Hay un malentendido cómodo que conviene deshacer cuanto antes: creer que lo que llamamos "nueva derecha" es una derecha más, un conservadurismo algo más ríspido, un poco más ruidoso, endurecido por la crisis. No lo es. El conservadurismo clásico —el de Burke, incluso el de Cánovas— era una criatura de la modernidad ilustrada aunque la mirase con recelo: aceptaba el marco y discutía dentro de él. Admitía la razón, el derecho, la Constitución, la representación, y solo pedía prudencia, gradualismo, respeto a lo heredado. Pedía frenar el coche, no incendiarlo. Lo que hoy emerge no discute dentro del marco ilustrado: lo impugna entero. Y al impugnarlo repite, casi punto por punto, el gesto que ya definió al fascismo de entreguerras.
Durante un tiempo me pareció que a esta derecha le cuadraba el adjetivo "preilustrada", como si fuera una recaída, un regreso a un mundo anterior a las Luces. Me equivocaba, y la corrección no es menor: no es preilustrada, es contrailustrada. La distinción parece de matiz y es de fondo, y en ella se juega casi todo lo que aquí importa.
Preilustrada o contrailustrada
Lo preilustrado es lo que nunca entró en la modernidad: la nostalgia del trono y el altar, el súbdito que ni siquiera sabía que cabía otra cosa, un orden anterior al concepto mismo de los derechos humanos. Es reacción, sí, pero arcaizante e inocente; mira hacia atrás y añora. Lo contrailustrado es otra cosa, y es peor. Conoce la Ilustración al dedillo, ha vivido dentro de ella, ha gozado de sus frutos —la técnica, el Estado de derecho, la ciencia, la prosperidad— y la niega desde dentro, con sus propias armas. No añora un pasado: proyecta un futuro edificado sobre la negación de 1789. Por eso es disruptiva y no meramente reaccionaria, y por eso constituye una novedad histórica que merece nombrarse con exactitud.
Saiah Berlin bautizó con acierto esa tradición: la Contrailustración. No fue un accidente ni una resistencia rústica; fue un programa, tan moderno como aquello a lo que se oponía. De Maistre y Bonald, Hamann, el Herder radicalizado por sus discípulos: frente a la razón universal, la sangre y el suelo; frente al humano abstracto, el pueblo concreto y orgánico, con sus raíces y sus dioses; frente a la igualdad, la jerarquía natural; frente al contrato, el vínculo heredado que no se elige. La novedad de hoy es que esa corriente ha dejado de disimular. Aleksandr Dugin propone literalmente una "cuarta teoría política" que empieza por liquidar el legado de 1789. Los teóricos de la neorreacción anglosajona —Curtis Yarvin, Nick Land— bautizan su proyecto como Dark Enlightenment, la Ilustración oscura: elogio explícito de la desigualdad, de la autoridad, del gobierno concebido como empresa, contra la democracia y contra el universalismo. Se nombran a sí mismos por oposición a Kant. No cabe confesión más limpia, ni más nueva.
Qué es lo que se niega
Conviene recordar qué se niega. La Ilustración cabe en una divisa que Kant tomó de Horacio: sapere aude, atrévete a saber, atrévete a pensar por ti mismo sin la tutela de otro. De ahí se sigue lo demás: la autonomía de la razón frente a la autoridad y la tradición; la idea de que existe un tribunal —la argumentación pública— ante el que toda pretensión debe justificarse; y, sobre todo, el universalismo. El sujeto de los derechos no es el inglés, ni el francés, ni el cristiano, ni el propietario: es el ser humano sin más adjetivos.
Ya lo comentábamos a propósito de las declaraciones de 1776 y 1789: su fuerza no residía en quién sostuvo la pluma, sino en a quién nombraban. Decían l'homme, no le Français. Por eso pudieron volverse contra sus propios autores y universalizarse hacia las mujeres, los esclavos, los indígenas, todo sujeto humano. La titularidad universal de los derechos es el excedente incontenible de la Ilustración, su promesa impagada pero irrenunciable. Negar al humano en general —como pedía De Maistre, que declaraba no haber conocido nunca al humano, solo a franceses, italianos, rusos— es negar esa titularidad, y con ella la posibilidad misma de que el excluido reclame.
