JerezJerezanos en el olvido

Corazones de desierto: ‘Arcadia Feliz’, de Manuel Moreno

 

“En este combate permanente de las letras, nosotros, soldados bisoños en la lucha, entramos con la fibra nueva y entera, pero con la mínima maestría. Al hilar de los días, cuando se hayan asentado los desbordamientos primeros del río pequeño que escondemos, se irá sedimentando la fuerza de su cauce y se verá si su agua es buena o mala, potable o nociva”.

Manuel Moreno, prólogo a Revelaciones de un náufrago.

Manuel Moreno Barranco, mi tío abuelo, fue un joven escritor nacido en Jerez en 1932, que se trasladaría por un tiempo a Madrid para imbuirse de una mayor libertad y el correspondiente clima intelectual y literario, tendencia esta que lo llevaría a Londres como redactor agregado de la embajada de Venezuela y, seis meses más tarde, a París, adonde arribó con el modesto patrimonio de una libra esterlina.  “Por un instante pensé imitar a Espronceda, quien, como sabes, hallándose emigrado en Lisboa, arrojó al Tajo la última moneda que tenía. Pero me dio pereza ir al Sena a arrojar mi libra esterlina”. En un principio dio con sus huesos en modestas pensiones y sufrió hambre y penurias, que no le desanimaron pues, según creía, “con pan y agua fresca las ideas son más puras, porque no están mancilladas por los vapores de la digestión”.  Finalmente consiguió intercalar su ferviente pasión literaria con un puesto en el Banco Francés de la Agricultura y el Crédito Mutuo, que le permite establecerse con vistas de perpetuidad.                                                                                   

Tras cuatro años en la capital francesa vuelve a España y aspira a encontrar trabajo y editar su primera novela en la Editorial de Carlos Barral de Barcelona, hasta que finalmente, sin conseguir al parecer ninguno de los dos objetivos, retorna desencantado y arruinado a la casa familiar. Aunque parece que sólo volvía para las fiestas de Navidad, después de ellas no volvió a irse, por razones nunca aclaradas. Su retorno coincidió con el tumulto provocado por la detención de Julián Grimau, miembro directivo del Partido Comunista de España. El caso conmocionó a Europa y acrecentó la represión interna, lo que tal vez influyera en un pequeño revuelo que abatió Jerez y sus inmediaciones escasos meses después: aparecieron algunas octavillas con contenido político y, según se decía, se había detectado una radio clandestina que emitía desde la ciudad. La policía entró en la casa familiar buscando la emisora y se llevó a Manuel y muchos de sus papeles. Nunca se supo si había participado en los cargos imputados, ni siquiera si estos existieron o si paradójicamente el escritor fue apresado por una ficción, firmada por la mano negra de una larga tradición local. De lo que sí se tiene constancia es de que prestó una máquina de imprimir a un amigo poco antes de los acontecimientos, amigo que luego sería detenido en el acuartelamiento de San Fernando.

Los días subsiguientes el inspector Sotomayor y sus secuaces lo interrogaron, y en sus ratos libres se dedicaban a pasarse por la lechería de su madre para atenazarla con la idea del ajusticiamiento. Nueve largos días después algo motivó que el acusado cayera por una baranda de la Cárcel de Jerez, sin que al parecer ningún otro recluso presenciara la escena. El diagnóstico, habitual en casos en los que el torturador se propasaba, sería de suicidio. Murió unas horas después en el Hospital de Santa Isabel, adonde fue preciso que su hermana acudiera para identificarlo, encontrando un cuerpo cubierto de moratones y rodeado de policías. A la madre le habían prohibido la entrada mientras agonizaba, a la hermana sólo le dijo “ya está hecho”.

