestro país. La cooperación económica, la lucha contra el terrorismo, el control de los flujos migratorios y la estabilidad del Estrecho hacen imprescindible mantener una relación fluida.
Pero una buena relación de vecindad no puede construirse sobre la incertidumbre respecto a la soberanía, el chantaje o la presión. España debe cooperar con Marruecos desde la fortaleza, no desde la dependencia.
Y Europa debe comprender que Ceuta y Melilla no son un problema exclusivamente nuestro, son frontera exterior de la Unión Europea, entender que cuando se presiona Ceuta se está presionando también una frontera europea.
Cuando se cuestiona Melilla se está cuestionando una frontera de la Unión. Por eso Bruselas no puede limitarse a observar y callar. Por eso la verdadera lección de Suárez hoy no pasa de ser un acto simbólico, hoy no es necesario decirle a Rabat que podemos bombardear Casablanca en 48 horas. Pero sí deberíamos recuperar el espíritu político que había detrás de aquella respuesta atribuida a Suárez.
La fuerza de una fotografía
España no debe achantarse, pues la fortaleza de un Estado democrático no se mide por su capacidad para amenazar con una guerra, sino por su capacidad para evitar que nadie crea que puede obtener ventajas mediante la presión. Eso requiere Fuerzas Armadas preparadas. Requiere inteligencia. Requiere diplomacia. Requiere una política migratoria eficaz. Requiere respaldo europeo. Requiere inversión en Ceuta y Melilla. Y requiere, sobre todo, una política de Estado que esté por encima de los intereses de liderazgos.
Pero también requiere de símbolos, y en este momento el símbolo es evidente, nuestros reyes. Felipe VI y la reina Letizia deben visitar Ceuta y Melilla. No para provocar a Marruecos. No para desafiar a Mohamed VI. No para hacer política partidista. Sino para decirles a los ciudadanos de ambas ciudades que España está allí.
Porque hay ocasiones en las que una fotografía puede tener más fuerza que cien comunicados diplomáticos. La imagen de los Reyes caminando por Ceuta y Melilla, rodeados de sus ciudadanos, sería una imagen de normalidad. Pero también sería una imagen de firmeza. Y quizá ese sea el mensaje que hoy más necesita escuchar Rabat: España quiere ser un buen vecino. Quiere cooperar. Quiere mantener la amistad. Quiere estabilidad en el Estrecho. Pero hay algo que no está sobre la mesa de negociación como es la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.
Y para defenderla no necesitamos disparar un solo tiro, necesitamos algo mucho más difícil de conseguir en éstos momentos: unidad, firmeza y tener la suficiente fortaleza para no tener que hacerlo nunca.
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