El terreno lo abonó, en parte, la izquierda
Sería un autoengaño reconfortante situar toda la responsabilidad en el otro campo. La verdad es más incómoda: buena parte del terreno en el que hoy germina esta contrailustración de derechas lo abonó, sin quererlo, la crítica total a la Ilustración que durante décadas cultivó cierta izquierda posmoderna. Cuando se enseñó que la razón universal era solo una máscara del poder, que el sujeto era una ficción, que no había hechos sino interpretaciones, que toda verdad era un relato al servicio de un interés y que los grandes relatos —la ciencia, el progreso, la emancipación— eran sospechosos por definición, se estaba desactivando el arsenal ilustrado desde dentro.
Lyotard cifró la posmodernidad en la incredulidad hacia los metarrelatos. Era, en su origen, una crítica de intención emancipadora: desenmascarar el eurocentrismo, el colonialismo y el patriarcado que se agazapaban tras un universalismo abstracto y a menudo hipócrita. Pero las herramientas no tienen dueño. El relativismo epistémico que la izquierda académica afiló para deconstruir el poder ha sido recogido, sin pudor, por la derecha contrailustrada, que lo ha vuelto del revés: si no hay verdad sino relatos, el mío vale tanto como el tuyo; si la ciencia es una narración interesada, mi negacionismo es otra igual de legítima; si el sujeto universal es una ficción occidental, defenderé sin complejos al sujeto particular: mi pueblo, mi raza, mi nación. La posverdad es la hija bastarda de "no hay hechos, solo interpretaciones" empuñada con cinismo. Quien vació de contenido la idea de verdad objetiva no debería sorprenderse de que otros ocupen el hueco. Ese es el hallazgo relevante y desagradable: la novedad disruptiva de la nueva derecha se apoya en un suelo que le prepararon, en parte, sus propios enemigos.
Un irracionalismo anticientífico
De ahí a lo siguiente hay un solo paso, y es el mismo que dio el fascismo de entreguerras: el irracionalismo anticientífico. Aquel fascismo no fue solo cruel; fue programáticamente enemigo de la razón. Sorel predicaba el mito movilizador frente al argumento; el vitalismo entronizaba el instinto, la voluntad y la sangre por encima del cálculo; la ciencia, universal y corregible, se despreciaba como fría, desarraigada, ajena a la verdad orgánica del pueblo. La nueva derecha ha reeditado ese irracionalismo con ropaje digital. El negacionismo climático, el rechazo de las vacunas, el desprecio del experto, la sospecha sistemática hacia toda institución que produzca conocimiento contrastable no son errores dispersos: son una posición. La ciencia les estorba por lo mismo que les estorba el derecho universal: porque es acumulativa, corregible y común a toda la humanidad; es decir, porque es ilustrada. Frente al dato, el relato; frente a la evidencia, la emoción movilizada. Es la vieja guerra contra la razón como tribunal compartido, librada ahora con algoritmos.
De la Contrailustración al fascismo
Zeev Sternhell dedicó su vida a demostrar una tesis incómoda para quienes prefieren ver el fascismo como un paréntesis de locura colectiva: no cayó del cielo en 1922 ni en 1933. Fue la síntesis política de la Contrailustración, la culminación de siglo y medio de rebelión contra 1789. No fue antimoderno —usó la técnica, la estética de masas, la industria—, sino una modernidad alternativa levantada sobre la negación de los principios ilustrados. El fascismo no perdió una discusión ilustrada: se negó a tenerla. Y encontró en la filosofía del derecho quien le diera forma. Carl Schmitt, brújula secreta de toda esta corriente, tradujo el gesto contrailustrado a categorías jurídicas: la política es la distinción amigo-enemigo, la soberanía es quien decide sobre la excepción, y la norma universal cede siempre ante la decisión concreta.
Titularidad y ejercicio: lo que esta derecha no reconoce
Aquí está el corazón jurídico del asunto, y conviene una precisión que esta derecha se niega a admitir. Los derechos humanos, tal como los alumbraron las declaraciones revolucionarias, son de titularidad universal: se es titular de ellos por el mero hecho de ser humano, no por pertenecer a una nación, una raza o una cultura. Cosa distinta es su ejercicio, que sí admite restricciones pragmáticas. El menor de edad es titular pleno del derecho al voto, aunque no pueda ejercerlo todavía; el extranjero es titular de la dignidad y de las libertades fundamentales, aunque el sufragio en esta comunidad concreta esté reservado a los nacionales. La restricción recae sobre el ejercicio; la titularidad permanece intacta, universal, inderogable. Ese es el núcleo civilizatorio de 1789: nadie deja de ser titular de derechos, por mucho que su ejercicio se module por razones prácticas. Adviértase, además, que esa restricción del ejercicio es contingente y no esencial: en el caso hipotético de un Estado de derecho democrático mundial, donde el demos coincidiera con la humanidad entera, hasta la reserva del sufragio a los nacionales se desvanecería, y titularidad y ejercicio volverían a coincidir en la universalidad que fue su origen.