Así expiró quien sería llamado “la última víctima de la guerra civil en Jerez”. Corría el año 1963, precisamente cuando el país se preparaba para festejar los 25 Años de Paz. Como señalaría el poeta marsellés Jean Jacques Viton a propósito del caso, era una época en la que abundaban “esas ventanas abiertas sobre la desesperación, de las que se cae demasiado a menudo”. En el resto de España la represión se llevaría, además de a Julián Grimau (al que también tiraron al vacío, esta vez sin éxito, antes de fusilarlo), a Ramón Vila Capdevila, Francisco Granados y Joaquín Delgado, entre otros. Veintisiete años antes, el padre de Manuel había desaparecido huyendo de los falangistas en cuanto estalló la guerra. Lo más probable es que fuera abatido en la serranía de Ronda. No obstante, no tardaron en aparecer habladurías, algunas procedentes de sus propios allegados, que los ligaban estrechamente: que si el hijo se había afiliado al Partido Comunista en el extranjero, que si partió a París para encontrar al padre en su nueva vida secreta, que si logró contactar allí con él, que si los dos formaban parte de una conjura contra el Caudillo… La mayoría de los implicados directos en esta vieja historia coinciden en que algo debía traerse entre manos. Pese a todo, el asunto a día de hoy sigue teniendo muchos más oscuros que claros.

Cierto es que su vena política pareció crecer con los años. En Solidaridad obrera escribió un artículo titulado El intelectual y el fusil: “Donde esté el Hombre, sufriendo o gozando, remontándose en la vértebra de un cohete o abismándose en una mina de carbón, apoltrónándose en la cabecera de una orgía o pudriéndose en la cloaca de un suburbio, vaciándose de esperma en la cama de una prostituta o reventando de horror en el paredón de ejecuciones, pirateando la sangre de su hermano o apretándose la entraña por el vitriolo del hambre, derrochando cocaína en los sótanos amarillos de las ciudades o mascando la tierra de los campos a falta de pan, ahogándose de dinero en la cámara acorazada de un Banco o naufragando de tedio en los sueldos ganados de rodillas, allí, solamente allí, está la vida de la Idea, la Carne del Pensamiento, el Supremo signo del Uno y el Todo. Es allí donde han de converger, como abejas en panal, los corazones-cerebros de los Poetas- Intelectuales, los hombres que mejor saben pensar y sentir y que deben ser también los que mejor sepan obrar”.

Al igual que su padre desaparecido, cercano a las ideas anarquistas y naturistas de principios de siglo, no hay pruebas de que Moreno fuese un hombre de partido; su compromiso aparece inconcreto y existencial. Lo más que concretó su sensibilidad fue una carta poética donde defendía “una urgente y profunda construcción de un derecho internacional. El mínimo de calorías para un ser humano. Todo aquel que tenga más en perjuicio de los otros, es un crimen”.

La muerte de Manuel Moreno tuvo mayor eco fuera de las fronteras, gracias a ese ingenio de la libertad de prensa. Alcanzó América latina, como sabemos por un prólogo de Neruda en el que el poeta transcribió literalmente la noticia de la prensa santiaguina, y se han descubierto menciones en The Guardian y en medios españoles del exilio. Francia fue el país más conmocionado, y vería la constitución de un comité para investigar el asunto, firmado por intelectuales como Edgar Morín, Edith Thomas o Clara Malraux. También se recibieron noticias de una comisión en el seno de la Sociedad de Literatos Soviéticos, de la que no se supo mucho más. Un extranjero se apareció por la casa familiar para hacer unas preguntas; de su identidad sólo se supo que hablaba francés. El entonces ministro Manuel Fraga radiaría por toda respuesta un comunicado en el que reiteraba la versión oficial de los hechos, amén de escudarla por todos los medios que se prestaran, como atestigua una virulenta carta defendiendo las cárceles franquistas contra las sospechas de un conterráneo de Moreno, José Manuel Caballero Bonald. Tras esta maniobra ninguna investigación posterior logró tener frutos. Manuel no tuvo hijos ni se casó, aunque planeó hacerlo con su compañera en el banco, Suzanne Lacoste, a quien traté sin éxito de localizar cuando también yo huí a París.                                                                                

La temprana muerte del escritor, a los treinta años, le impidió perfilar su pluma, quedando relegado para siempre al limbo de las jóvenes promesas. Publicó escasamente en vida, tan sólo una serie de cuentos (Encrucijada, Amanecer, Sin cuartel, Un marido viejo y El engaño) y una novela corta (Retratos y paisajes de Camelo Vargas), bajo el título de Revelaciones de un Náufrago (editorial Aguilar, 1957), y quizás un par de relatos más en Buenos Aires (Un empleado de banca y En la marisma) de los que no se tiene referencia cierta. El Ayuntamiento de Jerez hizo justicia poética en 2003 a su única novela terminada, Arcadia Feliz, que en vida tuvo por prioritaria. Él había orquestado una edición en México, gracias a tratos con Juan Goytisolo y Max Aub. Figura como número seis de la colección Nuevas Generaciones, en la contraportada de la novela Soldado y medio de F. M. Hortas de 1961, pero a día de hoy no sabemos si finalmente vio la luz. Planeaba una segunda novela, Bancarios, que no llegó a terminar.