La derecha contrailustrada no reconoce esa distinción, y ahí se delata. No propone restringir el ejercicio de ciertos derechos: niega la titularidad misma a quien ha decidido excluir del nosotros. El migrante, para ella, no es un titular universal cuyo ejercicio del voto está limitado; es sencillamente alguien que no tiene derechos, porque no es de los suyos. Colapsa la titularidad en la pertenencia, que es precisamente el gesto que la Ilustración vino a prohibir. Y su expresión jurídica más pura es el derecho penal del enemigo, que teoriza sin rubor lo que 1789 vetaba: que hay individuos a los que el Estado deja de tratar como personas titulares de garantías para tratarlos como enemigos a neutralizar. Es la negación exacta, escrita en el código, de la titularidad universal. Cuando el derecho universal se sustituye por la decisión sobre quién merece tenerlo, ya estamos, otra vez, dentro de la lógica schmittiana.
Cuéntense los demás signos y se verá la partida de nacimiento. "Derechos humanos" convertido en insulto: privilegio de extranjeros, coartada de las ONG, artefacto globalista. El culto a lo orgánico frente a lo deliberado: la nación como cuerpo, la familia como orden natural, la jerarquía como ley de la vida, y la igualdad presentada como violencia contra la naturaleza. La guerra cultural contra el llamado «wokismo» que, despojada de ruido, es la vieja guerra contra el igualitarismo universalista: contra la idea de que la mujer, el migrante, el distinto son titulares del mismo derecho. Y, sosteniéndolo todo, el desprecio por la verdad compartida.
Por qué importa
Se dirá que exagero, retórica de intelectual asustado. Ojalá. Pero quien avisa recuerda que la Contrailustración nunca fue nostalgia inofensiva: fue siempre un proyecto, y su desenlace en el siglo XX lo conocemos. La erosión democrática que estudiamos —el lawfare, el vaciamiento de los contrapesos, la conversión del adversario en enemigo a batir— no son excesos aislados: son la gramática schmittiana operando de nuevo, esta vez sin camisas de color pero con idéntica lógica.
Conviene una salvedad que, en vez de debilitar la tesis, la afila. No toda la derecha es esto; subsiste un conservadurismo que juega dentro del tablero, acepta la Constitución y pierde elecciones sin negar su legitimidad. Con ese se puede discutir. El peligro aparece cuando ese conservadurismo homologable pacta con la derecha contrailustrada —lo hemos visto de sobra en nuestra tierra— y, en lugar de moderarla, le presta respetabilidad y termina hablando su idioma.
La línea de defensa es, paradójicamente, la más abstracta: aquel humano en general que De Maistre no lograba ver y que Burke despreciaba, el sujeto sin adjetivos de 1789, titular de derechos por el mero hecho de serlo. No por azar Robert Musil escribió El hombre sin atributos en los años que precedieron a la catástrofe, mientras a su alrededor se derrumbaba aquella Kakania centroeuropea en una feria de identidades enfrentadas. Ulrich, el hombre sin atributos, no es un vacío: es el ser humano que se niega a quedar fijado por cualidad alguna —nación, casta, credo, oficio—, pura posibilidad, puro sentido de lo posible.
Ese hombre sin atributos y el humano sin adjetivos de 1789 son, en el fondo, el mismo: titular de derechos precisamente porque ninguna cualidad particular lo agota. La contrailustración quiere lo contrario, volver a vestirlo de atributos —sangre, suelo, pueblo— hasta que el derecho dependa de nuevo de ellos. Defender esa abstracción no es idealismo ingenuo: es lo único que ha permitido, alguna vez, que el excluido reclamara y que la exclusión fuese contestable en vez de natural. Pero defenderla exige algo que incomoda a los dos lados: recuperar en la izquierda la confianza en la razón universal y en la verdad objetiva que el posmodernismo dilapidó, porque a la contrailustración no se la combate con sus mismas armas relativistas. Renunciar al humano universal —lo hagan quienes hoy lo niegan o quienes ayer lo deconstruyeron— es renunciar a la palanca. quedaentosolo queda la fuerza. Eso ya lo probamos una vez en Europa no deberíamos necesitar probarlo dos.
Hay un malentendido cómodo que conviene deshacer cuanto antes: creer que lo que llamamos "nueva derecha" es una derecha más, un conservadurismo algo más ríspido, un poco más ruidoso, endurecido por la crisis. No lo es. El conservadurismo clásico —el de Burke, incluso el de Cánovas— era una criatura de la modernidad ilustrada aunque la mirase con recelo: aceptaba el marco y discutía dentro de él. Admitía la razón, el derecho, la Constitución, la representación, y solo pedía prudencia, gradualismo, respeto a lo heredado. Pedía frenar el coche, no incendiarlo. Lo que hoy emerge no discute dentro del marco ilustrado: lo impugna entero. Y al impugnarlo repite, casi punto por punto, el gesto que ya definió al fascismo de entreguerras.
Durante un tiempo me pareció que a esta derecha le cuadraba el adjetivo "preilustrada", como si fuera una recaída, un regreso a un mundo anterior a las Luces. Me equivocaba, y la corrección no es menor: no es preilustrada, es contrailustrada. La distinción parece de matiz y es de fondo, y en ella se juega casi todo lo que aquí importa.
Preilustrada o contrailustrada
Lo preilustrado es lo que nunca entró en la modernidad: la nostalgia del trono y el altar, el súbdito que ni siquiera sabía que cabía otra cosa, un orden anterior al concepto mismo de los derechos humanos. Es reacción, sí, pero arcaizante e inocente; mira hacia atrás y añora. Lo contrailustrado es otra cosa, y es peor. Conoce la Ilustración al dedillo, ha vivido dentro de ella, ha gozado de sus frutos —la técnica, el Estado de derecho, la ciencia, la prosperidad— y la niega desde dentro, con sus propias armas. No añora un pasado: proyecta un futuro edificado sobre la negación de 1789. Por eso es disruptiva y no meramente reaccionaria, y por eso constituye una novedad histórica que merece nombrarse con exactitud.
Saiah Berlin bautizó con acierto esa tradición: la Contrailustración. No fue un accidente ni una resistencia rústica; fue un programa, tan moderno como aquello a lo que se oponía. De Maistre y Bonald, Hamann, el Herder radicalizado por sus discípulos: frente a la razón universal, la sangre y el suelo; frente al humano abstracto, el pueblo concreto y orgánico, con sus raíces y sus dioses; frente a la igualdad, la jerarquía natural; frente al contrato, el vínculo heredado que no se elige. La novedad de hoy es que esa corriente ha dejado de disimular. Aleksandr Dugin propone literalmente una "cuarta teoría política" que empieza por liquidar el legado de 1789. Los teóricos de la neorreacción anglosajona —Curtis Yarvin, Nick Land— bautizan su proyecto como Dark Enlightenment, la Ilustración oscura: elogio explícito de la desigualdad, de la autoridad, del gobierno concebido como empresa, contra la democracia y contra el universalismo. Se nombran a sí mismos por oposición a Kant. No cabe confesión más limpia, ni más nueva.
Qué es lo que se niega
Conviene recordar qué se niega. La Ilustración cabe en una divisa que Kant tomó de Horacio: sapere aude, atrévete a saber, atrévete a pensar por ti mismo sin la tutela de otro. De ahí se sigue lo demás: la autonomía de la razón frente a la autoridad y la tradición; la idea de que existe un tribunal —la argumentación pública— ante el que toda pretensión debe justificarse; y, sobre todo, el universalismo. El sujeto de los derechos no es el inglés, ni el francés, ni el cristiano, ni el propietario: es el ser humano sin más adjetivos.
Ya lo comentábamos a propósito de las declaraciones de 1776 y 1789: su fuerza no residía en quién sostuvo la pluma, sino en a quién nombraban. Decían l'homme, no le Français. Por eso pudieron volverse contra sus propios autores y universalizarse hacia las mujeres, los esclavos, los indígenas, todo sujeto humano. La titularidad universal de los derechos es el excedente incontenible de la Ilustración, su promesa impagada pero irrenunciable. Negar al humano en general —como pedía De Maistre, que declaraba no haber conocido nunca al humano, solo a franceses, italianos, rusos— es negar esa titularidad, y con ella la posibilidad misma de que el excluido reclame.