La mayor parte de su material permaneció siempre inédito, y el de sus cuatro últimos años de vida se desvaneció con los vaivenes de la historia, salvo por un artículo en el suplemento literario de Solidaridad Obrera (periódico de la CNT). No sabemos si hubo más en otros sitios. Por lo que respecta al corpus literario, sus amigos, tras el arresto, pensaron que lo mejor era esconder gran parte de sus papeles en las bóvedas de la Iglesia de San Dionisio, que ya no existen. Tampoco se puede asegurar que el párroco de entonces, Luis Bellido, hermano de uno de sus amigos, llegara realmente a ocultarlos o se deshiciera de ellos por su contenido político más que probable. Justo enfrente del núcleo consistorial del poder represor, una pequeña iglesia se encargó de ocultar en sus bóvedas, quizá durante años, la obra subversiva. Las recientes investigaciones llevadas a cabo in situ han sido infructuosas. Desde el realismo social de mediados de los años cincuenta se vislumbra con el discurrir de los años una tendencia más lírica, rayana en el simbolismo, que nunca sabremos hasta qué punto llegó a consumarse. Por otro lado, abundan los escritos de dudosa finalización, lo que dificulta sobremanera la interpretación.

Arcadia Feliz presenta una serie de historias entrelazadas que tienen por escenario la villa de Laverna, una metaforización de Jerez mal disimulada (aparecen descuidadas menciones al Guadalete, la Vega o La Cartuja). Se recrean con prolijidad los ambientes populares y burgueses, y se expone el corazón de una ciudad marcada por una gran escisión entre clases, la cual nutrirá el hilo argumental. Aunque el argot que trata de reflejar la jerigonza popular del momento ha envejecido notablemente, desfila un interesante surtido de estereotipos caros a la realidad franquista -y no tan franquista- como ese clima de mortecino funcionariado del que hasta en los comics dejábamos triste constancia, encarnado en este caso en la persona de Pastrana, individuo meticuloso y alopécico al que apodan el Supernúmero o, en oposición diametral, el movido ambiente etílico de una caseta de feria gitana donde el señorito Juanjo se solaza rodeado de mujeres de mala vida.

El final de la novela adolece en particular de una cierta simplicidad, frecuente en aquellos tiempos donde la propaganda y la expresión íntima se entreveraban en ambos bandos, y bastante inevitable dada la esperanzadora identificación del autor con el protagonista, Andrés. Pese a ello, también brotan dilemas sociales como la pertinencia de la violencia directa en respuesta a una violencia indirecta ejercida desde posiciones de mando, o la legitimidad en la formación de jurados populares independientes de un proceder oficial que, como el triste sino de Manuel ejemplifica mejor que nada podía esconder las mayores corrupciones bajo su toga.

Pero el principal acicate para su lectura es al mismo tiempo una desmotivación. Y es que un forastero puede encontrar dificultades para paladear el encanto ultralocal de esta panorámica palmaria del Jerez de los años cincuenta, mientras que –quizás- para el paisano constituya una perturbadora reiteración de lo que ya le es de sobra conocido. Porque las miserias que se van sucediendo, descritas con la angustia propia del que las ha vivido, no le resultan a uno nada nuevas en nuestros días, no sólo en lo que respecta a una sempiterna desigualdad de base o al conservadurismo de los sectores en el poder (que, dicho sea de paso, constituyen el núcleo de reflexión) sino en aspectos más azarosos, más particulares, tal vez más intransferibles. Cuando Andrés y Manuel Moreno por sus labios (como atestiguan numerosas cartas personales), se lamenta de lo pequeña que resulta la ciudad para su gran espíritu, de lo difícil que es medrar intelectualmente entre sus muros, más aún, de lo peculiarmente difícil que es, ya que tampoco se trata de un poblacho cualquiera sin abolengo, entonces uno puede participar de una suerte de empatía universal; no es así el caso cuando se apunta a las causas de tal degradación.          

“Los jóvenes, ahora, estamos todos muertos, sólo resucitaremos al escuchar los primeros crujidos de esta cloaca que se derrumba, de este cementerio viviente que nuestros padres nos han dado como cuna. ¡Mira!- Sus ojos y sus manos abarcaron el conjunto, la pastosa calma de los paseantes aburridos, la inanidad de los solitarios de los casinos, la cara aterradoramente inexpresiva de un colegial que pasaba- ¿ves? Todo esto está tan tranquilo como una tumba inmensa, todo vive, si a eso se le puede llamar vivir, como ayer, como anteayer, como el otro”.

Jerez, Laverna para los amigos, aparece figurado como una contradicción palpitante. Y a mi ver el abismo entre su realidad física y la representación mental de sus devotos más fervorosos no se ha cerrado todavía. Si bien considero apreciarla en medida prudente, el objeto de ello es más bien lo que ha pasado ante mis ojos, que no siempre fue fasto. Uno de sus detalles más idiosincráticos, que queda naturalizado y soterrado en el alma del paisano, es que, tras las obras de faraónico kitsch y el calculado encanto sureño de algunos puntos, justo tras esos muros, se pudre lentamente un centro histórico que eviscera inmuebles ruinosos, en algunos de los cuales ya se recortan jóvenes árboles contra el cielo. Es difícil prodigarse entre las tensas cuestas y las paredes casi derruidas sin percatarse de que muchos edificios, a primera vista inconexos, están en contacto unos con otros por medio de canales, arcos y apoyos de diversa índole, cual si una inmensa red transversal de túneles conectara todas las ruinas de ventanas tapiadas y tabiques desconchados que presuponemos vacías. Sin pretender adentrarme en resonancias alquímicas, como las que confiere a esta clase de fenómenos el contemporáneo Saulo Ruiz Moreno, sí se ha de admitir la sensación de que todo fueran arbotantes de una enorme catedral en la que se cultiva un culto desconocido, o vaya usted a saber qué odiosas estirpes dignas de grimorio. Manuel Moreno no podía prever que en estos tiempos la ciudad aún albergaría este inquietante corazón canceroso, pero sin embargo escribió, sobre su viejo Jerez de señoritos y jornaleros:

“Este pueblo […] podría ser una maravilla si hubiera entre los que pueden un adarme de corazón y de cerebro. Tal como está ahora es una ciudad en ruinas. Todo está ruinoso, aunque no se vean escombros. La bancarrota la tiene muy adentro, supurándole en las propias entrañas. Tal como está ahora sigue siendo una ciudad mora, algo así como si la cacareada Reconquista se hubiera paralizado delante de sus muros. […] Habrá que derribarla hasta los cimientos y poner en su lugar una Laverna de siglo XX”.

Este trasfondo amargo corta el espíritu condensado en los lugares. No sólo recuerdo con esto cuántas veces la geografía infantil del mundo conocido me ha deparado escondrijos de escalofriante podredumbre y hallazgos de macabra belleza, sino que no puedo evitar rememorar la leyenda negra que algunos de sus habitantes nutren, y que adopta distintas formulaciones según generaciones y ambientes, sobre todos aquellos que se echaron a perder mostrando un espíritu de altos vuelos, a veces con consecuencias drásticas, a veces, simplemente, volviendo a sumirse en las mareas regulares de una homogeneidad de la que un día despuntaran, como sucede con algunos personajes de la novela.

Y es que en repetidas ocasiones se señala en sus páginas la existencia de una conciencia de situación, pero a su grito de aviso se le presta una atención nula. Por ejemplo, Álvaro, amigo de Andrés, dice compartir en el fondo sus inquietudes, idealismos y fantasías, pero según él ya ha pasado su época de ocuparse en esos sueños de mocedad y ahora, detalle sarcástico, se muestra interesado por los libros de Ayn Rand. El contrapunto a esto se halla en lo vívida que resulta la despedida de Andrés camino a la capital, abandonando el estrecho cinturón de castidad de su villa natal.