El terreno lo abonó, en parte, la izquierda
Sería un autoengaño reconfortante situar toda la responsabilidad en el otro campo. La verdad es más incómoda: buena parte del terreno en el que hoy germina esta contrailustración de derechas lo abonó, sin quererlo, la crítica total a la Ilustración que durante décadas cultivó cierta izquierda posmoderna. Cuando se enseñó que la razón universal era solo una máscara del poder, que el sujeto era una ficción, que no había hechos sino interpretaciones, que toda verdad era un relato al servicio de un interés y que los grandes relatos —la ciencia, el progreso, la emancipación— eran sospechosos por definición, se estaba desactivando el arsenal ilustrado desde dentro.
Lyotard cifró la posmodernidad en la incredulidad hacia los metarrelatos. Era, en su origen, una crítica de intención emancipadora: desenmascarar el eurocentrismo, el colonialismo y el patriarcado que se agazapaban tras un universalismo abstracto y a menudo hipócrita. Pero las herramientas no tienen dueño. El relativismo epistémico que la izquierda académica afiló para deconstruir el poder ha sido recogido, sin pudor, por la derecha contrailustrada, que lo ha vuelto del revés: si no hay verdad sino relatos, el mío vale tanto como el tuyo; si la ciencia es una narración interesada, mi negacionismo es otra igual de legítima; si el sujeto universal es una ficción occidental, defenderé sin complejos al sujeto particular: mi pueblo, mi raza, mi nación. La posverdad es la hija bastarda de "no hay hechos, solo interpretaciones" empuñada con cinismo. Quien vació de contenido la idea de verdad objetiva no debería sorprenderse de que otros ocupen el hueco. Ese es el hallazgo relevante y desagradable: la novedad disruptiva de la nueva derecha se apoya en un suelo que le prepararon, en parte, sus propios enemigos.
Un irracionalismo anticientífico
De ahí a lo siguiente hay un solo paso, y es el mismo que dio el fascismo de entreguerras: el irracionalismo anticientífico. Aquel fascismo no fue solo cruel; fue programáticamente enemigo de la razón. Sorel predicaba el mito movilizador frente al argumento; el vitalismo entronizaba el instinto, la voluntad y la sangre por encima del cálculo; la ciencia, universal y corregible, se despreciaba como fría, desarraigada, ajena a la verdad orgánica del pueblo. La nueva derecha ha reeditado ese irracionalismo con ropaje digital. El negacionismo climático, el rechazo de las vacunas, el desprecio del experto, la sospecha sistemática hacia toda institución que produzca conocimiento contrastable no son errores dispersos: son una posición. La ciencia les estorba por lo mismo que les estorba el derecho universal: porque es acumulativa, corregible y común a toda la humanidad; es decir, porque es ilustrada. Frente al dato, el relato; frente a la evidencia, la emoción movilizada. Es la vieja guerra contra la razón como tribunal compartido, librada ahora con algoritmos.
De la Contrailustración al fascismo
Zeev Sternhell dedicó su vida a demostrar una tesis incómoda para quienes prefieren ver el fascismo como un paréntesis de locura colectiva: no cayó del cielo en 1922 ni en 1933. Fue la síntesis política de la Contrailustración, la culminación de siglo y medio de rebelión contra 1789. No fue antimoderno —usó la técnica, la estética de masas, la industria—, sino una modernidad alternativa levantada sobre la negación de los principios ilustrados. El fascismo no perdió una discusión ilustrada: se negó a tenerla. Y encontró en la filosofía del derecho quien le diera forma. Carl Schmitt, brújula secreta de toda esta corriente, tradujo el gesto contrailustrado a categorías jurídicas: la política es la distinción amigo-enemigo, la soberanía es quien decide sobre la excepción, y la norma universal cede siempre ante la decisión concreta.
Titularidad y ejercicio: lo que esta derecha no reconoce
Aquí está el corazón jurídico del asunto, y conviene una precisión que esta derecha se niega a admitir. Los derechos humanos, tal como los alumbraron las declaraciones revolucionarias, son de titularidad universal: se es titular de ellos por el mero hecho de ser humano, no por pertenecer a una nación, una raza o una cultura. Cosa distinta es su ejercicio, que sí admite restricciones pragmáticas. El menor de edad es titular pleno del derecho al voto, aunque no pueda ejercerlo todavía; el extranjero es titular de la dignidad y de las libertades fundamentales, aunque el sufragio en esta comunidad concreta esté reservado a los nacionales. La restricción recae sobre el ejercicio; la titularidad permanece intacta, universal, inderogable. Ese es el núcleo civilizatorio de 1789: nadie deja de ser titular de derechos, por mucho que su ejercicio se module por razones prácticas. Adviértase, además, que esa restricción del ejercicio es contingente y no esencial: en el caso hipotético de un Estado de derecho democrático mundial, donde el demos coincidiera con la humanidad entera, hasta la reserva del sufragio a los nacionales se desvanecería, y titularidad y ejercicio volverían a coincidir en la universalidad que fue su origen.