Puede ser que la exposición a las expectativas que flotan en el ambiente no haya cambiado tanto en los últimos sesenta años, pese al indudable salto de mentalidad que supuso el tránsito por la Transición. Es como una conciencia a medias: no está del todo sumergida, pero no se hace caso a sí misma. No está todo perdido, pero no se hará mucho por recuperarlo. Pero, creo, es más una espera eterna que una despreocupación. En contra de las mistificaciones -o animalizaciones- sobre la condición andaluza realizadas por los Ortega y Gasset de este mundo, creo que la incapacidad de morder del blando conformismo no excluye que en el fondo se espere una vaga compensación por cada diente arrancado. Y no olvidemos, a este propósito, que el Ratoncito Pérez es un ingenio del Padre Luis Coloma.

Tampoco hace falta versarse en el alma del terruño para percatarse de que las ciudades son, en esencia, una problemática o más bien un único problema casi insoluble. Desenmascararlos es la tarea de los conciudadanos, como fue la de Manuel.  En Jerez se suma al montante de las deudas pendientes las carencias educativas de una población y la optación por la abulia y el desengaño por parte de los que soñaron con más viveza. Tanto uno como otro vienen de largo, los síntomas son ya arquetípicos. En cuanto a los problemas de liquidez que sufre la ciudad en particular -y el conjunto de la nación en general-, no se debe ver su origen en pérfidos contactos esporádicos como los de Álvaro de Mendoza, sino que podemos desempolvar una respuesta más sistemática, aunque también religiosa, en lo que el paisano Federico de la Vega exponía en la revista La Democracia, tan temprano como en 1871, sobre los principios y jerarquía de su delirante Mamolatría, la religión del mamar, el mamar corrupto sin límites ni tregua, que se asienta allí donde haya “un presupuesto reventando de gordo, un país muriéndose de flaco y un gobierno amante de la moralidad y la economía”. Y, si se me permite un mínimo inciso de actualidad, un poco más tarde, en 1959, el relato El Coronel de Manuel Moreno, ambientado también en la vieja Laverna, tiene como anciano protagonista a un tal “coronel Bárcenas” que se ha lucrado a costa del pillaje sistemático en los negocios.

Enflaquecer hasta morir, en suma, es un destino que carece de la épica de la muerte violenta. Mientras Carlos González Ragel, creador de la esqueletomaquia, era finalmente confinado en el Sanatorio de San Juan de Dios, su paisano Moreno escribía sobre “una ciudad llena de muertos que andan por la calle y se dan los buenos días creyendo que están vivos”. Es una muerte lenta,  orgánica, análoga al proceso de la ruina urbana y el borrado de las líneas humanas por la expansión de la maleza. Es una ruina que no excluye la actividad, el ocio, las costumbres, siempre y cuando estas no impliquen cuestionarse a sí mismas, siempre que se mantengan en un folclorismo inocuo y jactancioso.

“Se aburre uno tanto, tan espantosamente, créeme, que yo daría a veces un brazo por encontrar un sentido a todo esto que me rodea”.                                                                                                                      

En determinado momento, hacia el final de Arcadia Feliz, se desvela que un personaje representa en determinadas ocasiones nada menos que La Conciencia que permite a sus allegados ver reflejados sus defectos y su propia desidia, y por ello, se descubre, es odiado y damnificado en secreto. Nadie en su sano juicio puede reivindicar ese rol para sí mismo, y menos aún, visto lo visto, si aprecia su pellejo. No por ello el mensaje deja de estar en el papel y el paisaje para el lector paisano. También, con un poco más de esfuerzo, podrá leerlo en los lugares de la historia, pues la sangre es desde tiempos inmemoriales la tinta de los que se creen por encima de la escritura.

Para instigar su memoria, José Joaquín Carrera, su sobrino, compiló en febrero de 2013, coincidiendo con los cincuenta años del asesinato, un archivo web (http://manuelmoreno.info) donde se pueden consultar la mayoría de los textos acabados del escritor. Recomendaría, para empezar El viejo y Jehová, Sin cuartel, Encrucijada, La fuerza del muerto o Late, late, corazón de desierto.

Por último, he de agradecer  su tiempo a Jesús González, amigo; Lucio Urtubia, simpatizante; la Biblioteca Arús de Barcelona y la Biblioteca Ascaso-Durruti de Montpellier.

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