La derecha contrailustrada no reconoce esa distinción, y ahí se delata. No propone restringir el ejercicio de ciertos derechos: niega la titularidad misma a quien ha decidido excluir del nosotros. El migrante, para ella, no es un titular universal cuyo ejercicio del voto está limitado; es sencillamente alguien que no tiene derechos, porque no es de los suyos. Colapsa la titularidad en la pertenencia, que es precisamente el gesto que la Ilustración vino a prohibir. Y su expresión jurídica más pura es el derecho penal del enemigo, que teoriza sin rubor lo que 1789 vetaba: que hay individuos a los que el Estado deja de tratar como personas titulares de garantías para tratarlos como enemigos a neutralizar. Es la negación exacta, escrita en el código, de la titularidad universal. Cuando el derecho universal se sustituye por la decisión sobre quién merece tenerlo, ya estamos, otra vez, dentro de la lógica schmittiana.
Cuéntense los demás signos y se verá la partida de nacimiento. "Derechos humanos" convertido en insulto: privilegio de extranjeros, coartada de las ONG, artefacto globalista. El culto a lo orgánico frente a lo deliberado: la nación como cuerpo, la familia como orden natural, la jerarquía como ley de la vida, y la igualdad presentada como violencia contra la naturaleza. La guerra cultural contra el llamado «wokismo» que, despojada de ruido, es la vieja guerra contra el igualitarismo universalista: contra la idea de que la mujer, el migrante, el distinto son titulares del mismo derecho. Y, sosteniéndolo todo, el desprecio por la verdad compartida.
Por qué importa
Se dirá que exagero, retórica de intelectual asustado. Ojalá. Pero quien avisa recuerda que la Contrailustración nunca fue nostalgia inofensiva: fue siempre un proyecto, y su desenlace en el siglo XX lo conocemos. La erosión democrática que estudiamos —el lawfare, el vaciamiento de los contrapesos, la conversión del adversario en enemigo a batir— no son excesos aislados: son la gramática schmittiana operando de nuevo, esta vez sin camisas de color pero con idéntica lógica.
Conviene una salvedad que, en vez de debilitar la tesis, la afila. No toda la derecha es esto; subsiste un conservadurismo que juega dentro del tablero, acepta la Constitución y pierde elecciones sin negar su legitimidad. Con ese se puede discutir. El peligro aparece cuando ese conservadurismo homologable pacta con la derecha contrailustrada —lo hemos visto de sobra en nuestra tierra— y, en lugar de moderarla, le presta respetabilidad y termina hablando su idioma.
La línea de defensa es, paradójicamente, la más abstracta: aquel humano en general que De Maistre no lograba ver y que Burke despreciaba, el sujeto sin adjetivos de 1789, titular de derechos por el mero hecho de serlo. No por azar Robert Musil escribió El hombre sin atributos en los años que precedieron a la catástrofe, mientras a su alrededor se derrumbaba aquella Kakania centroeuropea en una feria de identidades enfrentadas. Ulrich, el hombre sin atributos, no es un vacío: es el ser humano que se niega a quedar fijado por cualidad alguna —nación, casta, credo, oficio—, pura posibilidad, puro sentido de lo posible.
Ese hombre sin atributos y el humano sin adjetivos de 1789 son, en el fondo, el mismo: titular de derechos precisamente porque ninguna cualidad particular lo agota. La contrailustración quiere lo contrario, volver a vestirlo de atributos —sangre, suelo, pueblo— hasta que el derecho dependa de nuevo de ellos. Defender esa abstracción no es idealismo ingenuo: es lo único que ha permitido, alguna vez, que el excluido reclamara y que la exclusión fuese contestable en vez de natural. Pero defenderla exige algo que incomoda a los dos lados: recuperar en la izquierda la confianza en la razón universal y en la verdad objetiva que el posmodernismo dilapidó, porque a la contrailustración no se la combate con sus mismas armas relativistas. Renunciar al humano universal —lo hagan quienes hoy lo niegan o quienes ayer lo deconstruyeron— es renunciar a la palanca. quedaentosolo queda la fuerza. Eso ya lo probamos una vez en Europa no deberíamos necesitar probarlo dos.
Comentarios